En Érase una vez en… Hollywood Tarantino compone una oda de amor al cine, construyendo un maravilloso ensayo sobre una época inalcanzable a través de una digresión que encumbra su melancolía cinematográfica y la confronta con el violento choque generacional que pervirtió la inocencia ante el asesinato de 1969 en 10050 Cielo Drive.
Coincidiendo con el 36º aniversario de la fatídica noche del 8 al 9 de agosto que acaeció en 1969 en 10050 Cielo Drive en Benedict Canyon, al norte de Beverly Hills, este blog recordó allá por 2005 aquel macabro suceso que permanece inmune al paso del tiempo en la necrología hollywoodiense. Jay Sebring, Abigail Folges, Steven Parent, Voytek Frycowsky y Sharon Tate, la esposa por entonces de Roman Polanski y embarazada de ocho meses, murieron a manos de Charlie “Tex” Watson, Patricia Krenwinkel, Leslie Van Houten y Susan Atkins. Todos miembros de “La Familia” de Charles Manson. Aquel artículo se titulaba: El hombre que asesinó los años 60. De alguna forma, aquel suceso puso fin a una década de rebelión, conjuras y protestas. Joan Didion en The White Album ya rubricó ese sentimiento de pérdida estacional al dejar para la posteridad en sus páginas que el espíritu de los años 60 terminó abruptamente aquella calurosa noche de agosto de 1969.
Fue el final de una época que había aprendido a vivir una realidad de lucha política, de paranoia opresiva en la que el amor libre, la música protesta y las drogas perpetuaron una mitología codificada de armonía y paz que alimentó su mayor representación en el Festival de Woodstock, pocos días después de la citada noche. El movimiento hippie se desmoronó repentinamente y la memoria de los últimos seguidores del famoso “Peace and Love” se vieron marcados por los crímenes de Manson y su Familia. Una era cinematográfica que, paradójicamente, apenas conocía violencia y asesinatos en pantalla e iba a verse alterada con la llegada de una estupenda generación de cineastas que esgrimieron esos conceptos para revolucionar el séptimo arte, virando hacia otro mundo creativo bien diferente.
El final de esta ideología llega a Hollywood con ese artista frustrado, un inadaptado escarnecido llamado Charles Manson que supuso un revés a la contracultura y las injusticias del momento y que él, de forma conceptual, simbolizaba. Aquélla figura de céfiro extrañamente mágico e icono mesiánico que era ideal para estampar camisetas provocadoras, terminaría siendo la representación de los pecados de una época de paz, sexo libre y rock n’ roll. El periplo histórico donde jóvenes hacían autostop en las esquinas de las calles buscando aventuras y vivencias, que se arrojaron a sus consignas de concordia, amor y drogas.
La guerra de Vietnam tomaba conciencia del fracaso de un país, la política se venía abajo y una sociedad de futuro como la estadounidense se tambaleó hasta dar como consecuencia con el lógico reverso oscuro de la cultura pop. Manson fue el adalid de otra cultura, la de miedo y la desesperación para una generación emergente de narradores y la efigie que los mass media necesitaban para divinizar al Demonio del Siglo XX.
Érase una vez en… Hollywood, novena película de ese clásico contemporáneo que es Quentin Tarantino, es una crónica agridulce de aquellos tiempos, focalizados no tanto en la secta que popularizó La Familia Manson y sus trágicas y espeluznantes fechorías, sino en la industria de Hollywood y el ambiente social que se vivía en un universo a punto de metamorfosearse en algo radicalmente distinto a lo entonces vigente. Esta fábula narra las vivencias de dos integrantes del Hollywood menos conocido, en aquella procelosa permuta que terminó con la vieja guardia del sistema. Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt) son dos facetas del orbe hollywoodiense; el actor y su doble, inseparables colaboradores y amigos. Dalton basó su carrera y popularidad en una serie de televisión, Bounty Law, en la que interpreta a un cazarrecompensas.
Sin embargo, está envejeciendo y la decadencia de su trayectoria apaga sus esperanzas y menoscaba su gran talento interpretativo. Los nuevos tiempos que irrumpen en su camino hacia una improbable fama dentro de una industria parecen relegarle en su memoria. No obstante, existen alternativas de revitalización de su carrera como actor secundario en el medio televisivo o probaturas en la serie B y spaghetti westerns europeos con hiperbólicos títulos como Nebraska Jim, Operazione Dyn-O-Mite, Uccidimi Subito Ringo, Disse Il Gringo, que involucran a mitos del género de la talla de Sergio Corbucci y Antonio Margheriti.
Booth, por su parte, es la otra cara de la moneda. Un actor de riesgo consciente de la efervescencia del tiempo que vive, como representación y extensión necesario de su amigo, abrazando en todo momento la consciencia de la realidad que les rodea. Él es el cuerpo que recibe los golpes como sustituto de ese rostro con ganas de fama y ambición que es Dalton. Podría verse como un ángel de la guarda, metaforizado en ese plano en el que ejerce de chapuzas en el tejado de la casa de Dalton, donde se le atribuye mediante un flashback inacabado una oscura capa que le empuja a la difamación con un acontecimiento que Tarantino ni se molesta en esclarecer.
Con ello alude o ejemplifica aquella moda (siempre perenne) de leyendas negras que no pretende tanto proteger la figura de Harvey Weinstein, como de hacerse eco del amarillismo con el que se propensa al linchamiento público. Cliff Booth es el verdadero motor del film, capaz de solucionar la vida del personaje de DiCaprio e incluso de cambiar la historia. Ambos son inadaptados que han subsistido la permuta del cine con un añejo sentido de fraternidad y la amistad. Mientras uno se queja de su infortunio, los sueños incumplidos y su condición de loser infravalorado, el otro es un ejemplo del carpe diem que jamás le ha hecho concesiones al mundo.
En ese sentido, Érase una vez en… Hollywood es, en su concepción, una buddy movie, muy al estilo de Dos hombres y un destino, como se ha señalado en muchos medios. Se trata de una descripción testimonial de anhelos y ambiciones de dos profesionales que se divierten y auto complementan, estableciendo una relación existencial recíproca en un espacio en el que la brillantez de los focos la acapara su nuevo vecino, Roman Polanski, hacedor de obras revolucionarias como Rosemary’s baby. De este modo, no deja de ser una película de “cine dentro del cine”, un viaje nostálgico que, definitivamente, da rienda suelta a la imaginación cinéfila de Tarantino. Por cada fotograma, desfilan referencias de todo tipo, sugiriendo rincones memorísticos del autor, que no escatima en detallar hasta el paroxismo una época concreta de un Hollywood a punto de cambiar. La misma perdería cierta esencia clásica en favor de transgredir los tabúes y restricciones del momento.
No es otra que la Nueva Industria abanderada por aquéllos moteros tranquilos y toros salvajes que describía Peter Biskind en su libro. “Hollywood era el planeta prohibido”, escribía el controvertido escritor. Fue cuando entró en juego Easy Rider y revolucionó el séptimo arte, acabando con el crepúsculo clasicista. Fue la gestación insurrecta de las obras de unos jóvenes impetuosos y llenos de talento. En estos contornos de innovación, el director de Reservoir Dogs se mueve jubiloso, ofreciendo una obra de arte de la digresión; bien sea filmando el rodaje de una serie de televisión en la que Dalton, ahora dando vida al villano, trata de mostrar su talento, algo trastocado por su alcoholismo a base de whiskies sours, pero también mostrando a Booth enfrentándose primero a Bruce Lee y luego a la casi la totalidad de la familia Manson en un viejo y abandonado Rancho Spahn Movie, cuna de filmación de míticos trabajos cinematográficos.
Los nuevos y los viejos tiempos
La película yuxtapone brillantemente la batalla que Rick libra contra sí mismo dentro de un western catódico de ficción con un stunt man que se convierte en un solitario justiciero, como facsímil del polvoriento y destartalado del Viejo Oeste en una desapacible realidad. Tarantino encumbra aquí su prodigiosa perspectiva del espectáculo narrativo con esa secuencia a plena luz de un sol abrasador. Se describe así cómo la extraña comunidad de hippies a modo de zombies sin voluntad ni destino han “secuestrado” a base de chantajes sexuales a un viejo amigo de Booth con el fin de poder establecer su siniestra comuna. Tal vez sean los instantes más sobresalientes no sólo de esta película, sino de la fructífera carrera del director de Knoxville.
En ella logra transmitir y experimentar cómo esa farsa devenida por el culto revela una desagradable verdad acontecida en aquel siniestro plató de cine. Por lo que no es extraño imaginar lo que allí se vivió en aquellos meses en los que Squeaky Fromme (Dakota Fanning) era el perro guardián de Charles Manson y cómo vivía George Spahn, personaje al que da vida Bruce Dern y que tenía que haber interpretado el malogrado Burt Reynolds, que rodó allí sus memorables personificaciones del legendario Quint Asper. Todo dentro del film es homenaje y subversión, crítica irónica y añoranza tamizada con una coherencia que entremezcla con concupiscencia géneros como el suspense y el western de héroes cansados y siniestros villanos.
Aunque Tarantino parece incidir en un divertido ninguneo a la figura totémica de Manson, al que relega, a modo de macguffin, a una sola aparición poco menos que de silueta espectral y ridícula, merodeando por la mansión de los Polanski y borrándolo del mapa, casi literalmente, antes de tiempo. Su figura aquí es poco significativa y constituye en sí misma un ejemplo de violencia invisible cuyo código narrativo ya anticipa esa vuelta de tuerca que acontece en 10050 Cielo Drive.
Manson únicamente asoma para preguntarle a Jay Sebring sobre la casa de Terry Melcher (hijo de Doris Day), productor musical de The Beach Boys, que había alquilado la casa de Cielo Drive a los Polanski y cuya conexión le vincula a Dennis Wilson, integrante de la banda californiana con el que Manson tuvo una extraña relación de amistad y musical. Melcher, rechazó varias veces a Manson en su intento de grabar un disco de forma profesional, lo que ocasionó que el gurú estrafalario quisiera vengarse de este coloso de la industria discográfica.
Contrariamente a lo que se ha popularizado como opinión al respecto en Érase una vez en… Hollywood, ésta no es una cinta “anti-hippie”, pero sí la confirmación de los riesgos de considerar el nuevo mundo más deseable que lo clásico o avejentado. El ocaso de una era se significa como advertencia moderna dentro del cine, en plena metamorfosis, con la aparición de nuevas plataformas audiovisuales, en este caso la televisión (podría extenderse al sistema streaming del presente), que fagocitan la idea romántica del cine. Es como si Tarantino estuviera hablando, entre líneas, de una estirpe en peligro de extinción de aprendices que trabajaron en su juventud en un videoclub y que, con una pasión devoradora e inspiradora, encontraron, a base de talento y aprendizaje sin fin, un lugar privilegiado en el Olimpo de la Historia del Cine.
Ahí se encuentra la clave de Érase una vez en… Hollywood. Su novena película habla directamente del propio director y su evolución dentro del oficio. Esta teoría tiene un claro ejemplo en el personaje de Marvin Schwarz (Al Pacino), un productor a la vieja usanza que sigue creyendo que los maestros del cine odian la televisión, pero tanto este medio de finales de los 60 y principios de los 70, como hoy, con triunfo de los servicios como Netflix, Amazon, Disney o HBO, les condena a rodar en otro tipo de formato. En este caldo de cultivo, Tarantino obtiene su más lograda oda al cine con una melancolía que supura por ese alucinógeno viaje de pleamar temporal, vislumbrado con la belleza de un momento perdido. Se trata de una epopeya que escudriña una pasión por el cine que va más allá de los acontecimientos, con un sentido de la voluntad capaz de enturbiar el historicismo épico de ese mundo de ilusiones y artificio que es Hollywood.
Estamos, sin duda, ante la película más personal y crepuscular de su autor. Su habilidad para ir entretejiendo sus tramas, encadenando la pérdida de la decadencia inocente entre todos sus lazos argumentales, está a la altura de esa ejemplar fábula que es Jackie Brown y que cada día parece ganar más adeptos. Su estructura retórica que no deja de recurrir en ningún instante a ese efecto pool de historias paralelas en juego, que se chocan y se cruzan entre sí. Se empareja a la adaptación de la novela de Elmore Leornard con la importancia de los personajes y el estado de ánimo que prevalece sobre las maquinaciones de la trama. Es decir, que todo depende menos del material referencial y más de la exploración de sus roles, de la riqueza y el desarrollo, en el que el espectador siente en primera persona las vivencias y preocupaciones de los protagónicos.
En Érase una vez en… Hollywood, Tarantino esgrime sus virtudes a la hora de mostrar la consabida visión híbrida del arte fílmico, como un arquitecto talentoso que bucea en su particular líquido amniótico cinéfilo. Su sentido de la narración es más portentoso que nunca. Tan legítimo como irrevocablemente intransferible. La manera de mezclar personajes ficticios y reales, el barniz de capas de abismos y referencias, invitan a una oportunidad única para ver y vivir una época a través de sus ojos, apoyándose en programas de televisión, emisoras de radio e incluso partes meteorológicos. La cultura popular estadounidense de una era perdida se reivindica como un espectro inalcanzable que es familiar, pero nunca vivido. Sus multicolores luces, los automóviles de antaño, su éter cinematográfico, las vallas publicitarias, sus restaurantes o las calles de Los Ángeles y Hollywood Boulevard… heredan la descripción de privilegiados autores como James Ellroy o Thomas Pynchon. Un terreno en el que debemos valorar el gran trabajo fotográfico de Robert Richardson, que ha sabido llenar su labor con una miríada de estilos, relaciones de aspecto y varios usos de la fotografía en color y en blanco y negro.
Es el escenario ideal para fundamentar ese discurso de visiones ambivalentes. La de Dalton, que socava en un fondo existencial sobre este orbe y su sentido. Nada menos que un diálogo de crisis vital entre el actor y Trudi (Julia Butters), una niña prodigio a la que revela una verdad vital que pervive dentro del cine. Que no es otra que la de predicar lo falso para revelar lo verdadero. Por otra parte, Tarantino escoge la espiritualizada mirada inocente de Hollwyood en la candidez con la que es tratada Sharon Tate, presencia luminosa, de evocación virginal y contrapunto de toda la trama. Muy destacable la interpretación de Margot Robbie en esa set piece en la que, dando vida a la malograda actriz, se introduce en el Fox Bruin Theatre para asistir, con entusiasmo, a su aparición en La mansión de los siete placeres, de Phil Karlson, junto a Dean Martin como el mítico Matt Helm. Los ojos de esa actriz mirándose en la gran pantalla son los de una niña que descubre el cine. Esos planos destilan una magia resplandeciente que recuerda, en un nivel más antropológico, a la Ana Torrent de Erice en El espíritu de la colmena. Robbie/Tate personifican un símbolo de mujer inalcanzable que irradia belleza, felicidad y amor. Los preceptos que movieron, en gran medida, el movimiento sociocultural que marcó el final de aquella década.
Pero esa inconsciencia y candor no son más que una máscara de deriva artística en la permuta hacia un nuevo orbe donde la violencia choca de lleno con el cambio de introversión cultural. Los asesinatos de Manson vienen a ser una metáfora crepuscular de irónico simbolismo que destruyó una falsa época de esperanza, tropezando con la frustración política y la ignominia que supuso para el país la derrota de un conflicto bélico que abrió los ojos a un país marcado por la consecución del falso Sueño Americano. Y, de fondo, la profusión de los Black Panthers y su inminente guerra racial interconectada con Manson y los crímenes de Leno y Rosemary LaBianca, personas ajenas al mundo del espectáculo que perecieron arrastradas por esta jauría sangrienta.
De ucronías históricas y viajes iniciáticos
Por si fuera poco, Érase una vez en… Hollywood supone otro canto de cisne a esa ya visitada ucronía contextual de un entorno decodificado que desfila por su privilegiada mirada. Tarantino vuelve a inventar, para deleite de los cinéfilos que todavía sueñan con los milagros cinematográficos, el arte como artificio que resucita e inmortaliza con correcciones históricas fracasos que marcaron la historia. Si en Malditos Bastardos mató a Hitler, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial dos años antes de lo previsto y en Django Desencadenado, pretendía proporcionar un desagravio alegórico por el tráfico de esclavos, aquí son los olvidados, los currantes de la serie B y no invitados a la mencionada transición cinematográfica, finalmente, los redentores involuntarios en un quimérico giro final que lleva la moral donde no se esperaba, admitiendo con ello que no puede representar la masacre real, sino otra distinta con un sesgo moral de notable anti-heroísmo.
Este colofón de un periodo específico que abre las puertas a otro más consolador se transcribe como un personal cuento que obvia la reconstrucción de los hechos para ofrecer una catarsis de sangre de un cine imaginado al viejo estilo, donde los héroes se convierten en leyenda, capaces de alterar los destinos ajenos y sobrevivir con decencia. A Tarantino no le hacen falta alteraciones arbitrarias, sino que proporciona un bello e incluso tierno sentido del desafío y la fantasía no exento de su característico exceso y humor negro.
Pese a todo, no se trata de una historia optimista, aunque lo parezca. Lo es en términos en los que está planteada esa inspiradora libertad con la que el cineasta juega con el espacio y el tiempo. Sin embargo, aquéllos hechos cambiaron el mundo del cine. Y no en el buen sentido. De ahí que esa actualización del discurso proponga el fin de una era, como exorcismo, una liberación en forma de venganza o justicia poética ficcional dentro del curso cíclico de la historia. No es extraño, por tanto, que sea un porro de LSD lo que desencadene una utopía, un sueño, la fábula del Érase una vez… que impregna todo el metraje. No existe un énfasis de revisionismo, porque en el relato no anida ningún tipo de consuelo. Tan sólo, la dolorosa evocación de lo que no fue, de lo que ya no es y de lo que nunca ha sido. Érase una vez en… Hollywood es una elegía de explosión salvaje que detona con una violencia no tan identificativa con el cine de Tarantino como pueda presentarse. Muy oscuro, extremo y paroxístico, este noveno film confluye en una representación de lo real o verídico y lo ficticio. Hasta ahí, de acuerdo. Pero supone un ejemplo de lo que se interpreta del espectáculo visual reflexionando sobre ello sin gratuidad.
Es decir, la antítesis de un autor que esgrime el uso de la fuerza como tesis accidental, como efecto de un clímax codificado en esa fortuita acción llevada a cabo por Charles “Tex” Watson, Patricia Krenwinkel y Susan Atkins, que confabulan y contrarían los fantasmas, fantasías y dobles sentidos de luces y sombras de lo acontecido en la mansión de los Polanski aquélla noche de agosto del 69. Con sorna, Linda Kasabian se escaquea del escenario del crimen. Y, de nuevo, la doble superficie de la moneda que representan Dalton y Booth culmina con otro recurso narrativo de una brillantez monumental. Mientras la épica pertenece a ese personaje invisible que es Booth, con un factor canino de por medio, Dalton se escuda en la casualidad llevada al frenesí con ese lanzallamas de 14 fists of McClusey utilizado en una pequeña piscina privada. Esa arbitrariedad será la misma que le hará conocer a los asistentes que perecieron en aquella funesta velada, brindándole una nueva oportunidad profesional. Tal vez. Aunque eso, nos dice Tarantino en su conclusión, es otra historia.
En último término, Érase una vez en… Hollywood es una íntima y conmovedora propuesta que opera con inteligencia sobre el final de la infancia, la del propio director. Tarantino nos brinda su final de viaje iniciático distorsionado por la nostalgia analógica de un cine que se perdió. El de aquel Hollywood de la inocencia genérica a punto de ser destrozada por la llegada explosiva de un retorno a una realidad menos amable y más cruel, dibujada con ambigüedad en el corazón de esta película. Esa carnicería como epílogo no es falsa porque no fuera verdad, sino porque hace que entristezca que los hechos narrados no sucedieran de verdad.
Estamos ante una obra magna que eleva, todavía más si cabe, una figura reveladora del cine contemporáneo a los altares. No nos engañemos, Tarantino simboliza la figura de un tipo de cineasta clásico que empieza a escasear. El cine como vida. Como edicto autorreflexivo sobre su obra, el director nos deja una película tan densa como compleja. Y, de forma voluntaria o involuntaria, lo que está claro es que Érase una vez… en Hollywood es un monumento erigido a su propia aureola, a su condición de cineasta intocable que culmina un trayecto que ha transitado por géneros y arquetipos. El genio ha urdido un mito a punto de acabar su camino, puesto que, como él afirma, puede que haya entregado al público su penúltimo largometraje.
Nos deja así un retazo de grandeza al son del Bring a Little Lovin de Los Bravos, incluida en otra de sus bandas sonoras de vital importancia en nuestra cultura cinéfila, sin recurrir a Morricone, pero con la consciencia melómana de contraer una época con un puñado de canciones poco menos que de simbología de culto. Forma parte del Tarantinoverso vocacional del Grindhouse que impera en su filmografía y que concluye con un nuevo comienzo, pero sin desistir en la desmitificación de su propio sello.
Es una perspectiva con añoranza a la glorificación de una era pasada y, en definitiva, un puro placer de contemplar en ese lujo que se permite con un gag final de los cigarrillos Red Apple. Su mitología admite, incluso, la autoparodia ¿Un clásico instantáneo? Muy probablemente ¿La mejor película de 2019? Se podría asegurar casi con rotundidad. Como desenlace, todos pensamos en el atinado remate de la crítica en FOTOGRAMAS de Sergi Sánchez, cuando escribe: “No hay, tampoco, muchas películas en las que uno se quedaría a vivir, por mucho que la familia Manson estuviera merodeando por los alrededores. Y esta es una de ellas”. Al pie de la letra.














