Los hermanos Dardenne ganan su segunda Palma de Oro

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Los hermanos Dardenne ganan su segunda Palma de Oro - foto

Los hermanos Dardenne han vuelto a ganar la Palma de Oro del prestigioso festival de cine de Cannes por su última película L’Enfant. Hace seis años Rosetta obtuvo el preciado galardón y además se llevó el premio de interpretación femenina. Hay que destacar asimismo que Jim Jarmusch ha ganado el Gran Premio del Jurado por su nueva película ‘Broken Flowers’, que le ha unido al totémico Bill Murray, mientras que Michael Haneke ha sido reconocido como Mejor Director por Oculto.

Hasta que llegue a nuestras pantallas la nueva Palma de Oro, se me presenta una excepcional oportunidad para hablar de su anterior máximo premio en Cannes. Una de esas películas que permanece imperecedero en la memoria del que la ve. Una obra maestra sin paliativos. Si hay algo que define Rosetta es su condición de arriesgada, depositaria de una fascinación e irrevocabilidad pocas veces vista en una película. Esta espléndida película de los Dardenne despliega una historia radical y valiente, real como la vida misma, empapada de un verismo cruel, siempre auténtico, centrada en el inclemente día a día de una joven asfixiada por un entorno amenazador y opresivo, recurriendo a la iracundia para defender un empleo que sirve como purga a las pobres y patéticas condiciones de vida que le ha tocado vivir.

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Rosetta se podría encuadrar en el cine social europeo (con el problema laboral como telón de fondo), reflejo del sufrimiento obrero de las personas más desfavorecidas socialmente, del luchador que diariamente intenta salvar los obstáculos que le pone la vida. Pero muy al contrario de lo que se pueda pensar en un primer momento, la inmejorable Rosetta no incluye entre líneas ningún tipo de mensaje compasivo circunscrito a la emotividad del espectador. En Rosetta el público está obligado a sufrir y padecer las contrariedades que traumatizan a la joven protagonista interpretada por una magistral y sublime Émilie Dequenne, llevándole constantemente a sus espaldas, como si de una segunda piel se tratara, sin despegar ni un solo plano de la película la sincera cámara al hombro que la persigue, como si el espectador estuviera obligado a respirar la misma amargura que asedia a la chica.

El resultado de todo este comprometido y magnífico ejercicio cinematográfico es la aproximación más honesta y humana al sufrimiento de una persona que se ha visto en los últimos años, a la pugna que mantiene con su hábitat para sobrevivir (las espléndidas secuencias de la pesca con botella y sus argucias para salvaguardar las únicas botas que tiene), para vivir dignamente y poder trabajar como catarsis a esa inclemencia vital que padece el personaje principal constantemente.

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Los ojos de esta criatura acorralada y doliente miran incólumes la vida, la sociedad moderna aparentemente en desarrollo, que engloba otras comunidades paralelas subdesarrolladas y desamparadas como la que en este filme se muestra. Un submundo en el que la violencia, la traición y la aflicción imperan en las vidas de gente que apesadumbra a la protagonista. Si una virtud (de las muchas que tiene) destaca en esta rotunda obra maestra, es la perspectiva de los Dardenne para describir el mundo en el que vive Rosetta, sin efectismos, de forma pura, sin compasión, como si de un grito de furia y desespero se tratara, conjugando arte y documental, vida y cine.

Rosetta es por tanto una película necesaria, que se hace inmensa por la sencillez, por la ternura con la que está contada. Y esa modestia y humildad la convirtieron en una película necesaria que, después de los años, se ha solidificado como una obra maestra.

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