






El efecto de Jennifer Lawrence sigue siendo poderoso. No sólo por ser la mejor actriz pagada de Hollywood, sino por acaparar la atención mediática por ese celebgate que la puso en el ojo del huracán y convertirla en la mayor víctima de ese hackeo de fotos en poses comprometidas. Más allá de esa esfera de oropel y actualidad, hay otras actrices que se reivindican emergiendo del olvido con interpretaciones a la altura de su talento natural. Una de ellas ha sido Robin Wright, cuyo año ha sido excepcional con la cuidadosa elección de roles y con la derivación del Globo de Oro recibido por su interpretación en la televisiva House Of Cards. La madurez ha adjudicado a esta talentosa actriz la posibilidad de mostrar un ejemplar reconocimiento de su profesión y dignificar su edad en la lógica progresión profesional de una carrera cada vez más interesante. Todo un ejemplo a seguir apoyada en registros que definen sinceridad, delicadeza o fuerza con la que da vida a sus personajes.
Wright es una actriz ideal para reflejar el paso del tiempo y la crueldad que ejerce Hollywood contra la edad de sus estrellas. Algo que se evidencia en esa más que interesante El congreso, bajo una propuesta de venta de su imagen como actriz para ser captada y reproducida sin que envejezca en sucesivas producciones que la tengan como protagonista inmortal. Wright está sublime, pese a que se pase casi toda la película poniendo su voz a su propio personaje, la actriz desempeña una interpretación de matices incontestables y que tienen como colofón un epílogo de contención y profesionalidad más que encomiable.

Muchas de las apuestas de la edición del pasado año tanto en los Globos de Oro como en los Oscar enfrentaban a dos actores de altura; Leonardo DiCaprio y Matthew McConaughey. El primero, modeló la personalidad de un personaje despreciable como un tótem en un recital interpretativo. Si DiCaprio no ganó la estatuilla de la Academia por este trabajo, probablemente nunca lo hará. Compartía una de las escenas más recordadas de El lobo de Wall Street precisamente con el que sería su gran rival y que acabaría llevándose el Oscar: McConaughey. No obstante, el ascenso del actor de Texas viene encauzándose hace tiempo y sería indigno no reconocer este 2014 como el gran año de un actor que ha resucitado como estrella de primer nivel.
Atrás quedaron los años en los que interpretó a galanes de buen ver en comedias románticas de medio pelo del tipo Planes de boda o Como perder un chico en 10 días. Su renacimiento como el gran intérprete que ha sido siempre se fraguó en Bernie, Killer Joe y con más trascendencia comercial en Magic Mike o la gran Mud. La calidad todoterreno de McConaughey aporta una personalidad definida en la multiplicidad y dramatización de un rostro que acapara la pantalla con su gestualidad y presencia. Casi siempre al borde del exceso, el actor sabe contener y trabajar los aspectos más camaleónicos de sus personajes para dar con la pauta de un metódico trabajo de transformación dramática. Su resurgir parece que durará tiempo.

El desafío de Linklater al acometer el rodaje de Boyhood es digno de reconocimiento. El cineasta, ya acostumbrado a revisitar películas que forman parte de su vida como persona (la trilogía Antes de…), ha dinamitado la frontera entre la realidad y la ficción con ese tránsito del desarrollo de una persona narrando la vida de un niño desde los seis años hasta los dieciocho con la historia de Mason, al que da vida Ellar Coltrane, con intervalos de rodajes de poco más de un mes de material, repartido, eso sí, en un total de doce años. El resultado es una invitación cinematográfica que ofrece al espectador vivir una experiencia única en el cine contemporáneo.
El cine de Linklater sigue abogando por esa verbalización extensa y sin prisa, arropada con conversaciones que se esgrimen con parsimonia y naturalidad que consiguen rezumar verdad al explorar una faceta fílmica a medio camino entre el corte documental y la ficción más realista. Sus películas se pueden percibir como una fructuosa tesis evolutiva donde las relaciones humanas y la narrativa se funden en un ejemplo paradigmático de cine y vida. Su forma de inmersión e implicación emocional en sus trabajos en los que es plausible un factor de experimento con el Séptimo Arte han logrado transmitir un sentido artístico que va más allá de la diferencia entre ficción y realidad de un cineasta obsesionado con filmar el paso del tiempo y sus consecuencias en personajes que respiran vida a través del celuloide.

Bajo un ojo clínico y con la precisión de un cirujano, Fincher vuelve a construir una ambiciosa película llena de talento tanto en términos creativos como precisa en sus designios. Una inteligente, divertida y fascinante fábula sobre la destrucción de la pareja perfecta, al menos desde el exterior, que se ve obligada a simular su felicidad, como en casi todos los casos, en la corrección política de un circo montado en favor de dos almas gemelas destinadas a torturarse hasta el fin de sus días, reparado por un ritual catártico de engaños y mentiras, de hipocresía y repudio, como sucedía en Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick.
Perdida recupera la oscuridad fatalista de un director que ya no requiere de malabares técnicos o CGI para superarse a sí mismo, sino que prefiere mantener y pulir sus rasgos estilísticos llevados hacia un estrato mucho más clásico, sin rehusar a reconocibles estilemas su impronta de autor identificable como su meticulosa metodología narrativa. Perdida es uno de los mejores trabajos de un director con un imaginario visual y autoral que continúa en el evolutivo ascenso hacia una intensidad puesta al servicio de la historia, con una visión particular como medio de expresión en el que los mecanismos fílmicos de composición están al servicio de una puesta en escena estilizada y perfeccionista. Con Perdida, Fincher vuelve a evidenciar la agudeza de su estilo, adoptando textos ajenos para transmutarlos a sus obsesiones personales y aportar así una dosis de malicia y subversión.

Una de las sorpresas más agradables con espíritu independiente de este 2014 ha sido Coherence, debut de James Ward Byrkit en el largometraje y que trasluce un perfecto testimonio de ese cine de bajo coste y cariz fantástico que tanto se busca y que pocas veces se transcribe en la combinación de talento y eficacia como es el caso de este estupendo thriller de ciencia-ficción. Una cinta consciente de sus limitaciones que abarca una gran variedad de posibilidades a partir de un guión que no se toma nunca en serio asimismo para jugar con todas las armas propuestas desde ese enfoque juguetón de rompecabezas lleno de ingenio y recursos. La dialéctica narrativa que despliega alternativas de realidades simultáneas y esgrime conceptos y teorías como la del Gato de Schrödinger o flirtea con la física cuántica, no es más que una excusa para ir descubriendo diferentes proyecciones de unos personajes inmersos en un laberinto sin centro.
Ward Byrkit lanza un desafío con forma de experimento que constituye un auténtico hallazgo de intrincadas intenciones, siempre escrutando el entretenimiento no tanto en una sesuda reflexión científica, sino más bien por lo que está aconteciendo: ese paso del cometa Miller y sus consecuencias de variantes imprevistas en los ocho personajes que protagonizan el filme. Por ello, entre tanta paradoja de universos paralelos o multiplicadores de factores, cuando se mueve un elemento que desbarajusta la realidad en otra distinta y doblega, el contexto en otros escenarios con distintos protagonistas que pueden ser otras versiones distintas, Coherence encuentra la esencia de su título en una incoherencia tan epatante como efectiva.

Dos policías obligados a investigar en el sur la desaparición de dos adolescentes en un crimen sexual sin aparente pistas. La acción de La isla mínima sirve como analogía para desgranar todos los miedos y realidades sociales de una época marcada que daba sus primeros pasos al dejar atrás la dictadura de Franco. Es la nueva invitación de Alberto Rodríguez para desmontar todos y cada uno de los prejuicios que se tienen (incomprensiblemente) contra el cine español. La isla mínima es un drama que sigue escrupulosamente los mejores códigos genéricos del cine negro para coquetear con el western y la crítica sociopolítica. Con ese trasfondo político de una deep spain anclada en el pasado, delimita su progresión casi contemplativa, hacia un hipnotismo confeccionado con una perspectiva excepcional. El análisis andalucista al que está sometiendo el cineasta su último cine procura una incorruptible muestra de cine con mayúsculas en el que domina un perfecto equilibrio entre el grado de realismo y el dominio de la acción (ejemplarizada en esa persecución nocturna totalmente fascinante).
Sin perder la identidad localista de un contexto infectado por el desconsuelo y la miseria que empaña a todos los ambiguos y antitéticos personajes que van desfilando por un paisaje tenebroso, tan rica en atmósferas como proponen esas marismas del Guadalquivir fotografiadas con una proeza cromática excepcional por Álex Catalán, que refuerza la intención del director por conceder una naturaleza atávica a la narración, La isla mínima no sólo es un thriller asfixiante que funciona como un relato total a muchos niveles, sino que estamos, posiblemente, ante una de las mejores películas españolas de los últimos diez años.

Es, sin duda, la gran película de animación del año. Lego. The Movie construye con su juego de piezas una enloquecida fábula para todas las edades ajena a las adaptaciones aferradas a cuestiones meramente comerciales o abirradamente clásicas. De hecho, si algo caracteriza a esta aventura de muñecos amarillos y piezas ajustables es la libertad de metaforización en esa constante de edificar y destruir para volver a empezar otro modelo aplicado a la narrativa. De este modo, se concreta un continuo efecto de sorpresa que combina el 3D con el espíritu vintage que conlleva el juego de engranaje. Con un imposible mix referencial en el que no faltan reconocibles personajes de otros contextos como el cómic, el cine o la animación más tradicional, Lord y Miller entregan al público familiar una derivación casi paródica del cine superheroico, respetando la espectacularidad del mejor cine de acción en el que no faltan referencias y homenajes hacia esos iconos con delirante perspectiva cínica.
No es solo una exótica aventura que recoge el espíritu didáctico de los célebres juguetes, tan representativos de la nostalgia y emblema de la cultura pop, sino que también funciona como una agresiva crítica a la libertad del individuo que ve abolida su voluntad y libertad creativa por un titán despótico y tiránico desde el cetro del poder como del consumismo mediático. Como si de una distopía contra la que luchar a través de la imaginación se tratase, estamos ante una cinta llena de ingenio y épica que lanza un mensaje muy necesario en los tiempos que corren: nunca debe perderse la imaginación, pero será invencible si disfruta en conjunto. Lego (The Movie) es una exaltación a la infancia y a la necesidad de respetar y no coartar al niño que todos llevamos dentro.

Wes Anderson sigue articulando esa visión idiosincrática y original tan controvertida como divisoria con el gusto del público y, sobre todo, de la crítica. El Gran Hotel Budapest sigue un firme continuismo en la prevalencia de un mundo onírico y ficticio, en el que se deduce un esteticismo abstracto y minimalista que Anderson cuida hasta el más mínimo detalle. El resultado sigue siendo el mismo que en sus anteriores obras; una cinta que amplía la sofisticación académica desde la extravagancia y lo absurdo, llegando a lo naïf y vintage, narrada desde una envidiable libertad que conglomera una historia de filiaciones y necesidades humanas con el absurdo y lo excéntrico.
Una hermosa película que se mueve por dioramas caleidoscópicos, en los que caben instantes caricaturescos limítrofes en la violencia, de puro slapstick, acompañado siempre de un componente de humor negro. Sin embargo, si por algo destaca este filme es por el amor que profesa el director a todos y cada uno de los personajes que desfilan por este cuento de tintes europeístas, por muy pequeña que sea su aparición. Y aunque impere esa hermosa relación sobre la amistad, la lealtad y el heroísmo paternalista por parte de un expatriado que encuentra en todo el entramado una oportunidad de huida y de búsqueda de su destino, ejerce una particular visión mucho más amplia del mundo que describe.

La apuesta de Linklater parecía una locura sobre el papel. La filmación anual de un drama familiar a través del crecimiento real de sus actores para narrar un viaje iniciático desde un contexto subjetivo que afectara también a la edad de sus personajes. La historia se centra en la vida del pequeño Mason hasta su llegada a la Universidad. Linklater sabe captar ese paso del tiempo bajo un prisma pausado y reflexivo que facilita el desarrollo memorativo, deteniéndose a indagar, por medio de elipsis en la vida y el tiempo de forma coherente con sus propósitos, para cómo éste afecta a las personas, sus pulsiones, sus sacudidas, su realidad… Y lo hace sin particularizar ningún evento trascendental ni estar sujeto a cualquier dictamen de guión, lo que le confiere un grado de libertad que subraya la intención de describir mediante imágenes el tránsito vital, de forma aleatoria y sin ninguna conexión concreta, como si de pequeños fragmentos de la memoria se tratase.
Cierto es que existen varios segmentos algo reiterativos, en los que parece que no sucede nada. La vida real suele ser asombrosamente aburrida y eso aporta un valor más al juego de credibilidad sobre el que se sostiene la película. La modestia y humildad con la que está filmada, el tiento corporativo que transmite o la transparencia experimental que insuflan sus creadores (no sólo del director, sino de cada uno de los componentes del equipo), hacen de esta propuesta una nostálgica oda a la vida dotada con la verosimilitud de la dualidad entre ficción y realidad para consumar una experiencia cinematográfica única.

Villeneuve parte de la base del relato El hombre duplicado, del Premio Nobel José Saramago, para introducir al espectador en un siniestro viaje a la psicosis y universo mental de un anodino profesor de historia que lleva una vida gris y patética. El cambio llegará con la obsesiva curiosidad que despierta en él un doble idéntico al que ha descubierto en una película de serie B, lo que desestabilizará su rutina, abriendo una incógnita marcada por la subjetividad limitada hacia un enfermo enfrentamiento a su “yo” antagónico. Un oscuro trazado que desdobla el mito del doppelgänger con oscuras significaciones de un personaje de percepción distorsionada. Una invitación a participar en un laberinto de intrincadas claves dentro del subconsciente y la fascinación psicológica de esta magnífica pesadilla a modo de thriller.
Destaca la sucia sordidez que desafía al espectador en un juego de significados simbólicos de difícil acceso, cuya clave reside en un accidente que resquebraja la acción hacia un denso éter que tiene resonancias del cine de Lynch y Cronenberg. Enemy es un tratado sobre la complejidad que abre varias teorías encauzadas hacia la represión sexual, la pérdida de la identidad o el sometimiento a un universo femenino mostrado como un rejón castrante de mujeres protectoras y a la vez depredadoras que metaforizan los distintos niveles de necesidades que comprenden estos dos personajes que bien podrían ser uno solo, perdidos en su propia memoria fragmentada a causa de sus traumas.

Nebraska encadena con un tono de cierta misantropía ese estilo cargado de sutil crítica en la progresión fílmica de Alexander Payne, capaz de transformar en comedia de humor negro situaciones bastante cotidianas e incluso dramáticas. Su cine discurre entre el género intimista de gradual riqueza emocional y el sarcasmo rayano en la ambigüedad que rodea a sus personajes, a los que suele dotar de un caparazón que camufla un carácter tan poliédrico como obsesivo en la vulnerabilidad de una fauna que va a la deriva. Para ello vuelve a tomar como dispositivo la road movie apagada y crepuscular, articulando este género que suele abordar un viaje más existencial que físico a través de la historia de Woodrow T. Grant (excelente Bruce Dern), un viejo cascarrabias y alcohólico en los albores de la demencia senil cuyo objetivo es viajar desde Billings hasta Lincoln con el fin de cobrar un millón de dólares procedente de esas cartas con sorteos y premios engañosos cuya estrategia es captar suscriptores para sus publicaciones.
No deja de ser una asombrosa sátira social, que se muestra implacable con ese viaje de búsqueda yerma, de redención encontrada. Y en el camino, Payne dibuja una maravillosa comedia conmovedora, profundamente humanista, reflejando esa destrucción ancestral de los valores del trabajo duro, el afecto familiar o la reciprocidad de estas comunidades, personalizadas en un pueblo deprimente cuyos vacíos morales y económicos se expresan en esos estereotipos arraigados que representan los habitantes de una modelo de una región autodestructiva y desengañada, la América Profunda del Medio Oeste representada como un viejo territorio que se está desvaneciendo castigada por la crisis.

En los grandes rascacielos de El lobo de Wall Street se mueve la economía mundial, los ejecutivos son presentados como energúmenos trajeados que se gritan “hijos de puta” y se profieren todo tipo de insultos y frases hechas con un lenguaje vulgar y ordinario. Eso es Wall Street, cómo suena el ciclo del dinero, la alegoría de un sistema financiero que ya no sabe distinguir entre la estafa y el negocio legítimo. En esta bacanal de euforia, una de las primeras acciones que el espectador observa absorto es cómo un grupo de especímenes de esta fauna lanza a dos enanos con trajes de velcro contra una diana cuyo centro ilumina el símbolo del dólar, mientras los desaforados brokers jalean tan surreal y despiadada acción. La historia de Jordan Belfort es la de un cazarrecompensas moderno que se aprovechan de la avaricia de los demás y de sus deseos de hacerse ricos rápidamente como excusa para llevarse parte de su dinero, en definitiva, oportunistas que se enriquecen a costa de la debilidad ajena.
Scorsese se desentiende de la necesidad de crear un discurso subversivo e incluso crítico de lo narrado, sin ambigüedad alguna, un crescendo en la personalidad de unos personajes que revelan sus intenciones desde el primer minuto. No existen digresiones ni juicios. Tampoco espacio para la redención, ni se expone un arrepentimiento que sirva como recurso o justificación a tanta barrabasada en este camino hacia la grandeza de un desfase que ha provocado esa mentira, esa gran estafa llamada capitalismo. Una oda homérica a la egolatría desmesurada de un hombre con complejo de mesías que provoca su caída y termina salpicando de mierda a todos los que les rodean y participan jubilosos del ilícito juego patrimonial ¿Y cuál es su escarmiento? La delimitación a ese usufructo conseguido de forma fraudulenta termina por reciclarle en un orador motivacional y sales coach (entrenador de ventas), que sigue hablando para rebaños que creen que son dueños de su destino, haciéndoles creer la riqueza está a su alcance, hipotéticamente hablando.

A propósito de Llewyn Davis no es más que otra vuelta de tuerca a ese tratado filosófico retrospectivo que alude a la esencia de su cine, a la exploración de la angustia existencial de un hombre desubicado a través de las tristes cuerdas de una guitarra acústica, lanzando a la intemperie y al frío de una ciudad incómoda y que a pesar de intentarlo contra viento y marea, acabará por fracasar. Y en el camino, los creadores de El gran Lebowski entregan un nuevo tratado estético caracterizado por la declinación de cualquier jerarquía catalizadora y lograr así que su complejo universo multirreferencial sea reconocible. Una mirada escéptica sobre la mitología del sueño americano y del éxito que trasforma esa época mitificada bajo los tintes de un drama existencial tan subterráneo como prodigioso, que pertenece al infierno de los perdedores que acumulan las copias de los vinilos sin vender en una caja debajo de una mesa.
Estamos ante uno de los mejores trabajos en la filmografía de los hermanos Coen, que devuelven a su obra las fronteras de un cine independiente en su condición de relato intrahistórico, esta vez a ese lapso despreciado por breve, pero fundamental para la música y que sirvió como vaso conductor necesario para que el mencionado Dylan y congéneres terminaran cambiando todo el espectro musical de una época que marcaría el desarrollo cultural norteamericano. Otros sin embargo, se quedaron en el camino, frustrados en otro oficio y alejados de sus ilusiones. Porque si hay algo que vertebra esta cinta (y que se extiende en la filmografía de los Coen) es que la leyenda que impone un final feliz a la persecución de los sueños, el sacrificio, la persistencia y el talento innato para algo es tan falsa como crudamente real. Y lo peor de todo, es que esa Ítaca homérica no es más que una ensoñación inalcanzable.
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