(1979-2026)
Ha muerto Eli Martín, un amigo íntimo, la bondad luminosa de un alma libre a contracorriente cuyo oficio fue el de cineasta de guerrilla comprometido con la disidencia que nunca supo que su grandeza como artista marcó una forma irrepetible de digitalizar y preservar el latido underground de toda una generación musical y audiovisual.
Hace mucho tiempo, un día olvidado en la memoria, Jorge Casanueva, Jorge «Loser», Jorge «Mondoputo», como le queráis llamar, me presentó un tipo inconfundible. Un chico extremadamente delgado, con el pelo largo recogido en una coleta, cierto aire a Woody Allen, gafas de pasta, dulce voz radiofónica, un amasijo de pulseras de infinidad de festivales cubriendo sus muñecas, camisetas de películas de cine fantástico… Se llamaba Eliseo Martín, pero para los que tuvimos el privilegio de habitar su trinchera siempre fue, es y será Eli, una de esas personas magnéticas destinadas a marcar tu viaje emocional de una forma irrevocable. Por entonces este jovenzuelo ya tenía pensado abandonar sus estudios de Biología para hacer un Ciclo Superior en Imagen, porque el cine era su vida. Y eso era algo que nos unía profundamente. Cuando Jorge me introdujo en su mundo, sentí que aquella persona llena de bondad y entusiasmo iba a ser otra de esas presencias existenciales que trascenderían todo lo que iba a pasar desde entonces. Y no me equivoqué. Ni mucho menos.
Por entonces, Eli iba siempre con su cámara Canon XL1 a todos los sitios. Era un zumbado del audiovisual, un cazador compulsivo de la realidad circundante, un francotirador con su objetivo que diseccionaba con sus grabaciones todo lo que sucedía a su alrededor. Desde el concierto del grupo más desconocido hasta el último evento del underground salmantino. Su instinto de cineasta de guerrilla que no era más que la promesa que muchos intuíamos de talento en bruto, mutado en la obsesión inquebrantable por el montaje nocturno y el hambre de frikismo de cualquier índole.
Ya éramos amigos cuando surgió la oportunidad de trabajar juntos, confluencia que se convirtió en una simbiosis absoluta desde principios de 2004 hasta 2008, etapa donde no recuerdo un sólo amanecer en el que nuestros caminos no se cruzaran en el ímpetu de los márgenes del vídeo local. Rodamos de todo; vídeos institucionales, obras de teatro periférico, publis de encargo, movidas culturales imposibles (e incluso prohibidas), performances desquiciadas, instalaciones efímeras… Éramos extensiones físicas en aquel panorama de celuloide mental donde las madrugadas frente a la pantalla de edición eran poco menos que un territorio de risas y complicidad. Nos quedábamos en aquel piso familiar con ático propio que era el sueño de cualquier joven con ganas de independencia con sentido lúdico hasta altas horas de la madrugada. Un espacio hermético donde yo acumulaba litros de cerveza en el cuerpo mientras él devoraba bollería industrial regada con Sprite, cenando casi siempre de restaurante chino a domicilio mientras compaginábamos el montaje con películas inencontrables de serie B, cintas asiáticas incomprensibles, joyas purulentas de serie Z… Puedo decir que casi todo lo que sé de montaje lo aprendí de él y de su celeridad de decisiones acertadas.
Cuando el festival de cortometrajes EScorto me designó como jurado en 2006 y me permitió proyectar El límite junto a la grabación de una pequeña promo fuera de concurso, fue Eli quien me acompañó como baluarte en el diseño visual de aquella locura de un minuto, en blanco y negro contrastado con ínfulas de expresionismo alemán, con artilugios fotográficos artesanales creados por él mismo, logrando milagros lumínicos que el mundo del corto apenas había utilizado entonces, mientras Jorge hacía de sosías de Peter Sellers. Bajo una dinámica de rodajes febriles que se solapaban con colaboraciones junto al artista todoterreno Domingo Sánchez Blanco, grabamos gran variedad de instalaciones y assemblages para el Espacio Artístico El Gallo o sus habituales saraos en el Café Moderno. Una etapa inolvidable que permitió a Eli cruzar su órbita con Luan Mart y su fanzine Monográfico y, de paso, sumergirnos de lleno en el videoarte entre comidas homéricas de jamón de Guijuelo, embutidos y platos gourmet, regados con buen vino en la extinta Bellota Charra y sus noches de excesos sepultadas en la oscuridad. En realidad, el exceso lo ponía yo, porque Eli, a pesar de aguantar hasta que nos caíamos al suelo, era un tipo lúcido y siempre salubre que jamás probó el alcohol o cualquier sustancia opiácea. En aquella época contaba algo que me hacía sentir especial en su universo de rarezas; un día que nos disponíamos a grabar la obra teatral de Ángel González Quesada Las Palabras, le sugerí que se pusiera sus míticas Converse utilizando colores dispares en cada pie. Le entusiasmó tanto la idea que las llevó así durante muchos años, con aquellos calcetines largos de rayas. Y se convirtió en un signo más de su personalidad. Otra característica más de su arrolladora personalidad contracorriente.
El apogeo de aquella locura llegó cuando Domingo se empeñó en innovar dentro del FACYL de 2006 con una propuesta radical. Entonces surgió en varias conversaciones el «Fictional Lounge: Salón de Casa Inventado», usurpando el Café Moderno para arrastrar hasta allí al mítico «Wild Bunch» madrileño conformado por Nacho Vigalondo, Koldo Serra, Borja Crespo y Miguel Ángel Martín. Nadie en esta ciudad comprendió que aquel fin de semana supuso uno de los eventos culturales más bestiales de nuestra juventud. Un santuario de sillones y sofás junto a un frigorífico desbordante de cerveza y elixires varios para proyectar metrajes inéditos, charla intelectual y transgresora sobre cine y cómic, sobra la libertad de expresión y la voluntad de crear que compuso un encuentro irrepetible con una ciudad poco acostumbrada a estas concurrencias. Recuerdo a Eli muy feliz aquellos días, con esa luz inherente a las almas puras, desplegando su ángel y ganándose a cada uno de aquellos tótems con facilidad pasmosa de quien ignora lo especial que es. Algo que siempre le acompañó. Todos y cada uno de ellos recuerdan hoy en día aquel fin de semana. Y todos recuerdan a Eli y su forma de ser.
En 2007, liberado de mis funciones de jurado en El Escorial, acepté el reto de concebir otro ESpot, esta vez competitivo. Y ahí regresé junto a Eli, junto a Ángel Zamanillo «Zama», contando de nuevo con la comicidad de Jorge Loser y sumando a nuestra eterna musa, Paty Critter, para rodar durante cuatro días de diversión insana lo que aún en la actualidad considero el trabajo más acojonante que he filmado. Una pieza que resulta una celebración patológica del goce creativo y la diversión cómica sin fin. Cuando aterrizó en el certamen, sabíamos que aquello había sido especial. Eli colaboró como miembro del equipo del making of de Escorto ’07. Yo, simplemente, disfruté como invitado junto a mucha gente a la quiero y añoro cada día más. El resultado no pudo ser más satisfactorio para todos: coronamos aquella odisea con la conquista del Premio Edison al mejor ESpot y otro galardón del mejor trabajo para el público.
Tras aquello, su insobornable inquietud le empujó hacia los intersticios de Madrid en busca de un territorio que lograra calibrar la verdadera dimensión de su talento. Aquí, en Salamanca, ya había cerrado su ciclo, que recogió en aquel mítico DVD recopilatorio titulado Cortos y más. Una joya de colección que, bajo el sello Coenwood, acopiaba parte de su creación; ¿Has sido malo? (que fue seleccionado en la sección Brigadoon del Festival de Sitges), Trampax, Amigas con miga, A nuestros fans, Pero qué desagradable, Mimosín Little China y sus videoclips para sus inseparables Pyscho Loosers, Mano de Santo o documentales como Pink Fish Punk Fest y Sexo, drogas y chapas de Hello Kitty y con gran número de seguidores en la entonces popular red social MySpace y en la que son importantes gente y amigos muy cercanos como Isabela T. Herrero, David Rodríguez o Álvaro Salvador. Nuestros caminos profesionales se separaron, pero siempre nos quedó una amistad imperecedera y un cariño mutuo inmenso.
La cámara, filias y la anticipación a la modernidad
El panorama de la creación audiovisual en España experimentó una revolución durante las dos primeras décadas del siglo XXI. Lo que se vino a llamar democratización de la tecnología digital. Eli se anticipó a la distribución en internet grabando todo lo que sus ojos veían, sobre todo, en el circuito de festivales musicales y conciertos. La reconfiguración constante del medio, la figura del especialista técnico freelance aunó lo que Eli ya hacía años atrás. Antes de poner etiquetas espurias a cualquier fulano sin talento con una cámara delante, él ya era un creador audiovisual integral detrás de ella. Y debe ser recordado como tal, como uno de los más avanzados creadores de contenido antes de que se denominaran así. Su figura, tanto en Salamanca como en Madrid, constituye un caso de estudio paradigmático para comprender las dinámicas de adaptabilidad y evolución autoral en el tejido cultural contemporáneo.
Las narrativas de progresión lineal se quedan fuera de campo al echar un vistazo a la carrera de Eli. Se revela así un itinerario complejo y estratificado que hunde sus raíces en su grupo musical favorito ajeno a modas, Bom Bom Chip, y la cinefilia analógica, en el coleccionismo de nicho, en la fabricación de chapas (otro campo en el que fue precursor de un resurgimiento y fenómeno revival revolucionario) como negocio con el que subsistir para comprar cintas y material audiovisual, en la acumulación de objetos de culto y una enfermiza y bendita adicción a conseguir merchandising y copias y formatos de cualquier nacionalidad que tuvieran que ver con Los Goonies, de Richard Donner. Era su película de cabecera, llevada a la devoción religiosa, cuya curaduría, investigación, rastreo y preservación patrimonial es única en el mundo. Su conocimiento cinematográfico, ajeno a academicismos y prioridades sentenciosas, resultaba ser de lo más ecléctico, transversal y desprejuiciado que cualquier carrera audiovisual pudiera aleccionar. Ed Wood Jr. como tótem, John Waters como adalid del mal gusto, el cine gore y el cine del destape español fueron también referentes básicos a la hora de entender la libertad creativa de Eli. Un autodidacta que construyó una mirada absolutamente libre de tabúes convencionales.
En Madrid se montó una productora llamada Producciones y Punto, con la siguió con su prolífica grabación de conciertos y piezas musicales. Compaginó su pasión y tiempo con la contratación imprevista en el seno de una productora madrileña dedicada al cine amateur para adultos gracias a un contacto de Luan Mart. Y lo que parecía una solución laboral transitoria para sortear la crisis económica de 2008, supuso un largo bloque temporal que conformó una fase de inmersión técnica draconiana que Eli se tomó como laboratorio de postproducción para reinventar de forma irreversible en su praxis como editor. Durante siete años trabajó para un personaje tan infame y vomitivo como innombrable. Este tipo de porno le asqueaba. Grababa con apatía. Le contaba a nuestro amigo común Fernando Bernal en VICE: «pasé de ser la persona que menos porno había visto en su vida a una de las que más».
Y, en otra lección de profesionalidad, demostró que su criterio de ensamblaje en la línea de tiempo no estaba subordinado a ningún tipo de corsé genérico, sino que se dio el lujo de aplicar principios rítmicos universales de la narrativa audiovisual: tensión, ritmo, continuidad espacial, incluso lecciones implícitas sobre fisicidad. Currar bajo presión, sin apego por la imagen, para generar secuencias y ritmos innovadores dentro de los estilemas de un género saturado, dotó a Eli de una velocidad de reacción y una destreza en el flujo de edición que son inasumibles para aquellos formados exclusivamente en aulas. Su presencia en el porno patrio le hizo emprender una etapa de transición operando de forma autónoma, colaborando bajo demanda como freelance con diversos directores y actrices puntuales. Este periodo como agente libre actuó como la plataforma de despegue esencial para la constitución de su propia infraestructura empresarial.
La ruptura definitiva con la exclusividad del sector para adultos y el deseo de cristalizar una visión artística independiente desembocaron con la creación en Youtube de Canal y Punto (como prolongación de su productora, ya afianzada como tal), dirimiendo sus esfuerzos hacia la documentación frenética de la trama cultural independiente con una estrategia visionaria respecto al consumo audiovisual en internet. Eli siempre estuvo varios pasos por delante de los autodenominados tótems del medio viral. La creación y mantenimiento de este canal propio aglutina en su historia casi diez mil trabajos y una presencia activa en redes sociales que demostró una comprensión innata de los nuevos paradigmas de distribución, donde el acceso directo a la audiencia cortocircuitaba a los intermediarios mediáticos tradicionales. Sumergirse en este espacio de Youtube es un viaje a la historia del panorama musical de las dos últimas décadas.
Eli encontró su ecosistema natural moviéndose alrededor de la efervescente escena musical indie, pop-rock y underground de Madrid durante la década de los 2010. Su prodigiosa agilidad en el manejo de cámara al hombro y la velocidad en la postproducción, forjadas en la precariedad y urgencia del amateurismo, encontraron una transferencia directa e inmejorable en la grabación de conciertos en directo y la realización de videoclips promocionales de bajo presupuesto, pero de alta energía y alcance visual. En recintos como la Sala Taboo, la sala Moby Dick, La Central, el Café La Palma o directos en el Ochoymedio Club, pilares de la cultura alternativa, Eli era una presencia habitual en este contexto musical y cultural. También trabajó para su admirada Troma junto a Estrella Ramos en Class of Nuke’ Em High’, una serie de impagables entrevistas sobre la cultura más allá del mainstream que nunca está de más rescatar para un visionado didáctico. Entretanto, fue un habitual en la crónica documental de peña como Germán Coppini, Juanita y los Feos, Marlango, Rosalía, C. Tangana, Siniestro Total, o con más incidiendo en grupos como Lendakaris Muertos en el Festival Mundo Idiota 2012 y, sobre todo, con Carolina Durante, a los que grabó a lo largo de los años y realizó el icónico y viral vídeo Perdona (Ahora sí que sí), junto a Amaia Romero, durante los Sanfermines de 2019 o temas como La noche de los muertos vivientes o 300 golpes. Siguió grabando sin que le vieran, como un voyeur musical con grupos que empezaban, compaginando colaboraciones en producciones de escala mayor. Pero el eje de todo, la columna vertebral, era siempre el mismo: grabar lo que merecía ser grabado porque si no lo grababa él, no lo grababa nadie. Eli fue un hombre que se movía entre mundos sin pedir permiso a ninguno. Otra faceta que le hacía tan especial.
Paralelamente, durante el desarrollo de todo este titánico trabajo, se consolida la colaboración con Almudena Saiz, que es la conexión para que Eli, junto a Julia Rebato, consumara su debut cinematográfico profesional con el documental La revolución bailando (2020). Con este trabajo, la praxis derivada de la paciencia del coleccionista juvenil, la asombrosa destreza en la sala de edición adquirida en la industria para adultos, la carencia absoluta de prejuicios burgueses ante la cámara y la inmersión profunda en la topografía musical alternativa de Madrid, convierten este trabajo en la demostración de madurez discursiva de todo su bagaje.
El documental, que toma objeto de estudio sociológico al grupo Las Chillers, disecciona el proceso de politización de una banda compuesta por seis mujeres que desafiaron el sistema pasando de ser un pequeño grupo festivo que tomaban como referencia los grupos de verbena para erigirse como indiscutibles cabezas de cartel de festivales masivos y referentes ineludibles del activismo y defensa de los derechos LGTBIQ+ frente a todo tipo de prejuicios. Un trabajo que se sostiene en la dedicación antropológica que llevaron Rebato y Eli con su cámara, siguiendo los pasos de Las Chillers a lo largo de una década completa. La gran virtud fue dejar miles de horas de ensayos informales, viajes en furgoneta, pruebas de sonido, conciertos apoteósicos y tensiones internas en sólo 64 minutos que suponen una obra mayúscula dentro de su género.
El genio que nunca supo que lo era
Este examen de la trayectoria profesional y biográfica de Eli proporciona en el audiovisual una lente de aumento privilegiada para descifrar las estrategias de resiliencia, la metamorfosis del oficio cinematográfico y las corrientes que alimentan la industria cultural española del presente siglo. Nunca fue consciente de su magnitud dentro de los círculos audiovisuales, pero muchos supimos apreciarle como un ejemplo de talento y oficio, de compromiso y pasión que se asumen sólo genéticamente. Eso no se enseña, se lleva dentro. La maestría puede forjarse también desde los rincones de la subcultura audiovisual, ascendiendo a través de las mallas del sistema hasta interpelar frontalmente al corazón de la sociedad contemporánea. Y eso es algo que nadie, jamás, podrá quitarle a este grandísimo artista, a este director consumado, a este animal de la cámara, del cine, de la vida.
Sin dejar sus grabaciones, Eli llevaba seis años currando en la franquicia Hobby Converters, dedicada a esa otra gran pasión del coleccionismo en una tienda de compraventa de cómics, manga, figuras, videojuegos y colecciones descatalogadas. Y allí fue feliz en una vida tranquila y reconfortante lejos de esa maquinaria trituradora de ambiciones de la industria audiovisual, habitando un santuario de estanterías abarrotadas donde cualquier supuesta esperanza artística no fue más que una luminosa promesa de juventud, mutada en el letargo inofensivo de la madurez, para terminar erigiéndose en un desierto que él supo sortear con la absoluta brillantez de los justos, fortificado tras el cristal de un mostrador como quien custodia los últimos fragmentos de un naufragio frente al avance inexorable del tiempo.
Eliseo Martín, nuestro Eli, falleció el pasado sábado 2 de mayo. Tras pasar por quirófano por una intervención quirúrgica, una aciaga septicemia complicó su estado de salud hasta llevarlo al fatal desenlace después de luchar como un titán durante casi dos semanas. Y nos dejó para siempre. Quedé con el corazón muy roto, como muchísima gente que le quiso y le adoró. Muchos más de los que él ni nadie era capaz de contabilizar. Ahora contemplo las cenizas de los que indudablemente fueron los mejores años de nuestra vida, asumiendo que habitar el recuerdo con Eli no supone un ejercicio de añoranza, sino el único acto de resistencia válido para mantener encendida la llama de un milagro que nunca volverá a repetirse.
Es imposible no acabar este repaso por su vida y obra con las palabras con las que siempre se despedía en cada conversación, en cada mensaje de Whastapp: «Te quiero mucho», decía. Es lo que deberíamos decir todos más a menudo. En eso también daba ejemplo. Me queda la espina de no volver a encontrarnos, de no volver a abrazarnos después de tantos años en los que esta orfandad ha caído como una losa sobre mis recuerdos, asumiendo que aquella promesa íntima de un reencuentro futuro no ha sido más que una radiante ilusión de consuelo, pero que deja un vacío donde su presencia seguirá como una proposición que ya no será posible.
Y le recordaré empujándome a buscar su silueta en el destello eléctrico de un proyector recalentado, en nuestros instantes junto a «Zama», otro amigo común que nos dejó, con el humo estancado de una máquina de efectos en el Ciao, las risas con Jorge y Chuchi o la complicidad de todos como arma inextinguible de una memoria tan bella como lejana, las largas madrugadas charras, los Festivales de la Audiencia tan míticos, la humedad sepulcral de un garaje, la sonrisa congelada de un fotograma en blanco y negro… Todo ello, refugiados en la convicción de que su inmensa bondad sobrevive agazapada en la sombra, custodiando nuestro propio dolor hasta que el tiempo termine por disolvernos a todos en el mismo final.
Yo también te quiero mucho, bichillo.
Y te voy a echar de menos lo que me resta de vida. Has dejado en todos los que te conocimos una huella imborrable.
Vuela alto, querido amigo.
D.E.P.










