Review ‘El Bar’, de Álex de la Iglesia

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

El Bar - cartel

Ratas de cloaca

El mejor Álex de la Iglesia entrega una cinta crítica sobre la miseria humana provocada por el miedo llevado al extremo en una magnífica mezcla de tragedia grotesca y thriller urbano de terror.

 Si hay algo que caracteriza el cine de Álex de la Iglesia es la progresiva instauración de unas señas de identidad establecidas en un corpus fílmico al que no ha renunciado pese a la irregularidad de (sobre todo) la última parte de su filmografía. Su condición de creador autónomo con un estilo reconocible e iconográfico le otorgan cierta libertad a cualquier atadura, dispuesto a un una prolongación temática y narrativa, una fórmula personal de acercarse a ciertos géneros comunes y la utilización de materiales autorreferenciales a los que acude de modo recurrente y con eficacia.

De este modo, El Bar encuentra vasos comunicantes con algunas de las mejores películas de su filmografía; desde Muertos de risa, La comunidad, El día de la bestia, 800 balas y en menor medida Crimen Ferpecto en la destilación de una identificable amargura cargada de patetismo, de ironía, con cierta voluntad satírica. Su nueva y estupenda propuesta transita a medio camino entre la tragicomedia grotesca y el thriller urbano muy cerca del género de terror, perfilado dentro de los que podríamos llamar “catastrofismo postapocalíptico cañí”.

El Bar - fotograma

Sin abandonar su particular raigambre costumbrista e idiosincrasia ibérica, Álex de la Iglesia presenta un entorno tan castizo como nacional, esos templos de la rutina diaria que son los bares escondidos en las inmediaciones del centro de Madrid, con olor a café y churros e inundado de personajes heterogéneos que esconden sus miserias cotidianas antes de acometer el día a día que les carcome por dentro, como esas bacterias presentes ya desde los créditos.

Uno de estos clientes habituales abandona el local porque no le ponen la tosta de tomate que ha pedido. Al hacerlo recibe un disparo en la cabeza ante la aterrada mirada de los demás. Cuando otro cliente abandone el local para socorrerle y siga la misma suerte, la paranoia y desesperación se apodera de un grupo de personas que sentirán la nulidad como elementos sociales y el vacío que parece hacerles el resto del mundo.

El Bar - fotograma

El Bar está poblada por una raza de seres que representan con sus arquetípicas formulaciones y aspectos una falsa apariencia realista, ya que bajo sus máscaras sociales simbolizan los defectos y la peor cara del ser humano con retratos que escapan a la simplificación. La dueña y el camarero del bar, un policía jubilado, un comercial de lencería divorciado, un publicista hipster, una pija desubicada y romántica, una ama de casa víctima de las tragaperras y un vagabundo perturbado por la Biblia representan, de forma intrínseca, toda la bascosidad moral de una sociedad que se va descomponiendo en una fábula pesadillesca que orbita sobre la sugerida sombra del terrorismo que asola el sosiego de esa sociedad acomodada bajo la manipulación espectral de los medios de comunicación, la insustancial religiosidad aborregada y el aparato policial de unos altos estamentos omnipresentes y destructivos.

El Bar - fotograma

De la Iglesia retoma el pulso de su mejor cine con una ferocidad, tensión e histeria envidiables, orquestando un ritmo palpitante circunscrito a un espacio reducido, a tan sólo cuatro escenarios que originan el gran valor del filme: alejándose de cualquier propuesta teatral aparente se subraya el aprovechamiento de los recursos cinematográficos y su traducción al formato escénico. Su furibunda comicidad y unos diálogos llenos de brillantez y mala hostia vertebran la efectividad con la que avanza y convence este trabajo.

El espíritu de reclusión indefectible de El ángel exterminador, de Luis Buñuel, esos enfrentamientos carpenterianos de personas expuestas a una situación límite que se encuentran su origen seminal en Rio Bravo, de Howard Hawks’ o el ímpetu del Polanski más oscuro se ensartan con el mejor Rafael Azcona y La Cabina, de Mercero, para lanzar un cuestionamiento crítico que nace de la lucha por la supervivencia y la desconfianza que genera monstruos abisales, sacando a la luz la miseria corrosiva y los instintos más irredimibles y confiriendo a sus personajes un sórdido patetismo.

El Bar - fotograma

Darwin, Plauto y las bestias

Es ése individualismo del capitalismo tardío, aquel que envenena la ética y alinea a las personas el que desentierra un egoísmo contagioso frente al bien colectivo, capaz de depreciar la bondad humana hasta convertirla en la malevolencia depravada que transforma a un grupo de miserables ciudadanos de a pie en una furiosa caterva de bestias sin piedad.

En el profundo sentimiento de frustración ante el status quo hipócrita y decadente que parece infectar al mundo moderno es donde la selección natural darwiniana y el “homo homini lupus” de Plauto encuentran su eclosión para describir esa pugna contra ellos mismos. Porque ajenos a amenazas exteriores, el auténtico peligro anida en estos ocho personajes condenados a destruirse entre sí. Como alguien dice dentro de la demencia común: “todos somos ratas”.

El Bar - fotograma

El bar devuelve a un cineasta sin complejos que destruye los convencionalismos y muestra en cada fotograma una antisolemnidad fraguada en el tamiz de la irreverencia para deconstruir todo lo admitido por la sociedad, en una significación del discurso de la obra de De la Iglesia dentro de su idea del cinismo y la falsedad que existen más allá de la percepción de las cosas. Todo es identificable en su encomio al exceso y la carencia de filtros, donde las poderosas imágenes llenas de rabia y neurastenia abocan al espectador al frenético delirio de un drama con una función estética que hace de su cine un flujo de emociones contrapuestas, creando un sentido del ritmo que escapa al propio discernimiento del espectador. Es su auténtica virtud, la de hilvanar la espectacularidad de sus planos con la perspicacia de un guión en el que el propio cineasta y el maestro Jorge Guerricaechevarría vuelcan sus mejores y más acertados instintos.

Ese local hostelero de espacios minúsculos es explotado con una brillantez memorable, fundiendo surrealismo y realidad que legitima todo tipo de profusiones violentas y alegatos sobre la imperfección humana. Todo el elenco se zambulle en el ímpetu desgarrador de su director y Mario Casas, Blanca Suárez, Terele Pávez, Carmen Machi, Secun de la Rosa, Joaquín Climent, Jaime Ordóñez y Alejandro Awada dejan constancia de unas meritorias composiciones en consonancia con la barbarie y el esperpento que avanzan hacia un progresivo y extravagante clímax que sumerge al público en un lodazal de demencia insana, en pleno corazón de la capital, trasformando Malasaña, el bar Palentino y la plaza de Mostenses en un pequeño circo de los horrores que se suma al catálogo de monumentos de la capital explorados por el cineasta.

El Bar - fotograma

Estamos ante un deleitable divertimento verbal y visual que no deja de ser una alegoría de una España actual descompuesta, regida por la suspicacia que promueven desde las altas esferas con mentiras, corrupción y amedrentamientos sociales que buscan, precisamente, la neurosis acomodaticia de una sociedad anestesiada y controlada.

Son los nuevos tiempos que corren y su traducción se patentiza en esta modélica explosión de locura, suspense, humor negro, acción y violencia a modo de crítica social. Un descenso metafórico a los infiernos de las cloacas, al vientre descompuesto de una ciudad maldita y de una sociedad hipócrita al borde de la deshumanización.

Miguel Á. Refoyo “Refo” © 2017

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