La jornada de hoy nos deja una dolorosa esquela que ha entristecido al mundo del cine. Richard Donner, uno de los grandes cineastas del cine contemporáneo, ha fallecido a los 91 años. Una veterana leyenda que se convirtió en uno de los directores más versátiles que ha existido en la Meca del Cine. Un artista humilde y talentoso que habría encajado perfectamente en el sistema clásico de estudios de Hollywood de los años treinta o cuarenta, con un don para manejar y transformar en éxito cualquier género que abordara. Donner era especial. Un genio silencioso que acaparó algunos de los títulos más representativos de muchos géneros a lo largo de cuatro décadas en las que siempre estuvo en lo más alto.
Su obra filmográfica se compone de taquillazos que han generado más de un billón de dólares. “Dick”, como se le conocía cariñosamente en la industria, venía de una época marcada por el clasicismo fructífero donde un director de cine era capaz de hacer cualquier cosa, confeccionar con calidad, rápidamente y crear un producto brillante y lleno de arte. Y así era Donner. Nacido como Richard Donald Schwartzberg en el Bronx, en el corazón de Nueva York, su primera atracción real por el medio audiovisual llegó aparcando coches y haciendo recados en un cine de verano.
Bajo los auspicios de George Blake, director, productor y guionista de documentales, fue curtiéndose en las pautas fílmicas desde varias disciplinas dentro del rodaje. Donner tuvo su primer contacto con la televisión como aspirante a actor, donde debutaría con pequeños papeles en la serie Somerset Maugham TV Theatre, en el episodio Of Human Bondage, dirigido por Martin Ritt. Fue el mítico cineasta quien le sugirió que se convirtiera en director. Supo que aquel joven era un cineasta, una promesa a descubrir, así que le contrató como ayudante. En aquellos años también contribuyó con su trabajo en Desilu, productora fundada por Lucille Ball y Desi Arnaz, dirigiendo anuncios publicitarios.
A medida que pasaba el tiempo, fue granjeándose una importante fama como gran profesional, hacendoso y perfeccionista, un creador todoterreno que se fue haciendo un hueco a base de series que iban agrandando su importancia en el escalafón catódico; primero en Letter to Loretta con Loretta Young como estrella, Randall, el justiciero con el mítico Steve McQueen como estrella del momento. Route 66, El hombre alto, Caravana, El hombre del rifle o El pistolero de San Francisco le fraguaron como un nombre imprescindible en la televisión de los 50 y los 60. Entre medias, debutó como director de cine con X-15 en 1961, una película con David McLean y un joven Charles Bronson cuya trama giraba en torno a los dificultades acontecidas con el programa de cohetes de investigación X-15 de la N.A.S.A., en la historia de unos pilotos que arriesgan sus vidas como voluntarios para probar unos de los artefactos espaciales.
Centrado en el mundo televisivo, a Donner ya se lo conocía como un artesano capaz de liderar desde el diálogo a cualquier equipo, por conflictivo que éste fuera, y sacar adelante con diligencia todo tipo de producto con una eficacia sorprendente. De ahí que fuera contratado para dirigir episodios de las series más mediáticas e importantes del país; La dimensión desconocida, Mr. Novak’, El agente del CIPOL, La isla de Gilligan, Perry Manson, Almas en la hoguera, Superagente 86, El fugitivo o Jim West, entre muchas otras, figuran en su obra como director. Antes de que le llegara su oportunidad como director de primer orden dirigió The Yellowbird, un pequeño telefilme con Robert Brown y Carroll O’Connor y la comedia Sal y pimienta, sedimento del rat pack con Sammy Davis Jr. y Peter Lawford a modo de parodia de las cintas de espionaje y agentes secretos a rebufo de los seminales James Bond. La nueva tentativa cinematográfica sería Twinkie, en la que se reencontraría con Charles Bronson y Susan George ejerciendo las veces de Lolita de Nabokov. Ninguna de ellas fue ningún éxito. Pero el carácter ecléctico de Donner y su raigambre de gran director y firmeza detrás de las cámaras le hicieron un hueco como un artista multifacético con mucha proyección en los grandes estudios de Hollywood. Mientras llegaba su gran oportunidad siguió ampliando su legendaria carrera como realizador televisivo en series generaciones como Cannon, Las calles de San Francisco o Kojak.
Tras un par de telefilmes olvidables: Sara T. Retrato de una joven alcohólica, junto a Linda Blair, la niña de El Exorcista y a Larry Hagman, el recordado J.R. (el villano de Dallas) y Una sombra en las calles, llegaría el verdadero acontecimiento en la carrera de Donner. En 1976, 20th Century Fox saca adelante La Profecía, un guión de trasfondo satánico escrito David Seltzer aprovechando el éxito de secreción religiosa sobre el Diablo de la obra maestra de William Friedkin El Exorcista y la impregnación maléfica que confirió Polanski a Rosemary’s baby. Ambas dieron paso a esta gran composición de culto protagonizada por Gregory Peck y Lee Remick, inspirada en un imaginario pasaje del Apocalipsis sobre la llegada del Anticristo, cuando los judíos regresaban a Sion y un cometa rasgó el cielo y el Sacro Imperio Romano se levanta ante la llegada del Hijo de Satanás.
Otra vuelta de tuerca en la analogía que existe entre la creencia y la imaginación perversa, con el mensaje de terror que implica toda religión. Una fábula que, lejos de reformular el modelo de sus precedentes, mezclaba el realismo y lo sobrenatural en una dimensión equivalente y muy atractiva. La historia de ese diplomático americano en Roma llamado Robert Thorn que, furtivamente, sustituye a su bebé muerto recién nacido por otro en desconocimiento de su mujer, propone un proceso insano de aceptar la identidad de un hijo ajeno. La creciente paranoia en la catarsis de una familia por la aceptación de este primogénito que entra en sus vidas de repente para quedarse alcance una atmósfera de suspense venenoso sobre la infancia.
La inquietante presencia del niño con la angustiosa revelación de la marca de nacimiento con ese “666” al compás del Ave Satani (prodigioso canto gregoriano en latín compuesto por Jerry Goldsmith) deja algunos de los instantes más perturbadores de la historia del género. Como a ese padre Brennan (Patrick Troughton) gritando como admonición de la condena, la encarnación sobrenatural del Mal en la contemplación insalubre en los ojos del pequeño actor Harvey Stephens o algunos de unos accidentes planificados con la mano fílmica de un maestro conocedor del medio como Donner. Su carta de presentación en los grandes estudios es intachable. Esgrime con elegancia y virtuosismo el ente terrorífico, con una narración cinematográfica artesanal, dotando a la película de un efluvio religioso enfermizo e incómodo, mucho más allá de cualquier simplismo respecto al tema. La Profecía no evita mostrar con gran argucia el impacto visceral y violento que anida en esta ficción demoniaca, donde los efectos especiales quedan rezagados a un segundo plano gracias a la inteligente planificación de sus escenas más crudas; las referentes a ese ahorcamiento, la decapitación incluso un espeluznante empalamiento que ha quedado grabado a fuego en la memoria colectiva cinéfila.
Con unos Gregory Peck y Lee Remick en los que son, posiblemente, dos de los papeles más importantes de sus carreras, el laberíntico argumento va tejiendo una pesadilla de forma magistral, con vapores de cine clásico que recuerdan, en su ejecución narrativa, a directores tan elevados como Robert Wise o Richard Fleischer. La película se convirtió en la quinta película más taquillera del año con una recaudación de más de 100 millones de dólares sobre un presupuesto de 2,8 millones. A su vez supuso una cumbre del terror moderno.
El despegue comercial y la génesis del superhéroe.
Para Donner fue una bendición. Entró por la puerta grande en Hollywood. Y a partir de ese momento, su trascendencia en el cine comercial se acrecentó. Su siguiente proyecto: la adaptación con números de superproducción del mítico cómic de Jerry Siegel y Joe Shuster Superman. El guión, escrito originalmente por Mario Puzo, fue reelaborado por varios escritores como Robert Benton, David y Leslie Newman. Finalmente, Donner acudió a los ajustes de su amigo Tom Mankiewicz, sobrino del guionista de Ciudadano Kane Herman Mankiewicz, para empezar a trabajar visualmente en el proyecto. Superman no era una película comercial al uso.
Era la primera y gran tentativa por dramatizar y cambiar para siempre el cine de superhéroes. Y Donner fue el timonel de toda la genealogía que vendría tras el tremendo éxito de este aluvión de franquicias provenientes de DC y Marvel que abanderan el cine moderno. Entre lo épico, el realismo de un Metrópolis convertido en Nueva York, lo trágico y lo trascendente, la grandeza de Superman es que contrarresta sus factores y logra mantener un tono relativamente desenfadado con claros elementos humorísticos, pero, subversivamente, la contando lo que sucede con gravedad emocional y mucha honestidad.
Fue no sólo su manifestación por todo lo alto como director comercial, sino que el filme convertiría en un icono para millones de fans al fallecido Christopher Reeve, actor cuya versatilidad siempre fue puesta en duda y que aquí traspasa la personalización del héroe hasta el punto de que cualquier otro actor que se ha puesto en la piel de Clark Kent ha estado muy lejos de aportar su carisma al personaje. El estreno de la cinta fue un evento crucial en la génesis del género y obra capital de ese filón sin fin.
Donner persiguió en todo momento la verosimilitud de la trama, la verdad absoluta y la creencia del escenario y del personaje en pantalla, sin necesidad de hacer un montaje para la cámara o recurrir a saturar de efectos especiales el metraje. Su única obsesión fue alcanzar el realismo del vuelo de Superman, lo etéreo y nada impostado que resultara en pantalla. Hoy en día sigue siendo admirable, más allá de los primigenios cromas, cómo funciona el maravilloso movimiento de cámara de ascenso y descenso del héroe de Krypton. Lo del caché de Marlon Brando, la revolución como actriz de mediática de Margot Kidder, la grandiosidad de John Williams como genio de la partitura de Hollywood y muchas más anécdotas habrá que dejarlo para un especial en condiciones a esta ora magna.
Los 80 habían empezado inmejorablemente para el director. Pero como inconformista y nada acomodadizo creador dentro de los parámetros de la época, quiso probar suerte con una producción radicalmente diferente a tanta fanfarria comercial. Y lo hizo con una apuesta personal. Max´s Bar (en su versión original Inside Moves) fue un inesperado giro en su trayectoria. La cinta se centra en un grupo de inadaptados sociales, viejos ciegos jugadores de póker e incapacitados físicos que se reúnen en un lugar llamado como el título del filme.
Su temática encierra un trasfondo deportivo concerniente a un jugador de los Golden State Warriors de la NBA lesionado de gravedad y su amistad con un hombre deprimido cuyo intento fallido de suicidio abre el camino para recorrer un viaje personal desde la derrota y la amargura, hasta su gradual recuperación emocional. John Savage, David Morse, Harold Sylvester, Diana Scarwid y Harold Russell (actor sin manos ganador del Oscar al mejor actor de reparto en 1947 por Los mejores años de nuestra vida) realizan interpretaciones muy solventes y Donner ejecuta un melodrama inspirador de corte intimista sobre la invalidez y las segundas oportunidades. Tal vez sea la obra por descubrir y desconocida del director. Es una auténtica maravilla cargada de hallazgos.
Si nadie esperaba esta alteración hacia el drama en su carrera, su siguiente apuesta fue otro riego en el mundo de la comedia. Posiblemente, su cinta más fallida e incomprendida. Se trata de Su juguete preferido, estrenada en 1982 y que suponía un remake de la comedia francesa de 1979 Le jouet, escrita y dirigida por Francis Veber. Tras el grave accidente de coche que sufrió Richard Pryor, que le provocaron severas quemaduras en la mitad de su cuerpo mientras fumaba cocaína, el actor afroamericano regresaba a la comedia para redimirse en varios espectros. La genialidad del actor era puesta al servicio de un vehículo idealizado junto a otra leyenda de la comedia yanqui como Jackie Gleason. Ambos protagonizan esta estrafalaria historia sobre un magnate de los negocios, cuyo antojadizo hijo (Scott Schwartz) elige de entre todos los productos del imperio juguetero de su padre, al encargado de uno de estos grandes almacenes. Es un periodista en apuros económicos que acepta el denigrante reto de pasar a ser el compañero de juegos del repelente niño.
Otra vez, Donner logra que, a pesar de las malas críticas que recibió esta comedia, subyaciera cierta sobriedad en el transcurso de la película. Los gags mal ejecutados y, en general, tanto el material original como la oportunidad de facturar una gran comedia están desaprovechados. Pero en Su juguete favorito anidan varias escenas interpersonales realmente excelentes entre ambas estrellas veteranas, con un desbordamiento cómico de Pryor que estimulan la risa con su habilidad para la comedia. Donner aporta su habitual coherencia estructural y hace que prevalezca sobre el desastre una cruda crítica social al racismo, a los estereotipos y a los prejuicios. Así cómo que la riqueza perturba la conciencia y materializa todo hasta extremos ridículos para ser redimidos por la visión de un hombre que abre un mundo a la esperanza, al amor y, finalmente, a la amistad.
Hubo un periplo en que la carrera de este director podría haber tomado derroteros distintos a los que se produjeron a mediados de los 80 si no fuera por la llegada de Lady Halcón. Y la irrupción en su vida de la productora Lauren Shuler, que trabajaba en aquel momento con Warner Bros. Shuler se enamoró del proyecto y habló con su socio Alan Ladd, Jr., con el que había fundado The Ladd Company. Fue él quien le sugirió a Donner. Sin embargo, la historia de Ed Khmara, que venía de un éxito relativo con Enemigo mío, no sedujo a Donner en un primer contacto. Shuler contrató a David Webb Peoples para reformular la fábula de corte fantástico. Tampoco hubo comunión. Sin embargo, cuando Donner sugirió a Tom Mankiewicz (amigo suyo a raíz de Superman) fue cuando el realizador se decidió a entrar en la producción. No sería el único. Michael Thomas, que había escrito El ansia, se unió al guión. Por aquella época, las películas comerciales marcadas por un tono fantástico y mágico encontraron un hueco importante en la cartelera internacional.
Legend fue la pionera, a la que seguirían Dentro del Laberinto, La princesa prometida o posteriormente Willow. Tras la obra de Ridley Scott, Lady Halcón fue, como ésta, muy infravalorada en su momento. Tampoco resultó un éxito de taquilla. Si bien la reactualización del romance medieval muy de los 80 no tuvo el alcance deseado en aquellos años, desde hace tiempo es una rotunda película de culto. Y no es para menos. Porque estamos ante una película sobresaliente. Su romanticismo épico imputó un fabuloso brote de brillantez en un especial cuento de amor y maldiciones, al puro estilo de espada y brujería. Su patrón fantástico está resuelto con buen pulso por un Donner muy desenvuelto a la hora de sacar con mucho talento este cuento un tanto ingenuo pero hermoso.
Para ello, contó con Rutger Hauer y Michelle Pfeiffer, dando vida a esa pareja maldita que es víctima de una maldición por la que él se transfigura en lobo de noche y la dama, a su vez, en un halcón cuando sale el sol. Lo que significa que siempre estarán juntos, pero a la vez eternamente separados. Para el papel de Navarre hubo candidatos previos, como Dustin Hoffman, Kurt Russell o Mel Gibson (que era la opción ideal de Donner). Hauer iba a interpretar al villano, pero impuso que si no era le héroe no estaría en la película. Con Pfeiffer fue distinto, ya que desde el principio fue la eterna Isabeu. Todo funciona en el filme, incluso Gastón, interpretado por un joven Mathew Broderick. La fotografía de Vittorio Storaro sufraga cualquier inconveniente estético, puesto que su cinematografía lumínica es lo mejor de la película. Y aunque la horrorosa banda sonora de Andrew Powell, miembro de la banda The Alan Parsons Project (al igual que sucedía con la estrepitosa partitura de Mark Knoffler para La princesa prometida), no termine de encajar en este cuento medieval, su alcance romántico está muy por encima de sus inconvenientes.
Una curiosidad. Y es que la verdadera historia de amor está detrás de las cámaras. Richard Donner trabajó durante tiempo al lado de Lauren Shuler. Hubo tan buen feeling que terminarían contrayendo un longevo matrimonio. Lo primero que destacó Shuler de la figura del cineasta fue su defensa del equipo sobre cualquier eventualidad que sucediera en el rodaje. Donner era un motivador nato que animaba a su equipo a dar ideas y les permitía dar lo mejor de sí mismos. Con ella creó la produtora Donners’ Company, fundada en 1993, con la que llevó a cabo lucrativos éxitos como Deadpool, The Wolverine y toda la franquicia superheroica de X-Men.
La explosión en taquilla y el cine de acción.
Y llegó el momento álgido de Donner… Cuando Steven Spielberg estaba en pleno ascenso dentro del sistema enriquecedor y renovador del sistema hollywoodiense gracias a la revolucionaria productora Amblin, quiso erigir una historia personal que había estructurado titulada The Goon Kids. Pero para la labor como desarrollador del guión del joven Chris Columbus, con el que había trabajado como productor en Gremlins, de Joe Dante. Quería a Donner para Los Goonies porque sabía que ese carácter pasional que rozaba la ilusión infantil les vinculaba como creadores. Y acertó de pleno. Aquella asociación evidenció muchas cosas; el olfato comercial de “El Rey Midas” en la maquinaria taquillera de los 80, así como la destreza en el manejo y equilibrio entre comedia y acción de Richard Donner, que evidenciaría su ulterior estilo a la hora demostrar de forma visual la identidad fílmica en ese catálogo de estereotipos que reformulan los personajes con un propósito de identificación con el público a través de la cadencia en la que se estructuran. El director supo maneja como nadie los límites del cine adolescente, pudiéndose permitir la transgresión a otros géneros, inspirando el caldo de cultivo que configura un conjunto equilibrado y coherente sin concesiones a la puerilidad infantil. Muchos críticos tacharon injustamente la película de infantil e intrascendente.
No obstante, pese a quien le pese, estamos ante una ejemplar película de culto cuyo impacto ha durado a lo largo de las décadas. Es un emblema cultural y juvenil de varias generaciones que defienden con la melancolía necesaria esta visión del final de la infancia. Tiene tanto poder que saber pulsar el nervio exacto de cada joven que la ve y seguirá haciéndola tan actual como cualquier película emitida en las diversas plataformas que existen al servicio del telespectador. Los Goonies es una cinta especial sobre las demás. Y lo es porque pertenece a una generación que es capaz de eliminar la presunción acerca de la nostalgia como algo poderoso y embaucador para ejercer un cambio de percepción sobre aquello que añoramos.
Por eso, el filme de Donner es tan estimado colectivamente para cierto sector de la población mundial. Y seguirá siendo una pequeña obra maestra. Posiblemente, la película más elevada de su director y de cualquiera que compuso el elenco que participó en ella. Para muchos, es una forma de vida anclada en el pasado. Si queréis entrar en el universo de esos niños a punto de ser desahuciados, sumidos en una injusticia hipotecaria que le lleva a soñar con tesoros piratas acompañados de las notas del grandioso Dave Grusin, podéis echarle un vistazo al extenso dossier abismal sobre esta película tan grandiosa como transformadora.
Su siguiente parada fue, tal vez, el éxito más relevante de la carrera de Donner. Arma letal era un guión de un jovencísimo Shane Black, un estudiante de la UCLA de 22 años que, pese a su precocidad, había logrado colocar dos guiones en el mercado hollywoodiense; Una pandilla alucinante, que dirigiría su amigo Fred Dekker y uno mucho más suculento a Warner Bros. que Joel Silver logró comprarle por 250.000 dólares. Una barbaridad para un primer libreto.
Fuera como fuere, su frescura y enfoque interdisciplinar del género de acción y la renovación de lo que se tradujo en la transformación del subgénero llamado buddie movies, es decir, las películas de colegas, en la que dos personalidades opuestas deben unir sus fuerzas con un objetivo común, supuso un vuelco en la industria de entonces. Aquel guión tenía de todo; cierto toque de melancolía de cine policiaco, un impetuoso ritmo que combinaba una trama interesante con buenas dosis de humor, grandes diálogos y persecuciones de coches sin omitir espectaculares explosiones.
Curiosamente, Richard Donner no fue la primera opción para dirigir esta futura joya del género. Después de ponerse tras las cámaras con las secuelas Star Trek IV: Misión, salvar la Tierra y Star Trek III: En busca de Spock y su buen funcionamiento en la taquilla, el actor Leonard Nimoy, célebre por dar vida al vulcaniano Dr. Spock, rehusó llevar a la gran pantalla Arma Letal para darle preferencia a la comedia Tres hombres y un bebé y preparar su siguiente película, el drama El precio de la pasión junto a Diane Keaton, Liam Nesson y Jason Robards.
Lauren Shuler Donner animó a su marido a que Arma letal se convirtiera en la primera película puramente de acción del cineasta. Le convencieron los personajes, la profundidad del caso Hunsaker y libertad que mostraba el total más allá de los tiros y la violencia. Lo que fue el inicio de una de las franquicias más rentables del cine era un cóctel que desenterraba atributos cásicos del cine negro para lucrarse de otros contextos anexos al cine de acción de Charles Bronson y Chuck Norris. La renovación del género se condimentaba bajo una climática temática navideña como contraste entre la oscuridad de la investigación y la luminosidad de las fiestas.
Mel Gibson entró en juego como uno de los rostros más solicitados y como héroe de acción gracias a Max Rockatansky en otra icónica saga como Mad Max y la enjundia dramática de sus trabajos en El año que vivimos peligrosamente, Mrs. Soffel o Cuando el río crece. Aquí daba vida a Martin Riggs, un policía de narcóticos de Los Ángeles al borde del suicidio atormentado por la muerte de su mujer. Depreciado profesionalmente por el departamento de homicidios, deberá formar equipo con Roger Murtaugh, un veterano y respetado policía y padre de familia que acaba de cumplir 50 años.
Dos personalidades antagónicas que investigarán el suicidio de una joven amiga de la familia de este último y que esconde las argucias de un cartel compuesto por un grupo de veteranos de la guerra de Vietnam que utiliza sus antiguos contactos de la CIA para introducir heroína en Estados Unidos. Para el sargento Murtaugh, Donner cambió el color de la piel del protagonista del guión para darle el personaje a Danny Glover, solvente intérprete que había tenido su oportunidad en Un lugar en el corazón, Único testigo, Silverado y, sobre todo, el drama de Steven Spielberg El color púrpura.
La inconsciente química que desprender los roles y sus actores y lo bien que se auxilian esos modelos parabólicos entre ambos sorprendía por la facilidad con la que escapaba al formulismo genérico. Donner, además, dejó una libertad extraordinaria a la improvisación consensuada bajo los diálogos de Black. Todo funciona en Arma letal; desde el humor que vertebra el subtexto, ligero y aparentemente superficial, con buenos simpáticos, execrables villanos y set pieces de acción como paradigma de un arte de espectacularidad analógica que hoy ya no existe en Hollywood. A medio camino entre la actitud clásica de Walter Hill y lo contemporáneo en su época como lo fue otro extraordinario director como John McTiernan (y su magnificencia de La Jungla de Cristal), el cineasta de Los Goonies conseguía un perfecto equilibrio entre la acción y el creciente giro hacia la comedia en una estructura cuyo dramatismo desencadenaba en una creciente violencia inesperada.
Rodada en el sur de California, con localizaciones que van desde Palos Verdes hasta Hollywood Boulevard, Arma letal puede considerarse una de las películas más sobresalientes del cine de acción de los 80. La honestidad con la que está expuesta proponía una alternativa de entretenimiento que vio prolongado su éxito a otras tres entregas más con Richard Donner al frente y todo el elenco principal superviviendo a lo largo de los años. Todos, a excepción de Shane Black, que firmó la secuela y se desentendió de la saga cuando no dejaron que, al final de Arma letal 2, muriera Martin Riggs. Al menos, introdujo a Leo Getz, esa pequeña bestia imprevisible de la interpretación a la que dio vida un Joe Pesci en su salsa. Arma letal fue uno de los estrenos más sonados a modo de sleeper no sólo de ese 1987, sino que se convirtió en todo un acontecimiento en 1989, 1992 y 1998. En cualquier caso, si queréis más sobre Arma letal, aquí tenéis otro dossier sobre la película.
Los fantasmas atacan al jefe continúo el idilio de Donner con el cine comercial. Cuento de Navidad es la obra de 1843 de Charles Dickens más popularizada en todo el mundo y el origen de la celebración navideña tal y como la conocemos hoy en día. La inspiradora y familiar historia de Ebenezer Scrooge se ha convertido en un foco de adaptaciones de toda índole; desde ballets, óperas, espectáculos de mímica de Marcel Marceau y un gran catálogo de películas que toman como referencia esta fábula de aprendizaje vital. El 23 de noviembre de 1988 se estrenaba esta versión modernizada de la obra de Dickens. El guión, firmado por Mitch Glazer y Michael O’Donoghue, les reunía después de muchos años junto a Bill Murray tras trabajar juntos en Saturday Night Live.
El cómico se había exiliado de Hollywood después de rodar El filo de la navaja (a excepción de su divertida aparición en La pequeña tienda de los Horrores de Frank Oz) y esta propuesta era la elegida para su regreso. Donner llegó cuando el proyecto ya estaba en marcha. Conocida es la fricción entre el cineasta y el actor con fama de complicado e improvisador de diálogos. Donner no quería franquear en exceso la línea de la comedia, pero Murray, obviamente, era proclive a la risa. Los desacuerdos creativos entre el director y el actor se debieron, eso sí, a un factor e índole más metodológico que personal. La tranquilidad práctica de Donner chocaba constantemente con el ímpetu experimental de un Murray desatado.
Sin embargo, “Dick” siempre apuntó que ésta fue la película en la que un cómico en estado de gracia dando vida al como alto ejecutivo de IBC Francis Xavier Cross se convirtió en un actor de élite. Era el primer protagonismo total de un actor que, por primera y única vez en su carrera, compartió pantalla con sus tres hermanos; John, Joel y Brian Doyle-Murray. Los fantasmas atacan al jefe es una versión modernizada del clásico, que introduce y combina elementos de nostalgia navideña, humor negro, cinismo y mucha crítica social. La ambición de las grandes corporaciones estadounidenses, la satirización del Capitalismo que se come al más débil y una visión poco esperanzadora de los valores humanos de la Navidad llevan a la metamorfosis del avaro y misántropo Ebenezer Scrooge. Lo que refleja una visión del mundo real, tan despiadada como incómoda.
Su hipocresía estereotipada del espíritu navideño tiene como colofón a ese Bill Murray llorando, arrepentido y asustado, que canta con el elenco y el equipo televisivo de una meta-adaptación de Dickens para su cadena el Put a Little Love in Your Heart, con el pequeño y traumatizado Calvin Cooley (Nicholas Phillips), la versión moderna del pequeño Tim, hablando por primera en años para decir: “Que Dios bendiga a todo el mundo”. Los fantasmas atacan al jefe termina siendo mucho más sentimental de lo que parece. Pero, en el camino, quedan instantes memorables como los protagonizados por la eterna Karen Allen, la aparición a golpe de slapstick de Carol Kane como el Fantasma de la Navidad del Presente y la aparición del mítico Robert Mitchum o John Houseman. Y aunque fue la mejor época de Donner en la taquilla, no consiguió, con este filme, otro éxito como los de antaño.
El rélax y la diversión como lema profesional.
De ahí, que su siguiente apuesta estuviera alejada de todo el alboroto comercial con una película mucho más pequeña. Radio Flyer, en 1992, llegó heredada del guionista David Mickey Evans, cuya historia siempre quiso ser dirigida por él. Stonebridge Entertainment y Columbia le pagaron 1,2 millones de dólares a Evans para que abandonara la dirección y confirmó a Donner como voz de una película a modo de cuento bienintencionado sobre el abuso infantil a unos niños por parte de su padrastro alcohólico que se inventan un mundo de fantasías aéreas para escapar de su triste realidad. Radio Flyer es una triste fábula de voz en off y flashback, muy al modo de la presentación y prólogo de Cuenta Conmigo, planteando un mundo de adultos maléficos, personificado en “El Rey” (Adam Baldwin) o una madre negligente, como es el caso a la que da vida Lorraine Bracco.
Los principios de los 90 suponen una transición en la carrera del director, que había tomado un rumbo de inercia taquillera con películas más o menos irregulares, pero siempre con la espectacularidad de números que le tenían en lo más alto de la industria. Esta cinta supuso un respiro de responsabilidad económica. Elijah Wood y Joseph Mazzello eran los héroes de una función llena de buenas intenciones que no llega a encontrar el equilibrio entre el drama y la fantasía, pero que funcionaban con el mejor sello del cineasta como autor.
Despojado de la exigencia en el box office, el ímpetu de un veterano Donner era divertirse como creador. Y con 1994 llegó Maverick, un western postmoderno de tono veraniego que era una adaptación de la serie de televisión emitida entre 1957 y 1962 del mismo nombre, protagonizada por James Garner como Bret Maverick. Donner comenzó rodando episodios de series de corte genérico como The Rifleman y Wanted: Dead or Alive y, para la ocasión, contó con un guión del prestigioso William Goldman. Para su cartel, un trío de ases como Mel Gibson en su reencuentro con el cineasta, junto Jodie Foster, una de las grandes amigas de Gibson y entonces reclamo comercial tras encadenar varios éxitos y el protagonista original de la serie, el mismo Garner.
Se nota desde sus primeros compases que Maverick busca el jolgorio contante, asentando sus pilares en el pasatiempo desprejuiciado para evocar la agilidad de las primeras Armas letales (incluso hay un guiño explícito en una secuencia de un robo a un banco con Danny Glover), a medio camino entre la acción y la comedia pícara. El desenfado de la propuesta esconde, por supuesto, la pericia de Donner para hacer que esta trepidante aventura del Oeste funcione por todos sus cauces. El director demuestra de nuevo que lo suyo es no ir de farol y nunca engaña a su público. Tal vez fue poco entendida por la crítica. Sin embargo, esto no fue obstáculo para que la cinta del Oeste de Donner-Gibson fuera un lucimiento taquillero de un dúo de calidad.
Otro de los sonados tropiezos de Donner se fraguó con Asesinos, un estrafalario thriller con Sylvester Stallone, Antonio Banderas y Julianne Moore encabezando el cotarro. De nuevo, el cineasta volvía a brillar con un espectáculo de acción magníficamente orquestado alrededor de un guión de las (entonces los) Wachowski y el cotizado Brian Helgeland. Un producto plagado de detalles narrativos que funcionan en una atmósfera ciertamente ambigua en una trama enraizada en los juegos de poder, el espionaje, las nuevas tecnologías, la fragilidad de la identidad y un juego de espejos que coquetea con el western modernizado. Una cinta de acción de baja intensidad con tantos detractores como admiradores y mucho más sustancial de lo que se hizo ver en su momento.
Algo parecido sucedió con Conspiración, de nuevo escrita por el solicitado Brian Helgeland, que había ganado el Oscar con L.A. Confidential y prolongaba la asociación de Donner con su ya convertido en actor fetiche, Mel Gibson, que venía de triunfar un par de años antes en la ceremonia de los Oscars con su segunda obra como director Braveheart. Y lo hacía junto a uno de los rostros más importantes del cine de los 90, Julia Roberts. Conspiración es una cinta de suspense paranoico, de desvaríos y dinámicas idiosincráticas del género, que traza la intriga con la suspicacia de ir descubriendo si las sospechas de Jerry Fletcher, el taxista interpretado por Gibson, son reales o producto de una imaginación desbordada y enferma. En su disquisición encuentra en Roberts, que interpreta a Alice Sutton, una abogada del Departamento de Justicia.
Por cierto, este convencionalismo contradictorio (y más inteligente de lo que parece), anticipó esa predisposición del mundo contemporáneo a conjeturar sobre los complots de los gobiernos, planes de asesinato, virus pandémicos, ovnis y demás idas de olla tan en boga últimamente. 137 millones de dólares fue su recaudación, con un presupuesto de 80 millones. Un desenlace que devolvía a Donner al olimpo de los directores con un céfiro de magia a la hora de convertir grandes producciones en tremebundos éxitos de la cartelera. Donner y Gibson seguían en forma, así como la traducción idílica del director con el público. Otra muestra del talento conjunto de factores en otra infravalorada muestra de eficacia cinematográfica. Por si fuera poco, algo que llamó la atención fue que la película no necesitó recurrir a ningún encuentro sentimental entre sus dos estrellas. Según Donner, hubiera distraído la trama. Y luchó por ello para que no llegara a buen puerto. Muchos se lo reprocharon. Hoy en día, sigue siendo todo un acierto.
Después de cerrar la tetralogía de Arma letal con más pena que gloria, las dos últimas películas de Richard Donner han sido la epopeya medieval Timeline, basada en una novela de Michael Crichton, propuesta de ciencia ficción sin prejuicios y simplista que formula un pasatiempo de gran factura con un equipo de arqueólogos que viaja en el tiempo a través de un agujero de gusano hasta la Francia del siglo XIV para rescatar a su profesor. En ella hubo desavenencias con Paramount por el corte final y el descontento de Crichton, que solaparon cualquier importancia de la película en taquilla, donde pasó bastante desapercibida. Y 16 calles, la que, a la postre, ha sido su última obra como cineasta. Un thriller al viejo estilo que se cuenta cómo un desgastado y alcohólico agente de la ley interpretado con brillantez por Bruce Willis debe escoltar a un testigo clave implicado en un asunto de mafia y corrupción policial. Ambos bandos quieren eliminarlo. Su misión es protegerlo y acompañarlo a lo largo de las 16 manzanas de extensión que hay desde el centro de Manhattan donde se ubica la cárcel hasta el juzgado.
Willis, en plena busca continua de retos interpretativos estaba muy por encima de la entonces estrella del hip hop Mos Def. Por supuesto, lo mejor de esta zigzagueante cinta de acción es la figura de Donner detrás de las cámaras, volviendo a poner en valía su inventiva como cineasta. De nuevo recurre a una historia atípica de las buddy movies, con dos individuos diametralmente opuestos que no encajan y terminan trabajando como coalición. No todo termina de funcionar. Sin embargo, la secuencia del autobús y los rehenes, por ejemplo, eleva al veterano cineasta al prodigioso lugar que tiene en este tipo de distracciones de suspense policial con ese trasfondo climático de los 70 también bebiendo de las fuentes del western. Como obra conclusiva no determina su magnitud como creador, pero sí responde a la honestidad contingente de espíritu como director de cine.
Hubiera sido una experiencia tan nostálgica como curiosa el regreso anunciado y confirmado de Donner, Gibson y Glover a esa quinta aventura de Riggs y Murtaugh en Arma Letal 5 que se iba a rodar a finales de este 2021. Ya no será posible. Durante todas estas décadas de carrera desechó dirigir algunos conocidos títulos como Alien 3, Thelma y Louise, Juez Dredd, Dragonheart (en la que trabajó durante varios años) y otros más afines a su estilo comercial como Junior o Matilda. Su arrolladora personalidad era, según todos los que trabajaron a su alrededor, generadora de energía en el equipo. Donner fue siempre un cineasta generoso, de impoluto tejido humano. Optimista y positivo, de buen corazón y solidario en todo momento, la experiencia y los conocimientos de toda una vida detrás de la cámara le señalaron como uno de los principales cineastas de la Historia de Hollywood. Su sentido del espectáculo, la destreza y profesionalidad fílmicas cargadas de esencia artística que imponía en la coreografía para las secuencias de acción sin alardes expositivos entran en la idiosincrasia de un director distinto.
Experto cineasta a la hora de desenvolverse con inteligencia en cualquier faceta del cine de acción, sabiendo manejar tempos y un conciso montaje para conferir a la historia una vertiginosidad más que eficaz, la identidad creativa dentro de la orquestación de planos se complementaba con la comprensión innata de lo que quiere el público y del sentido de la maravilla lúdica, casi infantil, de lo que es el cine. Tenía estilo y ningún otro era como el suyo. Su dedicación a la verosimilitud y a la artesanía que marcó su carrera de principio a fin son la mejor virtud de un cineasta que se definía como “un currante al que se le daba muy bien cumplir con una agenda y un presupuesto”. Con “Dick” se va una forma concreta de hacer cine.
Desde un espectro personal, una generación de aspirantes a cineastas crecimos al amparo de este tótem irrepetible. Querido “Dick”, sólo quiero que sepas, allá donde estés, que tu muerte me ha llenado de dolor y vacío, incontables recuerdos, nostalgia y reverencias varias. Todo el que me conoce sabe hasta qué punto te admiraba como director. Muchas gracias por todo. Para mí serás eterno. Tus películas siguen siendo refugio y ejemplo de lo que siempre quise ser. Yo te echaré de menos mucho.
Descansa en paz, Gran Maestro.


























