Review ‘Baskin (Baskin)’, de Can Evrenol

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Baskin - cartel

Excesos y orgías infernales

La ópera prima de Can Evrenol revela un director lleno de talento que consigue perturbar al espectador en una pesadilla de plétoras sanguinolentas que, más allá de ofrendas genéricas, la convierten en una obra de culto de lo oscuro.

El debut en el largometraje de terror de Can Evrenol supone una rara avis dentro del cine turco, acostumbrado a un tipo de películas más intimistas y de otros géneros. Baskin, además de abanderar un cine de calidad dentro de su estirpe originaria, no es un plato para todos los gustos. Podría decirse que tampoco lo es para los más versados e ínclitos gorehounds amantes de este rollo de terror extremo. La segmentación entre los que adoran y la aborrecen es muy alta, más que nada porque la retorcida mente de esta ópera prima hacia territorios de sadismo, explicitud, humor negro, abundante violencia, sexualidad enferma impera desde el primer minuto y no abandona su condición de obra visceral destinada a convertirse en un filme de culto de lo oscuro.

Tras una pesadilla de recurrente aire ochentero, un escuadrón policial de cinco agentes turcos abre la función con una conversación de tinturas tarantinianas haciendo una quiniela de la liga de fútbol española y burlándose con anécdotas de prostíbulos y transexualidad. El mal rollo se acrecienta con la aparición de un hombre encapuchado que entrega un cubo de carne (suponemos que humana) que los policías van a cenar. La indisposición de uno de ellos, ranas en lavabos infectos, enfrentamientos con el hijo del dueño del local y la llamada de la comisaría para que la patrulla investigue la desaparición de una unidad cerca de un edificio abandonado en el que descubren a un compañero golpeándose la cabeza contra la pared suponen el desencadenante de todo el entramado. Es el inicio de una sangrienta pesadilla en un desagradable viaje a las entrañas del mismísimo Infierno.

Baskin - fotograma

Evrenol compone en su puesta de largo una concesión referencial y reconocible al giallo italiano con un signo reverencial a Lucio Fulci y Dario Argento, sazonada con la perversa mitología del averno extraído directamente de la literatura cenobita de Clive Barker y un céfiro que remite al episodio Perchance to Dream de En los límites de la realidad, en el que Edward Hall (Richard Conte) soñaba dentro de un sueño que a su vez era, en realidad, otro sueño.

Sin embargo, más allá de los homenajes e influencias, el cineasta reconvierte la idea exploiteer del cine de William Castle, Herschell Gordon Lewis o Wes Craven en un festival excesivo y devastador que se aprovecha de la admirable dirección de un Evrenol capaz de elaborar una atmósfera espeluznante y fantasmagórica. Su inventiva en cuanto a movimientos de cámara atestigua una visión primorosa del medio cinematográfico, que a la postre es lo más destacado de Baskin. Arropado por el tono y el estilo muy personal, la cinta se beneficia de una fotografía muy potente a cargo de Alp Korfali, que sabe acentuar la frialdad y nocturnidad de ese onirismo simbólico exigido por el creador de este delirante cotarro.

Baskin - fotograma

Eso sí, una vez que los policías entran en el edificio, la alucinación diabólica desafía toda lógica narrativa. No es una restricción a su deleite, porque lo que importa aquí es la ambigüedad y la confusión, donde caben los elementos espirituales para revelar una conexión de ecos paranormales que vehicula esta historia circular. Para Evrenol y sus coguionistas, Ogulcan Eren Akay, Cem Ozuduru, y Ercin Sadikoglu, lo importante es ensimismarse en la tenebrosidad del contexto y la depravación de su fuerza antagónica que reinicia su abstracta ordenación para hacer avanzar su fábula hacia un tránsito al infierno sin resultar el todo incoherente.

Trufado de nociones crípticas que transportan al público de esa casa maldita en medio de la nada a una hemoglobínica liturgia de sexo, humillación y sangre en el que se aúnan recuerdos, sueños infantiles y confesiones sobre percepciones interdimensionales, Evrenol invita al que mira a un descenso a esta guarida de tortura y muerte que apela directamente a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y que no se corta a la hora de manifestar una velada simbología crítica y sardónica sobre la sociedad turca. En este aspecto, alejándose del folclore local y las concesiones a la realidad de algunos acontecimientos trágicos ocurridos en su Estambul natal en los últimos años antes y después de rodar la película.

Baskin - fotograma

El objetivo de Baskin es desafiar el aguante del espectador, sometido a constantes sacudidas de imágenes perturbadoras salpicadas de surrealismo y un extravagante poder que combina a la perfección la sugestión con la repugnancia de algunas de sus secuencia más logradas y sucias. Como imprevistos invitados a un ritual que llega a convertirse en un esperpéntico gaudeamus sangriento, uno de sus elementos clave es el actor Mehmet Cerrahoglu, maestro de ceremonias que ejerce de líder y deidad satánica cuyo rostro del terror (sin alegorías) supone un hallazgo imposible de olvidar en el imaginario del cine de terror moderno.

Pese a que no todo en esta pequeña joya sea superior, a Baskin se le agradece esa constante en la que no se aminora la admirable búsqueda de lo envilecido, aunque en el camino tenga que ingeniarse fórmulas para dotar de continuismo nomotético en cuanto a la lógica argumental se refiere. Llega un momento en el que todo parece dar lo mismo. Pero una vez sumergidos en ese calabozo satánico rico en detalles que llegan a incomodar a los estómagos más curtidos, a Evrenol lo que le interesa esa escarbar en la mutilación, zoofilia y degeneraciones de ese tártaro habitado por monstruos concebidos desde la oscuridad más grotesca. No faltan víctimas encadenadas, deformidades varias, amputaciones, extracciones oculares y pasillos inundados de exotéricos gemidos y gritos desgarrados.

Baskin - fotograma

Es la forma en que Baskin exhibe su primorosa grafía de la dominación de cuerpos y almas profanadas por el dolor y la barbarie. En todo este festín insano, prevalece la falta de complejos a la hora de comedir el libertinaje sangriento, dejándose llevar por una libertad plena ajena a la autocensura, dentro de una esfera de carácter brillantemente amoral, como la película de arte y ensayo con el alma de una doble sesión con sabor a sangre grindhouse que es. Can Evrenol garantiza noventa y siete minutos de excesos dentro de un puzzle salvaje merecedor de un hueco destacado en nuestras pesadillas cinematográficas más tenebrosas.

Miguel Á. Refoyo “Refo” © 2016

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