Matthew Perry, un cómico excepcional

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Matthew Perry riendo en un retrato en blanco y negro, con jersey oscuro sobre un fondo de seto verde

(1969-2023)

Matthew Perry y el sarcasmo como escudo

Matthew Perry fue cómico con más talento de la televisión de los 90 mientras libraba, fuera de plano, la guerra más sucia contra sí mismo. Ha muerto a los 54 años, un año después de contarlo todo en un libro, y su muerte destapó además una trama criminal alrededor de su vulnerabilidad.

El 28 de octubre de 2023, en su casa de Los Ángeles, murió Matthew Perry a los 54 años. Conviene ser exactos, porque alrededor de esta muerte circuló de todo: el informe del forense del condado de Los Ángeles determinó como causa los «efectos agudos de la ketamina», con el ahogamiento en la zona climatizada de su piscina como factor secundario, y la enfermedad coronaria y la buprenorfina —medicación para su trastorno por consumo de opioides— como contribuyentes. Los niveles del anestésico en su organismo eran propios de una anestesia general quirúrgica, imposibles de explicar por la sesión de terapia con ketamina que había recibido semana y media antes. La muerte se declaró accidental. No hubo infarto, como se dijo en las primeras horas: hubo una sustancia, suministrada en dosis brutales, sobre un cuerpo llevado al límite por décadas de adicciones.

Y hubo, después, algo todavía más sombrío: una investigación criminal que imputó a cinco personas, dos médicos incluidos. Su propio asistente personal, Kenneth Iwamasa, le inyectó al menos tres dosis de ketamina el día de su muerte; el proveedor conocido como el traficante de ketamina de North Hollywood acabó condenado a quince años de prisión federal. La radiografía es tan nítida como repugnante: alrededor de un adicto famoso, rico y frágil se organizó una pequeña industria dispuesta a cobrarle la sustancia que lo estaba matando. Perry pasó media vida pidiendo ayuda; parte de quienes lo rodeaban prefirió pasarle factura.

Matthew Perry joven en los años noventa, con chaleco negro sobre camisa azul, gesto pensativo con la mano en la barbilla, sobre un fondo de pared de hormigón

Nada de esto se intuía en 1994, cuando la NBC estrenó Friends y el mundo conoció a Chandler Bing. De los seis del sofá, Perry era el mecanismo de relojería: el rey de la réplica instantánea, el inventor de una cadencia —esos énfasis desplazados, esa manera de subrayar la palabra menos esperada— que una generación entera incorporó a su forma de hablar sin darse cuenta. Chandler era el amigo que convertía la inseguridad en chiste antes de que doliera, el que usaba el sarcasmo como otros usan el paraguas. Diez temporadas, de 1994 a 2004, bastaron para volverlo eterno: pocas comedias han dado un personaje tan querido, y pocas veces un actor ha estado tan milimétricamente fundido con su criatura.

La ironía negra es que aquella máquina de precisión cómica funcionaba mientras su operario se desmoronaba. Perry contó después que apenas recordaba temporadas enteras de la serie, sepultadas bajo el alcohol y los opioides. El dato más elocuente de su carrera es también el más triste: su única nominación al Emmy por Friends llegó en 2002, por la novena temporada, la única que rodó completamente sobrio. Cuando el actor pudo por fin trabajar limpio, la excelencia se hizo visible hasta para la Academia de la televisión. Después llegaron otras dos nominaciones, por El ala oeste de la Casa Blanca (2003) y The Ron Clark Story (2006), confirmando que había allí un intérprete dramático serio esperando su turno bajo el uniforme del gracioso.

El reparto de Friends caminando sonriente por la calle en una escena de la serie, con Matthew Perry en el centro, de traje y corbata

Ese turno llegó, aunque no en la ficción. El 1 de noviembre de 2022, un año exacto antes de su muerte, publicó sus memorias, Friends, Lovers, and the Big Terrible Thing, y ejecutó el gesto más valiente de su vida pública: contarlo todo. Las décadas de alcoholismo, las recaídas, los hospitales, las cifras obscenas gastadas en desintoxicaciones, el cuerpo destrozado. Él mismo narró el audiolibro, con esa voz reconocible entre un millón, y dejó dicho que aspiraba a ser recordado menos por Chandler que por haber ayudado a otros adictos a mantenerse a flote. El libro se lee hoy como lo que quizá siempre fue: una despedida meticulosa escrita por alguien que conocía demasiado bien las estadísticas de su enfermedad.

Queda la dualidad, que es su verdadero retrato: el hombre que repartió más risa por minuto que nadie en su década y que apenas pudo quedarse con un poco para sí. Queda Chandler Bing, refugio universal de las tardes malas, reponiéndose eternamente en todas las pantallas del planeta. Y queda una lección que su muerte volvió urgente: detrás del que siempre bromea puede haber alguien nadando contra la corriente desde hace años. Podría ESTAR más claro, habría dicho él, con el énfasis en el sitio exacto.

D.E.P.

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