(1964-2017)
“Durante un tiempo vivía en una resaca perpetua que no me dejaba ser feliz. Esto se convirtió en un obstáculo para ser creativo”.
Chris Cornell fue una de esas voces generacionales que marcó una época por su irrupción en el mundo de la música en un instante que abanderó un movimiento cultural arraigado al descontento juvenil de la segunda mitad de los 80 y principios de los 90 gracias a grupos irrepetibles como Soundgarden, Audioslave y Temple of the Dog. El simbolismo poético de aquel último gran movimiento del rock llamado grunge que incluía también a Nirvana, Pearl Jam, o Alice in Chains, sacudió los cimientos intelectuales de la música con un puñado de grupos y artistas de Seattle que reivindicaron una voz propia dentro del panorama musical estadounidense con canciones sobre sentimientos de malestar y pesimismo para terminar erigiéndose como modelos de una corriente inquieta y contestataria.
Chris Cornell era un barítono capaz de cantar dentro del rango de tenor y subir las notas hacia otra dimensión con aparente facilidad. Su inconfundible voz era un prodigio de fuerza que hacían de sus interpretaciones crudas y conmovedoras muestras de talento irrepetible. Se supo distanciar del movimiento que le catapultó al éxito con espléndida madurez, sabiendo que aquello que comenzó como un bramido rebelde se desfiguró al comercializarse. Representó con cordura el albor más luminiscente de su generación.
Sin Kurt Cobain, Layne Staley o Andrew Wood, la desaparición de su figura sugiere el desvanecimiento de una época llena de recuerdos nostálgicos cuya banda sonora tenían la voz de Cornell. Hoy se ha suicidado en Detroit, ciudad en la que fue hallado su cuerpo pocas horas después de que actuara en esta ciudad fantasma. El mundo de la música pierde un tótem que, como siempre en estos luctuosos casos, deja un legado inmortal a través de sus canciones.


