Aronofsky lanza una propuesta y radical provocación al espectador desde un doble espectro; el grotesco mestizaje del mito de la Creación Bíblica y la metáfora del acto de la creación artística y su relación con la inspiración.
La filmografía de Darren Aronofsky ha seguido una libertad más o menos adecuada a su introspectiva forma de moldear sus historias bajo un halo de experimentación estética. Juegos conceptuales abarcados con una clara vocación por acondicionar sus historias a una extraña incomodidad de la realidad mediante la perturbación de distintos factores sociales y mentales de sus (casi siempre) arriesgadas propuestas.
Así, desde π, Réquiem por un sueño, ‘La fuente de la Vida’, ‘El Luchador’, ‘Cisne negro’ o Noé, el cineasta de Brooklyn ha ido trenzando una interesante carrera donde predomina el malabarismo entre géneros, manejando presupuestos pequeños y de grandes producciones, hurgando en el fondo más oscuro del alma de seres generalmente vulnerables ante situaciones de tintes apocalípticos. El cine de Aronofsky metaforiza su propio subconsciente, obsesivo y expresionista, con un impacto que no rehúsa a una serie de tics cinematográficos reconocibles en un cineasta contracorriente.
madre! supone otro de esos peldaños en su controversia con el público y la crítica, continuando con un proceso de resonancias teológicas y mitologías con ficciones multigenéricas. Si π, La fuente de la vida y más ostensiblemente Noé sugería evocaciones bíblicas sobre el Génesis y la Creación, aquí se mete de lleno en el Sexto Día. Aronofsky vendió la idea de esta película de 30 millones de dólares al difunto presidente de la Paramount, Brad Grey, a través del audaz discurso del concepto alegórico del cristianismo dentro de un ámbito extremista y valiente.
La irrupción como protagonista de Jennifer Lawrence encauzó el proyecto y precipitó un grado de libertad creativa que ha sido clave en el rodaje de la película. Es más, el director consiguió evitar los inefables test screnner mientras el ex presidente de Fox, Jim Gianopulos, se hizo cargo de la major antes de su lanzamiento en el Festival de Venecia. Lo único que se conocía del nuevo trabajo del director de Requiem por un sueño era un confuso tráiler y la polémica como factor provocativo con una misiva titulada Mother’s prayer y hermosas ilustraciones de iconografía religiosa que corrieron como la pólvora en las redes sociales.
La presentación en el certamen veneciano fue un anticipo de lo que sucedería con el film a posteriori. Abucheos, berridos y pataletas acompañaron a feroces críticas maldiciendo la mera existencia de la película. Tachada de misógina, anticlerical e incluso de herejía insolente madre! sucumbía en taquilla recaudando la irrisoria cifra de 7,5 millones de dólares en su puesta de largo en 2.638 cines ¿Es para tanto la indignación levantada? En parte, sí. No obstante, la sobredimensión de tanta polémica es injustificada y desmedida.
La historia se ubica en una tranquila casa señorial, alejada de las grandes urbes, donde reside una pareja aparentemente feliz. Ella está restaurando la vivienda para que sea un hogar agradable y acogedor. Él es un célebre escritor en plena crisis creativa que trata de encontrar la inspiración para volver a escribir. La inoportuna llegada de un misterioso hombre y poco después de su esposa harán que las cosas cambien y comience una pesadillesca situación que no conoce límites.
Desde ese instante, la casa, que da señales de poseer un carácter orgánico, va degenerando paulatinamente hacia un estado cancerígeno y de putrefacción cuanto más avanza la trama, como alegoría de cómo nuestro planeta está siendo maltratado por la humanidad. Su corazón palpitante transmite angustia y el paisaje narrativo se destruye convirtiéndose en un oscuro retrato surrealista a medio camino entre las directrices de Dalí o Buñuel, el subjetivismo polanskiano, la incómoda atrocidad discursiva de Sarah Kane y las pinturas infernales y sectarias de Jérôme Bosch.
Dentro del desvarío inspirativo del escritor confluyen la necesidad de ser adorado con un desdibujo de la femineidad que transmuta a la mujer en una figura insegura y paranoica, amargamente consciente de que su amor nunca es correspondido de una forma bilateral. Es como si la figura de la madre, en cualquier tradición ancestral, se esgrimiera hacia un contorno apostólico de usufructo casi paródico de la hembra como mero instrumento.
En ese terreno de hipótesis y alegorías es donde madre! bordea los contornos de lo que algunos han tachado de ilícito, que lleva su propuesta al límite sin concesiones a formalidades o reservas. Aronofsky plantea un grotesco mestizaje del mito de la Creación Bíblica perfilando lo que en realidad fundamenta toda doctrina religiosa. Que no es otra cosa que la representación de una figura totémica de idolatría mesiánica y nociva erigida como creador orgulloso y vengativo. Aquí, Javier Bardem da vida a ese escritor obsesionado por sí mismo cuyas obras no significan más que malas noticias.
Un Dios narcisista e impotente que manipula a otros de forma egoísta y cuya figura es reverenciada, pero que nunca facilita afecto alguno a cambio. La reinterpretación católica que subyace bajo el tapiz argumental expone a Lawrence como Gaia o Madre Tierra, una mujer que defiende el organismo que está construyendo como hogar perfecto. Bardem es esa deidad aburrida y carente de ideas que se inventa un hombre –Adán- (Ed Harris) y una mujer –Eva- (Michelle Pfeiffer) que llegan para invadir de forma grosera el prístino espacio habitado por el matrimonio.
Este Hombre y su Mujer van traspasando límites hasta que destruyen la confianza del creador, cayendo en el Pecado Original con la tentación de la fruta prohibida, que aquí es un cristal a modo de piedra preciosa guardada bajo llave en el estudio del escritor (Jardín del Edén), lugar que condena una vez traicionado.
La irrupción de los hijos de la pareja invasora (Biran y Domhnall Gleeson) también es reconocible en la tradición cristiana. Tras una fuerte discusión por un tema financiero en el que afloran los celos y el odio, el mayor termina asesinando al menor, diluyendo su sangre en las entrañas de la casa con una mancha que rebrota sin esfumarse por completo.
El fanatismo pernicioso, el proceso creativo y el respeto por la naturaleza
Tras ser expulsados de la casa, la ira se convierte en intimidad y el acercamiento sexual con la madre instituye la semilla de una nueva vida. Es el punto en el que el escritor se reencuentra con su inspiración en un simple manuscrito de un par de hojas que podrían representar los Diez Mandamientos. De ahí surge el éxito, la grandeza de su creación, que genera una serie de adoradores que comienzan a llegar en hordas a la casa para conocer a este hombre, alimentando la necesidad de adulación y oraciones respecto a sus palabras.
Es una secta de fanáticos entusiastas con su nuevo trabajo que acuden en masa ante la acogida de cualquier persona en ese vórtice de creencias en el que se constituye un santuario con imágenes del escritor y sus libros. Pero todos parecen esperar la gran obra de su ídolo. Se trata de la natividad del hijo del escritor. La madre comprueba cómo la casa agoniza y el día se vuelve noche ante la pasividad apaciguadora de su marido, que se regodea con la turba caótica y anárquica de proselitismo religioso trasformada en una fe ciega y absurda.
Una vez invadido el hogar y alterado en un Infierno desagradable y sucio se distinguen los pecados capitales como la avaricia de aquellos que devoran una tarta, la lujuria con ese hombre que acosa e intenta magrear a la madre, la envidia de aquellos que sustraen, la soberbia de los invitados o la ira, desatada en el Caos final antes de la llegada al mundo del vástago. Cuando todo esto sucede, el hombre acepta algunas ofrendas y despoja al niño de la madre cuando está dormida para ofrecerlo en sacrificio a sus fanáticos, como Dios entregó a su Hijo sacrificado en su nombre para sostener y complacer a sus fieles.
Es una de las escenas más desagradables y mejor sonorizadas del último Hollywood. Los fieles reciben al neonato desmembrándolo, comiéndose sus extremidades y pedazos de cuerpo como el macabro acto de comunión y liturgia.
Y mientras comían, tomó pan. Y habiendo bendecido lo partió, se lo dio a ellos y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo.Marcos 14:22.
La tortura no acaba ahí. La multitud enardecida se enfrenta a la madre insultándola y amenazándola, humillándola y agrediéndola hasta la agonía. El Hombre les concede el perdón divino a todos, excepto a ella, que, en un último acto de bondad, le entrega su corazón antes de que el fuego del desorden consuma todo. El artista lo recoge porque ya no tiene nada más de lo que aprovecharse y genera así un nuevo ciclo, con una nueva musa a la que expondrá al mismo egoísmo interesado. Es una nueva fuente de inspiración a la que fagocitar y volver a destruir como autor. La mortalidad del ser humano, tal vez quiera decirnos Aronosfky, es válida como motor existencial para promover la invención de un Dios al que profesar devoción.
Sin embargo, madre! es a su vez una metáfora del acto de la creación artística y su relación con la inspiración, del egoísmo del proceso creativo que conlleva al reconocimiento y la deconstrucción del concepto de musa que representa un espacio mental del autor que sirve de refugio del mundo exterior. La casa que respira vendría a proponernos una visión del proceso interior desajustado de toda obra y los intrusos que la invaden la renovación final que siempre termina trayendo la inspiración y materialización del producto artístico que ha venido generado por ideas destructivas y que dan como consecuencias otras nuevas y radicales. En medio de todo esto, madre! también incita a una idea sobre la necesidad a la que está obligado el ser humano de respetar su entorno natural para circuncidar el bucle de errores destinados a su destrucción.
Estamos ante una propuesta radical, decidida a provocar al espectador con su aterradora y personal puesta en escena arraigada esa reconocible cámara pegada a la cerviz de su actriz, que hace que su personaje sea el corazón de la película, literal y figurativamente, casi abusando de ella, sin dejar un recodo a su intimidad. En ese enloquecido periplo de perturbación que arrastra al rol de Lawrence, el espectador es cómplice de la agresión y de la iniquidad sin consentimiento con la que es agredida en todo momento por las circunstancias y más allá de los límites de la perversión. Es la forma del cineasta de advertir sobre un mundo moderno que está destruyendo un paraíso con su violación sistemática del medio ambiente.
Sería un error no destacar la aportación interpretativa de una Jennifer Lawrence cada día más atrevida y sensata en la elección de papeles, consumando aquí una actuación muy poderosa. A la que no es ajena el resto de todo el cast de estrellas. Aronosfky, por su parte, sigue empeñado en exhibir su afán díscolo no sólo con esta alegoría creacionista llena de juego de espejos laberínticos a modo de matrioskas, sino como un cineasta capaz de ostentar una abrumante destreza técnica que centellea a un nivel estético de gran calibre. El director juguetea en todo momento con la transgresión narrativa en coalición con el fotógrafo Matthew Libatique, llegando a un equilibrio que calibra la atmósfera paulatinamente insana con la efectista espiral psicótica de este relato sobre el amor, la devoción y el sacrificio.
madre! es una declaración soterrada y contestataria que encierra referencias y críticas a las redes sociales, a los conflictos bélicos, a la hambruna y el egoísmo humano, la crisis de los refugiados o el cambio climático en la reestructuración de un discurso proveniente de sacrificios estériles que apacigüen la devoción de la sinrazón teológica. Aronofsky logra decirnos, apoyado en la incertidumbre y desasosiego, que la adversidad humana es algo innato en el hombre.
Su última película es un retorcido delirio que subyuga a un nivel inconsciente, rozando lo perturbador, desafiando constantemente al espectador y llevándole al límite. En conclusión: madre! es algo muy jodido de ver y digerir. Pero su visionado es tan necesario como revelador.











