Jean-Paul Belmondo, la sonrisa canalla de la Nouvelle Vague

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Retrato en blanco y negro de un joven Jean-Paul Belmondo, con el pelo revuelto y mirada de perfil

(1933-2021)

Bébel y una manera única de ser

Jean-Paul Belmondo murió como quiso vivir: sin aspavientos se apagó uno de los rostros más reconocibles del cine. Se va una manera de caminar, de fumar, de sonreír de medio lado mientras el mundo ardía.

Cuando Godard lo plantó delante la cámara como Michel Poiccard en Al final de la escapada (1960), con el sombrero de Bogart, el cigarrillo eterno y el pulgar recorriéndole los labios, el cine francés cambió de gramática en noventa minutos. Poiccard o Laszlo Kovacs, era un ladrón de coches enamorado y charlatán. Un jeta que corría hacia su bala final con una desfachatez que ningún galán de mandíbula perfecta habría sabido darle en Hollywood. La Nouvelle Vague encontró, sin quererlo, un rostro que rompiese los moldes y arquetipos. Lo encontró uno que directamente lo tiraba a la basura. Ese era Jean-Paul.

Lo que siguió después fue medio siglo de idilio con su país: el cura de Léon Morin, prêtre (1961), el hampa elegante de El confidente (1962), la aventura desatada de El hombre de Río (1964), la guerra de Week-end en Zuydcoote (1964). Junto a Alain Delon y Louis De Funès conformó el triunvirato que sostuvo la taquilla francesa durante décadas: cerca de 160 millones de espectadores pasaron por sus películas en 50 años de carrera. Muchos de ellos atraídos por un reclamo que era leyenda: Bébel, como se le conocía en el país galo, rodaba él mismo sus escenas de riesgo, colgado de helicópteros y saltando entre tejados, con la alegría física de un actor que, antes que Tom Cruise, nunca dejó el gimnasio y rehusó del doble de acción. «El boxeo es la vida», resumía. Y su cine fue eso: juego de piernas, encaje, contragolpe.

Jean-Paul Belmondo ya mayor, con el pelo blanco y esmoquin, sonríe mirando hacia arriba sobre fondo negro

El reconocimiento llegó tarde, como corresponde a los que hacen que todo parezca fácil: el César al mejor actor por El imperio del león (1988), la Palma de Oro honorífica en Cannes (2011), el León de Oro de Venecia (2016), el César de honor (2017)… Todo tarde y a destiempo, como en los reconocimientos cinematográficos a las grandes leyendas. Él lo observaba todo con la tranquilidad del que no debe nada: «Yo diría que he hecho todo lo que he querido», dijo.

Nació el 9 de abril de 1933 en Neuilly-sur-Seine, hijo del escultor Paul Belmondo y de la pintora Sarah Rainaud-Richard. De ese matrimonio de artistas del arte doméstico heredó justo lo contrario de lo esperable: rostro de boxeador y sonrisa pícara. Boxeó, de hecho, como amateur en su juventud, antes de pasar por el conservatorio nacional de arte dramático, y aquella nariz castigada resultó ser su fortuna. Se va el rostro imperfecto que enseñó al cine moderno que el encanto se conquista a puñetazos y carcajadas.

Francia y el cine pierden a su golfo más querido.

Adieu, Bébel. Qu’il repose en paix.

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