Bonnie Tyler y el rugido eterno

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Bonnie Tyler en blanco y negro, cazadora de cuero abierta y collares superpuestos, cantando al micrófono en los años ochenta

(1951-2026)

La voz que nació de un bisturí para ser legendaria

Un accidente médico le arrebató la voz dócil y le devolvió, sin proponérselo, el timbre más irrepetible del rock. Desde It’s a Heartache hasta Total Eclipse of the Heart, Bonnie Tyler construyó una carrera trascendente, de resurrecciones imposibles y de nostalgia.

Bonnie Tyler ha muerto. Y nos hemos quedado sin la mujer de la voz rota, sin esa ronquera que llevaba rugiendo desde que un bisturí a mediados de los setenta le arrebatara una garganta dócil y le devolviera, sin proponérselo, una de las voces más reconocibles del rock. El 15 de septiembre de 2024, en la Plaza Mayor de Salamanca, coronando las Ferias locales, asistimos a un concierto mítico, por la simbología y por la figura de un mito musical. Bonnie Tyler actuó con la melena al viento y las cuerdas vocales entregadas a la causa. Fuimos en familia. Iván, mi hijo, la había descubierto en aquella antológica secuencia de Footloose y sabía, sin haberlo pensado del todo, que aquella voz devastada pertenecía a una leyenda con nombre propio. Fue su primer concierto entero, el primero de principio a fin, y le tocó en suerte que fuera precisamente el de esta galesa de garganta de lija. Un concierto diferente, donde hizo salir a su marido a saludar, con gran complicidad con el público. Se dejó la garganta en Simply the Best, ofrenda sentida a su admirada Tina Turner, la otra bramadora del pop que se había ido un año antes.

Y tras un repaso a los éxitos más destacados de su discografía llegó al final, con las cuerdas vocales ya muy justas, hasta Holding Out for a Hero, ese himno que Jim Steinman y Dean Pitchford le escribieron para la citada película de baile adolescente dirigida por Herbert Ross y protagonizada por Kevin Bacon y Lori Singer. Posiblemente su canción más poderosa y que ella convirtió en otra cosa: en grito de supervivencia, una declaración de intenciones que lleva sonando cuatro décadas. Con su edad, el esfuerzo fue apoteósico en uno de los marcos más hermosos del mundo, la plaza barroca que Churriguera diseñó y que aquella noche albergó, sin que nadie lo supiera todavía, una despedida. Hubo nostalgia esa noche, la de los que hemos crecido, desde muy niños, con las canciones de esta gran dama del rock acompañando veladas televisivas, bandas sonoras de sábado por la tarde y recopilatorios caseros grabados en casetes TDK de 60 o de 90. Un regalo inesperado, verla en directo. Una casualidad del destino, que fuera precisamente en la plaza de mi ciudad.

Bonnie Tyler con media melena rizada y cazadora vaquera con tachuelas, cantando en directo en los años ochenta

Gaynor Hopkins nació el 8 de junio de 1951 en Skewen, un pueblo minero del sur de Gales donde su padre, Glyndŵr Hopkins, bajaba al carbón y su madre, Elsie Hopkins, llevaba la casa. Ganó un concurso de talentos local. Y aquella melena rubia, pizpireta y con desparpajo, pasó casi una década en el circuito de pubs y clubes galeses, en los que aprendió a dominar un escenario pequeño antes de saber que existían los grandes. Un cazatalentos de RCA Records la vio y la fichó en 1975. Gaynor Hopkins dejó su nombre ahí. Y nació la leyenda: Bonnie Tyler. Una operación de nódulos en las cuerdas vocales llegó a mitad de esa década, cuando su carrera empezaba apenas a despegar con Lost in France. No guardó el reposo vocal que le prescribieron: la impaciencia, la ambición o la simple imposibilidad de parar hicieron que la voz sanara mal, torcida, arenosa, distinta a como había sido. Aquella imperfección médica que debía devolverle una garganta limpia se convirtió en otra promesa incumplida por el bisturí, en otro cuerpo domesticado a medias por la ciencia, como si el destino hubiera decidido que esa ronquera imprevista fuera el precio exacto de una voz irrepetible. De aquel accidente nació el timbre que la volvió única: quebrado, grave, físico, el que ninguna otra cantante de su generación pudo replicar por más que lo intentaran.

Desde The World Starts Tonight, debut publicado en febrero de 1977, hasta el estrellato definitivo de 1983 con Total Eclipse of the Heart, Bonnie Tyler construyó una carrera de picos y valles, de comparsas radiofónicas y silencios prolongados, de resurrecciones que la industria daba por imposibles demasiadas veces, pero siempre con éxito. Aquel primer disco escondía ya Lost in France, su primera gran canción fuera de Gales; el segundo, Natural Force, la instaló en el corazón de las listas estadounidenses con It’s a Heartache, tres semanas seguidas en el número tres de Billboard y un disco de oro que certificaba lo que en los pubs galeses ya sabían desde hacía una década. Vinieron después los años de travesía, de los que las biografías oficiales suelen pasar de largo para centrarse únicamente en los éxitos: (The World Is Full of) Married Men fue escalando el top 40 británico entre polémicas de emisora, My Guns Are Loaded sonando en las radios canadienses de Diamond Cut (1979), Goodbye to the Island (1981) archivado por una industria que daba por agotada aquella garganta rasposa. Daban por hecho que se trataba de otra voz de los setenta condenada, según el consenso del momento, al peaje generacional de la década siguiente.

Bonnie Tyler cantando en directo en un concierto reciente, con el brazo extendido hacia el público

Y llegó Jim Steinman. Faltaba Faster Than the Speed of Night, el disco que en 1983 la devolvió al número uno en Reino Unido, Estados Unidos y Australia con la proverbial Total Eclipse of the Heart: trece millones de copias vendidas y una segunda vida convertida, con los años, en la banda sonora involuntaria de cada boda, cada fiesta de instituto, cada coche a las tres de la madrugada, de nuestra propia nostalgia. Steinman volvió a escribirle en 1984 con Holding Out for a Hero, compuesta para la banda sonora de Footloose, una película sobre baile y rebeldía adolescente que ni siquiera necesitaba explicación entre quienes crecimos con ella en la videoteca familiar, encajada dos años más tarde en Secret Dreams and Forbidden Fire (1986), disco que dejó también otra joya como If You Were a Woman (And I Was a Man) y el dueto con Todd Rundgren Loving You’s a Dirty Job but Somebody’s Gotta Do It.

«Me considero una chica de clase trabajadora y nunca he dejado de trabajar. Cuando me ofrecen espectáculos aquí y allá acepto muchísimos porque creo que a otras personas les encantaría que les ofrecieran lo que me ofrecen a mí. ¿Quién soy yo para decir que no?»

Después llegó Hide Your Heart en 1988, con una canción título firmada por Jon Bon Jovi y Desmond Child que apenas rascó las listas inglesas, y después la larga travesía europea de los noventa que casi nadie recuerda: Bitterblue (1991) convertida en éxito de Austria a Noruega, Angel Heart (1992), Silhouette in Red (1993), Free Spirit (1995) con Making Love Out of Nothing at All todavía sonando en emisoras que jamás dejaron de pinchar sus canciones. Dieciocho discos de estudio en total, un puñado de resurrecciones y ninguna intención de retirarse: la historia de Bonnie Tyler es la de una artista mucho más grande que el resumen de cuatro hits con los que suele despachar la nostalgia ochentera y una obra mucho más trascendente de lo que parece.

Bonnie Tyler recostada en un sofá con jersey negro y una rosa en la mano, en un retrato promocional de los años ochenta

Vino después una carrera larga de comebacks, de festivales de verano, de una participación en Eurovisión en 2013 que la devolvió al centro de la conversación pop sin que ella tuviera que fingir estar donde no quería. Estaba casada con Robert Sullivan, que fuera judoka olímpico reconvertido en promotor inmobiliario, desde 1973: más de cincuenta años de una relación que sobrevivió a giras, discos fallidos, comparsas de nostalgia ochentera y todo lo que el negocio de la música suele llevarse por delante. Setenta y cinco años, un hospital de Faro, la ciudad portuguesa donde residía largas temporadas, y una perforación intestinal que la mantuvo dos meses en un coma inducido tras la cirugía de urgencia de mayo. Finalmente, su vida se ha apagado esta misma madrugada del 9 de julio de 2026.

Fue, hasta el final, una fuerza física sobre el escenario: la melena revuelta, el puño cerrado en los estribillos, la voz entregada sin ahorro de energía, como si cada actuación pudiera ser la última y hubiera que gastarla antes de que se acabara. Y lo fue. Pocas voces como la suya tendremos la oportunidad de disfrutar en nuestras vidas. Un vendaval de talento que empezó siendo un accidente médico en un pueblo minero galés y terminó siendo la banda sonora de varias generaciones, la mía entre ellas, la de mi hijo también, que la vimos rugir una sola vez bajo una noche festiva de Salamanca sin saber que estábamos viendo el final de algo irrepetible.

D.E.P.

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