Kathryn Bigelow enfrenta a América hacia sus demonios centrando su mirada en la rebelión acontecida en Detroit en 1967 con un crudo film donde se pormenoriza el racismo sistémico y negligente que se produjo en el Algiers Motel la noche de los disturbios sociales más violentos de su Historia.
La noche del 23 de julio de 1967 se produjo un levantamiento que dividió racialmente a la ciudad de Detroit. Por aquel entonces, el progresista Jerome Cavanagh era su alcalde. Más allá de una serie de programas sociales y de empleo que nunca llegaron a producirse, la intención de éste era tomar el pulso del ghetto a través de una red de informantes que reportaban cualquier altercado de carácter étnico. Para controlar estos incidentes y ejemplarizarlos con situaciones de control policial, varios furgones irrumpieron en un club clandestino de ambiente predominantemente afroamericano ubicado entre la Calle 12 y la Avenida Clairmount en una batida que disparó la alarma y los acontecimientos.
Lo que iba a ser una redada con el arresto de unas cuantas personas como advertencia popular se convirtió en una batalla campal entre los vecinos del barrio, después ampliado a todo la ciudad contra la policía y la Guardia Nacional. Los siguientes cinco días se convirtieron en un auténtico infierno. Los disturbios raciales más violentos de la historia de los Estados Unidos dejaron la friolera de 43 muertos, casi 1.200 heridos, 11.000 detenidos, 388 familias desalojadas y más de 2.500 negocios y edificios destruidos. La población negra definió aquellos sucesos como “la rebelión de Detroit”, en protesta contra la segregación racial. Los hechos pasaron a las páginas de la Historia como un símbolo de lucha y protesta que dividió a la población de Michigan.
Tales sucesos son el punto de partida de Detroit, la tercera colaboración entre el guionista Mark Boal y la directora Kathryn Bigelow, después de la oscarizada En tierra hostil y La noche más oscura. En esta violenta tesitura, los miembros de un grupo de Rhythm & Blues llamados The Dramatics no pueden debutar en la que será su gran oportunidad en el Fox Theatre, un Music Hall que servirá como oportunidad de grabar un disco con los ejecutivos de Motown Records, a causa de los violentos desórdenes. Antes de poder cantar, son desalojados y enviados fuera de la ciudad. Dos de los integrantes, el vocalista Larry Reed y su amigo Fred Temple se hospedan en el Algiers Motel, donde conocen a dos chicas blancas de Ohio cuyas amistades focalizan parte de la tensión policial, sumiendo a todos en su propio infierno de racismo, interrogatorios y violencia.
En esa desasosegante madrugada, en la que ladrillos, piedras y cócteles molotov se cruzaron con el fuego de los rifles y las pistolas oficiales, Bigelow muestra fugazmente cómo Detroit arde. Sin embargo, aunque el motín sea la mecha que enciende la bomba, sus intenciones argumentales van por otros derroteros. Bien es cierto que lo que desencadenó los disturbios no fue una reacción epidérmica de la población ante un hecho concreto, sino que fue producto de una paulatina crispación social ante la multiplicación de intervenciones arbitrarias y discriminatorias. Es el desencadenante de lo que sucede en el Algiers Motel. Pero, al contrario de meter al espectador de lleno en la batalla, la deja de trasfondo para concentrar su atención en una serie de personas que ven destruidas sus vidas por encontrarse fortuitamente en el lugar equivocado en el momento equivocado. La narración a gran escala queda disipada por los acontecimientos en primera persona en un inquietante viaje a una madriguera de monstruos y víctimas en una noche de auténtico pavor. Paradójicamente, esa descripción inicial de la frustración de un talentoso cantante negro que espera hacer realidad sus sueños en el mundo de la música se convierte en la materialización de la peor versión de la pesadilla americana.
Sobre este precepto, Bigelow no se anda con medias tintas a la hora de exhibir el nihilismo de un personaje nacido para el terror. El retrato salvaje del joven oficial Krauss es implacable. Desde su demencial malevolencia, su convicción sobre un código policial en busca de la prueba incriminatoria que le dota de argumentos hasta llegar a su énfasis enferma y racista por los juegos de interrogatorios sádicos y dominadores, de torturas y humillaciones, convierten al personaje interpretado con brillantez por Will Poulter en un monstruo diferente y cotidiano que simboliza a un gran número de agentes con placa y pistola. El racismo institucionalizado es llevado al extremo, volviéndose en instantes demasiado real, con fragosas imágenes que impactan en el público transmitiendo el miedo y el dolor que se intuye en cada fotograma.
De este modo, la directora de Le llaman Bodhi intensifica su mirada en un enfoque más primitivo que politizado, como pudiera llegarse a pensar. Y lo hace sin caer en la trampa del maniqueísmo, porque a pesar de que es inevitable describir el odio racial, siempre presente e irrevocable, es un factor que no envenena a todos los policías y figuras autoritarias que desfilan por el film. A lo largo del metraje, aparecen policías de buen carácter apegados a la justicia que se enfrentan con enjundia a los hechos ley en mano y otros que esquivan problemas o directamente eluden la situación por pura cobardía. Y de fondo, esa pistola de fogueo que provoca el caos y que origina esa cadena de circunstancias que dan como consecuencia la búsqueda de un arma inexistente como epopeya de un combate vacío de sentido.
Demostrando una vez más su maestría tras la cámara, Bigelow combina una asombrosa libertad de movimiento con un sentido de la composición inauditos. La cineasta es capaz de crear sensaciones por medio de un dominio absolutamente desbordante de la planificación, siempre en función de una intencionalidad emocional, que refleja en todo momento instantes de inseguridad e indecisión, de aislamiento sin posibilidad de escape. A ello se une la inquieta cámara de Barry Ackroyd, que fundamenta su trabajo en un estilo cercano al docudrama, lo que aporta inmediatez a la acción, trasladando la película de un género a otro; del drama, al suspense, como también al terror psicológico. Detroit acaba siendo una experiencia angustiosa e incómoda, que crea una claustrofobia latente amplificada en su sentido del horror y desesperación descrito de un modo devastador. En este desgarrador huis clos, Detroit entra así en su particular indagación dentro de la psicología del polvorín de mártires inocentes y hombres uniformados sin principios que alardean de su poder esgrimiéndolo para aterrorizar a personas de otra raza. Se determina cierta actitud policial de un tipo de conducta muy popularizada entre los agentes de la autoridad estadounidense que podría extenderse a cualquier parte del mundo y a cualquier periodo.
Por eso, no es extraño que este hecho concreto se extienda como ideario hasta nuestros días, sirviendo su discurso para condenar la preocupante situación de excesos de poder fustigados por funcionarios supuestamente al servicio y protección del ciudadano. El Detroit de 1967 se podría actualizar a casos de incipiente autoritarismo en el que víctimas como Trayvon Martin, Tyree King, Eric Garner, Michael Brown, Laquan McDonald o Sandra Bland sucumbieron a manos de policías de gatillo fácil y directrices violentas. Todos ellos eran afromericanos. Todos murieron a causa de policías negligentes de raza blanca que se apoyaron en su propia ley de brutalidad sin control. El racismo sistémico no sólo es algo del pasado, sino que aún persiste en el aquí y el ahora. Y más furibunda en la América de Donald Trump.
En un mundo donde el racismo se ha institucionalizado, se reduce la equidad y se fomenta el odio. Ese estúpido hombre blanco que definió con acierto Michael Moore parece no entender tal problemática con verdadera introspección. De ahí, que su conclusión apele también a una actualización del sistema jurídico occidental que revela los graves errores judiciales que fomentan estatus completamente desiguales entre clases sociales y etnias. En Detroit queda claro que palabra de un hombre negro no vale tanto como la de un hombre blanco. Una lamentable realidad de esa emponzoñada legislación empeñada en proteger a sus “ovejas negras” e intereses por encima de cualquier constitución. Por este motivo, un espectador con un mínimo de conciencia y moralidad no podrá por menos que tener la misma sensación que Dismukes (espléndido John Boyega) al conocer la sentencia final sobre el caso, que no es otra que la de vomitar con asco ante la Justicia.
No obstante, Bigelow y Boal se reservan la alusión a la necesidad de salvación, del olvido y de consecución de unas vidas más allá del pasado que alberga los repugnantes eventos que describe. Como ese aspirante a estrella de R&B que termina ya anciano ayudando a los indigentes como pastor y director de un coro de góspel en una pequeña parroquia. Como la canción de Martha and the Vandellas Nowhere to Run que suena en la película: no hay a dónde correr ni tampoco dónde esconderse. Cavanagh definió aquellos hechos con un símil: “Detroit parece Berlín en 1945”. Bigelow logra otra obra demostrativa de un talento inalcanzable, con una temática poco menos que kamikaze dentro del actual sistema hollywoodiense. Parece importale poco. La directora ofrece otra película que roza la perfección entregando una experiencia que no puede dejar indiferente a nadie. Y lo espantoso es que todo lo que se narra en esta incómoda película acaeció y fue real. Lo que la hace todavía más terrorífica.





