Kenny Shopsin y la nostalgia del General Store

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Kenny Shopsin y la nostalgia del General Store - foto

Hoy ha muerto Kenny Shopsin, el propietario de Shopsin’s General Store, que pasó de su mítica ubicación en la esquina de Morton & Bedford a ocupar su espacio en un local de Essex Street en el Lower East Side debido a la pérdida del contrato de arrendamiento.

Empezó como tienda de comestibles del Greenwich Village neoyorquino en 1973 para transformarse en un pequeño café-restaurante en 1982. Lo que siempre pareció un grasiento cuchitril de comida rápida se convirtió en un local de culto que albergaba en su menú nada menos que hasta 900 platos de rocambolesco contenido, como la sopa de hamburguesa con queso o las célebres Slutty Cakes, tortitas rellanas de crema de cacahuete.

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Su excéntrico y carismático dueño se hizo con el cariño de gente como John F. Kennedy Jr., John Belushi, Joseph Brodsky o Calvin Trillin, que escribió un artículo sobre el lugar en 2002 para el New York Times y hoy en día forma parte de la historia del periodismo.

Aquélla cocina claustrofóbica, cuna del colesterol que fusionaba el fast fodd clásico con la cocina basada en un crossover multiétnico y experimental encumbró en pequeños círculos la figura de ese orondo cocinero de pelo cano y ensortijado propenso a la blasfemia que poseía una singular filosofía sobre la vida, la muerte, el sexo, el terrorismo, el exterminio de insectos y, sobre todo, sobre el destino y la familia como punto de apoyo.

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Durante los 70 y 80, Shopsin narraba que el negocio era atracado hasta dos veces al día en un barrio marginal en el que, según sus palabras, “había cierto grado de comunidad unida espiritual y existencialmente”. Como un gurú perenne junto a Kenny en el negocio siempre pululaba un fulano llamado Willy, un abuelo mujeriego que era un gran estafador y cantante en clubes nocturnos.

Enseñó a maldecir con estilo a Kenny y le dejó en herencia ese carácter irascible y huraño que le identificó como una especie de entrañable sociópata con un especial sentido del humor dotado de argumentos y frases excelentes. Su hija Tamara en el libro Arbitrary Stupid Goal trufa con todo tipo de anécdotas e historias familiares la personalidad estrambótica de su padre, que era capaz de soplarle harina a un inspector de sanidad estirado que le faltara el respeto o largar con malas maneras a cuatro tipos vestidos de traje sólo por ese simple hecho.

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“Podía hacer más daño con sus palabras que un ladrón con una barra metálica ejecutada con fuerza”.

(Tamara Shopsin).

El modelo de negocio de General Store representa los valores reales del corazón gastronómico del verdadero Nueva York, de los entresijos de un tipo de restaurantes que están desapareciendo paulatinamente y dejando huérfano de personalidad la capital del mundo. Manhattan no es lo que una vez fue y el viejo West Village casi ha desaparecido por completo. Los neoyorquinos, como muchos otros ciudadanos del mundo, tienen una relación incómoda con los cambios que se producen en su hábitat idiosincrásica. Y este negocio forma parte de un estilo de vida que se está extraviando con el paso de los años.

La cultura hostelera del pasado cimentada en la comida, la familia y los clientes habituales siguen formando parte de un garito que ha perdido a su gran icono. Pese a la trágica pérdida, seguirá siendo algo inhabitual ver a los cinco hijos de Kenny y su esposa Eve ayudando a sostener el negocio, pasando frecuentemente por el restaurante cuando sea necesario para echar una mano, más allá de sus respectivos trabajos.

Kenny Shopsin y la nostalgia del General Store - foto

Ha fallecido el excéntrico y viejo Kenny Shopsin, aquel hombre hecho a sí mismo que replicaba a los clientes que tenían prisa con frases lapidarias como “váyase ya de una puta vez y así llegará antes donde tenga que ir” o lo enfurecido que se ponía si un cliente pedía lo mismo por segunda vez. A Shopsin le gustaba la heterogeneidad y la falta de personalidad le encrespaba. ¿Qué pedías algo que no estuviera en el menú? “Fuera” ¿Una llamada al móvil en el momento de la comanda? “A la puta calle”. Las pautas eran inflexibles, como severas reglas que no se podían vulnerar. No se podía compartir, no se admitían peticiones especiales, nada de pedir bebidas antes de comer… y tantas otras.

Durante un tiempo, los clientes especiales podían entrar en el restaurante con sus propias copias de las llaves del negocio para cocinar y servirse libremente. En el presente, continúa vigente la regla que prohíbe una fiesta de más de cuatro personas en su local. Existe un estupendo documental de culto estrenado en Sundance 2004 titulado I Like Killing Flies, de Matt Mahurin, que bucea en la personalidad y forma de vida de este cocinero de plancha que fraguó su leyenda a base de Blisters on My Sisters, JJ’s Ways, Orange Julius y Ho Cakes.

Como bien dejó escrito su hija, lo único predecible sobre Kenny era que nada era predecible en Kenny.

Descansa en paz.

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