Review ‘The Rider’, de Chloé Zhao

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

The Rider - cartel

Las heridas de una realidad alejada de los sueños

La segunda película de Chloé Zhao es una poética perspectiva sobre las segundas oportunidades y la aceptación de la realidad en un universo tan tradicionalmente norteamericano como es el de los rodeos.

El mundo de los rodeos y de los cowboys son símbolos icónicos en la cultura del oeste de Estados Unidos. El vaquero es una auténtica seña de identidad de esta nación, que pertenece a sus raíces y a un modo de vida tradicional que, al contrario de lo que se pueda pensar, no se ha perdido con la modernidad. Siempre estará arraigada a una parte fundamental de la cultura y el folclore norteamericano. De hecho, las explotaciones ganaderas y equinas continúan siendo un segmento muy amplio en su agricultura y economía.

El cowboy como elemento de ese western tan cinematográfico es símbolo de individualismo y masculinidad vehemente, caracterizada por un tipo de tenacidad que pertenece a un ideario colectivo anclado en el pasado, pero que hoy en día sigue su curso en estados como Kansas, Utah, Iowa, Colorado, Texas, Montana, Arizona, Oklahoma o Wyoming, por poner algunos ejemplos. En ellos se perpetúa ese universo de rodeos vacunos y equinos que tienen su origen en el Siglo XVI y mantiene millones de adeptos que contribuyen a su vigencia y continuidad como un deporte y espectáculo muy reconocido en la parte occidental de la nación.

The Rider - fotograma

Una de las estrellas de este gran show fue Lane Scott, un joven del condado de Lyman que se consolidó como una de las grandes promesas del circuito nacional del rodeo americano, labrándose una estupenda y esperanzadora carrera en el bucking-bull desde sus inicios en los Junior Bulls hasta desafíos bovinos más grandes como los Rough Stock. Cuando estudiaba en Hill College, con sólo 19 años, resultó gravemente herido en un accidente automovilístico cerca de Hillsboro, Texas, el 3 de septiembre de 2013. Pasó mucho tiempo en coma inducido. Cuando despertó, quedó en un estado prácticamente vegetativo, sin poder hablar ni andar. Las aspiraciones de gloria en una montura que nos resultan lejanos y extraños, allí se identifican con el Sueño Americano. Scott no los pudo cumplir.

Y su presencia en The Rider vertebra los acontecimientos paralelos que irrumpen en la vida de Brady Blackburn, que interpreta Brady Jandreau, un actor no profesional que explora en un contexto de ficción los sentimientos de impotencia y pánico que lo consumieron durante las secuelas del accidente mientras competía en la disciplina Saddle Bronc, cuando un toro le pisó la cabeza durante un rodeo. Fue un hecho real. Al igual que su gran amigo Lane Scott, su brillante carrera en este mercado de arena y fama, se vio malograda, dejándole fuera de la competición, acabando así con sus aspiraciones de ser uno de los mejores jinetes de la nación.

The Rider - fotograma

Con esta cruda y veraz premisa arranca la segunda obra de Chloé Zhao, que rodó en la reserva indígena de Lakota-Sioux de Pine Ridge, en Dakota del Sur, donde también transcurría su debut tras las cámaras en 2015, Songs My Brothers Taught Me. Brady Blackburn/Jandreau estuvo en coma varios días y cuando despertó, los médicos le advirtieron con firmeza que no volviera a montar a caballo en su vida. Le habían colocado una placa de metal en la cabeza, que se sumó a una lesión cerebral traumática con secuelas físicas. El personaje y el actor son el mismo, un jinete bronco criado en la reserva y considerado sioux Oglala Lakota (más o menos, como un vaquero indio) y el destino le pone en la diatriba de perseverar en su obstinación en los rodeos o asumir un exilio forzado si no quiere seguir la misma suerte que su gran amigo Scott. The Rider va trazando un tortuoso camino interno por las intersecciones existenciales que avocan a un vacío de miedos insuperables.

Blackburn no asume su nueva posición en el mundo, asolado por su valía como vaquero, como hijo, como amigo y como profesional. Pero en el código masculino de los cowboys, el hecho de no volver a exhibir sus dotes en este terreno, le hace cuestionarse su valor como hombre. Como consecuencia a esa herida en la cabeza, la superestrella local tiene espasmos en su mano que le impiden desarrollar cualquier trabajo, como el de reponedor en un drug store de su localidad. Cerebro y cuerpo ha sido dañados, pero el dolor más profundo reside en su alma de vaquero.

The Rider - fotograma

El joven vive en una caravana a las afueras con su padre viudo Wayne (Tim Jandreau), un buen tipo que pasa demasiado tiempo en el bar delante de la máquina tragaperras y con Lilly (Lilly Jandreau), una hermana a la que adora y que padece Síndrome de Asperger. El accidente que destrozada sus expectativas posibilita al espectador adentrarse en una hipnótica observación y acercamiento emocional, casi entomológica, a una reali¬dad concreta, la de familia Jandreau y su reacción al drama del joven Brady. El infortunio que imposibilita desempeñar la razón por la que se mueve su vida va componiendo una reinvención obligada y paulatina toma de conciencia del abandono de su pasión de montar en rodeos profesionales. Lo que empieza como un análisis psicológico de una muerte en vida, con ecos a aquel Perce Howland al que daba vida Montgomery Clift en Vidas rebeldes (The Misfits) sucumbe, como es lógico, ante la negación y la resignación del hecho, para ir fraguando otro destino muy diferente al que tenía pensado.

El cowboy puede considerarse como una raza de personas que profesan tanta pasión por lo que hacen, que si se ven desplazados de la profesión, creen que deben ser sacrificados, como los caballos heridos. Un vaquero que se ve obligado a vivir sin poder identificarse con la seña de identidad que lleva en la sangre supone la gran tragedia y dilema sobre el que ahonda el film de Zaho. El de aquéllos que deben decidir entre lo terrenal y el conformismo alejado de la felicidad espiritual. The Rider arroja una metáfora vital, como la que se va desplegando en la conexión de Brady con su caballo Gus, con el que logra afianzar su especial capacidad como entrenador equino, en una danza no verbal de atención, paciencia y comprensión. Su profunda herida sólo se puede curar mediante la telepatía con los animales, en una coreografía silenciosa de entendimiento mutuo.

The Rider - fotograma

Existencialismo, verdad y sabor a western clásico.

En esta encrucijada transcendental, entra en juego la situación del mencionado Lane Scott, al que Brady visita asiduamente, con el que se siente unido por la desgracia. Ambos sueñan en volver algún día a ejercer de vaqueros, de campeones del rodeo americano. Sin embargo, sus realidades son bien distintas. Mientras que su padre le anima a “coger las riendas” de su vida y seguir luchando alejado de los rodeos por miedo a que muera, la amistad con un grupo de compañeros vaqueros con los que emborracharse a cervezas para mitigar su desconsuelo reavivan  sus primigenias ilusiones por triunfar en ese universo lleno de dudas.

La cultura vaquera de la masculinidad avoca a un dictamen: no eres nada si no puedes montar. De ahí que exista un lema que reza que, pase lo que pase, se debe cabalgar a través del dolor. Su hermana únicamente le pide que no se muera. Toda esa frustración y la incógnita sobre la realidad que debe seguir un vaquero que no puede montar más son mostradas por la cineasta con una ternura y una fluidez de planificación apasionantes. The Rider destaca así por la cadencia con la que se va dibujando un precioso relato de crisis de identidad en la búsqueda de un hombre por su lugar en el mundo, con una gramática fílmica realmente sobrecogedora.

The Rider - fotograma

Chloé Zhao posee una visión audaz, llena de personalidad, con multitud de matices de la narración que van imponiendo que lo importante es el ahora, el presente, parece querer decirnos en todo momento Zhao. De ahí que esos vídeos de Lane en YouTube (que muestran un talento salvaje para el rodeo y la visión de aquel joven antes del fatal accidente, así como los propios vídeos de Jandreau viéndose a sí mismo) sean  tan más eficaces en la historia, sin tener que recurrir a ningún tipo de flashback. Todo parece respirar verdad dentro de The Rider, no sólo porque sus protagonistas no sean actores profesionales y estén interpretando versiones ligeramente ficticias de sus propias vidas. Lo es por la cercanía con la la directora muestra en imágenes esas badlands del Oeste americano, con una belleza de interminables praderas, majestuosos atardeceres y monta de caballos. Como vestigio de un lírico western que se va a apagando lentamente.

A ello contribuye con poderosa fuerza el director de fotografía Joshua James Richards, que fabrica con la luz necesaria la expresividad de cada plano, evocando al Néstor Almendros de Días de Cielo. Zhao captura la profundidad de lo que narra, casi traspasando la cámara para dotar a su obra con el olor de los caballos y de los toros de rodeo, el polvo que se arremolina después de una caída, la paz sigilosa de las amplias praderas con una preciosa hora mágica. Son pequeños instantes de vida, como Brady hablando bajo las estrellas con su hermana, la dura rehabilitación de Lane y sus conversaciones, el niño que le pide un autógrafo cuando trabaja de reponedor o el joven sentado alrededor de la hoguera con sus amigos, reflexionando sobre cómo será su vida como un vaquero que no puede competir.

The Rider - fotograma

The Rider es una amarga tragedia con un atisbo de esperanza repleta de humanidad. Su belleza formal y narrativa atesoran la autenticidad de la emoción en el cine, a veces contemplativa, rozando la ficción y el docudrama, entrando en el terreno del neorrealismo muy europeísta, tan dura como honesta en su respeto absoluto sobre lo que se cuenta. Un estremecedor reflejo de la vida que juega con la empatía, desprovista de condescendencia hacia esa América Profunda. Una América marcada a fuego por la naturaleza y la tradición fronteriza, con un metódico determinismo realista desposeído de ornamentos ni ambiciones espurias. Es una película sobre la lucha y la decepción, sobre rehabilitación del alma. Y, lo que es más importante, estamos ante una inmensa película del Oeste que contiene en sus venas cinematográficas la auténtica esencia de un western clásico que hurga en las antecedentes reinterpretaciones cinematográficas del género para describir una comunión de discurso con los clásicos. Fundamentalmente, en su interiorización de la lucha de un pueblo y su forma de vida dentro de un mundo que cambia rápidamente.

Pese a ese impulso natural y humano de aspirar a más de lo que tenemos, la catarsis que puede suponer la autoaceptación de la realidad, por muy cruel que sea, da la oportunidad de seguir adelante. Una historia de segundas oportunidades, más allá de los condicionantes de los sueños, que abre la incertidumbre de un futuro muy alejado de lo que había imaginado dentro de esta vida. El joven Brady observará su existencia tras las brumas que anticipan grises tormentas en el horizonte. Y lo hará como un jinete cabalgando hacia la puesta de sol, pero sin montar a caballo y con toda una vida por delante.

Miguel Á. Refoyo “Refo” © 2018

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