Por Cien millones transita entre el sainete berlanguiano y la melancolía. Velilla y Capel proponen una ficción sobre la ética que mimetiza la caída de la Transición mediante la torpeza criminal de tres parados aragoneses que secuestraron a «Quini».
El 1 de marzo de 1981, Enrique Castro González abandonó el aparcamiento del Camp Nou después de un partido de liga en el que metió tres goles (hoy un hat-trick) en el 6-0 del Barça contra el Hércules. Tras eso, desapareció durante veinticinco días. Era el máximo goleador de Europa en ese momento. Todo el mundo le llamaba «Quini». Era asturiano de pura cepa, formado en Mareo y una leyenda en Gijón. Aquella temporada había recalado en el F.C. Barcelona desde el Sporting. Se le apodaba el «Brujo», debido a su destreza y juego que poseían una técnica depurada hasta la invisibilidad que era puro sortilegio. Uno de los mejores delanteros de la historia del Deporte Rey. Los secuestradores que lo esperaron junto a su coche para llevárselo no eran profesionales. Eran gente con deudas y una mala idea en sus cabezas. Un plan terrible; secuestrar a uno de los ídolos más queridos de España para pedir un rescate de 100 millones de pesetas. La cifra sonaba a otra galaxia en aquel 1981.
Después de una Transición de democracia frágil, el desempleo en crecimiento, la inflación que rozaba el 14% y un PIB estancado, una reconversión industrial que vaciaba las cuencas mineras y llenaba de rabia los bares, España era por entonces un país en caída libre. Sólo seis días antes, el 23 de febrero (23-F) se produjo el intento de Golpe de Estado al Congreso por el general Tejero y sus acólitos. Fue un margen de tiempo ínfimo que mantuvo al país en un estado de shock y cuando «Quini» desapareció entre la incertidumbre, se fracturó la última parcela de normalidad que le quedaba a la ciudadanía: el fútbol. El secuestro del «Brujo» además de acto delictivo, supuso una herida ontológica en el corazón de un país que, de repente, descubrió, entre el pánico y el estupor, que ni siquiera sus ídolos estaban a salvo.
La sospecha inicial fue la lógica: se trataba de un secuestro por parte de militantes de ETA o el GRAPO. Nadie imaginaba que Fernando, Víctor y Eduardo, dos mecánicos y un electricista de Zaragoza decidieron, en una noche de tasca mientras ojeaban revistas del corazón, dar «el golpe de su vida». Eligieron a Quini porque aquellas páginas de papel cuché lo describían como una «gran persona, hogareña y de buen carácter». La idea les hizo asumir, con ingenuidad criminal, que sus dotes dóciles de buena persona a la que toda España quería facilitarían un cautiverio que ellos mismos no sabían cómo gestionar.
Nacho G. Velilla, en asociación creativa con su habitual compañero de batallas Oriol Capel, explota en la gran Por Cien millones esta faceta para mostrar que, en la España de la Transición, la frontera entre el héroe y el villano estaba ya trazada con el carboncillo de la necesidad más absoluta, de la pobreza que te lleva a cometer la mayor gilipollez de esta vida llevado por la necesidad. Cuarenta y cinco años después, esta miniserie viene a colación para preguntarse si algo ha cambiado en la España en la que vivimos. La serie se aleja de la hagiografía deportiva para adentrarse en los perímetros de una tragicomedia de tintes valleinclanescos, donde la miseria económica de estos tres currelas zaragozanos colisionó con la magnitud mítica del mítico pichichi del fútbol español. Lo que se articula en estos tres episodios de cincuenta minutos es una manufactura visual que acoge cierto grado de melancolía apagada mediante una paleta monocromática de ocres y luces fluorescentes para diseccionar el esperpento español más clásico y auténtico. Y para ello se apoya en una investigación forense de realidad histórica: Velilla y Capel anteponen la propuesta ética antes que el ejercicio de estilo, mezclando el sainete costumbrista y el drama existencial.
En esta España que sigue siendo un país donde el desastre desvela su vis cómica y el hambre huele a carpeta de archivo mojada, una serie como esta, entre la farsa y la tragedia, demuestra que la ficción española raramente sabe gestionar un género sin que devore al otro con una voluntariedad digna de su mayor valedor histórico, que es Luis García Berlanga. El escenario central de la tragedia es el taller de motos situado en los sótanos del número 13 de la calle Jerónimo Vicens de Zaragoza, en el barrio de las Tenerías.
Un espacio de sesenta metros cuadrados en el que los secuestradores construyeron, con obra de albañilería propia, un cubículo de apenas ocho metros cuadrados, el zulo donde el célebre goleador pasaría casi un mes encerrado. La humedad del Ebro, situado a pocos metros del local, era asfixiante. «Quini» relataría después que la ropa estaba mojada por la condensación y que el aire era denso, cargado del olor a caucho y gasolina del taller superior. Y mientras el futbolista sufría un «purgatorio tortuoso», su club, líder de la Liga antes de aquello, encadenó una racha de derrotas que terminaría por perder aquella temporada.
Jugadores como Bernd Schuster o el capitán Alexanko, amigos íntimos del asturiano, encabezaron un motín emocional: se negaron a jugar el partido decisivo en el Vicente Calderón contra el Atlético de Madrid, aunque finalmente, con la presión de la directiva de Josep Lluís Núñez, saltaron al césped en un encuentro que el fútbol español recuerda como «el partido de la vergüenza» y que los culés perdieron. En los siguientes partidos sin su estrella, el equipo sumó un solo punto de ocho posibles, cayendo también ante la Unión Deportiva Salamanca y empatando ante el Zaragoza en un Camp Nou que rugía: «¡Quini Libertad!».
La liga de 1980-1981 quedó empañada por la ausencia de un buen hombre que, a pesar de estar encerrado en un zulo, terminaría ganando el trofeo máximo goleador con 20 tantos. Y la serie no escatima en mostrar a Alexanko (interpretado por La Dani) acompañando en las llamadas de los captores a la mujer de Quini, Mari Nieves (Julia de Castro), convertida en el eje de la resistencia familiar y la incertidumbre de aquellos días.
El diagnóstico de una España que no cambia
La comedia aquí no proviene del ridículo o lo bufonesco de los personajes, porque no lo son. Hubiera sido el camino fácil, el del humor de superioridad moral que el espectador disfruta desde la distancia. Por Cien millones recurre a algo bastante más perturbador: la comprensión, la identificación con los secuestradores. Porque estos pobres desgraciados no son monstruos ni payasos. Son personas que tomaron una decisión errónea con acciones reales. Necesidad y miedo, una lógica retorcida pero reconocible que sus creadores reconstruyen con inteligencia y humor desde la humanidad en el peor escenario posible. La comedia no desdramatiza nada, incluso hace más nítido el entendimiento de porqué y cómo sucedieron los acontecimientos. Existe una tradición en la cultura española de usar el humor como bisturí de diagnóstico social, no el que suaviza la gravedad de los actos, sino el que la abre con precisión suficiente para ver qué hay dentro. Y ahí está la grandeza de esta ficción de tres capítulos.
«No somos delincuentes, somos pobres» es la frase que dijo Fernando Martín Pellejero cuando fue detenido en Ginebra, con su propio pasaporte para abrir la cuenta y recibir el dinero del secuestro, ajeno a que el juez suizo había levantado el secreto bancario por primera vez en un caso de rapto. Pocas horas después de retirar parte del dinero del Credit Suisse, la policía le detuvo, le presionó y cantó como un jilguero, confesando del tirón su arrepentimiento. Detalló la dirección del taller, los nombres de sus compinches y dibujó un plano del zulo en una servilleta, confirmando que no era un criminal, sino un hombre roto por la presión, inmerso en un acto que le quedaba demasiado grande. Cuando agentes de los grupos Omega derribaron la puerta del taller donde estaba «Quini» esperando encontrarse con una resistencia armada y violenta, encontraron una escena de un costumbrismo atroz: uno de los secuestradores estaba en una cocina, batiendo tranquilamente un huevo para cenar en un camping gas.
Es impresionante, a su vez, la labor interpretativa que eleva a otro nivel la calidad de Por Cien millones; desde Raúl Arévalo, que aporta a la desesperación de Alfonso mediante una modulación vocal que raspa en el acento zaragozano, junto a Vito Sanz, uno de los mejores actores cómicos que hay en este país y la contención de un magnético Gabriel Guevara, se unen a todos los secundarios que tienen una profundidad interpretativa a la altura de una serie de tal magnitud; Agustín Otón (como «Quini»), Aixa Villagrán, María de Nati, Natalia Huarte, Nacho Guerreros, La Dani, Julia de Castro, José Asín, Emilio Palacios, Teresa Rabal… incluso Josele Román, que aparece como vecina testigo de muchos movimientos de estos secuestradores. La brutalidad milimétrica despliega la torpeza aficionada de un rapto con una ternura desenfocada que opera en la frontera del esperpento.
El secuestro de «Quini» podría haber terminado como una crónica negra de resentimiento, pero el astro asturiano, que seguía siendo un «ser de luz», decidió convertirlo en un acto de rebelión ética. En el juicio de 1983, ante los acusados (finalmente condenados a diez años de prisión), la estrella del fútbol perdonó públicamente a sus captores y renunció a la indemnización millonaria. «Todos merecen una segunda oportunidad», afirmó ante un país que no daba crédito a tanta generosidad. La desesperación de 1981 escondía una textura de astilleros y minas en declive. La de hoy tiene otra de contratos temporales, pisos compartidos casi en la cuarentena y la certeza callada de que el sistema no tiene intención de corregirse. El material cambia, la historia y el futuro parece que no. La estructura establece su permanencia con una fidelidad casi obscena. Todo se transforma, pero nada cambia.
Por Cien millones no hace esa comparación de forma explícita, que sería una decisión errónea, pero la deja respirar en el fondo de cada escena como un ruido de fondo que el espectador reconoce sin que nadie lo señale. Es la gran labor de Velilla y su equipo, la de no subrayar, la de confiar en que el público llegue solo a donde tiene que llegar. Al fin y al cabo, es la marca de su estilo y talento para una comedia madura que transmite esta serie que habría podido elegir el camino didáctico. La vida es esa búsqueda permanente de redención que se encuentra entre errores y aciertos, encuentros y despedidas. Y eso, eso es la vida. Es España, ese país de sainete que no ha cambiado, tan sólo ha actualizado los conceptos.
FICHA: España. 2025-2026. Color. Duración: 150 minutos (3 episodios de 50 minutos aprox.). Formato: 2.00:1 (Univisium). Cámaras: RED V-RAPTOR XL VV (8K con sensor VistaVision). Objetivos Cooke S4/i y zoom Angénieux Optimo Style 25-250mm. Director: Nacho G. Velilla. Guion: Nacho G. Velilla y Oriol Capel. Productores: Fran Araújo, Nacho G. Velilla, Gustavo Ferrada y Leonor Acosta (Producción ejecutiva). Productoras: Movistar Plus+ en colaboración con Felicitas Media. Distribuidora: Movistar Plus+ International. Fotografía: Andreu Ortoll. Montaje: Oriol Millán. Música: Juanjo Javierre. Intérpretes: Raúl Arévalo, Vito Sanz, Gabriel Guevara, Agustín Otón, Aixa Villagrán, Natalia Huarte, María de Nati, La Dani, Nacho Guerreros y Josele Román.








