(1936-2023)
Millones de niños aprendieron a leer, sin saberlo, en la escalera del 13 de la Rue del Percebe. El padre de Mortadelo y Filemón se va a los 87 años dejando las tiras cómicas más representativas de nuestra historia.
Es como si los quioscos de toda España —si es que queda alguno— se hubieran quedado en silencio. Se ha ido Francisco Ibáñez, uno de los más grandes creadores de la cultura de nuestro país. Francisco Ibáñez nació en Barcelona el 15 de marzo de 1936, cuatro meses antes del estallido de la guerra. El 20 de enero de 1958, en las páginas de la legendaria revista Pulgarcito, insignia de la Editorial Bruguera, parió a un agente calvo de gabardina y gafas de pasta negra, maestro del disfraz imposible, y a su exasperado jefe de dos pelos: Mortadelo y Filemón, agencia de información primero, agentes de la T.I.A. después, catástrofe ambulante siempre. Aquella pareja atravesó el franquismo, la Transición, la democracia, las Olimpiadas, los Mundiales, las crisis que hicieran falta. Porque su importancia era tal, que en cada época encontró material nuevo para el mismo porrazo eterno.
Alrededor de ellos levantó una fábrica de personajes durante seis décadas: 13 Rue del Percebe, con aquella fachada recortada donde cabía todo un país mostrando sus miserias piso por piso; El botones Sacarino, el mártir perpetuo del organigrama; Rompetechos, que convertía la miopía en divertida cosmovisión; Pepe Gotera y Otilio (Chapuzas a domicilio), la ñapa de albañilería como sistema nacional de construcción o Chicha, Tato y Clodoveo a mediados de los ochenta… Cada serie era un mecanismo de precisión cómica que funcionaba igual como un reloj de mecanismo suizo que entusiasmaba tanto a niños de ocho años como a los señores de cincuenta y sesenta. Cuando uno iba creciendo y revisando los tebeos, entendía, con cierto escalofrío, de qué se estaba riendo exactamente el autor y el genio.
Cuando Bruguera se hundió en los años ochenta, sus criaturas emigraron con él a Grijalbo y más tarde a Ediciones B. Hoy, bajo el paraguas de Penguin Random House, sigue vigente con la vitola de inmortalidad ganada a pulso. La cifra de consenso periodístico habla de más de cien millones de ejemplares vendidos: una estadística sin auditoría posible, pero perfectamente verosímil para cualquiera que haya pisado un aula, una sala de espera o una biblioteca pública española en el último medio siglo.
Yo fui uno de esos millones. Un niño muy pequeño con hambre voraz de cultura que aprendió a leer, a reír y a mirar en aquellas viñetas endiabladas plagadas de detalles tan inverosímiles como increíbles. Ibáñez me enseñó el gusto por el minimalismo escénico —esos fondos donde siempre pasaban tres cosas más de las que pedía el chiste—, el uso magistral del lenguaje, los juegos de palabras y las antológicas onomatopeyas que eran poco menos que partituras. Sus historias me acompañaron en la infancia y me enseñaron a ver el mundo con humor e inteligencia, que es la forma más digna de verlo. Sus personajes son parte de mi familia y de mi memoria. Y vuelvo a ellos constantemente.
Porque debajo del porrazo y del ¡chof! latía una crónica social de exactitud demoledora. La España del pluriempleo, de la vivienda imposible, del jefe tiránico, de la obra eterna y la ventanilla kafkiana mejor retratada en la escalera del 13 de la Rue del Percebe que en muchos manuales de sociología. Ibáñez satirizó la autoridad, la burocracia, la picaresca, la modernidad a medio llegar, sin un gramo de crueldad y con una puntería que medio país todavía cita de memoria.
Los premios llegaron todos, aunque tarde, de seguido: el Aro de Oro en cuatro ocasiones (1969, 1974, 1975, 1976), el Gran Premio del Salón Internacional del Cómic de Barcelona a la trayectoria (1994), el Haxtur al Autor que Amamos (2000, compartido con Quino, compañía imposible de mejorar), la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2002), el Notario del Humor de la Universidad de Alicante (2008), el Chupete al mejor comunicador con el público infantil (2013), la Creu de Sant Jordi (2021)… Él, mientras tanto, seguía dibujando, que era su vida.
«Para mí el verdadero premio es cuando veo a ese niño que viene a que le firme el librito, mirándome encantado, con los ojos como platos, pensando que está con una especie de héroe.»
(Francisco Ibáñez, eldiario.es, 2018)
Una especie de héroe decía. El niño de los ojos como platos podría haber sido yo, o cualquiera de nosotros; el héroe, con chaqueta de pana, la de cualquier dibujante hacía las veces de capa. Ibáñez ha sido fundamental en nuestra educación, la de tantas generaciones que admiramos silenciosamente a uno de los grandes genios de la cultura española. Él estaba ajeno a esa gloria. Siguió firmando tebeos hasta el final. Ibáñez fue un maestro, una leyenda, el cronista de la risa en la historia de España. Y le vamos a echar mucho de menos. Y más en los tiempos que corren, cuando es más necesario que nunca.
Ha muerto Francisco Ibáñez Talavera a los 87 años, con la salud tan quebrada en los últimos tiempos que ya no había podido acudir a recoger un premio en la Feria del Libro de Madrid, donde fue siempre un habitual. Se fue uno de los artistas más grandes que dio España en el último siglo. Y no exagero un ápice cuando digo que pocos creadores, en cualquier disciplina, sembraron tanto y tan importante en tantas generaciones.
Descansa en paz, Gran Maestro.




