Diario de rodaje ‘El límite’ (VI)

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Diario de rodaje 'El límite' (VI) - foto

14 de SEPTIEMBRE de 2002: El Apocalipsis sobre nuestras cabezas

Penúltimo día de rodaje. Volvemos a la que está siendo nuestra residencia. Nuestro campamento de verano particular, a mi Sancta Santorum privativa: La Salle. Hoy es un día intenso. Algo me dice que no todo va a transcurrir como nosotros queremos. Vamos muy avanzados y se habla de que se puede terminar el corto hoy mismo. Mañana quedaría como un día de descanso para rodar unos 6 planos y planificar así una de las fiestas más colosales que se han producido en esta capital de la fiesta encolerizada, del botellón infecto, de la diversión desmesurada en el marasmo de la locura nocturna. Eso es lo que cree María, que asegura que todo va “muy, muy avanzado” (palabras textuales). El día empieza con uno de los planos dramáticos más inquietantes que yo haya podido ver a través de una pantalla.

De nuevo Raúl se mete en la piel de Daniel tanto que duele verle. Con cotas dignas de James Cagney, como los grandes, como el mejor De Niro, como Pacino, como si Nicholson hubiera entrado en el cuerpo de Raúl, o mejor como si el talento inabordable de mi actor llegara a uno de sus niveles más altos. Asusta acercarse a él a decirle cómo tiene que hacerlo. Burque actúa como si hubiera ganado ya la Concha de Plata al mejor actor. De repente, me hace ver que había habido algo de lo que no me había percatado: la víctima era más que fundamental para la historia. En realidad necesitaba a un gran actor, a la altura de Raúl y Ángel, para que todo resultara creíble. Y Manuel Burque me ha abierto los ojos sin él quererlo.

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Es grande, es genial, un actor como la copa de un pino. Le da una réplica a Raúl que logra que a todos se nos pongan los pelos de punta. La intensidad dramática del momento logra ocultar mi preocupación interna porque el espectador no especule sobre la violencia que hay en el corto. Es una violencia excesiva y real, pero necesaria para la historia y lo que queremos contar. Y Burki va a hacer posible que el público se vaya a identificar con lo que siente este espectador de lujo al duelo de los personajes principales. Burque está poniendo en bandeja la frase favorita de los intérpretes “no hay papeles pequeños”. Burque me ha desmotado no sólo lo importante que es el personaje de la víctima, sino que incluso con todo el metraje con la cara tapada y con cinco planos a cara descubierta puede estar a la misma altura que sus asombrosos compañeros de reparto. Impresionante Manu. Se ha ganado un trozo de cielo y mi admiración para toda la vida. Los problemas no se hacen esperar. Todo había sido plácido, tranquilo y sin más problemas que los necesarios. Un claro de luz se abre en los plásticos que cubren la parte superior de La Salle. En uno de los momentos en que Isra Azazel manipula los cartones y demás utensilios que han empleado para que la oscuridad no perdiera la noche en el corto, un cristal cae rozando la espalda de Ángel que está a punto de caerle en la cabeza. Todos nos miramos acojonados, intentando disfrazar la gravedad del hecho y asegurándole que no pasa nada, que ha caído a un par de metros donde él está. A Ángel parece no importarle y decidimos seguir. Ha sido un pequeño susto que nos ha podido costar mucho. No quiero imaginar nada.

De repente, Eolo, el puto dios del viento, quiere hacernos una visitilla en forma de tifón de corriente. Muchas de las ventanas se abren, las puertas parecen estar vivas y medio plástico por encima de nosotros sale volando por los aires haciendo que la luz se vuelva a hacer en el recinto. N quiero creer de ningún modo que el espíritu de Beatriz haya tenido nada que ver en esto. Cuando el equipo de cámara sube a intentar arreglar un desaguisado que, por lógica, va a retrasar bastante el plan de rodaje de hoy sucede lo que nadie pensaba que iba a suceder. Una piedra de unas proporciones impresionantes, como el jodido Armageddon de la película de Michael Bay cae muy cerca de la cámara, a apenas dos centímetros de un aparato de 7 millones de pesetas, la hostia de euros. Entonces se hace el caos, cae sobre mi la maldición de los elegidos para formar parte del reino del desastre fílmico. Con dos antecedentes tan graves, parte del equipo no quiere rodar. Tienen un miedo atroz a ponerse debajo de una improvisada tormenta de objetos punzantes y de piedras de más de un kilo de peso. Lógico. Yo no sé qué hacer. La mente se me bloquea como si estuviera esperando despertar de la pesadilla más asfixiante de mi vida, de un sueño que no le deseo ni a mi peor enemigo. No puedo obligarles a rodar porque sería indigno, además de que muchos de ellos no están por la labor. Curiosamente, Ángel intenta que todos se animen alegando que ya no queda nada, que es sólo cuestión de horas. Pero ni aún así. Les comprendo y siento que esto se ha acabado, que El límite ha muerto antes de llegar a su fin, que todo el dinero, esfuerzo y trabajo no ha servido para nada.

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Comprendo la angustia y desolación de Terry Gilliam y el fin prematuro de su superproducción sobre Don Quijote. Todos buscan soluciones y yo no puedo hacer otra cosa que desplomarme. Sí, amigos. Hice lo que no tenía que haber hecho. Me vine abajo. Mi mundo se jodió como las dos primeras casas de los 3 cerditos. Mis lágrimas me enseñan que tengo que aprender a soportar todavía más palos (y mira que van…) en esta puta vida. Siento lo mismo que siente un padre cuando escucha que su hijo ha sufrido un grave accidente. La preocupación y caras largas se han hecho las protagonistas del día. Tomás Hijo lo recoge todo en el making off. Menos mal que por lo menos tenemos suficiente material con el que podremos hacer un buen documental sobre cómo se jodió El límite. Empiezo a pensar preguntas para todos los chicos y chicas de la crew y planifico con tristeza un terrorífico y dramático documental titulado El límite: La historia de un fracaso. Pero hay algo que he olvidado y que llevo días comprobando. Me olvido de que estos chicos con el mejor equipo de la historia. No recuerdo de quién fue la idea. Sólo oí a Manu y a Isra gritando “¡Vamos a salvar esto, por cojones!”. Y a todos subiendo arriba para retirar los plásticos y descargar la tensión tirando los restos que teníamos que haber tirado al principio abajo. Miro desde abajo cómo absolutamente todo el equipo está con palos y hierros dejando el techo limpio de peligro. Todos juntos, como una familia trabajando por un fin común. Es cuando mis lágrimas de tristeza se transforman en lágrimas de esperanza y felicidad. Cuando veo que el cortometraje llamado El límite no es mío, es suyo, de todos. El equipo está luchando por sacar adelante su cortometraje. Tanto los Alvariño, como Amable y María se empeñan en darme ánimos. En ese momento, dudo si esto saldrá adelante.

Puede que hayamos perdido una batalla, pero no la guerra. Jorge entra en mi particular retiro de reflexión y me dice con pundonor “venga tío, que aquí hay que acabar un cortometraje”. Y es entonces cuando me levanto, cuando renazco de mis cenizas y cuando mi fuerza es comparable a la de un cíclope, de repente soy una especie de Mr. Miracle. Tengo la fuerza y la furia de Los 4 fantásticos. No soy Refo, soy el puto Increíble Hulk y empiezo mi ardua y asombrosa proeza. Sólo me falta Tizona y mi yegua para conquistar lo que el Rey Sancho quiera. Mientras los chicos del equipo siguen tirando cosas, bajo a la sala donde el Ayuntamiento tiene mobiliarios y menajes, butacas y maderas, cajas y mierda acumulada e inservible en busca de cartones con los que tapar de nuevo la parte superior de la antigua capilla. Y, como llevado por inspiración divina cual Juana de Arco para derrotar a los ingleses, dirijo mi rabia y frustración a subir cartones, de tal manera que en otras condiciones hubiera sido imposible. Os lo aseguro. Físicamente imposible. Cuando pasa una hora ya sólo queda barrer y volver a tapar perfectamente los focos de luz que bajan al suelo. Durante la comida todo el mundo vuelve a recuperar la ilusión que nunca perdieron y que yo, estúpidamente, cuestioné. La nueva máxima del día es bien clara: no ha pasado nada.

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Y es entonces cuando volvemos a recuperar la alegría Macarena ¡eeehhh…!. Las más de 4 horas perdidas y la otra hora que queda antes de empezar a rodar ha supuesto que la seriedad se haya transformado en una profesionalidad rigurosa. Sabemos que ahora estamos muy retrasados porque sólo hemos rodado 2 planos y mañana no habrá relax, pero sí mucho trabajo. Con el susto y el cansancio encima, todos nos congratulamos de la buena labor en equipo que ha quedado demostrado en un día que nadie de los que allí estuvimos podrá olvidar fácilmente. Ha sido el día más inconsistente en cuanto a un nivel emocional de lo que haya podido tener hasta ahora. De un grado de emciones muy difícil de explicar. El día de hoy me ha servido como aprendizaje existencial intensivo, de crecimiento y evolución como persona. Sé que suena pedante y ridículo, pero este corto me está valiendo para afrontar las cosas de un modo más adulto. Cuando llega el final de la jornada sólo rodamos 9 planos, cuando llevábamos una media de 21 de media. Ha sido muy duro, demoledor. Para eliminar la tensión del conato de tragedia hemos salido todos a tomarnos unas birras de liberación de tensión. Lo necesitábamos. Me acuesto de madrugada pensando que soy un hombre afortunado y que mis nuevos 25 amigos son una de las mejores cosas que me han podido suceder en esta inolvidable aventura. Por momentos, empiezo a afrontar la realidad y una lágrima se me cae pensando que esto se acaba, entre una extraña sensación de alivio y tristeza.

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