LVII Super Bowl

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

LVII Super Bowl - foto

La balada homérica de Mahomes, Reid y los Chiefs

En una de las mejores Super Bowls de los últimos años, los Chiefs alcanzaron su tercer título bajo el mando de Patrick Mahomes y Andy Reid, derrotando a los Eagles por 38-35.

El sueño de cualquier aficionado a la NFL que sigue este apasionante deporte con asiduidad es que una Super Bowl comenzara de la forma en que arrancó esta LVII en el State Farm Stadium en Glendale de Arizona. El encuentro, la final de las finales tras cinco meses de competición, ante casi 70.000 espectadores, comenzó de forma espectacular para ambos flancos. Los Eagles empezaron con un 7-0, al que casi seguidamente respondieron los Chiefs, empatado. Sendas anotaciones avivaron los ánimos de ambas aficiones. Los Eagles asaltaron de nuevo a su rival, pero los de Kansas reaccionaron e igualaron el marcador de nuevo. 14-14 a poco más de tres minutos del final del segundo cuarto.

Antes de todo esto, esta Super Bowl concitó la sensación de ser una de las finales más merecidas para ambos equipos de los últimos años. Tanto Philadephia Eagles como Kansas City Chiefs habían ganado sus respectivas finales de Conferencia (Nacional y Americana) con la misma renta: 16 victorias/3 derrotas con 546 puntos anotados y con seis jugadores de cada franquicia seleccionados para disputar la Pro Bowl.

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Los Eagles, capitaneados por Jalen Hurts, su director de orquesta, partían con cierta ventaja en las apuestas debido a un juego más defensivo y ordenado y con una rotación más joven, profunda y equilibrada que su adversario. Por el otro lado, los Chiefs, que habían jugado con Patrick Mahomes, el gran heredero de Brady como mejor jugador de la liga, la final de conferencia contra los 49ers muy tocado por una lesión de tobillo, monopolizaba las miradas por su estado físico ante la final, pese a haber brillado en el anterior partido destrozado físicamente. Era la primera vez en la historia que el partido por el título tenía dos quarterbacks titulares negros.

También se daba otro dato curioso como primicia; dos hermanos, Jason y Travis Kelce, se iban a enfrentar en duelo fratricida, cada uno jugando en el equipo finalista. No era la primera vez que dos hermanos habían jugado en la NFL; los Manning, los Watts, los Barbers, los Cunningham, pero ninguno había combatido en la Super Bowl. Sin duda alguna, los dos mejores equipos de la NFL. Los Eagles buscaban su segundo título, tras su victoria en 2018, los Chiefs querían su tercer título después del obtenido en 2020 y previamente en 1970.

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Después de que el cantante de country Chris Stapleton (ganado ocho veces el Grammy) interpretara el Star-Spangled Banner con el actor ganador de un Oscar por Coda Troy Kotsur trasladándolo al lenguaje de señas dio comienzo el mayor y más seguido acontecimiento deportivo del planeta. A pesar de obtener la elección de campo tras ganar el lanzamiento de la moneda, los Chiefs prefirieron sacar en el segundo tiempo. Y entonces se desencadenó ese ir y venir en el marcador con un espectáculo de alta competición, en una de las Super Bowls más emocionantes y brillantes de los últimos años. A los cinco minutos, Kenneth Gainwell se quedó a media yarda del primer touchdown, que selló en la siguiente jugada Jalen Hurts.

No habían pasado ni siete minutos cuando, tras una serie ofensiva de cuatro juagadas, Mahomes lanzó el ovoide el primer pase a la zona de anotación con Travis Kelce anotando el empate. 7-7. Y eso que Harrison Butker pateó mal y no pudo adelantar a los Chiefs. Al principio del segundo cuarto, A.J. Brown recibió un balón de Jalen Hurts de más de 45 yardas para poner por delante a los de Nick Sirianni. Todo estaba muy reñido en el terreno de juego. Y tan sólo transcurridos trece minutos desde la anotación de Brown, llegó una de las jugadas clave del partido, cuando a Hurts se le resbaló el balón e hizo que el fumble fuera aprovechado por Nick Bolton para llegar a la end zone y poner a los Chiefs con un empate a 14.

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No obstante, el quarterback de los Eagles enmendaría su error sumando su segundo touchdown por tierra y Philadelphia se volvería a ir al frente del marcador antes de pitar el final de la primera parte: 21-14. Tras el tiempo muerto obligatorio de dos minutos, llegaba la peor noticia para los de Andy Reid, cuando Edwards derribó a Mahomes, que calló mal y se volvió a lesionar el tobillo. Los rostros de todo el cuerpo técnico y los jugadores eran un poema. El de la estrella global también. Su rostro denotaba mucho dolor. Salió cojeando del campo.

La incertidumbre se ciñó sobre la Super Bowl, ya que todo estaba saliendo a la perfección, instaurada la rivalidad en una feroz igualdad. La historia escribirá que Mahomes es un jugador especial, un tipo tiene un nivel de dureza inigualable, un super jugador de otro nivel. Para colmo de males, los Eagles agregaron un field goal para finalizar la primera mitad y prolongar su ventaja a 24-14. El saldo comparativo a favor de los Eagles se patentizó en una posesión de balón de casi 22 minutos frente a los ocho de los Chiefs, con 44 a 20 en jugadas y un total de 270 yardas ante las 128 del oponente.

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Tras la actuación de Rihanna, se reanudó el juego con las dudas puestas en la salud de Mahomes. Todo parecía indicar que seguiría, pero los Eagles habían marcado un juego con Hurts completando 246 de las 270 yardas de los Eagles y acaparando la ofensiva de su equipo (con 17/22 en pases para 183 yardas y añadir 63 más), consiguiendo dos touchdowns y quedará en la retina ese pase monumental a Brown. Los receptores abiertos de los Chiefs no fueron del todo satisfactorios en esa primera mitad. Justin Watson, JuJu Smith-Schuster, Kadarius Toney, Skyy Moore, Marquez Valdes-Scantling y Marcus Kemp combinaron solo dos recepciones para 11 yardas. Los de Reid tenían que mejorar y la gesta de este deporte no entiende de lógica ni de estadísticas.

Y aunque el tiempo de posesión se contribuyó absolutamente a las luchas defensivas en la primera mitad, la segunda acapararía la habilidad mejorada para correr el balón y hacer factible un touchdown para Kansas City Chiefs a través de Isahiah Pacheco con la inteligencia y movimientos de un Mahomes que, pese a verse afectado por su lesión, parecía no entender de dolor y sí de pases y lanzamientos. Otra de las claves fue cómo los Chiefs jugaron dejando fuera a los Eagles y aliviaron la presión sobre Mahomes, menos implicado gracias al juego de sus compañeros. Pero el factor determinante residió en la valía de la pizarra de Reid, un explotador de recursos, un estratega capaz de hacer saltar por los aires cualquier partido. No le tembló el pulso por jugar otra Super Bowl. Utilizó múltiples delineaciones para que los jugadores se abrieran en la red zone y adelantaran su línea sin necesidad de emplear en exceso a Mahomes.

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El quarterbak de los Chiefs lanzó pases cortos, en una serie de 10 jugadas, consumiendo cinco minutos y medio. El resultado fue que Chiefs controlaran la posesión y corregirla una ofensiva tan reducida de posesión de balón en la primera mitad. A diferencia de la Super Bowl de hace dos años frente a los Tampa Bay, Reid supieron retroceder cuando fue necesario. El touchdown de los Chiefs por medio de Isahiah Pacheco, que entró en las diagonales tras una serie ofensiva sensacional de Mahomes, puso el partido con el punto extra en 24-21. A los Eagles, la serie ofensiva posterior podría haberles beneficiado, pero se conformaron con un field goal para ampliar su ventaja: 27-21.

Cuando comenzó el último periodo, Kansas asestó un duro golpe a los intereses de los Eagles con un touchdown de Forest Vance a pase corto de Mahomes. Era la primera vez que los Chiefs se ponían por delante en el marcador con 28-27. Habían recuperado 13 tantos. Nunca un equipo lo había logrado antes. Pacheco, elegido en la última ronda del draft de 2022, estaba on fire. Mahomes contaba además con el apoyo de una sólida línea ofensiva, por la izquierda con Orlando Brown Jr. y Joe Thuney , en el centro Creed Humphrey y por la derecha Trey Smith y el Andrew Wylie. Los de Reid lucharon contra viento y marea y le dieron la vuelta a la Super Bowl, promediando 8,6 yardas y con Mahomes venido arriba y corriendo 26 yardas con el tobillo hecho polvo.

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El susto de Mahomes y la resurrección de los de Kansas.

Tras un gran retorno de patada de Toney, colocó el ovoide en la red zone y Mahomes habilitó un pase corto a Sky Moore para que subiera el touchdown y clavara el penúltimo puntal en el ataúd de los Eagles. Aunque los de Philadelphia no habían dicho su última palabra y su oposición se hizo evidente con otra anotación de locura (la tercera) de un Hurts imparable. Faltaban 5:15 en el luminoso y la Super Bowl estaba empatada. Emoción por todo lo alto: 35-35. Reid sabía perfectamente que tenía el anillo en la mano y fue ejecutando jugadas con el objetivo de consumir el tiempo esencial para brindarle a los Eagles la posibilidad de mucho tiempo para remontar. Se produjo entonces la jugada determinante de la final. Cuando los City Chiefs se enfrentaban a un tercer down crítico en territorio de los Eagles para mantener su avance y agotar el tiempo antes de intentar el ansiado field goal con un valiente scramble de Mahomes de 26 yardas, apareció un pañuelo arbitral que decretó un holding a falta de 1:54 para el final por un posible agarrón de James Bradberry a Smith-Schuster.

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Muy controvertida esta decisión que pudo condicionar el marcador final. Los Eagles hubieran dispuesto de un drive final con unos 90 segundos restantes, tiempo de sobra para Jalen Hurts y compañía hubieran podido darle la vuelta. Carl Cheffers no dudó el pitar la infracción, con los de Kansas en ese primer down. Tampoco quiso McKinnon llegar a la red zone y frenó para dar más chance a su equipo. Mahomes se arrodilló y permitió a los de Reid el gol de campo de Harrison Butker al que, esta vez, no tembló la pierna para casi sentenciar la Super Bowl. Faltaban 11 segundos y el 38-35 solo podría haber sido roto por un Hail Mary, una jugada extrema en forma de lanzamiento largo utilizado en este tipo de jugadas en formación de shotgun. Muy complicado. Y el “todo o nada” no fructificó y los Kansas City Chiefs se erigían como los campeones de la Super Bowl 2023. Después de sus problemas ofensivos y defensivos, pudieron superar las trabas y jugársela con más seguridad al final. Muy meritoria la segunda parte de los Chiefs. Impecable en maniobras y desarrollo. Reid, héroe de la noche, se convirtió en el decimocuarto entrenador en la historia de la liga en ganar más de una Super Bowl. No necesitó otro anillo para validar su grandeza como una de las mejores mentes ofensivas del juego, como uno de los grandes nombres de los banquillos de la NFL.

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Uno puede pensar que Hurts no estuvo a la altura y todo el mundo se preguntará cómo el equipo que mejor jugó en el campo y una actuación sublime de su mariscal memorable se quedó sin el entorchado ante un rival feroz que, estratégicamente irradió brillantez. El dorsal 1 de los Eagles se convertía así en el segundo mariscal de campo en la historia de la NFL con tres touchdowns por tierra en unos playoffs, uniéndose a Otto Graham en la temporada de 1954. Es increíble que con lanzando para 304 yardas, corriendo para 70 y siendo artífice de los cuatro touchdowns de los Eagles no fuera el MVP ni viera como su equipo se llevaba la victoria. Philadelphia lo hizo todo bien, menos ganar el trofeo Vince Lombardi, lo que maximiza la figura de Mahomes y poniéndole en un pedestal debido a su servicio de esa imponente ofensiva multifacética. El wide receiver de los Chiefs, Kadarius Toney, fue también un elemento esencial, cuando apareció a lo grande en el último cuarto de esta LVII Super Bowl. Fue el encargado de poner arriba a su equipo 28-27 con ese touchdown aéreo. Pero, sobre todo, por establecer el récord de la historia de esta velada con el punt (devolución de despeje) más largo visto en estos partidos con 65 yardas para dejar el balón en la yarda 5 de Philadelphia. Algo que superó el de Jordan Norwood de los Denver Broncos, con una marca en devolución de patada de despeje de 61 yardas en la Super Bowl de 2016.

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Sólo una vez en la historia de estos enfrentamientos, un equipo que perdía por 10 o más puntos en la mitad de partido (2-26) fueron los Patriots cuando vencieron a los Falcons en el LI Super Bowl en la que fue, posiblemente, la mejor Super Bowl de la Historia. Los Chiefs sorprendieron a muchos analistas de la liga cuando cambiaron al velocista Tyreek Hill a Miami Dolphins con necesidad de versatilidad y profundidad ofensiva. Y con ello, y un trabajo colectivo han llegado a segundo título en cuatro años, sobreviviendo a un enemigo formidable y sobrepasando sus propias limitaciones. Y Mahomes, que ya era el quarterback más joven en ganar una Super Bowl en 2019, se coronaba no sólo como ganador del premio al mejor jugador de esta final en dos ocasiones en sus primeras cinco temporadas como titular, sino que se encumbra al olimpo de este deporte, al gran heredero de los grandes dioses de la NFL.

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En cualquier caso, y a pesar de la derrota, estos Eagles siguen configurándose como un equipo con el potencial de dominar las próximas ediciones de la liga, con futuro a corto y largo plazo excepcionales. Siempre que los Chiefs de Mahomes se lo permitan. Poca gente habló del último condicionante de esta inolvidable Super Bowl; tal vez condicionador de lo que sucedió en el rectángulo de juego del domingo; el estado de un césped cultivado en Scottsdale, Arizona, en West Coast Turf, a pocos kilómetros del estadio donde se disputó el evento.

Cuenta que este césped, denominado Tahoma 31, era una mezcla de dos tipos de bermuda y rye grass, perfeccionado por el doctor Yanqi Wu en la Universidad Estatal de Oklahoma. Pues bien, cuando la NFL gastó 800.000 dólares en esta hierba tan espectacular, no sabía que durante la Super Bowl se vieron todo tipo de resbalones, pérdidas de equilibrio, inestabilidad… Un desastre y un fracaso. Todo lo contrario de lo que mostraron los Eagles y los Chiefs luchando contra la adversidad. Esta LVII ha sido una oda al fútbol americano.

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Rihanna brilla con luz propia en la “otra” Super Bowl.

El Super Bowl halftime show es una parada imperiosa en el partido. Aglutina la mirada de millones de personas que, más allá, de la velada deportiva, enciende la televisión o sigue el acontecimiento por internet. Suponía el regreso de Rihanna, alejada de los focos desde 2018, cuando tuvo lugar su última actuación en vivo y sin lanzar un disco desde 2016. La narrativa de esta actuación se refería a que este sería su “retorno” al panorama musical. Y nada más. Así fue. La artista de Barbados había rechazado intervenir en la Super Bowl en la era Trump, apoyando a Colin Kaepernick y su gesto antirracista que despreció ese conato de presidente que, obviamente, se apresuró a manifestar que la actuación de Rihanna había sido la peor de cuantas habías visto. El año pasado, Eminem clavó la rodilla e hizo evidente que el discurso del Black Live Matter sigue presente en un deporte que evita discursos sociopolíticos tan necesarios e inevitablemente visibles como este. Rihanna reivindicó no sólo su raza con orgullo, también su género y la grandeza de anunciar al mundo su estado de buena esperanza de su segundo hijo, mientras acaricia su barriga. Un gesto que transformó el espectáculo de medio tiempo en un evento único.

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Aparte de eso, no puede negarse que su espectáculo no estuviera a la altura. Y nunca mejor dicho. La superestrella bajó de las alturas sobre una plataforma de cristal a 15 metros del suelo mientras cantó una miscelánea de los temas más reconocible de su repertorio. Trece minutos de en la que repasó casi dos décadas de carrera musical. Comenzó con Bitch Better Have My Money, y siguieron temas como Where Have You Been, Only Girl in the World, We Found Love, una fusión de reggae y RN’B de Rude Boy, Work, Wild Thoughts o Pour It Up. Se marcó unas versiones de temas de Kanye (All of the Lights y Run This Town), para acabar por todo lo alto con 4-5 Seconds (no hubiera estado mal una aparición inesperada de Paul McCartney) y, por supuesto acabó con uno de sus himnos más conocidos Umbrella y el perfecto colofón con Diamonds.

Rihanna no ha cobrado ni un dólar por su actuación, pero tampoco tuvo que pagar siete millones de dólares para poder actuar en la Super Bowl como hizo The Weeknd para llevar a cabo su show. Ahora es Apple Music y no Pepsi quien gestiona este tipo de actuaciones, que fue la que puso sobre la mesa los 10 millones de dólares que ha costado todo el tinglado de la cantante. Ahora preocupa más el aspecto musical que el de puesta en escena. No se produjo ninguna mezcla de actuaciones de invitados sorpresa, ni hubo cambios de escenarios. Rihanna, sin acompañamiento, interpretó los éxitos en un escaparate unificado que aprovechó su magnetismo y talento sin esfuerzo. Ella misma es suficiente. Muchas veces se subestima el poder del gusto y la visión del espectáculo como tal. Pero Rihanna es mucha Riahnna.

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No se cuestiona de esta forma que una estrella de perfil alto, elevada sobre el State Farm Stadium y los fuegos artificiales en el cielo de Arizona, fueran bastante para satisfacer la expectación global. Dejó claro que, por encima de las fortalezas y debilidades del espectáculo, todo funcionó a su favor. Sólo usó un traje, le bastó para contonearse sin mucho aspaviento, secundado por el entusiasmo de una legión de bailarines con capuchas blancas en una coreografía audiovisual impoluta. Rihanna sabe de qué va el rollo y en ningún instante perdió la mirada a cámara y siguió los ángulos de la actuación visual. Incluso se permitió hacer un guiño comercial a Savage X Fenty, marca de maquillaje a la que representa. Rihanna no defraudó, porque supo en todo momento quién es y qué representa. Así que persona, marca y entidad expuso el poder de su voz porque sin necesidad de probarse a sí misma ante nadie. El partido lo vieron 107 millones de personas. Cuando Rihanna bajó de las alturas, la audiencia alcanzó los 118 millones de espectadores. Así que en el State Farm Stadium la noche del domingo en el estado estadounidense de Arizona la artista dejó su condición de diva en lo alto de los halftime shows.

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Lo más destacado en el catálogo comercial.

Otro de los atractivos secundarios tiene que ver con la promoción comercial que se da cita en los intervalos del juego, en una publicidad por la que los anunciantes dilapidan millones de dólares en las campañas publicitarias más esperadas de año y que tienen lugar en un evento deportivo tan dimensional como la Super Bowl. Es el momento en que las marcas más importantes del mundo se enfrentan cara a cara al espectador para ganar su atención y hacer de unos pocos segundos una experiencia que capture su atención y los lleven en un viaje emocional o humorístico con un alcance económico mundial. Por cada medio minuto, este 2023 se ha alcanzado la cota de pago más elevada de la historia: cada uno de ellos cuesta entre 6,5 y 7 millones de dólares. Y es que supone un indicador de la cultura popular, reflejo de las tendencias sociales del momento. Los anuncios de la Super Bowl pueden considerados como un arte y piezas de culto en sí mismas, una ciencia o una herramienta poderosa para las empresas que buscan llegar a una audiencia global.

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Las cervezas Budweiser, Stella Artois, Beck’s, Bud Light o Skol, todas pertenecientes a la marca Anheuser-Busch han acaparado la parrilla publicitaria en las treguas deportivas. Por ejemplo, algunos de los más destacados fueron los protagonizados por Steve Martin y Ben Stiller para Pepsi, el de Bryan Cranston, Aaron Paul y Raymond Cruz dando vida a sus respectivos personajes de la mítica serie Breaking Bad para la marca de snacks Popcorners. En ese énfasis de revivals, Alicia Silverstone volvió a las aulas de Clueless para anunciar Rakuten. Doritos, otra marca siempre presente en este espacio, contó con Jack Harlow y Missy Elliott. Y rostros del cine como Adam Driver pusieron su imagen multiplicada por muchos más Drivers en el spot de Squarespace o las cómicas Maya Rudolph para M&Ms, Melissa McCarthy en plan diva para Booking.com y la protagonista de The Big Bang Theory Kaley Cuoco haciendo lo propio para Priceline.

Avocados from Mexico lleva años siendo un sello importante dentro de la Super Bowl, siempre apostando por la comedia. Y este año contó con Anna Faris para imaginar un Edén futurista en la que, sin evolucionar en cuanto a vestimenta, todo el mundo está enganchado a los aguacates. Will Ferrell con General Motors y Netflix también puso una nota divertida a la publicidad de los intermedios. La marca de mayonesa Hellmann’s captó a Jon Hamm y Brie Larson y los redujo para meterlos en un frigorífico y hacer un gag con sus propios apellidos. Sylvester Stallone le hizo un homenaje a su éxito Máximo Riesgo para Paramount+.

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Uno de los favoritos de la audiencia este 2023 fue la historia de Ava y Bear en Forever para The Farmer’s Dog. Amazon no podía faltar a la cita. Y Dunkin’ con Ben Affleck, la Bud Light Hold, T-Mobile con John Travolta, Zach Braff y Donald Faison o Workday reunió a clásicos del rock como Ozzy Osbourne, Gary Clark Jr., Joan Jett, Billy Idol y Paul Stanley. La cerveza Busch Guide con el montañismo y el lobo, la boda de los bebés en E*TRADE o el emotivamente católico de He Gets Us también calaron en la dinámica de comerciales de la noche. El escaparate universal de la Super Bowl es otro de los reclamos para los avances cinematográficos más esperados del año. Uno de los más sorprendentes fue el de Flash, con DC y Warner creando multiversos con el veloz personaje desplegado en el rostro de Ezra Miller y con dos Batmans conocidos, Michael Keaton y Ben Affleck. Y con Maribel Verdú, nada menos.

Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, Scream VI (que recupera a Courteney Cox, pero no a Neve Campbell), otra de Transformers o el cierre de la trilogía de Creed, sin Stallone, pero con Michael B. Jordan delante y detrás de las cámaras fueron otros de los espectaculares tráilers de la noche. Si hubiera que destacar los más sugestivos; Guardians de la Galaxia Vol. 3, el cierre de la trilogía de James Gunn, la enésima Fast & Furious que se titula Fast X por la que desfilan todos y cada uno de los rostros que han protagonizado las anteriores y a la que se une Jason Momoa como villano y, por supuesto, la quinta entrega de Indiana Jones con Harrison Ford como el eterno arqueólogo bajo las órdenes de James Mangold y la música del genio John Williams.

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