Resulta sorprendente hasta qué punto el prolífico Gore Verbinski es capaz de afrontar productos que nada tienen que ver con su conocida labor de creador de cine mainstream en plan mastodóntico, alejándose por completo del cine blockbuster. En las antípodas de las superproducciones, Verbinski indaga en la lacónica vida de un loser que lleva una vida gris, distanciado de su familia, sin ningún respeto por parte de los televidentes (que le humillan constantemente tirándole refrescos y fast food) y que ha perdido la poca atención de un padre a punto de morir.
Tragicomedia irónica y contemplativa (que bordea la crueldad en muchas de sus secuencias), la grisácea estructura de la historia deviene en pesimista fábula que ataca sin piedad a la sociedad consumista de anhelos materiales, a las conformistas aspiraciones familiares de un hombre que no encuentra el camino adecuado en su vida y, en definitiva, a la hipocresía que nos rodea que se ha cristalizado en el vacío existencial que impera en la actualidad social del mundo desarrollado. Lo que acaba por transformarse en una inesperada oda a la infelicidad tan insólita como fascinante.
Fabulosa y sardónica, la visión del fracaso invernal oscurecida por una constante borrasca de ese inolvidable personaje que es David Spritz es una auténtica delicia de manos de un director todoterreno como Verbinski. Todo es encomiable; su intencionalidad, la fotografía de Phedon Papamichael, la música de Hans Zimmer y las interpretaciones de Nicholas Cage, Hope Davis y, sobre todo, de un Michael Caine en estado de gracia.
Lo que no se explica es el ninguneo de distribución que ha sufrido esta película en nuestro país.

