Especial ‘La Guerra de los Mundos’

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Especial La Guerra de los Mundos - cartel

La invasión marciana del fenómeno de H.G. Welles

Aprovechando la adaptación de la La guerra de los Mundos, de Steven Spielberg, es buena ocasión para acercarse a la imaginería del autor británico y su alcance en la cultura contemporánea.

En 1898, el prestigioso novelista Herbert George Wells publicó La Guerra de los Mundos, la que sería su obra más apocalíptica y pieza maestra dentro del género de la ciencia-ficción. Una novela que, ya asumida la revolución industrial y en pleno proceso de desarrollo social hacia el avance científico y desarrollo técnico, en el período finisecular precedente al siglo XX reflejó una de las críticas más demoledoras al imperialismo británico y al escarnio en contra de la superioridad del ser humano y su progresiva civilización.

Expone mediante una subversiva imaginería que más allá de doctrinas o religiones, el ser humano no posee ninguna preeminencia en el Cosmos Vital del Universo. Wells centró con ello una iracunda diatriba a la expansión territorial británica hacia la costa del Pacífico, que justificaba cualquier acción, encaminada a aumentar su influencia colonial sobre cualquier parte del continente asiático y americano.

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Para este tratado de pesimista impotencia frente a una humanidad enardecida por su creciente ambición dominadora en una sediciosa visión de la globalización de la política internacional, Welles recurrió a un género que no le era ajeno, ya que previamente había publicado La Máquina del Tiempo, incursión en el scientific opera que marcó Percival Lowell con su libro Mars, también de corte fantástico, pero sin ninguna intención crítica ni trascendente en su vertiente ficticia como lo supuso La Guerra de los Mundos.

La novela está narrada desde el punto de vista de un hombre que, debido a una progresiva invasión extraterrestre de la Tierra ejecutada de forma agresiva por marcianos en busca de un lugar que colonizar por la decadencia de su ecosistema, intenta sobrevivir al apocalíptico desastre.

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Con la actitud de este hombre inmerso en la pesadilla alienígena, se descubre una tesis que apela al instinto de supervivencia, al igual que los marcianos, en una suerte de visión desmoralizada del darwinismo. No faltan los vehículos cilíndricos donde viajan los marcianos, ni esos míticos trípodes con brazos tentaculares de infinito potencial destructivo, ni los aliens que se alimentan de sangre humana y propician la rápida propagación de plantas marcianas.

Con un estilo donde el realismo forma parte de las grandes virtudes de una obra maestra literaria incomparable, Wells compuso un contemplativo enfoque del género marciano que, más allá de renovar los fatigados dictámenes del decreciente romanticismo del siglo XIX, supuso una innovadora metáfora de la sociedad, de su ambición desarrollista y de las mentalidades del hombre moderno.

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La primera y más célebre adaptación de La Guerra de los Mundos llegaría la noche de Halloween de 1938, cuando el guionista Howard Koch trasladó con la imponente voz de Orson Welles una inquietante dramatización radiofónica de la obra de H.G. Wells, confirmándola así como la gran novela de referencia dentro del género. El futuro realizador de Ciudadano Kane adicionó una perfecta ambientación sonora, muy realista, que llegó a provocar una inusitada histeria colectiva. Utilizando como foco de propagación las ondas hertzianas y el espectáculo del Mercury Theatre, los programas y el espectáculo del teatro se interrumpía para emitir la difusión de comunicados de última hora sobre un supuesto ataque extraterrestre, ya que esta metodología había sido utilizada previamente para avanzar los rumores de un inicio de las agresiones contra las potencias del Eje. Así, los oyentes que sintonizaron el programa lo tomaron como algo real, provocando pánico en las calles de Nueva York y Nueva Jersey, llegando algunos ciudadanos al suicidio, efecto y parte de toda buena leyenda urbana.

El éxito del programa no tardó en ser el foco de atención para los grandes estudios de Hollywood, que vieron en la obra de Wells la oportunidad perfecta para una superproducción cinematográfica. Fue la Paramount la que la llevaría por primera vez a la gran pantalla la novela, incitada por el inesperado éxito de Enigma de Otro Mundo, de Nyby & Hawks en 1951. Dos años después La Guerra de los Mundos era una realidad convertida en celuloide de la mano del productor George Pal y el director Byron Haskin, que intentaron dotar al filme de todos los recursos técnicos y artísticos disponibles en la época, efectos especiales de última tecnología, la pareja protagonista formada por Gene Barry y Ann Robinson, el apoyo logístico ofrecido por las fuerzas armadas estadounidenses y una campaña de promoción insólita en aquellos tiempos.

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Si bien la película de Haskin ha perdido eficacia con el paso de los años y la evolución de los efectos especiales, también es cierto que no por ello deja de ser una obra cumbre del género de ciencia ficción al adoptar entonces grandes probidades que impondrían considerables innovaciones dentro del género, como la perfecta utilización del sonido, algunas técnicas de efectos especiales vitales para su posterior desarrollo y perfeccionamiento y un ritmo frenético donde no faltan majestuosas secuencias bélicas en las que sobresale una fascinante fotografía de apocalíptica factura. Una cinta que lleva con dignidad la conducta lógica del contexto extraterrestre, planteando las cuestiones vertebrales de la obra de Wells en su exposición de invasión y fluctuación humana que se deja caer en el teologismo final cuando los humanos, incapaces de asimilar la invasión, se refugian en las Iglesias rezando como último resguardo, sumisos a la tutela de un dogma, la inopia de los atemorizados humanos incapaces de sobrevivir al terror colonial. Algo lógico en cualquier época conservadora, pero que supone la peor cualidad argumental de la película de Haskin.

Tras algunas adaptaciones de toda índole del cosmos fantacientífico de Wells, que fue trasladado al cómic (en 1955 apareció una primera versión de la novela publicada por Entertaining Comics o la versión de Weird Science titulada SF Radio Broadcast Causes Panic), a la literatura (Kevin J. Anderson o la esperpéntica The War of the Worlds of Sherlock Holmes, de M. W. Wellman y W. Wellman), a la televisión (la serie del mismo título creada por Herbert Wright en los 80), los videojuegos e incluso a la música (el album de Jeff Wayne que transcribía la novela en canciones), el clásico literario ha visto este mismo verano la adaptación del mastodóntico Hollywood actual de la mano de Steven Spielberg, uno de los demiurgos creadores del concepto de “cine comercial”, tal y como lo conocemos hoy en día.

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El respeto y la fidelidad de la nueva adaptación.

La Guerra de los Mundos, versión actualizada, no desmerece en su visión catastrófica de la obra Wells, reflejando perfectamente un mundo invadido, donde el objetivo es imbuir al espectador en el miedo y peligro, en las emociones de inseguridad recurriendo a unas persecuciones y efectismos visuales que ponen la más alta tecnología al servicio de la narración con portentosas escenas de destrucción y terror de multitudes.

Spielberg deja clara su aventajada soberanía en este tipo de pirotécnicas superproducciones, pero cae en el error de imbuir al relato en una orquestación en torno a la familia y su consolidación como cristalización de un cimiento de seguridad, uno de los temas favoritos del director, tema que le permite narrar la historia desde una perspectiva que pretende no perder en ningún momento el carácter intimista sin por ello renunciar a la épica del espectáculo.

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La película de Spielberg, a pesar de mostrar los avances tecnológicos en una impecable reconstrucción del agresivo colonialismo marciano, incurre en la inevitable aparición de los políticos y militares intentando hallar la forma de desarmar al inexpugnable invasor (ahora es Asia y no Europa la mejor aliada de USA), la latente alegoría de la amenaza terrorista y la paranoia colectiva de los yanquis tras el 11-S (las pistolas como símbolo de protección familiar y la frase confundiendo a los extraterrestres con terroristas) y un extraño decrecimiento del espacio geográfico.

Esto hace que, a pesar de ese tono gris e imperfecto donde el desabrigo está presente en cada arista de los planteamientos iniciales ), la película se transforme en un producto inestable gracias a un indigesto fin de función cargado de moralismo, triunfalismo y pronóstico previsible. Todo ello marcado por una temerosa nación tocada en su seguridad y una familia desunida con un contexto social donde el ascetismo parece amparar el individualismo por encima de la colectividad.

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Por lo menos, y en esto coincide con la adaptación de Haskin y todas aquellas adaptaciones de la obra maestra de H.G. Wells, se finaliza con el espléndido desenlace que dejó el autor, concluyendo con una imposible alacridad antropológica, en la que los marcianos quedan aniquilados víctimas de los microorganismos, los seres más diminutos de nuestro planeta, que demuestran la humildad de lo imperceptible ante una época dominada por el avance y progresión de la técnica, dejando que la humanidad, como reflexión derivada de Copérnico, pase de ser el centro de la creación a convertirse en un ínfimo componente del universo. Donde la técnica y la logística humana fracasan, dominan unos seres cuya existencia pasa desapercibida ante nuestros ojos. Un escarmiento moral, lección de humildad en una época dominada por el triunfalismo de la técnica que aún sigue en pleno proceso sin límite.

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