La mercantilización de la cultura del esfuerzo y el Ford GT40
James Mangold confronta dos formas de concebir la estructura automovilística a través del trabajo de la ilusión de roles absorbidos por la industrialización dentro de una de las carreras clásicas más famosas de todos los tiempos.
Tal vez James Mangold sea uno de los grandes cineastas más infravalorados dentro del círculo purista y artesanal dentro los grandes estudios de Hollywood. Desde su sólido debut ‘Heavy’, y tras la celebrada ‘Copland’ pasó de ‘Inocencia interrumpida’ a productos más o menos valorables como ‘En la cuerda floja’ o la estupenda ‘El tren de las 3:10’ para otorgar un céfiro de calidad a la adaptación cinematográfica de uno de los personajes más carismáticos de la Saga X-Men en ‘Lobezno Inmortal’ y ‘Logan’. Su atención por los personajes rotos u outsiders, sus historias de amistades inconformistas, apoyadas casi siempre en lazos de masculinidad a la vieja escuela cinematográfica, tienen aquí una prolongación en esta, digámoslo ya, magnífica ‘Le Mans ‘66’.
Sin que sirva de precedente, el título europeo generalizado es más idóneo que el original ‘Ferrari V Ford’, puesto que más que la rivalidad entre las dos marcas y su burocracia competitiva, el antagonismo se forja desde los impulsivos protagonistas que actúan para llevar a cabo que las compañías de automóviles ganaran las famosas 24 horas de Le Mans. Una época de pragmatismo germinal que apostó por las vidas de unos pioneros apasionados de la vanguardia de la industria automovilística a principios de la década de 1960. Inspirada libremente en la novela ‘Go Like Hell: Ford, Ferrari and their Battle for Speed and Glory at Le Mans’, de A. J. Baime (2010), ‘Le Mans ’66’ es un proyecto que funciona como un mecanismo de relojería sobre la complementariedad de dos personalidades, dos hombres en medio de un conflicto comercial entre la artesanía europea y la industrialización y comercialización de marcas americanas en el orbe del automóvil.
Son Carroll Shelby, un fabricante de coches que trabaja para Ford en la preparación del mítico Ford GT40 y busca un piloto para intentar arrebatar la victoria a los italianos que dominan las 24 horas de Le Mans. Y Ken Miles, un mecánico curtido en los talleres mecánicos que fue un corredor de gran talento, pero retirado prematuramente por un defecto congénito coronario y que ve cómo su taller está hundiendo económicamente a su familia; Mollie (Caitriona Balfe) y su hijo que le venera Peter (Noah Jupe). Sendas necesidades les hacen recuperar su amistad en el combativo desafío entre la empresa Ford y sus agresivos ejecutivos y la legendaria escudería Ferrari, que está al borde de la quiebra y se enfrenta a una propuesta de adquisición de su competidor americano.
La pasión individual se deja imbuir por una marca que no logra absorber a la leyenda italiana, que, por otra parte, no renuncia su legitimidad genuina. Miles es el corazón del equipo, Shelby la cabeza. Ambos terminarán fagocitados, como casi todos, por un negocio utilitarista que busca mercantilizar sus marcas a través de la ilusión y de esa gente que vive por y para el motor con gasolina en sus venas, como románticos kamikazes de la carretera que son. Un ámbito que, como tantos otros, apuesta por los beneficios de la comercialización de las empresas más allá de los valores humanos que las simbolizan. Son peones en una guerra en la que el coloso americano está instaurado en un imperio del que sólo tiene un conocimiento muy superficial enfrentado a su contrincante italiano, un gigante megalómano mucho más consciente del negocio y la carrera que les contrapone.
La motivación psicológica de los pilotos, dentro del libreto de Jason Keller, Jez Butterworth y John-Henry Butterworth, se adapta muy bien a los cánones argumentales de Mangold; la de tipos inmersos en una sutil metáfora de lucha de clases entre Estados Unidos y la vieja Europa, de la producción en cadena americana contra el trabajo manual italiano, la de un fabricante de utilitarios domésticos en pugna contra otro símbolo del motor dedicado a los coches de lujo inasequibles. Ambos tienen un patriarca que persiguen un fin común y choca de frente con la expresión personal y la cultura del esfuerzo, que están por debajo de los intereses empresariales. Shelby y Miles son sólo un medio para el fin último de aumentar las cifras de ventas. En los últimos compases del film, Miles, desilusionado, comprueba que el triunfo de los peces gordos excluye el tiempo y esfuerzo invertidos en el proyecto. Al fin y al cabo: “Sólo están vendiendo coches”.
Mangold delinea una historia desde una perspectiva de artesano, dispensando gran detallismo hacia el lado humano de sus personajes, sobre todo en la vida familiar de Miles, su vínculo paternofilial con su hijo pequeño y su mujer o el compromiso de amistad profesional y personal de un hombre empeñado en sacar adelante el mítico Ford GT40. El vehículo adquiere un protagonismo cardinal dentro de la historia mediante pequeñas set-pieces en torno a su fabricación, sus probaturas, el estudio de ingeniería y perfeccionamiento del coche, con aciertos y fracasos antes de la famosa carrera francesa.
Si algo destaca entre tanto esplendor, son las interpretaciones de Christian Bale y Matt Damon como grandes arquetipos americanos, encarnando el doble rostro de la moneda, la del temperamental e impulsivo Miles y el eficiente y tolerante Shelby. Tal vez, por poner un reparo, algo que desafina sea ese subrayado maniqueísmo de un villano excesivo, caricaturizado hasta el paroxismo, como es el jefe de Ford Motorsport, Leo Beebe, aquí interpretado con lucidez por Josh Lucas.
El resultado es una película compleja, magníficamente rodada, con pulso enérgico que supura adrenalina en sus secuencias de carretera y velocidad, dotando al celuloide de un figurado olor a aceite de motor y tubo de escape. Mangold sosiega su frenesí cuando se trata de abordar el conmovedor homenaje a todos estos artesanos y su romántico enfoque de las carreras clásicas. No importa que el público no esté familiarizado con los aspectos deportivos del motor. Ni si quiera que conozca la historia del circuito de Manceau. El talento del director, junto a la celeridad fotográfica de Phedon Papamichael y la música de Marco Beltrami y Buck Sanders reflejan con exactitud la pasión de este deporte de equipo, con pilotos íntegros que dejan su vida en el asfalto ardiente, martirizados por esos coches que marcaron la historia.
‘Le Mans ‘66’ no pretende apropiarse de una mirada melancólica o nostálgica. Más bien se establece en un estado de cinismo sobre un estado de la identidad americana que se amplifica a cualquier espectro deportivo y principal ley del deporte que reza sólo los ganadores llenan las páginas de los libros. Un melodrama sobre los verdaderos artistas, ya sean corredores, actores o cineastas que trabajan dentro de estructuras industriales como puedan ser la Ford o la Fox, la major que produce esta cinta. Mientras los visionarios creativos luchan por mantener sus ideas, su esfuerzo va quedando en el camino cuando aplacan las necesidades de los ejecutivos.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2019
FICHA: Estados Unidos, 2019. Color. Duración: 152 min. Formato: 2.39 : 1. Director: James Mangold. Guion: Jez Butterworth, John-Henry Butterworth, Jason Keller. Productores: Peter Chernin, James Mangold, Jenno Topping, Aaron Downing, Jenno Topping, Michael Mann. Productoras: Chernin Entertainment, 20th Century Fox. Distribuidora: 20th Century Studios, Disney. Fotografía: Phedon Papamichael. Montaje: Andrew Buckland, Michael McCusker, Dirk Westervelt. Música: Marco Beltrami, Buck Sanders. Intérpretes: Matt Damon, Christian Bale, Jon Bernthal, Caitriona Balfe, Noah Jupe, Josh Lucas, Tracy Letts, JJ Feild, Ray McKinnon, Rudolf Martin, Ward Horton, Bridie Latona, Lachlan Buchanan, Christopher Darga, Sean Carrigan, Ian Harding, Wallace Langham, Wyatt Nash, Jonathan LaPaglia, Stefania Spampinato.