Glen Hansard, el arte de cantar sin final

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Glen Hansard tocando una guitarra acústica envejecida, con el cuerpo desgastado y remendado, en un primer plano de luz cálida sobre fondo oscuro

(1970-2026)

La herida hermosa de una película y el hombre cercano

La voz de Glen Hansard deja canciones que respiran, silencios que duran y una aspereza irrepetible. No hace falta un final feliz cuando una vida ha sido cierta de principio a fin. Él convirtió la fragilidad en canto y la cercanía en leyenda.

Hubo un mes de noviembre, el de 2008, en que Dublín se cruzó en mi camino tan sólo porque una película pequeña, rodada casi sin dinero, con una cámara que temblaba y las cuerdas de una vieja guitarra sonando, había dejado una herida, pero de las buenas. De las que se quedan con satisfacción en el alma para toda tu vida. Se trata de Once, de John Carney. Aquella película no contaba nada extraordinario: un cantante callejero que ayudaba a su padre en una pequeña tienda a arreglar aspiradoras. En su tiempo libre, se gana unos euros en Grafton Street y, en ese trance, conoce a una florista checa que le escucha y ambos conectan a través de la música. No era una historia de amor. O sí. Pero no había tramas, ni acercamiento que la consolidaran.

Él estaba esperando a viajar para encontrarse con su exnovia, fotógrafa, que se había mudado a Londres después de la ruptura. Toda la música que él compone al inicio de la película nace del dolor de la separación. Ella vive en un piso compartido con su madre y su pequeña hija, Ivanka. Su marido trabajaba en la República Checa y, aunque la relación era distante y bastante frágil, ella mantenía un fuerte sentido de la responsabilidad familiar. No había final feliz. Ni falta que hacía. Ahí estaba lo grande de esta película. Carney cerraba su película con un disco grabado con un pequeño grupo de amigos en una noche, sin ofrecerle al espectador la recompensa fácil. John Carney filmó una verdad incómoda, la de que el amor y la música a veces sólo se cruzan para separarse mejor. Él viajaba a Londres a ver si podía darse una segunda oportunidad con su musa. Ella se quedaba en Dublín, con el regalo de un piano como símbolo de amistad y de gratitud, mucho más cerca de la amistad que del amor no consumado. Así de simple, así de intachable.

Glen Hansard y Markéta Irglová en una colina con vistas a la bahía de Dublín, fotograma de la película Once, con el mar y la costa al fondo bajo un cielo nublado

De ese fogonazo cinematográfico salió un viaje real, con maletas, con mochila, con cámaras, con lluvia irlandesa, con la calle donde el protagonista cantaba de verdad porque llevaba años cantando allí y donde se produce el primer encuentro entre estos dos personajes sin nombre. Sentí cada acera, cada pub, cada sitio al que fui como un turista friki de la película. Recorrí cada localización como cualquiera que visita Nueva York a ver escenarios naturales en los que se han rodado películas famosas. Para mí, significaba algo similar, aunque más personal. Obviamente, no me encontré a Glen Hansard ni a Markéta Irglová por la calle, ya que, por entonces, ya habían ganado el merecido Oscar a la mejor canción original por Falling Slowly, tema principal del filme, en una de las subsanaciones más emotivas y justas de esos premios de oropel. Pero algo quedó en aquella esencia, en aquel viaje. Uno de los más especiales que he hecho y que haré nunca. Pero detengámonos en él, el chico: Glen Hansard. Tanto aquel viaje de invierno como este texto se pueden considerar una ofrenda a su vida y a su obra. Hoy en día, Once sigue siendo una de las películas que me llevaría a una isla desierta y su banda sonora la llevaré metida en el corazón para lo que me resta de vida.

Este músico nació en Dublín en 1970, en un barrio donde la música era, poco menos, que una manera de pagar el autobús. Con trece años dejó el colegio. No hubo drama de rebeldía adolescente en esa decisión. Su familia sabía que aquel chaval espigado había encontrado su vocación temprana en una guitarra, la calle, la gente que pasaba deprisa y a la que había que atrapar con tres acordes antes de que siguiera caminando. Grafton Street fue su primer escenario y también su primera escuela de oficio. Ahí se aprende lo que ningún conservatorio enseña. A ganarse la atención de un desconocido que no debe nada. A medir el silencio entre canción y canción. A conocer cuándo una moneda cae en la funda de la guitarra por lástima y cuándo cae por asombro y admiración. Esa distinción, mínima y brutal, es la que después llenaría estadios y llevaría el máximo galardón del cine a una estantería de su casa de Dublín.

Fotografía en blanco y negro de un grupo numeroso de músicos vestidos de gala, posando entre edificios en ruinas, imagen promocional de la película The Commitments

Irlanda le dio el acento y también la genealogía sentimental. La tradición de la que Hansard viene no es la del pop. Su inspiración se nutre de otro espectro diferente, más cerca del folk, de lo celta. Su rollo tiene sus raíces en los versos desgarrados de Van Morrison, en las historias orales cantadas por Christy Moore con una guitarra, en The Pogues, con sus gritos de pelea en un bar. De ahí sale su voz rota, ese grito que no busca afinación perfecta, sino verdad vocal.

En 1990 fundó The Frames, la banda que sería columna vertebral de toda su carrera. Con discos como Fitzcarraldo o For the Birds se granjeó un público fiel, antes de que el resto del mundo supiera pronunciar su nombre. The Frames hacían de sus conciertos una experiencia. Espectáculos largos, sudando, tocaban como si cada concierto fuera el único que fueran a dar en la vida. Esa entrega, ese exceso generoso, se quedaría como marca de fábrica para siempre de este artista que ha inspirado a tantos otros. En 1991 el cine llamó a su puerta de una manera que parecía anecdótica y que resultó decisiva. El destino hizo que Alan Parker le citara cuando filmó The Commitments, la historia de una banda de soul en un Dublín obrero. Hansard se puso en la piel de Outspan Foster, guitarrista de la banda ficticia. La película se convirtió en clásico de culto, en retrato certero de una ciudad que cantaba covers de soul americano bajo la esencia de una música territorial como es la irlandesa. Fue el primer contacto con una cámara, con un guion, con la idea de que la música también podía contarse desde dentro de una ficción, y nadie podía saberlo entonces. Quince años después esa misma intuición volvería, multiplicada, con un compañero de banda convertido en director llamado John Carney, alguien que sabe filmar como nadie la música.

Glen Hansard cantando con los ojos cerrados y guitarra acústica en un salón con velas encendidas y luz de ventana, fotografía en blanco y negro

El legendario activista, cantante y hombre de calle

Carney había sido bajista de The Frames. Se conocían de la amistad y el compañerismo compartido bajo composiciones entre furgonetas, cervezas y escenarios pequeños. Cuando Carney decidió rodar Once lo hizo sabiendo que tendría a un actor que no interpretaba a un músico, sino a un músico tocando su propia herida. El presupuesto fue mínimo, el rodaje duró apenas tres semanas y la cámara se movía como si tuviera prisa por no molestar. Y ahí, junto a Hansard, apareció Markéta Irglová, una pianista y cantante checa de diecisiete años cuando empezó a colaborar con él, que terminó siendo la otra mitad exacta de esa historia sin resolución. La canción que escribieron juntos, Falling Slowly, no fue pensada como himno. Fue pensada como confesión de dos personas que tocan mejor juntas de lo que hablan. El mundo decidió lo contrario a lo que la canción anunciaba: no cayó despacio, cayó de golpe, en cines pequeños primero y después en las listas, hasta llegar a la gala de los Oscar de 2008, donde Hansard e Irglová subieron a un escenario. Y se llevaron la estatuilla a la mejor canción original. El discurso de agradecimiento, breve, temblando de incredulidad, se quedó grabado como una de esas escenas donde el cine premia por una vez la honestidad y no el artificio. Esta pareja, entonces compartiendo vida, era así: genuina, real, cercana.

De esa colaboración nació The Swell Season, el proyecto conjunto con Irglová, que llevó las canciones de la película a giras y discos propios, extendiendo en carne y hueso lo que la pantalla sólo podía insinuar. Fue una etapa intensa, con la exposición repentina de dos músicos que hasta entonces tocaban para públicos pequeños y que de pronto llenaban teatros en medio mundo. Con el tiempo los caminos se separaron, como se separan tantas veces las cosas que empiezan siendo perfectas precisamente porque no estaban hechas para durar en esa forma. Hansard siguió solo. Y empezó la parte de su carrera que menos se cuenta y más pesa, la de un hombre que ya no necesitaba demostrar nada y que decidió, aun así, seguir currando el oficio como el primer día en Grafton Street.

Glen Hansard cantando con traje oscuro ante un micrófono, en un escenario iluminado de azul

«Una buena canción cruza la calle y abre a quien pasa… para conseguir una respuesta, por pequeña que sea»

(Glen Hansard)

Rhythm and Repose, en 2012, fue su primer disco en solitario, un trabajo de introspección después de tanto ruido ajeno. Le siguieron Didn’t he ramble en 2015, Between two shores en 2018, This wild willing en 2019 y All that was east is west of me now en 2023, cada uno moviéndose entre el folk desnudo y las texturas más amplias, sin perder nunca esa aspereza vocal como identidad. No hay en esa discografía un solo disco calculado para la radio. Hay canciones largas, arreglos que respiran, silencios que se permiten durar. Es la discografía de alguien que aprendió a tocar para sobrevivir y que, cuando ya no necesitó sobrevivir así, siguió tocando igual, por la misma razón de siempre. Su último trabajo de estudio le devolvió junto a Markéta Irglová Forward, hace apenas un año. Era el esperado reencuentro con su alma gemela dieciséis años después de Strict Joy. El resultado es hermoso: ocho canciones editadas en julio de 2025 y grabadas casi de una tacada, como en la historia de Once. El disco que se ha quedado como póstumo ha sido Don’t Settle —díptico en directo grabado en dos noches de abril de 2025 en el Funkhaus de Berlín—, veintidós canciones sin overdubs ni autotune que recorren The Frames, Swell Season y su carrera en solitario; Transmissions East y Transmissions West son los dos volúmenes finales de su carrera. Una paradoja cuyo último álbum sea una recopilación de lo mejor de su obra musical.

Las giras de Hansard arrastran fama de maratonianas. Conciertos de tres horas venían siendo una norma agradecida. Quien haya estado en uno lo sabe: este cantante se labró una fama de cercanía que quedará como su leyenda de hombre de buen corazón. Después de los shows en grandes estadios, no era extraño verle en alguna calle o local de la ciudad, tocando gratis para quien quería quedarse, como si el escenario oficial hubiera sido un calentamiento antes del concierto de verdad. Cuentan que se presentaba en casas invitado espontáneamente a fiestas particulares, como extensión natural del carácter. La distancia entre el músico y quien lo escucha, esa distancia que la industria del espectáculo lleva décadas fabricando con vallas y pases VIP, en Hansard era una norma absurda. Un tipo de los nuestros.

Primer plano en blanco y negro de Glen Hansard de perfil, con barba entrecana, llevándose la mano a la cabeza

En 2016, cuando un grupo de personas sintecho ocupó el edificio abandonado de Apollo House en Dublín para pasar el invierno bajo techo, Hansard fue una de las voces que respaldó la causa, tocando y hablando en apoyo de una crisis habitacional que la ciudad prefería no mirar. Ha estado cerca de campañas por los derechos de las mujeres irlandesas y de causas de acogida a refugiados, siempre con la misma lógica de calle que aprendió a los trece años: la música sirve para algo más que para llenar un teatro, sirve para poner el cuerpo donde toca y reivindicar con tu voz lo que otras silenciadas no pueden.

Pero eso se acabó de repente. Glen Hansard murió esta madrugada, en un accidente de moto de un solo vehículo cerca de Strawberry Beds, en Chapelizod, al oeste de Dublín. La policía irlandesa registró el aviso poco antes de las 4:30 de la mañana. Tenía cincuenta y seis años y circula en las redes varias versiones de un vídeo de él tocando en un local después de una cena. Otro show improvisado, otra lección de humildad. Deja esposa, la poeta finlandesa Maire Saaritsa, y un hijo, Christy, nacido en 2022. Deja también una orfandad más ancha: la de Markéta Irglová, la de The Frames, la de cada desconocido que alguna vez recibió una guitarra regalada al final de un concierto en la calle.

Glen Hansard cantando de perfil ante un micrófono, en un escenario a oscuras con luces rojas y la silueta iluminada por un lateral

Hay una coherencia extraña, casi terca, en todo este recorrido. El chaval que cantaba en Grafton Street para pagarse el pan es el mismo hombre que, con un Oscar y treinta años de carrera a la espalda, seguía bajando a la calle a tocar gratis cuando podía. La canción que ganó el Oscar habla, en el fondo, de lo mismo que hablaba aquella película pequeña: de que el amor y el arte no siempre llegan para quedarse, y que de todos modos merece la pena cantarlos enteros, sin abreviar el dolor ni maquillar el final. Quizá ahí está la lección que Once dejó a quien la vio y después cruzó el mar de Irlanda buscando su eco. Las obras redondas no necesitan un lazo bien atado al final. Necesitan ser ciertas de principio a fin. Glen Hansard llevaba más de tres décadas demostrando esa misma verdad fuera de la pantalla, disco tras disco, gira tras gira, calle tras calle. Sobra el final feliz cuando lo que se cuenta, y lo que se canta, es verdad.

Esta ofrenda es para un hombre inspirador. Es un pequeño texto para darle las gracias. Lo ha escrito un hombre que un día se subió a un avión dirección a Dublín porque una película pequeña, sin final feliz, le había enseñado algo: que la música y el arte más honestos no prometen nada y aun así lo dan todo.

D.E.P.

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