(1948-2025)
Creador de una gramática musical inédita, Ozzy Osbourne convirtió el desánimo industrial de Birmingham en heavy metal. Junto a Tony Iommi y Randy Rhoads hizo del ruido una crítica social que sigue sonando.
Hijo de obreros de Birmingham, puso voz a la primera banda que entendió que el sueño hippie se había acabado. Ozzy Osbourne murió a los 76 años, diecisiete días después de despedirse de su ciudad sentado en un trono, y deja algo más que una playlist de obras maestras: la prueba de que el destino que te asignan en la cuna se puede reventar a volumen ensordecedor.
El 5 de julio de 2025, en Villa Park, el estadio del Aston Villa, Ozzy cantó por última vez. Lo hizo sentado en un trono de cuero con un murciélago tallado en el respaldo, porque el párkinson ya no le dejaba sostenerse en pie, junto a Tony Iommi, Geezer Butler, Bill Ward, los tres chavales con los que había empezado todo en esa misma ciudad medio siglo antes. El 22 de julio, su familia anunció que había muerto «rodeado de amor». Pocas despedidas han estado tan bien escritas, y a ningún guionista se le habría ocurrido un desenlace tan icónico.
John Michael Osbourne nació el 3 de diciembre de 1948 en Aston, un barrio obrero de Birmingham. Su futuro no iba más allá de la nómina de una fábrica y de largas jornadas de sacrificio. Lo que vino después no fue la biografía típica de una estrella de rock. Ozzy rompió las reglas del rock, pero también las de clase. La paradoja es brutal: consiguió que lo subversivo llegara a las listas de ventas sin perder un ápice de su fuerza original.
Birmingham a finales de los sesenta era un laboratorio social accidental. El declive industrial había dejado a una generación de chavales sin horizonte que encontró en el blues eléctrico el idioma de su rabia. Cuando Iommi, Butler, Ward y Ozzy pasaron de llamarse Polka Tulk Blues a Earth, y de Earth a Black Sabbath, estaban metiéndose sin saberlo en algo que iba a cambiar la música popular. No se trataba de tocar un blues más áspero ni de escribir letras más siniestras. Era la intuición de que el rock había agotado su fase utópica y debía buscar otro camino.
Mientras otros seguían instalados en el optimismo psicodélico o en las filigranas del progresivo, Black Sabbath sacó su primer disco un viernes 13 de febrero de 1970 y abrió la cara A con lluvia, una campana y un riff construido sobre el tritono, el intervalo que desde la Edad Media se asociaba al diablo, y aquello funcionó a la primera. Sobre ese riff apareció la voz de Osbourne, aparentemente primitiva, que escondía más recursos de los que nadie le concedía: un vibrato exagerado que transmitía a la vez vulnerabilidad y amenaza, y un tránsito del susurro al alarido que convertía cada canción en una confesión privada a volumen ensordecedor. Esa voz alcanzó su cima en War Pigs, donde arrastra la canción desde el lamento inicial hasta la condena final, con los generales reunidos como brujas en una misa negra. Ozzy encarnaba sus letras más que interpretarlas.
Black Sabbath y el caos con sentido
El talento de los Sabbath consistió en introducir la crítica social dentro de lo que, en principio, sonaba a caos puro. Aquellos cuatro tíos habían entendido que el heavy metal no era simplemente rock a todo volumen. Aquello era un lenguaje distinto, con su propia gramática. Y ese lenguaje acabó triunfando desde los Midlands ingleses hasta el Medio Oeste americano. Osbourne hacía de traductor; cogía las ideas de Iommi y Butler y las convertía en algo que se sentía en el estómago. La imaginería de la banda, con sus cruces invertidas y sus emblemas apocalípticos, se tomó muchas veces por provocación ocultista de saldo.
La realidad tenía más fondo. Estudiosos del género como la socióloga Deena Weinstein, autora de Heavy Metal: The Music and Its Culture, leen esos símbolos como crítica social en clave. Es decir, el cristianismo puesto del revés para señalar la hipocresía de una sociedad que predicaba valores humanitarios mientras aplaudía guerras como la de Vietnam. War Pigs era una denuncia y no una celebración. Iron Man no glorificaba la máquina: avisaba de lo que pasa cuando el hombre se convierte en una. Ozzy nunca quiso ser un predicador. Era más bien un chamán de barrio que sacaba a la luz las sombras que todo el mundo prefería no mirar.
Discos como Paranoid, con sus cambios bruscos de dinámica y su mezcla de velocidad y peso, fijaron moldes que Judas Priest, Iron Maiden, Metallica, Megadeth, Slayer o Pantera explorarían durante décadas. La forma en que la melodía de Ozzy se pegaba a los riffs de Iommi, un guitarrista que tocaba con dos prótesis caseras en las puntas de los dedos que le había arrancado una prensa de chapa, sentó la relación entre voz y guitarra que el metal no ha dejado de usar desde entonces.
La segunda vida: Rhoads, el tren y el murciélago
En 1979 Black Sabbath echó a Ozzy por sus múltiples adicciones, y lo que parecía el final de un cantante se convirtió en el principio de otro. Con Blizzard of Ozz (1980) hizo más versátil la fórmula y le dio mayor alcance. Randy Rhoads fue la pieza clave: un guitarrista de formación clásica, con una técnica que encajaba con la intensidad bruta de Osbourne. Juntos llevaron el heavy hacia terrenos armónicos y melódicos que el género apenas había pisado.
La mitológica Crazy Train resume aquella alianza mejor que cualquier explicación. El riff conserva la dureza de siempre, pero el solo de Rhoads se abre hacia escalas que venían más de Bach que del blues. Duró poco: el 19 de marzo de 1982 Rhoads murió en Florida al estrellarse la avioneta en la que daba un paseo durante la gira de Diary of a Madman. Tenía veinticinco años. Ozzy siguió adelante con Jake E. Lee y después con Zakk Wylde, y su capacidad para entenderse con guitarristas tan distintos desmentía la fama de cantante imposible que le habían dado sus escándalos.
Escándalos hubo, desde luego. En 1981, en una reunión con ejecutivos de su discográfica en Los Ángeles, le arrancó la cabeza a una paloma de un mordisco. En enero de 1982, en Des Moines, hizo lo mismo con un murciélago que alguien del público había lanzado al escenario y que él tomó por un juguete de goma. Las giras incluían ahorcamientos fingidos y toda la casquería que fuera necesaria. Joder, era el Príncipe de las Tinieblas, y aquella teatralidad no era un adorno, sino su prolongación física: las metáforas de los discos convertidas en carne real.
En ese terreno tuvo un antecesor ilustre, el no menos excéntrico Alice Cooper, que llevaba años haciendo del escenario poco menos que un teatro de terror —como los gimmicks en los cines de William Castle—, pero la influencia de Osbourne fue más ancha. Se oye en Rob Halford, en Bruce Dickinson, en James Hetfield, en Phil Anselmo. Se ve en la forma en que Marilyn Manson exploró el lado más perturbador del espectáculo y en cómo el black metal noruego, con Mayhem a la cabeza, empujó la transgresión hacia territorios todavía más extremos y peligrosos. En todos esos casos se mantuvo la lección que Ozzy había dejado clara: la puesta en escena como parte de la música, no como elemento complementario.
La autodestrucción sin romanticismo y el legado
Su lucha contra las adicciones no puede venderse como el combustible de su creatividad, pero tampoco puede apartarse del contexto que produjo su obra más poderosa. Hay que esquivar a la vez la glorificación del exceso y el sermón fácil. Suicide Solution nació de su propia relación con el alcohol, de verse al borde del abismo y convertir ese vértigo en canción. Por eso resulta tan absurdo que unos padres estadounidenses la acusaran, en los ochenta, de empujar a su hijo de 19 años al suicidio. La demanda terminó desestimada y demostró, sobre todo, que nadie se había molestado en escuchar la letra.
Su longevidad desmonta también el arquetipo de rockero maldito que se quema pronto porque quiere vivir rápido y dejar un hermoso cadáver, como rezaba la frase de la novela Knock on Any Door, de Willard Motley (1947). Ozzy sobrevivió a casi todo, incluidos sus propios excesos y los pronósticos médicos.
En 2010, un equipo de genetistas secuenció su genoma para entender cómo seguía vivo después de tantas décadas de alcohol y drogas, y encontró una variante poco común en un gen relacionado con el metabolismo del alcohol, aunque los propios investigadores admitieron que habían hallado «humo, pero no fuego». Que la ciencia tuviera que buscarle una explicación ya dice bastante de este tipo.
Antes, en 2002, The Osbournes, un reality show pionero en la televisión, había ganado un Emmy mostrando a un Príncipe de las Tinieblas peleándose con el mando de la tele, perdido en su propia cocina, gritando a sus perros y castigando a sus hijos. Mostrar el lado doméstico de un tipo al que media América tomaba por un ser sobrenatural creó una cercanía nueva entre el artista y su público. El monstruo resultó ser un padre de familia desbordado, como casi todos. Y eso, lejos de rebajar el mito, lo hizo más humano.
¿Por qué Ozzy Osbourne se escapa de cualquier etiqueta? Porque personificó contradicciones que nunca se resolvieron: autenticidad y personaje, transgresión y éxito masivo, individualismo extremo y una horda de seguidores que se sentían parte de algo. Su carrera fue mucho más que una trayectoria musical de éxito. Tal vez fue un experimento involuntario sobre lo que el arte popular puede hacer en una sociedad saturada de estímulos vacuos. Y su obra seguirá viva por una razón sencilla: las condiciones que la produjeron no han desaparecido. Siguen ahí, multiplicadas. Ciudades industriales sin industria, autoridades que ya no convencen a nadie, la necesidad de encontrar algo trascendente en una época que ha dejado de creer en casi todo.
Las nuevas generaciones que descubren Paranoid o Mr. Crowley encuentran algo que les sigue hablando de sus propias sombras con la misma importancia que en 1970. Su recorrido desde el chaval de Aston que robó en una tienda y pasó unas semanas en la cárcel hasta el hombre que cerró su vida con un estadio abarrotado cantando sus canciones de memoria demuestra que las estructuras de clase, por rígidas que sean, se pueden romper desde muchos flancos. Su eco y su voz seguirán escuchándose de muchas maneras. Nos dicen que saltarse las reglas puede cambiarlo todo, incluso cuando todos las aceptan. Que uno puede ser frágil y fuerte a la vez. Que lo oscuro puede arrojar luz en vez de más sombra. Y que un trono de cuero en Villa Park, con un murciélago en el respaldo, puede ser el mejor final que se le ocurra a un hombre que se pasó la vida burlándose de la muerte.
D.E.P.







