Descubierta por el que suscribe más de una década desde su estreno, esta prodigiosa obra de Alfonso Cuarón es una hermosa fábula a modo de cuento de hadas en la que su engranaje funciona a la perfección. Un filme de extremo virtuosismo, de constante genialidad en el proceder de una narración donde no falta ese poso dickensiano que sublimó el director mexicano en Grandes Esperanzas. La magia, el tono realista del rígido internado femenino de Nueva York contrapuesto a la imaginación de la pequeña Sara, la tragedia dramática enfrentada a la historia de Ramayama, leyenda épica hinduista, se entretejen con hermosas historias de amistad, amor paternofilial, adversidades y un final feliz como en todo cuento que se precie.
Himno fabulesco a la lectura y al poder protector de la fantasía, La princesita es, además, un prodigio cinematográfico en todos sus contextos; en la disposición emocional y formal de su director a la hora de conseguir una dirección admirable, en su majestuoso y humilde diseño de producción, en su soberbia fotografía (impecable Emmanuel Lubezki) o en la música de Patrick Doyle. Pero También en la esplendorosa interpretación de la pequeña Liesel Matthews como la inolvidable Sara y en, su totalidad, en ese subtexto mágico y fascinante al alcance de los grandes clásicos familiares.

