(1922-2012)
Ha sido un fin de semana de despedidas dentro del cine español. Uno de esos trances aciagos que cumplen esa pérfida ley no escrita que dicta que tras la muerte de un querido miembro de la familia de la farándula vienen otros fallecimientos que se suceden en una negra estela de desapariciones. La muerte de Ignacio Fernández Sanchez, más conocido por el mundo del cine como Tony Leblanc se produjo unas horas después de que José Luis Borau, otro de los directores más admirados del séptimo arte patrio, nos abandonara para siempre.
Siempre se cuenta que Leblanc trabajó desde muy pequeño como ascensorista en el Museo del Prado, donde su padre ejercía de conserje o que fue un gran bailador de claqué, destacando en su biografía su versatilidad como actor a la vez que se llegó a proclamar campeón de los pesos ligeros amateurs en Castilla como boxeador. Auspiciado por compañías actorales de la época como la Celia Gámez y la de Nati Mistral, Leblanc ha sido historia viva dentro de la interpretación, dando vida a galanes o a estafadores de poca monta, a vividores simpáticos y a remotos personajes televisivos como Cristobalito Gazmoño. Su vis cómica se anticipaba a su talento todoterreno que cedió protagonismo al humorista antes que al actor dramático. El Tigre de Chamberí, Sabían demasiado, Muchachas de azul, Historias de la televisión, 091 Policía al habla, Las chicas de la Cruz Roja, El astronauta y, sobre todo, Los Tramposos, dirigida por Pedro Lazaga y protagonizado por Leblanc, Antonio Ozores, Manolo Gómez Bur, José Luis López Vázquez y la que fuera pareja artística en la pantalla, la actriz Concha Velasco, son sólo algunos ejemplos de esa versatilidad.
En el 75 se retiraría y años después sufriría un accidente de tráfico que estuvo a punto de matarle. No obstante, volvería a la gran pantalla con la saga de Torrente, resurrección artística y soplo de vida que reavivó su estrella. Aquel hombre que aceptó el reto de aparecer haciendo algo inaudito y “nunca visto antes en televisión” que salió al Florida Park, peló una manzana, se la comió y desapareció delante de un atónito José María Íñigo. Escritor y cómico, el gran hombre nos ha dejado con la suerte de tener su legado artístico con el que poder seguir disfrutando de su excelencia.


