(1922–2010)
Esta semana que acaba ha sido una de las más aciagas en cuanto a pérdidas cinematográficas se refiere. Luctuosos días para la Meca del Cine que ha dicho adiós a importantes nombres de diversas generaciones. Arthur Penn, el miembro más arriesgado de la llamada Generación de la Televisión junto a nombres importantes de la Historia como John Frankenheimer, George Roy Hill, Martin Ritt, Robert Mulligan, Sidney Lumet, Ralph Nelson o Franklin J. Schaffner que revolucionaron el cine en los años 50 tras el declive del studio system con una transformación narrativa y conceptual que ofrecería un cambio que hoy en día es considerado clave para el posterior desarrollo del cine contemporáneo.
Su película más representativa sigue siendo Bonnie and Clyde, por su explosión de violencia despojada de lirismo, que impone la ironía de un cine sedicioso, más primitivo en su dureza visual. Fue la misma tónica que imbuyó a El zurdo, a Pequeño gran hombre, Missouri, La noche se mueve o La jauría humana, metódicos vehículos existenciales que rompían la nueva tendencia de cultura clásica que aparecía marcada por el cine europeo. Penn no quiso cambiar la tradición, sino renovarla siguiendo las pautas de un cineasta siempre inspirado que supo innovar en el aspecto técnico. Un genial creador de imágenes intuitivas que deja a la memoria una de las representaciones más genuinas de lo que fue un cineasta moderno.

