(1978-2020)
El mito de la “Mamba Negra”
El fallecimiento de Kobe Bryant en un accidente de helicóptero irrumpe con una inesperada tragedia. Su extraordinaria carrera abarca una trayectoria tan impresionante en lo deportivo como llena de claroscuros en lo personal. La prematura desaparición también deja la muerte de su hija de 13 años y siete personas más.
Posiblemente haya sido uno de los ‘shocks’ deportivos más trágicos de cuantos se recuerdan. No por la pérdida de una leyenda, ni del mito e icono que supuso, ni siquiera de uno de los mejores jugadores de baloncesto y atletas que haya tenido la Historia del deporte. Lo que hace triste el accidente mortal de Kobe Bryant es la prontitud de una despedida abrupta, lo inesperado del funesto suceso. Al imprevisto adiós de uno de los deportistas más legendarios de la NBA se suma también el fallecimiento de su hija de trece años Gianna, junto a otras dos compañeras de equipo de su edad (Alyssa Altobelli y Payton Chester) y varios miembros de respectivas familias (Keri y John Altobelli y Sarah Chester), la entrenadora del Mamba Sports Academy Christina Mauser y el piloto Ara Zobayan.
Todos muertos en un dramático accidente de helicóptero mientras viajaban a Newbury Park para disputar un torneo de baloncesto femenino. El baloncesto y el deporte está conmocionado con el amargo lance. Un luto que jamás logrará borrar el recuerdo de un personaje legendario y de una huella casi imposible de igualar.
La “Black Mamba (Mamba negra)” nació en Filadelfia, pero creció en Italia junto a su familia, ya que su padre Joe “Jellybean” Bryant pasó de jugar en los Houston Rockets de mediados de los 80 a probar una aventura europea que duró siete años. Asimismo, en Francia, donde Kobe se formó en la Escuela Internacional de Basilea, muy cerca de donde jugó su padre en el Mulhouse Basket. Allí ya le señalaban cómo un crío de trece años que podía competir con los jugadores profesionales de aquel equipo. Fue seleccionado como número 13 del draft por los Charlotte Hornetts y traspasado a los Los Angeles Lakers. Lo hizo con tan sólo 18 años, recién salido de la escuela secundaria Lower Merion, bajo el mandato del entrenador Gregg Downer.
Fue el olfato de Jerry West quien le llevó a la costa californiana. Un capricho del cual siempre destacó el mítico jugador de los Lakers y silueta del logo de la NBA, como un jugador con fundamentos individuales muy diferentes a lo que se había visto hasta la fecha en el equipo angelino. Kobe estaba muy influenciado por la esencia del baloncesto europeo. Y cumplió su sueño, que no era otro que jugar en los Lakers. Cuenta la leyenda que era tan fanático del entonces equipo dirigido por Pat Riley que, cuando el 7 de noviembre de 1991, se enteró del anuncio de la enfermedad del VIH contraída por su ídolo “Magic” Johnson, el pequeño Kobe, no quiso comer en una semana.
La irrupción del número 8 en los Lakers llegaría en 1996, en una temporada no muy destacada. Pero nos dejó a un ‘rookie’ brillar en el 50º aniversario del All Star disputado en el Gund Arena de Cleveland ante más de 20.000 espectadores. En el Schick Rookie Game anotaría 31 puntos y sería el ganador del concurso de mates frente a estrellas como Chris Carr, Ray Allen o Michael Finley. En la prestigiosa publicación Sports Illustrated avanzaron que aquella temporada había demostrado que Bryant no era más que un “producto del ‘hype’ popular”. Su primera temporada no fue la esperada y se señaló desde el principio su egoísmo e irregularidad. Sin embargo, en su segundo año, comenzó a gestarse la leyenda, ofreciendo un evidente instinto asesino que se adecuaba a la perfección a su mote de peligroso réptil. Cuando llegó a la franquicia, Kobe era un luchador nato con hambre de trabajo y de éxito. La estrella del equipo era Shaquille O’Neal, estaba considerado como uno de los pívots más influyentes del baloncesto moderno y aires de estrella maleducada y altiva. Uno era un obseso de la responsabilidad, el otro una superestrella sin ganas de exhibir una superioridad que denotaba sin esfuerzo. La implosión en este choque de egos provocó el desafío y la rivalidad dentro de un equipo colosal.
A pesar de ello, ganarían tres títulos consecutivos como Dinastía (2000, 2001 y 2002). Por entonces, Kobe ya era un hombre consignado a revolucionar el baloncesto, con un increíble sentido del juego y una intensidad física inconmensurable. Su estética recordaba a la generación precedente, llevada a un espíritu competitivo y coreografía distintiva, que emulaba a la de Michael Jordan, al que también se equiparaba en su visceralidad y un ímpetu casi enfermizo por ganar. Esta actitud no fue siempre uno de sus valores más amables.
En aquellos años, tal avidez dividió a sus compañeros, reavivando rivalidades internas. Pero la llama de un baloncesto hoy extinto hasta sus últimas consecuencias fue siempre la providencia de un jugador asombroso. Durante aquellos años, hasta el ‘three peat’, forjó su identidad como jugador único, puliendo la redefinición del juego de Jordan en los estándares de puntuación de un baloncesto en pleno auge y cambio de rumbo. No obstante, en aquellos Lakers había un problema sin solución: el distanciamiento entre el escolta y Shaq.
Hubo un momento, en que el choque y enemistad de ambas estrellas provocaría que los Lakers tuvieran que elegir a uno de los dos. Se pensó en transferir a Bryant, pero el que salió del equipo finalmente fue O’Neal, que cambió de aires hacia los Miami Heat, rompiendo un dúo que hubiera sido letal en los años venideros. Nunca se sabrá qué hubiera pasado si la relación entre ambos hubiera sido idílica y los planteamientos se hubiesen encauzado hacia un bien común en forma de campeonatos. Por entonces, la NBA tenía un dueño y señor incluso más dominado que aquellos Chicago Bulls de Jordan a finales de los 90.
La obsesión ganadora y la antipatía de la superestrella
“Estaba decidido a superar a Michael Jordan para convertirse en el mejor jugador de la Historia”.
(Phil Jackson).
El carácter inmanejable y aprensivo de Kobe, su falta de empatía con los compañeros se resume en una frase que le dijo al ‘rookie’ Smush Parker. La estrella vino a decir que mientras los logros del novato no estuvieran a la altura, ni le hablara ni se sentara en su misma mesa. Su falta de tolerancia también fue otro de esos aspectos que endurecieron su imagen y antipatía pública. Kobe siempre se defendió asegurando que sus respetos y su atención siempre se enfocaban a los jugadores que trabajaban muy duro. Una de las principales razones de su enfrentamiento con Shaquille.
La filosofía del jugador se asentaba en la idea de asumir el papel de villano, ya que se consideraba un ganador por encima de un buen compañero de equipo. Los años venideros no fraguaron una dinámica de triunfos en el equipo angelino. Phil Jackson no renovó y fue sustituido por Rudy Tomjanovich. Se fueron casi todos los miembros de aquel frustrado ‘fab-four’; Shaq, Derek Fisher, Rick Fox y Gary Payton. Karl Malone se retiró y llegaron jugadores como Lamar Odom, Brian Grant o Caron Butler. Nada fue lo mismo.
En 2006 Kobe decidió cambiar de número. Dejaría atrás el 8 y utilizaría el 24. Se dice que por ser el número subsiguiente al 23 de Jordan (que se retiró esa misma temporada), pero también al correspondiente a las horas del día, las que tenía que trabajar para seguir mejorando. Tras el regreso del “maestro Zen” a la franquicia, los Lakers empezarían una reconstrucción que tendría como pieza clave de esta resurrección a Pau Gasol, con el que los Lakers ganarían sus últimos dos anillos en 2009 y 2010 al derrotar a Orlando Magic y Boston Celtics en las Finales de la NBA, respectivamente. El dúo Bryant-Gasol consolidó no sólo un tándem inolvidable, sino que les vinculó en una relación fraternal jamás vista en la carrera del jugador estrella de los Lakers.
Después de aquello, Phil Jackson anunció su retirada como entrenador, estableciendo un récord con diez anillos de campeón y Bryant se quedaba a un título de su admirado Jordan. En los años posteriores, los Lakers no volverían a conseguir más títulos. Sin embargo, la constancia de Kobe y su espectacular juego alargarían aún más su condición de leyenda, que fue ensombreciéndose con lesiones, recaídas y problemas físicos. Se retiraría en 2016 en una gira de despedida como jugador que conseguía anotar al menos una vez 40 puntos a todos los equipos de la NBA. En total ha llegado a esa cifra 134 veces en temporada regular. Nunca podremos olvidar todo lo que ha dado por este deporte.
Del descrédito a la inmortalidad
Kobe Bryant se había convertido en un jugador épico. Poseía tres títulos de la NBA junto O’Neal, era considerado el mejor dentro de la NBA y su imagen era impoluta en el exterior. Padre ejemplar de un bebe de medio año y marido de su amada Vanessa Cornejo Urbieta, una joven latina con la que se había casado en 2001 y que había conformado como el pilar de su estabilidad dentro y fuera de la cancha. La había conocido durante el rodaje del video clip ‘G’d Up’, del grupo Tha Eastsidaz, compuesto por Snoop Dogg, Tray Deee y Goldie Loc. Kobe preparaba un disco como cantante de ‘hip hop’, pero nunca vio la luz. A cambio, conoció al amor de su vida. Por entonces ganaba 13 millones por temporada y poseía contratos millonarios con algunas de las grandes marcas y multinacionales.
El 30 de junio de 2003 en The Lodge and Spa at Cordiller, un complejo de lujo en Edwards (Colorado), tendría lugar el episodio más oscuro de la vida de la estrella, cuando una camarera de 19 años le denunciara por violación. Ante el asombro mundial, Kobe fue detenido en Los Ángeles y puesto en libertad condicional bajo fianza. La noticia corrió como la pólvora y estalló provocando un caso sensacionalista de primer grado. En una rueda de prensa multitudinaria ofrecida en el Staples Center, junto a su mujer, confesó haber cometido adulterio, pero siempre consensuado con la denunciante.
La maquinaria mediático-judicial se centró durante meses en un caso que recordaba al de O.J. Simpson y que dividió a Estados Unidos. Cuando se filtró el perfil psicológicamente inestable de la chica que había acusado a la estrella de la NBA, la versión de Bryant empezó a tomar fuerza. La querellante admitió haber mentido en ciertos aspectos en la declaración policial para darle credibilidad a su versión. La fiscalía retiró todos los cargos contra el jugador, haciendo que la demanda civil se resolviera fuera de los tribunales. El escolta de los Lakers se volvió a disculpar públicamente y regresó al universo baloncestístico.
El equipo angelino respiró tranquilo, ya que antes de este acontecimiento, le había extendido el contrato con más de 136 millones de dólares por siete años. En su partido de regreso, el 12 de mayo de 2004, durmiendo una hora y con los focos de la prensa mundial puestos en él, metió 42 puntos (15 en el último cuarto) contra los Spurs. No sería la única vez que la figura de Bryant consumaría connotaciones de ídolo impertérrito. Se elevó por encima de las acusaciones en su contra que habrían destrozado tantas otras carreras deportivas y volvió dejando algunos números y actuaciones que han quedado en la retina colectiva de los amantes de este deporte.
La Mamba y sus momentos clave
El 14 de junio de 2000, en su primera final contra los Pacers, lesionado en el inicio del segundo partido, jugó con un esguince de tobillo toda aquella serie. En el cuarto partido, con un 2-1 en el cómputo de la eliminatoria y el escolta muy mermado, los Lakers vieron cómo Shaq fue expulsado por falta. En la prórroga, Kobe Bryant apareció con tres tiros que supusieron la victoria de su equipo y afianzó a la franquicia para ganar el campeonato en seis partidos. Tenía 21 años. Tampoco podremos olvidar los 48 puntos y 16 rebotes en el cuarto partido de la semifinal contra Sacramento en las series de 2001. Detrás, habían quedado 48 horas cuidando de su mujer Vanessa, hospitalizada por una enfermedad abdominal.
Cuando Michael Jordan regresó para darle cierto lustre a su equipo recién adquirido, los Washington Wizards, se produjo un esperado último enfrentamiento entre maestro y alumno. El 28 de marzo de 2003, Bryant le endosó al equipo de la capital norteamericana nada menos que 55 puntos. Días antes de que finalizara el año 2005, Kobe volvió a escribir otro capítulo en su extensa epopeya personal. Contra Dallas hizo 62 puntos (30 de ellos en el tercer cuarto). En 32 minutos, Kobe había anotado 62 puntos. Los de Nowitzki estaban por debajo de él en sus números totales antes de irse al banquillo. Pudo pulverizar más récords. Sin embargo, eso tendría que esperar.
A Portland le cayeron 65 puntos (31 puntos entre último cuarto y la prórroga) en marzo de 2007. Una actuación que daba cuenta de lo imparable que era el 24 de los Lakers. Y 61 a los Knicks en el Madison Square Garden el 3 de febrero de 2009, dejando la mejor actuación individual en la cancha neoyorquina después de los 55 de Jordan y los 60 del mítico Bernard King. De hecho, del 16 al 23 de marzo de aquel año, la victoria contra Portland iniciaría una racha esplendorosa para Kobe; a los 62 puntos contra los de Oregón, llegarían los 50 contra los Wolves, 60 a los Grizzlies y otros 50 a los Hornets. Cinco encuentros seguidos superando el medio centenar de puntos. Una huella que sólo había conseguido Wilt Chamberlain. En el siguiente partido contra los Warriors anotó 43. “No todos los días es posible”, manifestó. Días después metió 53 puntos en el choque contra Houston Rockets.
El 21 enero de 2006 se produjo la hazaña más inverosímil y alucinante de toda su carrera. Fue la noche en la que los Toronto Raptors recibieron 81 puntos del jugador, 55 en la segunda mitad del partido. Pasaría a la historia como uno de los mejores partidos individuales que se recuerdan. El equipo de Phil Jackson llegó a perder de dieciocho puntos. Acabó ganando el partido 122-104. Y Bryant cinceló su nombre con letras de oro con una actuación memorable, situando su marca como segunda más abultada detrás de los icónicos 100 puntos de Chamberlain el 2 de marzo de 1962.
La significativa imagen del 4 de junio de 2009 con Kobe Bryant sujetando el balón a una mano y abrazando de forma metafórica al Staples Center desde el olimpo simbolizaba que, siete años después y sin la presencia de Shaquille O’Neal, podía llegar de nuevo a lo más alto de la competición. Fue el instante para subrayar su lugar en la Historia de la NBA. Además, su redención dentro y fuera del campo trajo el decimoquinto anillo de la franquicia. Y fue especial, porque supondría el primero para Pau Gasol, figura clave en la consecución de la gesta. Hace dos temporadas, cuando el icono disfrutaba de un crepúsculo en su despedida de la mejor liga del mundo y sus hazañas parecían desvanecerse en la memoria, lo volvió a hacer. Otra vez. El 14 de abril de 2016 el jugador franquicia a punto de la retirada ponía punto y final a su carrera logrando una victoria ante los Utah Jazz con 60 puntos. Pasará tiempo hasta que se dé una retirada más gloriosa. La guinda a una carrera plagada de éxitos.
Llegado el final de su carrera, Kobe había encestado 36 ‘buzzer beater (tiros ganadores)’ en sus 55.415 minutos de carrera, con 30 puntos o más en 431 partidos. Bryant fue el MVP de la temporada 2008 y otros dos MVP de las finales (2009 y 2010). Ganó dos medallas de oro en los JJ.OO. de Pekín 2008 y de Londres 2012, además de los mencionados cinco anillos de campeón de la NBA y fue considerado 18 veces en el quinteto del All Star (15 de ellos titular de forma consecutiva con MVP en esta cita en 2002, 2007, 2009 y 2011). Ha metido más de 50 puntos en 25 partidos a lo largo de su carrera y fue nueve veces elegido en el mejor quinteto defensivo. Por si fuera poco, es uno de los grandes ‘One Club Man’ que ha vestido la camiseta de un solo equipo. Durante 20 temporadas, igualado sólo por Dirk Nowitzki en Dallas. Otro aspecto que se antoja imposible con la configuración del nuevo baloncesto de la NBA.
Durante su periplo como profesional ha anotado 33.643 puntos, situándose en cuarto lugar en toda la historia por detrás de Kareem Abdul-Jabbar (38.387), Karl Malone (36.928) y LeBron James (33.655 puntos). Precisamente, este tercer puesto le fue arrebatado un día antes del fatal accidente. Fue en Filadelfia, lugar de nacimiento del 24. James y Bryant eran amigos íntimos y compartieron unas palabras el mismo día del fallecimiento del segundo. Nos ha dejado esa doble imagen de un jugador de carácter individualista y obsesivo. A medida que pasaron los años, Kobe fue conciliando posturas y la pleitesía del colectivo del mundo de la canasta. Su índole antipática se transformó. Y el jugador distante devolvió la grandeza de los ídolos.
Como el 13 de abril de 2013, cuando disputaba un partido contra Golden State Warriors, sufrió la peor lesión de su carrera rompiéndose el tendón de Aquiles. En lugar de retirarse de la pista, con la peor lesión que un jugador de baloncesto puede tener, salió a la cancha y tiro los dos tiros libres que le correspondían. Su desahogo en las redes sociales acercó la figura altiva a un estrato público y su frustración pasó a ser compartida y cercana. Kobe Bryant humanizó así su figura. Pudo ser el final de su carrera. En cualquier otro caso, lo hubiera sido. El desafío que superar aquella lesión le volvió a dar una meta, un sentido de la competitividad que jamás abandonó. Logró superar a Jordan en anotación histórica dentro de la NBA y abandonó el sueño deportivo por la puerta grande.
El trágico legado inacabado
Alejado de las canchas, continúo una trayectoria como hombre de negocios fructíferos cuyo patrimonio ascendía a más de 600 millones de dólares y se había convertido en la pieza angular del creciente Granity Studios, centrada en el mundo editorial y audiovisual. El 5 de marzo de 2018, el ex jugador subía al escenario del Kodak Teathre de Los Angeles para recoger el Oscar a mejor cortometraje de animación junto a Glen Keane, con el que fraguó ‘Dear Basketball’, que transformó en imágenes la carta de despedida escrita cuando se retiró de la competición oficial. Bajo las notas de John Williams, en apenas cinco minutos, Bryant logró sintetizar su amor por un baloncesto que había sido, era y sería su vida. Su constancia y afán por mejorar hicieron de él que entendiera el juego mejor que su práctica, sabiendo lo que iba a ocurrir tres o cuatro acciones antes de que sucedieran. Ése era Kobe Bryant. Por eso, su accidente mortal ha sacudido a la NBA y al mundo de una forma indescriptible.
El 18 de diciembre de 2017, los Lakers retiraron sus dos números en un homenaje en el Staples Center con el mítico “Magic” Johnson como maestro de ceremonias. Acompañado por Vanessa y sus hijas, gradeció la importancia de los mitos que le precedieron al retirar sus números en el club californiano. Antes lo habían hecho Chamberlain, Baylor, Goodrich, “Magic”, Abdul-Jabbar, Shaquille, Worthy, West y Wilkes. El 8 y el 24 marcarían una era muy compleja tras la retirada de Michael Jordan. Bryant recogería su testigo acercándose como nadie lo hará nunca al que fue y será mejor jugador de la NBA por los siglos de los siglos. Logró un hito trascendental. Y fueron las comparaciones con el 23 de los Bulls el principal aliciente a su ascenso al Olimpo. Nunca fue un obstáculo. Sí un acicate. Su competitividad extrema, la obsesión por ganar, su desafío sin límite, su espíritu de lucha y su afán de superación son el punto en común de ambos jugadores. Algo que les convierte en únicos y que, hasta el momento, ningún jugador ha logrado acreditar.
En los últimos dos años estaba inmerso en la promoción activa de la WNBA (Women National Basket Association), el campeonato de baloncesto femenino equivalente a la NBA en los Estados Unidos. Su pasión por el deporte que tanto amaba tenía una hermosa extensión en su hija fallecida junto a él en el accidente. Gianna compartía con su padre un profundo amor por el deporte de la canasta. La pequeña no sólo supuso el símbolo del amor de Kobe por el baloncesto femenino, si no que era la mejor jugadora del Mamba Sports Academy, club creado por Bryant para fomentar el baloncesto femenino.
Era una promesa con un futuro arrollador. Contaba Kobe orgulloso cómo la segunda de sus hijas reunía las condiciones de perpetuar su legado en la WNBA, liga en la que Kobe iba a ser imagen fundamental. Padre e hija iban a escribir muchas páginas de gloria y éxito dentro del basket femenino del país. El destino decidió lo contrario.
DESCANSAD EN PAZ.