El veterano director y guionista Paul Schrader ofrece una brillante exploración cinematográfica de la condición humana con una película que combina el drama, el thriller y el cine bélico con una estética y un sonido sobre la historia de un hombre que intenta escapar de su pasado.
La sombra de Martin Scorsese planea sobre El contador de cartas como productor ejecutivo, evocando una estirpe de un tipo de cine que él mismo forjó junto a Paul Schrader, su amigo y colaborador desde los tiempos en que el séptimo arte cambió de rumbo en los años 70. Cuatro obras películas trascendentes en su tiempo como Taxi Driver, Toro Salvaje, La última tentación de Cristo y, más contemporánea, Al límite, comparten núcleo temático y conceptual que define la trayectoria de Schrader como guionista y director: la redención. Sus personajes suelen seres atormentados, alienados, marginados o culpables, que anhelan una forma de reconciliarse con su propia existencia, con el prójimo e incluso con la divinidad. Para ello, exploran caminos como la violencia, el sacrificio, el amor o el arte, buscando diversas vías de expiación o liberación.
Este trasfondo calvinista de Schrader impregna sus películas con una influencia religiosa donde el pecado, la gracia, la predestinación y la elección son claves argumentales. Asimismo, el germen cinematográfico que vertebra el corpus de la filmografía de este veterano talento contracorriente proviene de maestros de la talla de Yasujirō Ozu, Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer, cuyas sombras siempre están presentes en la elaboración de un estilo esquivo, que encuentra su camino hacia la trascendencia precisamente a través de su rechazo de la simple catarsis, como él mismo presentara en su libro El estilo trascendental en el cine (1972), antes de debutar como cineasta.
Así comienza El contador de cartas, con una cita de Bresson que preludia el infierno que ha vivido William Tell (Oscar Isaac), un personaje que bebe de la fuente bressoniana, en particular de Un condenado a muerte se ha escapado (1956), sobre un hombre que escapa de una cárcel nazi gracias a su férreo autocontrol. En ese marco, Schrader también recurre a la figura y al pensamiento de Søren Kierkegaard, al plantear que el ser humano debe optar entre tres modos de existencia: el estético, basado en el placer; el ético, basado en el deber moral; y el religioso, basado en la fe personal. Estas opciones se encarnan en este ex marine del ejército americano que ha pasado casi una década entre rejas por un turbio pasado que quiere sepultar y que recorre Estados Unidos ganándose la vida como experto tahúr en casinos y partidas de cartas de toda índole, apostando poco y ganando lo justo para sobrevivir. Su rutina se ve alterada cuando conoce a Cirk (Tye Sheridan), un joven que busca vengarse del coronel Gordo (Willem Dafoe), el culpable de la muerte de su padre y de los traumas del propio Tell. Para impedir que Cirk cometa una locura, que siga los preceptos de la masculinidad tóxica y ofrecerle una alternativa. Por lo decide ayudarle económicamente y le propone acompañarle en su viaje por los torneos de póker, bajo el patrocinio de La Linda (Tiffany Haddish), una mujer que capta a jugadores excepcionales para conseguirles mecenas que les permita apostar grandes sumas y obtener pingües beneficios. Entre los tres se forja una extraña amistad que pondrá a prueba la capacidad de William para afrontar sus demonios.
Aquí, Tell recuerda a otros roles escritos por el cineasta, mostrando su mundo interior a través de su escritura en un diario sobre su pasado como soldado en Abu Ghraib, su encarcelamiento por torturar a reclusos para el ejército de los Estados Unidos y sus años en la prisión de Leavenworth. Esos estados de ánimo, los fantasmas que le asolan, ya no sólo son parte de la herencia de Bresson en El diario de un cura de campaña (1951), sino que todo el tormento, la culpa y la inquietud persiste detrás de sus ojos, a pesar de que demuestra un control completo, evocan directamente a la voz en off de Travis Bickle (Robert De Niro) en Taxi Driver. Desde esa voz interior describe minuciosamente al espectador las reglas de los diferentes juegos de cartas; Blackjack, Póker, Texas Hold’Em… Sobre la relación entre los jugadores, los propietarios de casinos o cómo los inversores que patrocinan a los jugadores administran sus negocios y acumulan ganancias.
Para él, el juego no tiene nada que ver con la suerte, sino con el conocimiento de las propias posibilidades. Otra referencia a la determinación que rige su estado actual es la identificación subvertida de un hombre solitario y silente, cuanto más autodestructivo, corrupto o frustrado con el mundo, más personal e identificable resulta en la filmografía de Schrader. El jugador de cartas confiesa más de una vez que se siente cómodo en la cárcel: sus rutinas y su capacidad para reprimir su potencial de violencia. Por eso intenta recrearlas en el mundo exterior, en habitaciones de motel, en las que cubre los muebles con sábanas blancas que son como sudarios para convertirla en una celda. O la letanía que sigue en las partidas y los casinos, que ponen de manifiesto las contradicciones y los conflictos del ser humano en un mundo hostil y caótico.
El contador de cartas transita por varios géneros; una película de casino, una cinta de venganza improvisada o un autorretrato depresivo. Incluso aflora una historia romántica en un segundo plano entre Tell y La Linda, esbozada como los dos bloques de hielo se descongelan entre sí, muy lenta y cuidadosamente, con pequeños gestos que potencian su dimensión cuando salen a flote en un entorno visualmente kitsch como es el impresionante de millones de luces de colores de los casinos. En ese sentido, la película se dirige a puntos donde se pueden tomar decisiones contrapuestas, ya sea para ceder a los impulsos de venganza y violencia, para seguir viviendo con control y frialdad, o para intentar algo diferente como una relación imposible. Dentro de estos planteamientos, Schrader sigue mostrando interés por las cualidades expresivas de su medio como forma de expresión, con la modestia y sobriedad adecuadas, cuando la cámara favorece al off-screen a la hora de caer en una violencia o exhibir una atmósfera opresiva y envolvente.
El cineasta manifiesta su maestría a la hora de crear una película que es al mismo tiempo una reflexión sobre el cine y sobre la condición humana. El contador de cartas atrapa con su tensión narrativa y conmueve con su profundidad emocional, desde su luz deliberadamente apagada, ensordecida y desvitalizada, donde el director de American Gigoló, no sin cierta ironía, deposita los restos de un espléndido Jardín del Edén, como si la imaginación cristiana, que tanto ha pesado en el mundo schraderiano, hubiera sido colonizada por el capitalismo.
La ambigüedad moral y la imprevisibilidad humana
El contador de cartas avanza con una cadencia sosegada, que, no obstante, logra teñirse de sorpresa ante la audiencia, ofreciendo momentos de horror y belleza que se entretejen con pulso. Las secuencias en gran angular dentro de Abu Ghraib abruman con el óxido del metal, los ladridos de perros rabiosos y los gritos desgarradores de los reclusos torturados. Esta exposición cruda y brutal choca deliberadamente con la ensoñación que impregna la totalidad de la película, distanciándose con determinación de la cruda realidad. Un matiz que se cristaliza en los movimientos de la cámara, plagados de travellings frontales, deslizamientos en cámara lenta y elegantes fundidos a negro, todos ellos coadyuvando a forjar una atmósfera sorprendentemente etérea. El delirio y la presión se convierten en los artífices de esta hipotermia existencial. Incluso antes de que la auténtica naturaleza de la huida de Tell se revele, el filme se halla imbuido de una opresión que se hace patente de manera inequívoca a través del cuidado diseño de sonido y la música esférica que se complementan con sonidos guturales. En este mundo sonoro exaltado, el protagonista se aferra a su propia respiración como a un ancla que le proporciona serenidad y razón. Sus exhalaciones son apenas un eco fantasmagórico, como si luchara por liberarse de una carga invisible. Sus profundos suspiros constituyen un ejercicio de autocontrol, una búsqueda de equilibrio en medio del caos. La música, concebida por Robert Levon Been, de la banda Black Rebel Motorcycle Club, intensifica además los ecos de una voz y una letra melancólicas, insinuando que Tell está condenado a no poder escapar de su propio destino, atrapado en una espiral de autoexilio.
Uno de los baluartes que hacen de esta cinta una obra muy por encima de la percepción de calidad en lo que va de año, es la presencia de un Oscar Isaac monumental, que transmite con sutileza todas y cada una de las emociones de su rol. La interpretación de Isaac está llena de energía a punto de explotar, cuya tensión está a punto de descargarse. Recuerda al método interpretativo del mejor y más joven Robert de Niro, que solía hacer algo así. Si solo se intuía en papeles anteriores, ahora es una certeza: Oscar Isaac pertenece a esa estirpe de actores de carácter al alcance de pocas estrellas de Hollywood. En cada gesto, en cada mirada, Isaac inyecta vida a su personaje de una manera que trasciende la pantalla, determinando su capacidad para transmitir la complejidad de un personaje poliédrico.
En última instancia, El contador de cartas se alza como una pieza que transcurre entre los confines del drama psicológico, la historia de venganza con retazos románticos, pero también se adentra en el terreno de la cinematografía deportiva, explorando las vidas de jugadores y sus ineludibles torneos personales. La obra de Schrader se erige como un testimonio vivo de su propia odisea en busca de sentido y trascendencia, así como de su apasionado amor por el cine como forma suprema de expresión artística. De este modo, esta película se convierte en una cápsula en la que hombres obsesionados y atormentados son diseccionados con el poder evocativo y expresivo del séptimo arte. En este contexto, el amor se revela como una entidad que sólo puede surgir como parte de la destrucción. Ejemplificado en el inevitable epílogo tras una catarsis de violencia brutal y despiadada. Tell y La Linda, dos almas enredadas en sus propias pasiones y oscuridades, se tocan a través del cristal que separa el mundo exterior de una prisión de máxima seguridad. Este cristal, a su vez, se convierte en una metáfora de la barrera que nuestro protagonista debe mantener inquebrantable entre su ser y el mundo exterior. Este muro, a pesar de ser su escudo protector, también le impide sumergirse por completo en la conexión que anhela desesperadamente.
Una diatriba existencial, incesante y tormentosa, que sigue siendo el conflicto central que pervive en muchos de los personajes solitarios de Schrader. Una lucha interna que se traduce en el anhelo constante de ser perdonados, comprendidos, normalizados y amados, a pesar de que esta aspiración resulte a menudo inalcanzable para ellos. El contador de cartas nos sumerge en este turbulento océano emocional, recordándonos que, finalmente, todos anhelamos algo más grande que nosotros mismos, aunque ese deseo nos conduzca por caminos tortuosos y oscuros.
FICHA: Estados Unidos. 2023. Color. Duración: 111 minutos. Formato: 1.85:1. Cámaras: ARRI Alexa LF. Entaniya de 250 grados. Director: Paul Schrader. Guion: Paul Schrader. Productores: Paul Schrader, David Kuhn, Rosina Bucci. Productoras: Firebrand; Greenwich Entertainment. Distribuidora: Sony Pictures Classics. Fotografía: Gregory Hayden. Montaje: Paul Schrader. Música: Devonté Hynes (Blood Orange). Intérpretes: Oscar Isaac, Tye Sheridan, Tiffany Haddish, Willem Dafoe, Anna Paquin, Ryan Turell, Phillip Andre Botello, Aimee K. Bryant, Marti Matulis, Richard Hong, Francesca Eastwood, John Lobato.







