Gene Hackman y la majestuosidad imperceptible

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Gene Hackman sonriente, de esmoquin y pajarita negra, en un retrato de estudio

(1930-2025)

La grandeza sin ruido

Llevaba veinte años retirado por voluntad propia y el azar escribió un final muy cruel: morir sin poder pedir ayuda, junto a la mujer que ya no podía dársela. Nos queda el resto, que es inmenso: el actor de rostro corriente que elevó cada plano a la genialidad.

La última escena de su vida es de una crueldad que ningún guionista se habría atrevido a escribir. A mediados de febrero de 2025, en una casa de Santa Fe, Nuevo México, murió la pianista Betsy Arakawa, víctima del hantavirus. En esa misma casa quedaba su marido, Gene Hackman, de 95 años, con un alzhéimer tan avanzado que el informe forense concluyó algo difícil de leer sin escalofrío: el actor sobrevivió varios días junto al cuerpo de su mujer sin comprender lo que había sucedido. Pululó por las habitaciones sin comida, sin la capacidad de marcar un número de teléfono. La fecha estimada de su muerte es el 18 de febrero; la causa, una insuficiencia cardíaca con el alzhéimer y una insuficiencia renal como cómplices, y acetona en el organismo como huella de la inanición. Los cuerpos, junto a uno de sus perros, aparecieron días después. Así se apagó, en el silencio absoluto que él mismo había elegido dos décadas antes, uno de los actores más grandes que ha dado la Historia del Cine.

Vale, sí, Hackman llevaba desde 2004 desaparecido del oficio, pero esa desaparición fue coherente con todo lo anterior. Nunca durante su larga carrera ejerció de estrella. Eugene Allen Hackman, nacido el 30 de enero de 1930 en San Bernardino, California, cargó siempre con un físico de vecino de rellano, del amigo de tu padre que viene a ver los partidos de la NFL a tomarse unas cervezas y a hablar de la vida sin trascendencia: calvicie temprana, cara ancha, cuerpo de fontanero. En un Hollywood de mandíbulas esculpidas, aquel hombre corriente resultó ser el intérprete menos vulgar de su generación. Es más, este actorazo era capaz de sugerir con una mirada lo que otros necesitaban explicar en tres páginas de diálogo.

Gene Hackman en blanco y negro como Popeye Doyle en The French Connection, apuntando con una pistola en el metro de Nueva York

El despegue en Hollywood llegó con Bonnie and Clyde (1967), donde su Buck Barrow le valió la primera nominación al Oscar y la certeza de crítica y de público, de que allí había un animal escénico distinto y muy sobresaliente a los demás actores de reparto que ya tenían una sólida reputación dentro de la industria. Cuatro años después, William Friedkin le entregó el papel de su vida: el detective Popeye Doyle en la obra maestra The French Connection (Contra el imperio de la droga) (1971). Aquel policía de sombrero pork pie Fedora y métodos de manga ancha, obsesivo, racista, magnético, conducía bajo el puente de Brooklyn a toda hostia en la persecución más célebre de la historia del cine. Y Hackman lo encarnaba sin pedir jamás la simpatía del espectador, sabiendo que en su aridez y actitud hosca estaba el secreto de su personaje. El Oscar al mejor actor fue casi un trámite. La película se articulaba en torno a él y un nuevo realismo sucio para el policíaco americano. Friedkin siempre admitió que el éxito de su cinta era él, sudando verdad, y siendo un verdadero hijo de puta en pantalla.

Tres años después llegó el contraplano exacto: Harry Caul, un huraño experto diseñador de sonido que se dedica a escuchas en La conversación (1974), de otro de los grandes de los «toros salvajes y moteros tranquilos», Francis Ford Coppola. Donde Doyle era pura pulsión externa, Caul era un caracol replegado en su gabardina de plástico, un católico conservador culpable que tocaba el saxofón a solas y desconfiaba hasta de las paredes. Pocas veces un actor construyó dos criaturas tan opuestas en tan poco tiempo y con tanta economía de medios. Ahí estaba la clave de su arte: Hackman no se transformaba con narices postizas, ni era un actor de método tendente al histrionismo, tampoco buscaba papeles de lucimiento con acentos imposibles. Simplemente, se ajustaba el termostato interior y el rostro entero cambiaba de temperatura.

Gene Hackman en blanco y negro como Harry Caul en La conversación, con gafas y bigote, dentro de una furgoneta de vigilancia

Después cabría todo en su filmografía: el predicador de La aventura del Poseidón (1972), sacrificial y febril. El Lex Luthor de Superman (1978), villano muy criticado en su época por conferirle un aire de vodevil que jugaba la carta de la comedia con un descaro delicioso. Cintas de todo género, Rojos (1981), Bajo el fuego (1982), Más allá del valor (1983), Agente doble en Berlín (1985), No hay salida (1987), Bat 21 (1988), Un tiro por la culata (1990), Acción judicial (1991)…

Entre medias, el entrenador Norman Dale de Hoosiers (1987), de David Anspaugh, probablemente una de las grandes cintas del deporte americano y del baloncesto que se hayan rodado jamás y el agente Anderson del FBI junto a Williem Dafoe y Frances McDormand en Arde Mississippi (1988), uno de los alegatos más directos contra el racismo del país y el KKK que le valió una nueva nominación. Llegaría entonces Sin perdón (1992), el regalo envenenado de su amigo Clint Eastwood: el sheriff Little Bill Daggett, un hombre aparentemente afable y justo que construía su casa con las mismas manos con que torturaba a los forasteros. Aquella encarnación de la violencia institucional, sonriente y doméstica, le entregó su segundo Oscar, esta vez como actor de reparto, y quedó como una de las radiografías más precisas del mal banal que haya dado el western.

Gene Hackman y Clint Eastwood posando juntos con sus estatuillas del Oscar

La leyenda sin boato

Los años noventa lo confirmaron como el secundario (o actor de reparto, con mejor definición del término) de lujo definitivo, un actor eficaz, que siempre apuntalaba cualquier taquillazo: La tapadera, Cómo conquistar Hollywood, Enemigo público… Hasta que Wes Anderson le regaló una despedida por todo lo alto: el patriarca tramposo y entrañable de Los Tenenbaums. Una familia de genios (2001), donde Hackman, ya de vuelta de todo, se permitió ser ligero, veloz, casi juguetón con su actuación memorable. Sus últimas películas fueron la enésima participación en una cinta judicial como El jurado, en otra adaptación de John Grisham y una comedia menor, Bienvenido a Mooseport (2004). Después, cerró la puerta de la interpretación para siempre.

Se marchó sin ceremonia, como quien sale a comprar tabaco. «No he dado ninguna rueda de prensa para anunciar mi retirada, pero sí: no voy a actuar más», reconoció. Cuando le preguntaron si volvería a ponerse ante una cámara, respondió con sorna seca: «Sólo en las reposiciones». Confesó echar de menos el acto de actuar, la arcilla misma del oficio, pero no el negocio: «El negocio, para mí, es muy estresante». En Santa Fe se dedicó a pintar, a escribir novelas, a pedalear por el desierto. Ni cameos, ni homenajes televisados, ni giras de nostalgia. La retirada más limpia que se recuerda en Hollywood. Así era Gene Hackman.

Gene Hackman como el entrenador Norman Dale en Hoosiers, encabezando a su equipo de baloncesto con chaquetas doradas

Su palmarés, por el contrario, impone: dos Oscar, dos BAFTA, cuatro Globos de Oro, un Oso de Plata. Su influencia en el oficio, mucho más. Generaciones enteras de actores de carácter se miran en aquel hombre que demostró que el centro de una película no lo ocupa el más guapo, sino el más honesto y verdadero en pantalla. Hackman dignificó la furia contenida, la mediocridad peligrosa, la decencia cansada; dio cuerpo a policías, predicadores, entrenadores, villanos y padres fallidos con la misma convicción artesana, sin un solo gesto de más.

Por eso duele tanto el epílogo de Santa Fe. El hombre que controló milimétricamente cada segundo de su carrera y cada frontera de su vida privada terminó a merced de la niebla, incapaz de pedir auxilio, custodiado por un perro. Hay algo insoportable en esa imagen y algo, también, extrañamente coherente: murió como vivió sus últimos veinte años, lejos de todos los focos, en el más estricto de los silencios. El cine, que le debe algunos de sus momentos más verdaderos, se quedó sin la posibilidad de despedirle. Nos quedan las reposiciones, como él dijo. Ahí sigue, y ahí seguirá, sudando verdad bajo el elevado de Brooklyn.

D.E.P.

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