Review ‘It (It)’, de Andrés Muschietti

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

It - cartel

El siniestro espíritu de Derry

La nueva y estupenda adaptación del clásico de Stephen King aboga por la aventura nostálgica como motor del drama con un sorprendente manejo del género por parte de Muschietti, que sobrepone la dinámica grupal sobre los demás elementos narrativos.

“—Flotan —gruñó la cosa—, flotan, Georgie. Y cuando estés aquí abajo, conmigo, tú también flotarás”.

Más o menos, todos recordarán la miniserie televisiva de 1990 de Tommy Lee Wallace como aquélla relectura que operaba sobre la compleja dimensión de una de las grandes obras maestras de Stephen King. Es evidente que en hoy se ha quedado algo obsoleta. Pero perdurará en nuestro recuerdo debido, en gran parte, al sensacional trabajo de Tim Curry ejerciendo de maestro de ceremonias del Mal como imagen del payaso multiforme Pennywise.

Casi tres décadas después, ha llegado a nuestros cines la nueva adaptación de It, de la mano de Andrés Muschietti y el guionista Gary Dauberman, que tomaron un libreto estructural de Chase Palmer y el creador del éxito catódico True Detective Cary Fukunaga, que fueron relevados de la dirección por discrepancias creativas con la productora New Line. Una gran estrategia de marketing con un atractivo tráiler y buenas dosis de filtraciones positivas motivaron que el hype del público y la buena respuesta de taquilla por parte del mismo haya logrado un éxito impensable en la actualidad para una película de género como esta. Por mucho Stephen King del que estemos hablando.

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Existe una vieja canción estadounidense de Mister Rogers titulada You Can Never Go Down the Drain (Nunca puedes irte por el desagüe) que sería idónea para la presentación del film (y por extensión, de la novela) en la que puede ser uno de los set-pieces introductorios más identificativos e inquietantes de los últimos años. Por supuesto, se trata de esa presentación de los hermanos Denbrough. Bill le hace un barco de papel a su hermano pequeño Georgie, que lo prueba inmediatamente en una desapacible tarde de tormenta. El bote de papiroflexia surca los márgenes caudalosos de un bordillo en una calle suburbial hasta que se pierde por muy poco por el desagüe de aguas pluviales. Cuando el chaval intenta recuperarlo, en el fondo de la alcantarilla emerge la terrible figura de un payaso de fiesta con rostro terrorífico. La presentación de Pennywise prometiéndole diversión y aventura si quiere recuperar el barco es toda una declaración de intenciones por parte de Muschietti.

Nadie escucha los gritos de Georgie, en un vecindario que hace oídos sordos. Como en el caso de Kitty Genovese, que sirve de paradigma en las carreras periodísticas sobre la indolencia social ante escabrosos casos. Aquélla joven murió apuñalada el 13 de marzo de 1964, cerca de su casa en Kew Gardens, Queens (Nueva York), sin que ningún vecino llamara a la policía ni hiciera nada por salvarla. Hasta treinta y ocho personas escucharon los gritos desagarrados de la joven. Cuando se avisó a las autoridades muchos minutos después de producirse el incidente, ya era demasiado tarde. Con esta teoría en el horizonte, Stephen King sabía muy bien hacia dónde enfocar esa aparente incomunicación infantil con el mundo adulto: cuando existe una amenaza, ningún adulto escuchará tus lamentaciones. Y es en ésa esfera de terror donde se mueve esta fábula acerca de los enfrentamientos de unos niños a sus miedos más insondables. Y una vez sobrecogido el público con gran maestría, It inicia su progresión en esta aventura con la introducción de los miembros infantiles de un grupo autodenominado El club de los Perdedores dentro de los contornos de Derry, ciudad ficticia ubicada en el estado de Maine.

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Para la ocasión, la productora ha optado por dividir el grueso literario en dos partes y actualizar la cronología de la acción de 1958 a 1989 y desde esa fecha hasta nuestros días. La verdad es que tal decisión no sólo refuerza su impacto en la actualidad, sino que dará más sentido a todo de cara a los espectadores que desconozcan el contenido de la novela en su identificación con la problemática contemporánea que, por otra parte, continúa siendo la misma. La motricidad del relato reposa en todo momento sobre ese Club de los Perdedores compuesto por Bill Denbrough, (Jaeden Lieberher), Richie Tozier (Finn Wolfhard), Eddie Kaspbrak (Jack Dylan Grazer), Ben Hanscom (Jeremy Ray Taylor), Mike Hanlon (Chosen Jacobs), Stan Uris (Wyatt Oleff) y Beverly Marsh (Sophia Lillis).

A todos ellos les unen problemas que les hacen diferentes; bien sea por la traumática pérdida de un hermano, la falta de recursos económicos, tener un padre abusivo, la enfermedad como lastre infantil o diversas peculiaridades físicas como son la etnia, el tartamudeo, la obesidad o la miopía. Todo cabe en ese saco de complejos que les hacen permanecer juntos. En cierto modo, son inadaptados que comparten angustias e inquietudes. Sin embargo, estas adversidades son las que confabulan un sentido de unidad frente a la soledad y la incomprensión. Juntos son más fuertes que separados. Es ese nexo de coalición será capital frente al giro inesperado que se cierne sobre ellos, configurado en ese espectro circense que está detrás de una extraña oleada de muertos producidos en el pequeño y apacible pueblo en el que residen.

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Este nuevo It funciona tan bien, en gran medida, porque Muschietti se deleita en la complicidad de los niños, tomándose su tiempo para desarrollar sobre todo lo demás la dinámica grupal junto a la vida personal de cada uno de ellos. El sentido de la amistad vertebra cada plano de esta adaptación, beneficiándose del carisma de los jóvenes intérpretes, que conjugan con una química especial una credibilidad que dota de autenticidad cualquier movimiento ante la cámara. Opera muy astutamente en una invisible regla spielbergiana para transmitir las inquietudes de ese conjunto infantil en un telón de fondo reconocible para compensar con ello lo tangible del ente paranormal y demoniaco que se cernirá sobre sus vidas.

Esa ligadura entre los miedos y la inspiración por superarlos van tejiendo un estupendo drama juvenil que explora conflictos entre la inocencia y el terror. Bien sea desde el viaje iniciático evocador al primer amor, el despertar sexual o la unificación de criterios y sospechas que les llevará a concluir que el siniestro espíritu de Derry provenga de una maldición de siglos de antigüedad y que el monstruo que les acecha tiene la capacidad de encarnar sus peores miedos. It encara su caldo de cultivo genérico desde el naturalismo y la sutileza y el director argentino aboga desde cualquier prisma por la aventura antes que caer en trasformaciones modernistas o rasgos reformadores que se han venido dando en el cine de género, aunque sin renunciar a ellos.

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La fidelidad literaria, la nostalgia y el poder de la aventura.

La cultura pop como remembranza nostálgica utiliza ese contexto en el que lo viejo vuelve a ser lo nuevo, lugar común donde recuperar las figuras clásicas de Clarabell, Bozo y Ronald McDonald, metamorfoseadas en un sofisticado asesino infanticida como amenaza y pesadilla en las vacaciones de verano juvenil. En ese ambiente tranquilo donde el tiempo parece dilatarse y cualquier cosa parece posible toma mayor importancia esa alternativa etérea que arrastra al grupo a la ilógica de los sueños, para arrastrar al espectador a convivir con los jóvenes protagonistas en un viaje desconocido de temores metafóricos corporeizados en la figura del temible Pennywise, el ente o “eso” que da nombre al film y que, revestido de un céfiro entre lo fantástico y lo interdimensional se sitúa el límite donde finaliza el mundo real y comienzan nuestros miedos.

Aquí es Bill Skarsgård el encargado de materializar una efigie de maldad que juega, como en la novela, el papel más vital del lúgubre trayecto de este colectivo. Solo que se sustituyen los tótems del terror clásico que desfilaban por las páginas del libro por otros símbolos de entidad infernal que acecha desde las sombras a los niños cambiando de morfología a voluntad. King siempre jugó con la alegoría del alter ego de los chavales convertidos en sus peores pesadillas en la figura cambiante de Pennywise. En realidad, él focaliza las diversas metáforas de las amenazas sociales y familiares que aniquilan la voluntad de los niños.

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Pese a que existen diferencias estructurales respecto a la obra literaria, el trasfondo de bullying, homofobia, maltrato, racismo y supremacismo blanco o desigualdad social siguen vigentes de un modo más sutil en la visión de esta traslación fílmica. Derry no ha sido bruñido con la complacencia de los nuevos tiempos. Por lo tanto, esa tragedia raquídea que impone un pasado atroz con una explosión de la mañana de Pascua que dejó a un centenar de muertos (incluidos 88 niños) no se esquiva dentro de un argumento donde se perpetúa en esa forma abisal que además de comer niños ha alimentado las llamas de violencia y el odio. Algo que Muschietti cultiva aquí con imágenes sombríamente icónicas. Por supuesto que no faltan referencias explícitas o más sutiles al libro, ideadas para que los más puristas no echen de menos reciprocidades en la complejidad de llevar al cine casi 1.200 páginas.

Lo cierto es que las atmósferas originales del libro están presentes en la substancia fílmica, haciendo en todo momento que en el trabajo de traslación se perciba un estudio minucioso de elementos referenciales que, a buen seguro, harán las delicias de los más fanáticos de una novela multigeneracional. Como el leproso persiguiendo a Eddie, Ben Hanscom agachándose bajo las aguas del lago después de ver una tortuga, que remite a Maturin y su alusión mística, pequeños guiños al universo de King como la alusión a la bicicleta Silver de Bill o una camiseta de Eddie con la silueta de Christine.

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Pasan más desapercibidos la insinuación presencial de la enorme estatua de Paul Bunyan, legendaria efigie que aparece en algunos relatos tradicionales del folclore estadounidense que tiene un instante pesadillesco en el libro o esos Deadlights como luces naranjas enroscándose en el éter que reconfiguran y adaptan su entorno para meterse en las cabezas de los niños. O la impresión que produce la planificación de secuencia del baño y esa metáfora del miedo a la menstruación provocado por la desagradable presencia de un padre abusador, intercalada con alguna brillante novedad como esa pintura de la mujer con la flauta que aterroriza a Stanley Uris inspirada en las pinturas de Modigliani.

Como era obvio, en esta versión, queda excluida esa pieza orgiástica que describía las relaciones sexuales de cada uno de los niños con Beverly. Aquélla locura simbólica de la novela en la que los integrantes del Club de los Perdedores entraban en la edad adulta a través del órgano sexual femenino de la chica, que conectaba la infancia con el mundo adulto y de esa manera salvaban temporalmente el mundo. De forma más cabal, esa idea es reconstituida con algo mucho efectivo y delicado como observar a los niños haciendo una pequeña escisión en las palmas de sus manos para unirlas en último juramento de sangre que, por otra parte, también está extraído del ideario de King.

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Si en determinadas fases puedan echarse de más algunos golpes de efecto, como si existiera la necesidad de provocar la inquietud de la platea, subrayando de forma sonora o musical instantes que pierden su potencial dramático por el consabido sobresalto (sobre todo en el mítico intervalo concerniente a la inclusión del grupo en la casa abandonada en la calle Niebolt). En otras, ese seguidismo de unas pautas terroríficas encorsetadas se inhuma por el empeño en no abandonar lo sentimental y la celeridad narrativa, apelando a la misma nostalgia por tiempos pasados, pero retrotrayendo las máximas de aquellos tiempos a una modernización que no hace sino afianzar todas preocupaciones infantiles al día de hoy.

El discurso apela a que por muchos años que transcurran, las ansiedades y los miedos, así como conflictos emocionales de la adolescencia no varían en su grado o alcance. De ahí que su espíritu aluda a cintas generacionales y seminales como ‘Los Goonies’ y Cuenta conmigo extendiendo su poder de fascinación hasta otros productos más modernos como ‘Super 8’ o ‘Stranger Things’.

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It transmite esa difícil ligadura de inteligencia y diversión, percibiéndose un gran esfuerzo en capturar no solo un lugar y un momento, sino también la abstracción metafísica sobre los miedos y cómo afectan a la vida y de su superación cuando se abandona la niñez y se aborda una etapa existencial aún más compleja. Vendría a ser como una road movie de vivencias infantiles en un viaje iniciático hacia el mundo adulto que descubre el Mal y donde un círculo de promesas y amistad de una pandilla es tan valioso para alcanzar la aceptación del universo que nos rodea.

Veremos los giros y planteamientos que los responsables de esta gratificante película trazan en el siguiente episodio, segundo capítulo del itinerario hacia el destino de los componentes del grupo casi tres décadas después de estos hechos. De momento, It ha logrado lo impensable. Y es que hasta el genio de Maine se haya mostrado entusiasmado con el resultado final de la adaptación de su obra más sobresaliente. Por algo será.

Miguel Á. Refoyo “Refo” © 2017

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