Réquiem por un gánster
‘El Irlandés’ es la crepuscular carta de amor de Scorsese a su propio itinerario como director dentro de un contexto en el que ha desarrollado algunos de sus mejores trabajos. Es también el fin de una era; la de las películas de gángsters, pero también a un modelo de cine a punto de extinguirse.
Parecía imposible que Martin Scorsese sacara adelante un proyecto tan titánico y complejo como ‘El Irlandés’, en el que llevaba insistiendo más de una década. Es paradójico que Netflix haya obrado este milagro puramente clasicista, lejos de la modernidad y auspicia en un modelo del viejo sistema industrial. Después de que Paramount y STX, sus antiguos valedores, abandonaran el proyecto, la plataforma ‘streaming’ puso sobre la mesa no sólo los 160 millones que ha costado, sino que otorgó al director la libertad creativa para confeccionar otra de esas piezas de cámara que se extiende a los 210 minutos.
¿El resultado? Es un compendio definitivo de las fábulas de mafiosos que Scorsese ha transmutado desde la codificación de todos los códigos del género para crear una ópera mayúscula. En ella plantea una visión del mundo del crimen visitada en varias ocasiones, como una mitología americana que va desde su luminosidad y tiempos fértiles hasta la futilidad de su decadencia. La vieja América forjó su leyenda sobre sangre y violencia y la función del héroe como asesino a sueldo toma un cariz poético y desilusionado en esta nueva muestra de talento de un cineasta convertido en clásico.
Medio siglo desde que poblara sus ‘Malas Calles’ de una impronta criminal iniciática su trayectoria fílmica ha acudido numerosas veces a esa esfera de mafias italianas, judías e irlandesas que se entreveran y conectan mediante un hilo argumental y temporal en cintas como ‘Uno de los nuestros’, ‘Casino’ o más recientemente ‘Infiltrados’ o ‘El lobo de Wall Street’. Todos, junto a ‘El irlandés’ componen un epítome de contenido a medio camino entre lo sociológico y demostrativo que se origina en la ilustración de los testimonios de criminales cuya expiación parece llegar con la narración de una obra delictiva puesta al servicio del espectador.
‘El irlandés’ es como la anti-épica de ese modelo de biografía criminal en el que los miembros de la mafia no son simples verdugos. Una película que sirve como espejo ya no sólo de la propia obra de su autor, sino de un modelo de cine a punto de extinguirse. El plano secuencia inicial reivindica referencias y sustrae atributos del carácter como cineasta de Scorsese. No introducirá al público por una puerta trasera al Club Copacabana, con la energía de un joven exultante entre altos cargos de la sociedad y demás corruptelas a través de bandejas, lujo y opulencia, sino que esta vez recorre una residencia de ancianos transitando con su cámara por moquetas, tubos de oxígeno, goteros y sillas de ruedas hasta llegar a un ex mafioso llamado Frank Sheeran, al que todos conocen como “El Irlandés”.
Este cotejo entre ‘Uno de los nuestros’ y esta ciclópea obra es tan solo un guiño melancólico, servido en seco, que marca el tono de la película. Al igual que Henry Hill, Sheeran, también relatará una historia de ascenso y caída de una vida de delincuencia amparada bajo las faldas del hampa. Lo que allí era un fascinante mundo paralelo, aquí todo se inicia desde una aburrida cotidianidad, con tono realista y apegado a la sencillez tradicional de los viejos clásicos.
Frank Sheeran era un ambicioso funcionario de un sindicato de conductores profesionales llamado Teamsters que comenzó a trabajar a bajo nivel para el alto capo de la mafia Russell Bufalino. Tras años a su servicio, terminará por convertirse en uno de los ejes de un entramado criminal en el que entra en juego Jimmy Hoffa, líder sindical que se codeó con las más altas esferas del poder estadounidense en los años sesenta. Su irrupción en el juego servirá para desdoblar la historia hacia una confabulación de dobles sentidos sobre la amistad, la lealtad y la traición. Elementos determinativos y recurrentes en el género explorado por Scorsese acerca de la sumisión manipuladora construida a través del intercambio de favores. Basado en el libro de entrevistas de título kilométrico ‘I Heard You Paint Houses: Frank “The Irishman” Sheeran and the Inside Story of the Mafia, the Teamsters, and the Final Ride of Jimmy Hoffa’, esta adaptación libre del manifiesto testamentario escrito por Charles Brandt, el fiscal general y abogado de Sheeran, es además un estupendo trabajo llevado a cabo por el gran Steven Zaillian.
‘El Irlandés’ tiene en su enorme dimensión fílmica un carácter introspectivo y autoral que evidencia una revisión de la filmografía de Scorsese, con la que manipula bajo unas reglas de albedrio transformando los cánones de esa narración retrospectiva hacia una representación evolutiva de la época que evoca para configurar la personalidad y el carácter de un hombre de familia seducido por el lado oscuro de la mafia. Mediante ‘flashbacks’ que recorren la vida de este sicario se van configurando maquinaciones políticas y jerarquías variables. Los asesinatos terminan por ser una rutina reiterativa y los personajes se van marchitando hasta quedar en una caricatura. Con ello, logra fagocitar el sentimiento de nostalgia que anidaba en los anteriores héroes de la mafia para llevarlos a otro contexto distinto, mostrando el implacable débito del tiempo sobre las vidas de esta punible aristocracia.
Como en toda la amplitud cinematográfica del maestro italoamericano, lo hace sin intentar justificar ni compensar actitudes, acciones o determinaciones de sus personajes. En el cine de Scorsese jamás ha existido un cuestionamiento o un juicio subversivo, puesto que su ecosistema no necesita directrices éticas que terminen justificando una moraleja. Y aquí, como no podía ser de otra manera, todos son descritos y observados sin omisión ni complacencia.
Desde esos prolegómenos, con las primeras directrices de alusiones al pasado, Sheeran trae a su memoria un episodio de la campaña italiana durante la Segunda Guerra Mundial, en la que ya se intuye cómo además de poder asesinar a sangre fría, es un buen acatador de órdenes. Su evolución vendrá marcada por esta pauta: de soldado sin escrúpulos a esbirro al servicio de una fuerza que acaba por anularle como persona y cosificándole como elemento utilitario dentro del sistema de gánsteres de Nueva York.
La vida entrelazada de Sheeran y su relación con Bufalino y después con Hoffa se distribuye en tres temporalidades distintas, beneficiándose de las cualidades narrativas de un cineasta versado en conferir una fluidez narrativa a esa cronología fragmentada. De modo que el paso del tiempo está efectuado por retrocesos y bucles circulares que pormenorizan la función misma del recuerdo. ‘El irlandés’ reitera sucesos del pasado para tomar decisiones vitales como la de la doble traición a la que se enfrenta Sheeran; la de abandonar una vida de felonías que se caduca al servicio de Bufalino o la de silenciar y quitar de en medio a su amigo Hoffa.
En este transcurso se subraya un viaje físico e introspectivo a los fantasmas del pasado de Sheeran. Bajo la excusa de la boda del hijo de Bufalino, tendrá que volver a asumir su rol de mercenario y enfrentarse al asesinato. Sólo que esta vez es menos glamoroso y más utilitario, lo que le ningunea de nuevo como elemento irrelevante dentro del escalafón mafioso.
Y es en este vaivén de vueltas al pasado y regresos al presente en las que se produce la controversia más enfatizada y cacareada de la película, que no es otra que la ‘de-aging’, la técnica de rejuvenecimiento digital sobre los actores que ha suscitado más comentarios y polémicas dentro de la crítica y el público. No deja de ser curioso cómo este proceso interno adaptado al nuevo cine digital coloca a Scorsese en una posición ambivalente y en el fondo romántica sobre su cine y las nuevas tecnologías. El hecho es que, en esencia, este software de creación de versiones más jóvenes de los actores termina por ir en su contra.
No obstante, en la medida en que cuestiona de forma crítica el paso del tiempo y la nostalgia, sirve como discurso de fondo del propio Scorsese. El de un autor de la vieja guardia sumido en una revolución digital que le es ajena. Por eso en su galería de iconos digitalizados a veces sucumben a la fisicidad envejecida del concepto juvenil que se le quiere dar. Se produce una extraña e hipnótica discrepancia entre la apariencia física y el movimiento. Sobre todo, en esa secuencia en que la Sheeran le da una paliza al dueño de la tienda de comestibles que ha intimidado a su hija pequeña. Podría verse como un juego entre lo verdadero y lo falso, donde Scorsese maneja las grandes figuras, tanto reales como ficticias, heredadas de su propia mitología cinematográfica, pero se pierde en los nuevos tiempos de CGI y técnicas por ordenador.
El silencio, las huellas del pasado, la soledad y la muerte.
‘El Irlandés’ es un mosaico de círculos concéntricos, desde la base interna del guion hasta su forma de concebir el cine en la que el factor interpretativo también simboliza como un pacto histórico dentro del engranaje del film. Así, este reencuentro de ases de monstruos sagrados con el cineasta era necesario para una conclusión meridional casi privativa en el universo del director de ‘Taxi Driver’. A Frank Sheeran no se le puede imaginar con otro rostro que no sea el de Robert De Niro, en su novena colaboración conjunta. La interpretación del veterano actor es una demostración y reevaluación de su legado como leyenda actoral y al que da significado y creación superior. Hacia mucho tiempo que De Niro no estaba tan inspirado.
A esta fiesta conclusiva no podían faltar figuras atemporales en su filmografía, como el regreso de Joe Pesci como Russell Bufalino. Lejos de su cacareo intimidatorio y terrorífico, Pesci da una lección de interiorización sorprendentemente cercana y contenida, lo que atribuye a ese jefe del hampa un poder, una seguridad y una grandeza más allá de lo terrenal. Está sublime. Incluso Harvey Keitel en un papel casi testimonial como como antiguo jefe Angelo Bruno glorifica aún más la trascendencia de este producto con sabor a clásico inmediato. Completando el puzzle, Al Pacino, en su primera colaboración con Scorsese, como si se cerrara definitivamente un círculo imposible a través de las décadas. El histriónico actor está en su salsa, entre la contención y el exceso en el papel de Hoffa, sellando una deuda histórica con décadas y décadas de cine.
De fondo, pervive la historiografía de esos Estados Unidos sumergidos en una época convulsa; desde el desembarco de la Bahía de Cochinos y el intento fallido de reversión militar en Cuba, la elección de John Fitzgerald Kennedy y su posterior asesinato o el nombramiento de su hermano Bobby en el Ministerio de Justicia hasta llegar la guerra de Vietnam y la repercusión social de la victoria electoral de Richard Nixon. La visión crítica arroja una desilusión con respecto a un país corrupto. La mafia no es más otra extensión que opera bajo los mismos edictos que las instituciones gangrenadas desde dentro y legalizadas jurisdiccionalmente. En ese contexto, se produce el devenir de Sheeran, mostrando su lado humano, atento a la falibilidad que se esconde en cada esquina y cada recoveco de oscuridad que puede suponer un fatal desenlace.
Prepondera un elemento revelador dentro de ‘El irlandés’ más allá de las reuniones y tomas colectivas realizadas por los miembros del sindicato o de las órdenes de la mafia y es el cariz que toman los silencios ilustrativos, que son tan trascendentes como la propia acción. Fruto de esta búsqueda en ocasiones contemplativa y funcional dentro del engranaje argumental, Scorsese logra visualizar la soledad de Sheeran hasta ensordecerle al margen de estas reuniones o ajustes de cuentas. La soledad, en definitiva, de una vida marcada por la violencia que le ha terminado por alejar de su familia y del símbolo de pureza que anida en su pasado, que no es otro que su hija Peggy (Anna Paquin), cuyo silencio subraya el fracaso de Sheeran: después de haber pasado su vida escuchando y transmitiendo las palabras de los demás, sus propias palabras no encuentran destinatario.
En su fase final, esa vida caótica y anárquica han pasado factura con sus acciones y las consecuencias han terminado por marcar una insalvable distancia con su familia. Y es en ese sigilo donde se encuentran sus decisiones voluntarias y destructivas. ‘El Irlandés’ concibe lo tácito y el silencio como clave central, subrayado en su inicio y fin con el tema ‘In The Still of The Night’, de The Five Saints, de delicioso simbolismo.
Los fragmentos silenciosos de la película se refieren, en este sentido, a la muerte como un horizonte ineludible, el pathos de la conducta humana. Un concepto de la muerte que va mutando de la ferocidad hasta convertirse en una tragicómica fatalidad. Y es en ese círculo existencial, donde el humor encuentra su espacio dentro de esta fábula. Desde este enfoque insubordinado, desemboca en una montaña rusa que concentra multitud de estados contradictorios que acaban teñidos de la soledad y el desprecio de un vacío existencial. Los coches bomba, los asesinatos, las amenazas y las traiciones se van quedando atrás por un mundo más terrenal de apoplejías, artritis, Alzheimer o cánceres.
Es en la última media hora donde la cinta se precipita hacia un tono gris y crepuscular, como el desencanto de un sueño que tiene décadas de antigüedad. La traslúcida visión de Scorsese sobre sus gánsteres se convierte en una reflexión sobre la condición humana, liberada de todo lirismo, para dando paso a la otra gran obsesión de su obra, la religión, que en las escenas emerge en la tardía búsqueda de clemencia por esa trayectoria basada en la culpa y el silencio y que vienen dadas de la mano con las frecuentes charlas de Sheeran con un joven sacerdote. Sin embargo, es demasiado tarde. Nadie recuerda la gloria criminal de sus compañeros muertos. Algo que no da sentido a la heroicidad de haber sobrevivido. No hay nadie a quien temer, nadie a quien matar, nadie a quien proteger. Se ha transformado en un fantasma sin expiación al que ni siquiera le hacen caso los federales actuales.
En ese regreso a la residencia, la historia cierra el círculo. El desglose de una serie de detalles de su historia personal eran necesarios repetirlos para entenderla, como reconexión de ese hombre con su pasado para llegar a este punto de envejecimiento y soledad terminal. Y entonces es cuando nos damos cuenta de que, a pesar de una vida de comodidades, es un viejo frustrado por sus errores y dejadez familiar. Cuando él creía proteger a su familia con una vida de bienestar, había sembrado el miedo antes que el respeto y la distancia antes que el afecto, personificados en ese icono de la hija que le ha desterrado para siempre. La lealtad es lícita si alberga aprecio y valores, no el acatamiento de directrices a cambio de poder. En el momento en que la estirpe mafiosa a la que pertenece se desmorona, Frank deja de ser útil y pasa a ser una sombra invisible. ‘El irlandés’ es un fresco a gran escala cuya apuesta se posiciona por una suma de interacciones y pequeños detalles que requieren ser recordados para ser comprendidos. La muerte de Sheeran se vislumbra como la condición misma de su discurso: las huellas del pasado están condenadas a desaparecer con su propia muerte. Todo esto suena como una cruel, pero inevitable, última batalla perdida. De ahí ese plano final en el que ex gánster se avergüenza tanto como su conciencia y pide con una actitud casi infantil que no cierren la puerta y entre algo de luz. Es un resquicio de temor, como un halo de esperanza por si algún superviviente cumple el imposible propósito de eliminarle.
Con ‘El irlandés’ Scorsese no renuncia a ningún proceso narrativo ni estético, manteniendo como centro neurálgico su esencia criminal. Desde ese enfoque, escarba en todos los recursos posibles con un virtuosismo que despliega en una dirección que funciona como un espejo retrovisor de sus mejores momentos. Como respuesta ascética desde su prólogo, podemos adivinar la audacia y el miedo de un director que vislumbra el destino inevitable de su propia memoria, de sus diálogos y de su mirada artística.
Construye de este modo la enésima lección de cine, con un magisterio que vuelve a encontrar, como siempre en su cine, la distensión de su talento en el ensamblaje de ese portento de la edición que es su inseparable Thelma Schoonmaker. La puesta en escena de estos recuerdos tumultuosos muestra una rigidez deliberadamente adoptada en la que las palabras y la descripción de las acciones pasadas parecen tener prioridad sobre la acción del presente, que queda relegada a un estado secundario respecto a la memoria que se evoca y analiza constantemente.
Scorsese profundiza en reflexiones violentas sobre el pasado y los estragos del tiempo. Esta obra crepuscular hace a su vez un balance de toda su filmografía, como síntesis de una carrera y de su vasto conocimiento como espectador de cine. El bueno de Marty ha creado una carta de amor a su propio itinerario como director dentro de un contexto en el que ha desarrollado algunos de sus mejores trabajos. Y ‘El Irlandés’ es el fin de una era. La de las películas de gánsteres, pero también el fin una época en Hollywood. Puede considerarse como una película testamentaria, que no conclusiva. Scorsese tiene mucho que contar todavía.
No obstante, será difícil que lo haga con este albedrío y dispendio presupuestario. Lo cierto es que cuando uno sale de la sala de cine, habiendo disfrutado esta reliquia lejos de la plataforma ‘streaming’ que la ha promovido, tiene la sensación de haber vivido una especie de epílogo de una gran epopeya cinematográfica sobre un inframundo americano transformado en subgénero. Como esa mencionada despedida final de un género, de una parte fundamental de la Historia del cine de la que hemos sido testigos y que, de forma casi espiritual, forma parte de nuestra propia vida.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2019
FICHA: Estados Unidos, 2019. Color. Duración: 210 minutos. Formato: 1.85 : 1 (1.37 : 1). Director: Martin Scorsese. Guión: Steven Zaillian (adaptación del libro de Charles Brandt). Productores: Gabriele Israilovici, Emma Tillinger Koskoff, Jane Rosenthal, Martin Scorsese, Irwin Winkler, Randall Emmett, Robert De Niro, Gerald Chamales. Productoras: Netflix, Sikelia Productions, Tribeca Productions. Distribuidora: Netflix. Fotografía: Rodrigo Prieto. Montaje: Thelma Schoonmaker. Música: Robbie Robertson. Intérpretes: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Stephen Graham, Anna Paquin, Jack Huston, Ray Romano, Kathrine Narducci, Jesse Plemons, Domenick Lombardozzi, Jeremy Luke, Gary Basaraba, Steve Van Zandt, Welker White, Action Bronson, Chelsea Sheets, Kate Arrington, Sebastian Maniscalco, Stephanie Kurtzuba, Aleksa Palladino, Kevin O’Rourke.