El excepcional legado de uno de los grandes genios de la Historia de la Música
(1928-2020)
La despedida de Ennio Morricone ha sido dura, pero el camino estaba trazado. Hoy hemos amanecido con la triste noticia del fallecimiento de este genio italiano irrepetible. Un referente en nuestras vidas. Muchísimas generaciones hemos crecido con su ingente obra musical. Se formó como trompetista en el prestigioso conservatorio de la Accademia di Santa Cecilia en su ciudad natal de Roma. Hasta que en 1954 se graduó como compositor de coro y orquesta. Durante el día estudiaba en el conservatorio y por la noche tocaba en los clubes como trompetista de jazz. Su ímpetu por llegar a ser un músico clásico le llevó a trabajar en el anonimato y con seudónimos en numerosas composiciones hasta ir granjeándose un nombre como músico en producciones cinematográficas.
La índole de gran maestro a la altura de cualquier nombre considerado una omnipotencia musical inmortal encontró un vínculo con Sergio Leone, con el que su comunión artística superó cualquier expectativa con la revolución sonora a la que sometió las partituras de sus películas. Con el ‘Pastures of Plenty’, de Woody Guthrie, como muesca premonitoria de su eternidad genuina creó un estilo fuera de serie. No fue óbice el encasillamiento dentro del spaghetti ‘western’ o el ‘euro-western’ para musicar esta sublimación del mestizaje cultural destinado a rescatar una memoria cinéfila primigenia trufada de rebeldía y desmitificación prosaica del  Far West crepuscular y alejado de su contexto. Morricone acentuó su vertiente experimental y carácter único al ser capaz de llegar a ensalzar los extremos musicales y sinfónicos como nadie había sido capaz hasta entonces. De lo subliminal a la destreza instintiva, para completar y llenar la acción descriptiva a los personajes.
La yuxtaposición de diversos estilos confería a sus partituras la excelencia de los grandes maestros. De la belleza orquestal al violento bombardeo sonoro. Desde principios de los años 60 hasta los 80 sostuvo su obra en una mutabilidad asombrosa. Muy lejos de ese falso convencimiento de ser un compositor abanderado de un género. De 300 partituras para la gran pantalla sólo 35 se inscribían en este tipo de subgénero del Oeste. Fue fundamental en el rejuvenecimiento del arte de la composición musical cinematográfica con su enfoque experimental y contra toda filosofía y conformismo.
Su variedad, experimentalismo y personalidad musical incomparable a ningún otro músico le convirtieron en una leyenda en vida con una singular marca con un sello de calidad y prestigio que sobrepasaban la importancia de su nombre en los créditos. Su negación a asumir las reglas y su discernimiento sobre el espacio sonoro como parte del guión le hicieron utilizar los recursos más inesperados para despertar una sensibilidad sensorial que logró romper con las limitaciones impuestas por la propia historia de las películas y desarrollar así un sonido excepcional del cual se beneficiaba el total del metraje. Independientemente del género, sus composiciones siempre fueron distintas.
En el día de su muerte no es procedente subrayar ninguna obra por encima de otra. Morricone encontró un equilibrio entre la satisfacción de las necesidades de cada director con el que trabaja y el respeto por las historia a las que puso música. De lo sublime a sonorizar lo grotesco. Con una contaminación musical llevada a la excelencia. Repasar su obra con títulos y directores sería injusto y absurdo. Cada cineasta que tuvo el privilegio de colaborar con el gran maestro fue muy afortunado. A lo largo de seis décadas de trabajo ininterrumpido creó más de 500 partituras para el cine y la televisión, más de un centenar de piezas de concierto, incluyendo obras orquestales, corales y de cámara.
Su integridad artística derivaron en una actitud inflexible y sin concesiones a las modas o exigencias de las diversas épocas por las que trascendió su carrera musical. Un hecho casi milagroso en la música comercial. Insistió en escribir cada aspecto de la música, sin recurrir a arreglistas o programas de ordenador. Fue un maestro artesano a la altura de cualquier clásico que se estudia constantemente en todos los conservatorios del mundo. Su prestigio debe extenderse a un legado de tal inmensidad y talento que le glorifican a un estrato de divinidad que en realidad merece.
Morricone no es una influencia, ni un referente. Es un género en sí mismo. Un tótem irrepetible que nos deja una vasta producción de más de sesenta años de gran música. Y por si fuera poco, su contribución musical en la cinematografía es más grande que la vida misma. Por eso, en el día de su despedida no podemos hacer otra cosa que darle las gracias por poner la banda sonora a nuestra experiencia vital a través del Séptimo Arte.
Hasta siempre, maestro. Los melómanos de todo el mundo te llevarán en su corazón por poner música a todos los sueños que llevan tus notas dentro de ellos.