Casi no duermo en el Imperio Cósmico de mi propia complacencia, pero no me importa en absoluto. Por primera vez en mucho tiempo soy plenamente feliz. Esto es como descubrir que tienes un tío abuelo al que no conoces y te deja una ingente cantidad de dinero que te soluciona la vida, es como ganar una medalla de oro en los 100 metros lisos en unas Olimpiadas, como pasar un año de tu vida compartiendo cama con Shannon Elizabeth. Mis energías nunca habían estado tan activas como en este momento. Rodamos algunos planos que no requieren demasiada dificultad. Echamos de menos el travelling. Jorge, el segundo de abordo, nos cuenta que podíamos haber adquirido uno por 40 € al día. Cosa que me entristece muchísimo, porque tal y como está quedando el corto hubiera merecido la pena. Hay planos que lo requieren. Espero que la intención en muchos de ellos se vea revelada en la portentosa labor de Alberto, un operador con el que cualquier director sueña cuando quiere que todo salga como el ha imaginado.
Los problemas parecen no hacer acto de presencia, pero tiene que haberlos. Forma parte del siniestro plan de Crom para que aprenda. El primero de hoy se llama ‘Raúl tiene que ir al Hospital público a hacerse unas pruebas’. Sabemos que esto supone que de la hora y media que dice que tardará hará falta el doble. Por lo que tendremos que exprimir al máximo al solemne Ángel, que esta tarde se va antes porque tiene reunión con los grupos que actuarán en el centro cívico de la Vega en la nueva sesión del Café Teatro, una función llena de sketschs que, según mi prodigioso actor, “te hacen estar descojonado durante las 3 horas que dura la obra”. Y yo le creo. Antes de que se vaya rodamos un plano dramáticamente complicado. Raúl y Ángel se salen, lo están bordando, están haciendo un trabajo realmente inalcanzable. Cuando Raúl compone su personaje me recuerda en exceso a Javier Bardem, la manera en la cual adopta el personaje, la dureza con la que se mete en la piel de Sean (que ha mutado nominalmente y ahora se llama Daniel, versión españolizada gracias al propio Raúl) casi duele. Realmente este chico debería estar ganando millones y no los mediocres jóvenes talentos inexpresivos que llenan las producciones nacionales. Será cuestión de tiempo.
Para una de las escenas más incómodas del corto ayudo a Raúl a que no le coja mucho asco al vómito artificial que han creado Laurie y Judith tragando un poco y desarrollando la acción de potar. Realmente desagradable, la verdad. Creo que Jorge Topperton ha hecho una foto. Habrá que verla. Ángel acomete sus planos en solitario de tal manera que terminamos antes de lo previsto y necesitamos a Raúl, que no vuelve. Por suerte, la comida resulta ser el momento más divertido de todo el rodaje. Amable, reconvertido en showman improvisado recuerda varias anécdotas de sus comienzos en el TAI de Madrid y provoca carcajadas enfervorizadas de todos y cada uno de los presentes. Quike y yo discutimos risiblemente posibles maneras de hacer planos en travelling cenital hacia arriba, proponiendo un zeppeling o un helicóptero cuando Amable propone un mejor procedimiento: “la solución es una mascota”. Entonces comienza una risa contagiosa, surreal, desmedida. Ha estado bien. Pero queda lo peor del día amigos. Cuando el equipo de dirección no lo tiene claro la restante crew paga las consecuencias. En una de los planos que puede dar complicaciones en montaje se nos cruzan los cables y el story no funciona, las cosas no están claras y los actores esperan ya a recibir la orden de acción. Pero sigue sin estar claro. Tenemos problemas con el eje. María, Jorge, Amable y yo no llegamos a comprender qué es lo que está pasando. Perdemos hora y media discutiendo en la que tanto Ángel como Raúl se mosquean. Alberto y Quike también se unen a la siniestra disputa aconsejando mover la cámara para que todo quede bien en montaje. Les miro. Nadie lo tiene claro.
Me siento como el hermano subnormal de los Tonetti y los demás comienzan a ponerse altamente nerviosos y susceptibles ante la incredulidad de los demás miembros del equipo. Yo me muero ante esta imprevista situación en la que la única solución es hacer un descanso en el que poner la carne en el asador. A lo largo de otra media hora asisto a otra impagable lección de diálogo entre un director y sus ayudantes de dirección. Por fin, tras hablar y hablar y dibujar las posiciones de cámara en una pizarra, llegamos a un acuerdo común en el que la clave fundamental vuelva a ser, cómo no, la extraordinaria María Basadre. Quiero a esta mujer, es la mejor, la adoro, la necesito a mi lado en esta ardua batalla. Sin ella, estaría perdido. También quiero a Jorge como si fuera el hombre que salvó mi vida en cualquier Guerra y por supuesto quiero a Amable, porque es como mi hermano. Después de este gran Danger empiezo a disfrutar de la capacidad interpretativa de los dos astros de la actuación. Tengo un honor imposible de imaginar. Es como si Ozores hubiera tenido en su reparo a Pacino y a De Niro. Trabajar con estos dos actores es un lujo, una necesidad, un efecto catártico. Dirgir es como un orgasmo, como un chute de adrenalina en el corazón. Soy feliz.
Me apasiona y adoro a todos y cada uno de los chicos de la crew. Hay un buen rollo que no es normal. Hay muchos problemas, pero no veo una mala cara o ningún reproche entre ellos. Estamos contentos con lo que está saliendo y eso se nota. Y mucho. Voy a ganar aprendizaje y amigos, muy buenos amigos. Al final de la jornada, Laura y Edith me regalan unas terroríficas muñecas de enfática tenebrosidad, al más puro estilo Silvia Superstar. Durante sus amplios momentos de descanso, han recorrido las oscurísimas habitaciones de lo antes fue un psiquiátrico y después un área dedicada al Satanismo y en su génesis fue una Iglesia jesuita. Sorprendentemente han reconstruido la historia de una mujer llamada Beatriz, una interna de La Salle que tenía un marido y un hijo y quiso suicidarse varias veces, hasta que lo logró. Nos acojona con el detallismo que Edith reconstruye la historia con fechas, fotos y datos en forma de documentos o esta espantosa Guía del enfermo mental. Amigos, La Salle no es un set de rodaje, La Salle es, en estos momentos, uno de los sitios más acojonantes y atroces de la historia de nuestras vidas. Cuando entro en la sala de comida y reunión noto cierta familiaridad, todos han empezado a decorarla. Hay hasta un buzón de sugerencias y tenemos una enorme araña como mascota. Con todo esto, el día se da como bueno y didáctico.
Hoy han venido a Salamanca Los Tigres del norte, el grupo de narcocorrido que más me ha gustado en los últimos años. También me gustan La Banda del Recodo de Lizarraga o Los Tucanes del Norte, pero Los Trigres… son únicos. Son México 100%, como una tracción perfecta de la cultura azteca, de sus costumbres y de su profundización en la idiosincrasia del pueblo mexicano. Uno de mis sueños es ir a México, a descubrir qué es lo que me une allí. Sin haber ido nunca, tengo la sensación de que me ensambla una extraña vinculación. Sólo por ver a mi venerada y añorada Daniela, a la dulce Veronika y al Bicho, mis queridos amigos que son y viven allí, habrá que cumplir esta vieja promesa. Aunque soy un acérrimo fan de este irrepetible de este grupo y de que, a buen seguro, nunca más tendré la oportunidad de verlos en directo en vivo y en la Plaza Mayor, prefiero tomarme unas cervezas con mi adorada crew que ver a Los Tigres del Norte. Ha sido un día cansado, pero satisfactorio, en el que los problemas componen las mejores y más instructivas nociones de una profesión que se me antoja más que difícil, quimérica. Pero habrá que intentarlo. Como dice la referencia necesaria en mi vida que siempre es y será Álex de la Iglesia “Un día de rodaje es como una vida. Recordar los planos que rodamos al llegar, es como recordarte a los dieciocho años, con flequillo, o en la primera comunión, con el traje de marinerito”.



