Unai Simón, trofeo Yashin 2026: cuando ser buen compañero es lo importante

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Unai Simón sostiene el Trofeo Yashin sobre el escenario del London Palladium, con esmoquin y pajarita

Los guantes y los principios: la lección de Unai Simón al fútbol moderno

El guardameta del Athletic Club se corona con el Trofeo Yashin en una gala diseñada para el artificio. Su discurso, alejado de los focos, reivindicó a sus maestros, la amistad, el arraigo a un club y el valor de ser un buen compañero por encima del éxito deportivo y los contratos millonarios.

Anoche unos cuantos nos pusimos delante de la pantalla para ver la entrega en el London Palladium, la gala del Balón de Oro 2026. Nos interesaba poco, en realidad, el palmarés íntegro de la velada. Albergábamos poca fascinación por saber a quién había designado la revista France Football como el futbolista más destacado de la temporada. Tampoco la alfombra, los focos, los patrocinadores, la música épica o la escenografía del enorme teatro del barrio londinense de West End. Teníamos la esperanza puesta en ese chaval de Murgia, un guardameta al que conocemos desde hace años y que, en ciertos círculos ajenos a la competitividad, suele pasar desapercibido en estos saraos. Pero allí estaba, favorito para llevarse el Trofeo Yashin.

«Me encantaría ser el mejor portero del mundo, pero siendo parte de este club. Creo que eso es algo muy ambicioso».

(Unai Simón)

Esta frase la pronunció el 24 de mayo de 2024, el día en que se anunció oficialmente su renovación con el Athletic Club hasta 2029. La empresa era poco menos que una utopía, pero cuando el portero danés Peter Schmeichel anunció al ganador, Unai Simón había hecho realidad ese sueño. Era, a todos los efectos, el mejor portero del mundo. Los athleticzales saltamos como si se tratara de un gol importante. En realidad, lo fue.

Unai Simón, con la camiseta azul de la selección, sale a cortar el balón ante Lionel Messi en la final del Mundial

Empecemos por los datos. Durante el último año se puso en duda la valía como guardameta de Unai en la selección, abriendo un absurdo debate impulsado, como siempre, por quienes desprecian lo que no es suyo con argumentos espurios. En el Mundial de México, Estados Unidos y Canadá, disputado del 11 de junio al 19 de julio, Unai Simón iba a dejar la portería a cero en siete partidos. No es que estuviéramos asistiendo a una de las actuaciones más asombrosas en un campeonato del mundo, es que marcaba un récord en la historia y tres más que cualquier otro portero del torneo. España encajó un solo gol en ocho partidos, el cabezazo de De Ketelaere en cuartos. Ninguna selección campeona había encajado nunca tan poca renta. Su porcentaje de paradas fue del 91,7 %, el más alto del campeonato. Y batió el récord de imbatibilidad en Mundiales: 649 minutos seguidos sin recibir un gol, por encima de los 517 de Walter Zenga en Italia 90.

Hay quien disecciona la cifra de las paradas (catorce en todo el torneo) para utilizarla como reproche, otra vez desde el desprecio injusto: «no tuvo trabajo», «casi no tocó balón», «fue un espectador más»… Pues bien, todo fue justo al revés. Lo que hizo Unai fue evitar que hubiera paradas que hacer. Fue el guardameta con más intervenciones como líbero del Mundial (22) y el que más balones aéreos atrapó (8). El análisis táctico del vídeo de Ziad Ben Younes lo enseña plano a plano: la defensa adelantada de España funcionaba porque detrás había un portero colocado a treinta metros de su línea, cerrando la espalda de los centrales antes de que el pase llegara a existir. El sistema de Luis de la Fuente funcionaba con rapidez precisamente por la velocidad y valentía de Unai. Sin él, muchos balones a la espalda hubieran sido peligrosos y otros, jugadas de gol.

En octavos, ante Portugal, voló para sacar un cabezazo de João Félix y, en la misma jugada, se quedó con el balón que buscaba Cristiano. En la semifinal de Dallas salió dos veces lejos de su área para cortar a Mbappé: en el 41, despejando un pase al hueco que dejaba al francés solo ante él; en el 81, metiendo la cabeza antes que el delantero y tapando después con el cuerpo, sobre la línea, el disparo de Doué. En la final, a los cinco minutos, salió corriendo casi cuarenta metros para cortar un balón al hueco antes de que lo alcanzara Messi. ¿Consecuencia? Argentina no tiró ni una vez entre los tres palos en el partido —prórroga incluida—. Eso no sale en los highlights, pero es el resumen de todo.

Unai Simón posa con el Trofeo Zamora junto a José Ángel Iribar ante el panel de patrocinadores de la entrega

Lo de Unai, para los que no conocen bien su trayectoria, no es nuevo, ni un año aislado: Zamora en 2023-24, el primero de un portero del Athletic desde José Ángel Iribar; campeón de Europa en 2024; segundo en el Yashin aquel año —que ya debió ganar antes que Emiliano Martínez—. Este año, con todo el respeto y honor, era el merecido y justo ganador. Aunque podían habérselo vuelto a negar, porque nada estaba escrito. Durante meses, la pregunta en la sala de prensa de la selección fue siempre la misma: ¿y Joan García? ¿Y David Raya? Debate legítimo, porque España tiene tres porteros de nivel mundial, pero planteado a menudo como dictamen. De nuevo la parcialidad; Unai era titular por inercia, por fe del seleccionador. Luis de la Fuente acabó contestando, harto: «Unai Simón es indiscutible». Los hechos le dieron la razón con la crueldad de la verdad. El récord de imbatibilidad arrancó justo después del gol de Japón en Qatar 2022, aquel partido en que un pase arriesgado de Unai convirtió su juego con el pie en tema nacional. Allí donde lo dieron por amortizado, empezó a sumar para la selección.

Y, como es habitual en él, nunca levantó la voz con ninguna declaración de despecho, ni una indirecta. Después del Mundial, cuando ganó el trofeo al mejor portero del campeonato —otro galardón a la vitrina— dijo que todo se lo debía a sus compañeros. Ayer, en Londres, fue más lejos, porque le dedicó el trofeo a David Raya y a Joan García, sus competidores directos, sus suplentes: «Esto no sería posible sin vosotros». Es la mejor respuesta a quienes lo cuestionaron. No la dio en contra de nadie, la dio a favor de todos. Ese es Unai Simón.

Unai Simón agradece el premio ante dos micrófonos, con el trofeo dorado a su lado y varios invitados al fondo del escenario

La portería heredada: del legado de Iribar a la gloria

Pero lo importante de anoche no fue el Trofeo Yashin. Fueron las palabras con las que lo retribuyó. En una gala diseñada para el brillo, donde los discursos suelen ser un inventario protocolario de gratitudes al club, al agente, al entrenador… Unai empezó por el principio. Por los suyos. Por sus padres y su hermano, que le educaron en unos valores antes que en una posición. Primero vienen los principios y luego los guantes. Por su novia, refugio y oasis en un mundo que él mismo denominó como caótico. Por esa cuadrilla de la infancia con la que lleva más de veinte años quedando y que le recuerda que la mayoría de los que ocupaban aquel patio de butacas «somos unos privilegiados». Lo dijo en un teatro lleno de los futbolistas mejor pagados del planeta. Hace falta valor para recordarle a esa sala lo que es, y para reivindicar delante de ella la infancia, la amistad, el pueblo, todo aquello que nunca debería perderse por el camino.

Luego vinieron los compañeros y maestros. Iñigo Lekue, al que también nombró anoche, lo dijo desde el balcón del Ayuntamiento el día de la última gabarra: «todos somos del Athletic por algo y, sobre todo, por alguien». El alguien de Unai tiene nombre y apellidos. Uno es Koldo Asua, el Profesor, que ya no está; el hombre que durante años cuidó en Lezama de multitud de chavales y de sus familias, y que le enseñó a mirar el fútbol desde otra perspectiva, más cerca de las personas que del terreno de juego. El otro es el Txopo. José Ángel Iribar, ochenta y tres años, dieciocho temporadas con la zurigorri, el mismo que bajó al césped de Vallecas para abrazarle el día que ganó el Trofeo Zamora, cincuenta y cuatro años después del suyo. La portería de San Mamés tiene genealogía, como las casas antiguas; Blasco, Carmelo, Iribar, Zubizarreta. Unai se refiere a ella como una herencia, algo que nunca te pertenece del todo y que estás obligado a devolver mejor de como lo encontraste. Un maestro que no deja de enseñar y un alumno que no deja de aprender. Ahí está, en gran parte, la cadena entera del Athletic.

Unai Simón sonríe junto a un compañero que luce una bufanda de Txapeldunak mientras sostienen la Copa del Rey

Después llegó la frase que debería colgarse en todos los vestuarios de cantera: «En el fútbol, más allá de títulos, de ganar partidos y de reconocimientos individuales, lo importante es ser reconocidos por ser buenos compañeros y buenas personas. Es el legado que uno deja cuando esto acabe». Qué paradoja más hermosa, el mejor portero del mundo diciendo, con el galardón dorado en las manos, que el trofeo es lo de menos.

Habrá quien lo llame ñoño. O nostálgico. Pero lo cierto es que, en este fútbol de superclubes y plantillas convertidas en catálogo, ganar se ha vuelto un trámite, una burocracia de la victoria en la que ya no se llora ni se celebra con desaforo. Nuestros hijos crecen admirando a ídolos multimillonarios que celebran humillando al rival con bailes estrambóticos, que besan escudos hasta la siguiente oferta, que miden su carrera en contratos y en seguidores. En el patio del colegio se aprende pronto que quien no gana es porque no lo merece. Y que el mejor portero del mundo le diga a un niño que lo que perdura es haber sido buen compañero no es cursilería. Es una necesidad. Es una pedagogía que el fútbol parece haber extinguido y que, en el Athletic, con todas sus contradicciones, no se ha dejado de impartir nunca.

Unai Simón y un compañero del Athletic ríen durante un entrenamiento ante un seto, uno con camiseta roja y otro con camiseta azul marino

Y al final, como no podía ser de otro modo viniendo del club que procede, el arraigo. «He aprendido a amar a un club como es el Athletic, un club que me lo ha dado todo. He aprendido a amar sus colores, su historia y, sobre todo, a una afición a la que estoy eternamente agradecido». Detengámonos en el verbo: aprender. El Athletic Club se aprende como una lengua materna, sin darse cuenta, con los años. Unai entró en Lezama con catorce. Desde entonces ha tenido tiempo de entender que juega en un club fundado en 1898 que se empecina, contra toda lógica de mercado, en competir solo con los suyos. El equipo de los once aldeanos. El que hizo de la cantera una manera de estar en el mundo.

Hace años que repite, bastante irritado, que no piensa irse, que estará en Bilbao hasta que el club decida lo contrario. Hay una frase de Leguineche que siempre rescato y que resume mejor que nada esta idea: «la patria es la infancia y la patria termina siendo el Athletic». Por eso, en el mismo discurso, la cuadrilla de Murgia y la grada de San Mamés ocupan el mismo lugar. Porque, al fin y al cabo, son la misma cosa. Mientras todo se compra y se vende, Unai pertenece a algo. No es un activo. Es parte de un sitio especial. En un fútbol de inquilinos, con contratos de temporada y fidelidades con fecha de caducidad, Unai es de los que tienen casa.

Unai Simón, con guantes naranjas y camiseta azul, besa un trofeo con el brazo en alto ante las gradas desenfocadas

Albert Camus jugó de portero en el Racing Universitario de Argel y escribió que lo que más sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Pero lo que ilumina de verdad el discurso de Londres es lo que hizo el escritor tras ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1957. Lo primero que escribió fue una carta a Louis Germain, su maestro de escuela. Sin aquella mano afectuosa tendida al niño pobre que él era, nada de aquello habría sucedido. El premio solo le servía de excusa para dar las gracias. Unai hizo lo mismo con Koldo Asua cuando le dieron el premio al mejor portero del planeta: lo devolvió enseguida a quienes le enseñaron a merecerlo, a Asua y a Iribar. Para Unai, el título más grande es lo colectivo.

Nadie habría imaginado nunca a un portero del Athletic, de un club que solo juega con los suyos, ganando el Yashin. Pero eso es lo de menos. Lo que ganó en Londres fue otra cosa bien distinta. Unai se granjeó la admiración por lo que defiende, el respeto por su tejido humano. Lo importante es que ha dado buen ejemplo. Y debemos estar orgullosos de este chaval por ello.

Unai Simón grita con los puños apretados, con la camiseta negra del Athletic y la grada desenfocada al fondo

Podríamos repasar el resto del palmarés de la noche. Harry Kane, Balón de Oro. El PSG, club del año. Con una excepción: Luis de la Fuente, Trofeo Cruyff, que vivió los años de la gabarra con la camiseta rojiblanca y lleva años restándose méritos para dárselos a sus jugadores. Fuera de eso, lo demás es fútbol, boato, una gala interminable, un escaparate.

Mañana nadie recordará qué llevaba puesto cada uno en el Palladium. Ni siquiera el floripondio a modo de planta del Mundo del Revés que llevaba Lamine Yamal en la solapa. Dentro de veinte años, algún niño de Murgia, de Bilbao o de cualquier lugar del país seguirá quedando con su cuadrilla y amigos de siempre, y ese mismo sábado habrá un chaval en la portería de un campo de tierra que no sabrá que el mejor portero del mundo dijo una noche en Londres lo mismo que le enseñó su padre. Esa es la parada que no sale en las estadísticas.

Aupa Unai. Futbolak zu bezalako atezainak behar ditu.

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