
Habían pasado cuatro años desde el rodaje de El límite, lapso en el que no me enfrenté a lo que supone ponerse tras la cámara, a ese objeto de sueños irreales transformados en ficción por arte de magia. Y lo hicimos con prisa, como una promesa que había que formalizar en un par de semanas. ¿Acaso existe un antídoto más certero contra ese letargo que la pura urgencia del encargo apresurado?
La promesa de articular una nueva pieza cómica de apenas un minuto nos empujó a descender a las entrañas de un garaje asfixiante junto a un grupo de acólitos dispuestos al ridículo, un espacio confinado donde pretendíamos invocar las fuerzas del oscurantismo demoníaco entre efectos especiales de saldo, cables pelados, focos recalentados, polvo acumulado y manchas de grasa. Junto al siempre innovador y profesional Eli Martín nos saltamos a la torera las consignas intencionales expuestas por Robert Wiene, pero sin perder la oportunidad de acoger sus intenciones estéticas: fue una tarde de diversión, sudor y risas en la que Jorge L. Casanueva —Jorge Loser— debutaba como genial actor de comedia.
Aquella creación para EScorto ’06, certamen en el que participé como miembro del jurado, fue una cariñosa broma hiperbólica a mi anterior trabajo cortometrajístico, pero en clave de comedia. Un acercamiento a ese género tan difícil de trasladar a imagen.
