(1941-2020)
Detestaba los homenajes, desconfiaba de la solemnidad y rehuía los elogios con una ceja levantada. Rosa María Sardà era única, una de las mejores cómicas de este país.
Su biografía desmiente cualquier cuento de niña prodigio. Nació el 30 de julio de 1941 en Barcelona y se curtió en el teatro de aficionados del barrio de Horta: no pisó un escenario profesional hasta 1962, todo lo que fue se lo ganó función a función, sin escuela oficial ni padrinos, con esa formación de trinchera que se nota luego en los cómicos de verdad, los que saben respirar una pausa y medir el silencio antes del golpe. Al cine llegó de la mano de Ventura Pons, con El vicario de Olot, director con el que ha compartido gran parte de su filmografía. Después ya no paró de trabajar. Entre Cataluña y Madrid fue construyendo una doble carrera —en catalán y en castellano, en el escenario y en el plató— que acabaría por volverla omnipresente y uno de los rostros más populares con un nombre que todos conocían: «La Sardà».
Su destacada incursión en la parrilla catódica la convirtió en algo más que popular: en parte de la familia que se sentaba unida a ver la tele. Como presentadora fue la gran señora irónica de la pequeña pantalla, capaz de llevar un directo con una mano mientras con la otra desmontaba la pompa del propio programa que presentaba. Cómo no acordarnos de su legendario Ahí te quiero ver, programa que mezclaba entrevistas, sketches y números musicales. Ella conducía el programa sola, de principio a fin: entrevistadora feroz un minuto, cómica al siguiente. Ahí nació el gag que la metió en cada casa del país: el matrimonio de pantalla con Enric Pous, ella mandona y severa, él resignado. Y la frase: «Honorato, ¿ponemos la tele un rato?» repetida hasta volverse costumbre nacional. Fue, en la práctica, el primer late night presentado por una mujer, años antes de que el formato tuviera nombre: un programa entero cargado sobre los hombros de este mito. Y así nació la leyenda: una tía cínica que estaba de vuelta de todo sin haber presumido nunca de haber ido. Administraba el sarcasmo con puntería y, debajo, dejaba asomar una ternura que jamás consintió que nombraran. Llamar a eso «carisma» es quedarse corto. Era una forma de estar en el mundo. «La Sardà» era muy grande.
El cine oficial tardó en ponerle cifra. Le dio dos Goyas a la mejor actriz de reparto: uno por ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, de Manuel Gómez Pereira en 1993, y otro por Sin vergüenza, de Joaquín Oristrell en 2001. Entre uno y otro, Almodóvar le regaló el contraplano perfecto en Todo sobre mi madre (1999). Llegaron El efecto mariposa, de Fernando Colomo (1995), Suspiros de España (y Portugal), de José Luis García Sánchez (1995), Actrices, de Ventura Pons (1996), Airbag, de Juanma Bajo Ulloa (1997), La niña de tus ojos, de Fernando Trueba (1998), El viaje de Carol, de Imanol Uribe (2002), Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín (2003), Dos tipos duros, de Juan Martínez Moreno (2003), Vete de mí, de Víctor García León o Ocho apellidos catalanes, de Emilio Martínez Lázaro (2015). Un mapa entero en el que casi nunca fue protagonista y casi siempre fue lo mejor de la película: el destino clásico de los actores demasiado buenos para necesitar el centro del cartel.
En lo personal compartió treinta años con Josep Maria Mainat, de La Trinca y pez gordo de Gestmusic, y un apellido con su hermano Javier, con quien formó la fratría más ingeniosa y carismática de la comunicación española. En lo profesional presidió galas, repartió premios y pronunció algunos de los discursos más celebrados que se recuerdan en los saraos del gremio. Muchas veces a costa del propio sarao: porque a ver quién se atrevía a desactivar tanta solemnidad por metro cuadrado. Jamás la gala de los Goya tuvo o tendrá una presentadora a su altura. Ese era su secreto de fondo, la clave que explica el cariño unánime que despertaba: su ironía nunca pudor por encima de la frialdad. Se burlaba de lo que amaba para no tener que confesar cuánto lo amaba. Y todos entendíamos el código perfectamente.
Ayer falleció en Barcelona a los 78 años, tras seis de convivencia con un cáncer linfático que llevó como llevaba todo lo demás: organizara un vía crucis. Se fue la actriz más inteligente de su generación y, lo que es más raro, la más consciente de que la inteligencia, en este oficio, se demuestra sobre todo en la comedia. La Sardà nos hizo reír con las cosas serias. Y por eso mismo toca terminar pronto, sin música de violines, porque ella ya estaría tamborileando con los dedos en el brazo del sillón. Váyase tranquila, querida Sardà: prometemos no ponernos estupendos. Aunque, para ser honestos, usted se lo habría merecido todo, incluida cualquier cursilería en forma de loa.
D.E.P.



