El arte ha sido un tema controversial, en la medida de su relación con la moral y la ética. Durante siglos, muchos han debatido acerca de si el arte debiera ser juzgado en función de estos valores. El arte y la cultura, como forma de expresión humana, puede que sea la herramienta más poderosa y enérgica para estimular el espíritu crítico de una sociedad, pero también esencial para comprender nuestra esencia como personas. Desde las pinturas prehistóricas, la música, la literatura y el cine, la cultura ha servido al mundo como forma de expresar ideas, emociones y pensamientos, así como de transferir la historia de la Humanidad.
El arte, como tal, sigue siendo el medio idóneo para desafiar el status quo, para hacer frente y poner en tela de juicio las normas sociales y políticas y promover la libertad de expresión y el pensamiento crítico. Pero ¿Qué sucede cuando estos edictos representativos de una época o un modelo crítico y dimensional proviene de un autor cuya moral y acciones están reñidas con la corrección o van más allá de los arreglos sociales? ¿Cómo debemos asumir la admiración que despiertan ciertos artistas tachados de inmorales a lo largo de la historia, y, aun así, sus obras han sobrevivido al paso del tiempo como ejemplos culturales pese a su polémico discurso?
No es fácil dar una respuesta a estas preguntas sin que entre en juego un concepto como la censura en función de la ética y la moral que dicta la sociedad. Por ejemplo, Miguel de Cervantes sufrió la reprobación editorial y la cárcel por sus escritos satíricos y críticos contra el poder y cuya obra maestra Don Quijote de la Mancha fue incluida en el Índice de Libros Prohibidos de la Inquisición en 1614 por contener pasajes que se burlaban del dogma católico y la caballería. Cándido una de las grandes obras del gran pensador ilustrado francés François-Marie Arouet “Voltaire”, fue prohibida en Francia, teniendo que exiliarse varias veces por sus obras filosóficas y literarias que atacaban a la monarquía absoluta, al clero y a la superstición.
Lo mismo sucedió con George Orwell y su denuncia a los totalitarismos del siglo XX en sus novelas Rebelión en la granja y 1984, Gabriel García Márquez y su choque contra la dictadura militar por su contenido político y social de su obra maestra o Salman Rushdie y Los versos satánicos, acusada de blasfemia por los líderes religiosos musulmanes por su supuesta ofensa al profeta Mahoma y al islam. James Joyce, Vladimir Nabokov o William S. Burroughs son sólo algunos de los escritores cuyas obras también han sido objeto de polémica a lo largo de la historia.
Yendo más allá en el asunto y entrando en la vida personal del autor ¿Debe respetarse la obra de un artista cuya vida privada hay sido más que cuestionable e incluso delictiva? Donatien Alphonse François de Sade es célebre por sus relatos eróticos y truculentos, considerados inmorales y ofensivos. Sus líneas profesaban todo tipo de parafilias, en las que la tortura, la violación, el incesto, la necrofilia y otras perversiones sexuales azotaron y transgredieron los límites de la moral, de la religión y de la sociedad a través de los años. Sade fue recluido en múltiples manicomios por sus actos libertinos y sus ideas ateas, lo que no quita para considerarle un genio literario del existencialismo que supo adentrarse mejor que nadie y con una profundidad inigualable en las complejidades del deseo, la sugestión y la liberación sexual de la mente humana. Los 120 días de Sodoma, Justine, Juliette, Las prosperidades del vicio o La filosofía en el tocador han tenido tanta influencia en el cine, el teatro, la psicología o el arte como en el pensamiento contemporáneo.
Un artista tan deleznable en lo personal como brillante en lo intelectual y artístico fue Louis-Ferdinand Céline. Antisemita y colaboracionista con el régimen nazi le convierten en una figura miserable, pero a su vez su innovación y transgresión que le convierten indiscutiblemente en una de las influencias más importantes en la literatura moderna con obras maestras como Viaje al fin de la noche, Muerte a crédito y Rigodón. Autores como Henry Miller, Samuel Beckett o Jean-Paul Sartre son algunos de los deudores de su arte literaria.
Esta polémica, plantea el dilema de cómo valorar la obra de un artista que tuvo una conducta moralmente reprochable como en el caso del cineasta Roman Polanski y su implicación con el abuso sexual de varias mujeres que le denunciaron por abuso. Su mayor escándalo en agosto de 1977, cuando violó a Samantha Geimer, una niña de 13 años a la que drogó y forzó a mantener relaciones. Tras una deslumbrante carrera en los años revolucionarios que cambiaron Hollywood con espléndidas películas como El baile de los vampiros, La semilla del Diablo o Chinatown. El director franco-polaco se declaró culpable y, pese a permanecer 42 días en la cárcel, huyó de Estados Unidos para refugiarse en Londres y después irse a París, donde encontró la salvaguardia en el gobierno galo, aunque la justicia norteamericana pidió la extradición del director.
En menor medida, está el caso del director neoyorquino Woody Allen, cuando éste se separó de su pareja Mia Farrow en 1992 para hacer público que mantenía una relación con Soon-Yi Previn, la hija adoptiva de Farrow, con total consentimiento por ambas partes. Antes, salieron a la luz los supuestos abusos sexuales que el director neoyorquino habría cometido contra su hija adoptiva de siete años Dylan, sin encontrar nunca pruebas concluyentes de su culpabilidad. Cuando surgió el movimiento #MeToo, resurgieron los fantasmas del pasado y la industria dio la espalda al creador de Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas, provocando el rechazo de varios actores y actrices que han trabajado con él, afectando a la reputación y la financiación de sus proyectos.
Todo ello plantea una pregunta: ¿Qué ocurre cuando el arte colisiona con la moralidad? ¿Se deben censurar las obras de aquellos escritores cuyas creencias o comportamientos son reprobables? Si fuera así, estaríamos coartando la libertad de expresión, una de las bases fundamentales de cualquier sociedad democrática. El arte, como tal, debe ser valorada por su calidad estética y su capacidad para transmitir ideas y emociones, independientemente de la moralidad de su contenido. Los escritores pueden ser despreciables o miserables, incluso haber llevado una vida punible, pero eso no debería impedir que sus obras sean analizadas y disfrutadas por aquellos que buscan una comprensión más profunda del mundo y de la condición humana.
La censura, en ningún caso, debe ser la solución, porque sería una manera de negar el raciocinio y la capacidad de abordar una obra, asumiendo las sombras o las contradicciones que no deben empañar la obra de un artista. La cuestión es si se puede apreciar ese trabajo sin tener en cuenta su moral o sus ideas, o si se debe boicotear o rechazar debido a sus acciones o sus mensajes. Es cierto que hay tener en cuenta el contexto en el que se crearon y el mensaje que transmiten, pero asimismo hay que respetar la libertad de expresión de los artistas. Sin la libertad de expresión, el autor no podría participar ni manifestarse de un modo libre, es decir, no tendría el derecho a hablar, revelar y propagar el albedrío artístico, más allá de las implicaciones personales del artista. No hay que olvidar la responsabilidad social y ética que implican los trabajos, pero ello no tiene que ser óbice para la valoración externa de las obras y los autores.
Es posible disfrutar de una obra sin compartir la moral o las ideas de su autor, sin perder de vista la actitud crítica y reflexiva al respecto, sin ejercer una relectura crítica de la obra del artista, teniendo en cuenta el contexto histórico y social en el que se produjo. Tampoco es conveniente cuestionar los criterios de valoración que se han establecido desde el patriarcado o desde el poder. En cualquier caso, la censura y el prejuicio existen desde siempre. Muchos autores y obras han sido prohibidos, perseguidos, incinerados o torturados por atentar contra el orden establecido o por expresar ideas consideradas peligrosas o subversivas. Jamás hay que limitar la libertad de expresión de los autores en nombre de otros valores o intereses
¿Se puede separar la obra del artista? Por supuesto que sí. Depende de la perspectiva y el criterio de cada persona. La conclusión sería que separando la obra del artista podría apreciarse un mayor valor estético, técnico y creativo de la obra, sin que influyan los aspectos personales, morales o ideológicos sobre el artista. Es lo complejo de tan ambiguo dilema. Lo cierto es que es necesario evitar el moralismo, el prejuicio o la censura. Lo que debe prevalecer, suceda lo que suceda, es el respeto de la libertad de expresión y la diversidad de opiniones.






