La primera oportunidad como aspirante al título del boxeador José Luís Pacheco llegó contra González Dopico, en diciembre del 71, repitiendo derrota en el 74. La tercera vez que abordó el asalto al título se vería las caras contra Fajardo, que le arrebataría unos meses antes el cinturón de campeón, el 11 de enero de 1975. El 10 de octubre de 1975, en un multitudinario combate por el cinturón de campeón de España de peso welter disputado en el Palacio de los Deportes de Madrid, se enfrentaba al tinerfeño Moisés Fajardo, exolímpico en México 68. Era la cuarta y definitiva candidatura por abordar la dinastía del peso. El periodista deportivo Julio César Iglesias le puso el apelativo de guerra “Dum Dum”, modelo de proyectil conocido como balas expansivas que ampliaban su diámetro expandiendo aún más su potencia y fuerza. Aquel combate a doce asaltos acabó en el cuarto, con una exhibición de fortaleza e ímpetu de un boxeador que arrasó a un rival que venía demostrando habilidades técnicas sólidas. Pacheco era una fuerza de la naturaleza. Con 26 años lograba por fin el entorchado. Con aquella victoria, el fiero boxeador comenzó una exitosa carrera que lo llevó a ser el número uno de Europa y el décimo en el ranking mundial.
La historia de José Luis Pacheco va más allá de su condición pugilística. Nació en 1949 en el barrio de Lavapiés y desde pequeño mostró un carácter impetuoso. Era un niño de mirada desafiante y rocosa que terminaría por hacer de él un personaje marginal. La carestía de educación y la falta de dinero le llevaron muy pronto a ejercer la delincuencia callejera. Su contacto con la muerte tiene lugar a edad temprana, cuando, jugando al lado del Manzanares, sale mojado del agua con un amigo, Jorge, un chaval gitano, que le reta a subir a un poste eléctrico. Antes de llegar al pináculo, el chiquillo cayó fulminado ante la mirada de Pacheco. Murió en el acto, calcinado. Su infancia la pasó en la calle Alejandro Dumas, lo que era la calle Cambroneras, ubicación que albergó durante años la construcción del Nuevo Estadio Manzanares, renombrado Vicente Calderón años después.
Una zona de poblados chabolistas que se fue desalojando con la irrupción de proyectos urbanísticos como la canalización del río Manzanares, que comenzó en 1952. Una iniciativa del franquismo como objetivo de reutilizar los márgenes como nuevas áreas de residencias debido al crecimiento demográfico de la capital. La morfología inmobiliaria de Madrid es fundamental para entender la estructura narrativa de Todo el odio que tenía dentro, de Servando Rocha (Editorial La Felguera).
Aquel Plan de Urgencia Social (PUS), auspiciado por el recién creado Ministerio de la Vivienda, fue edificando la ciudad de la mano de promotoras inmobiliarias del sector privado. Debido a la construcción de aquel campo de fútbol, los Pacheco se vieron obligados a vivir en Carabanchel, a pocos metros del correccional madrileño. En la salvaje autobiografía del exboxeador Mear Sangre, publicada en 1976 y que, por otro lado, ha reeditado recientemente Autsaider Cómics, el propio Pacheco muestra una trayectoria salpicada de dureza, marcada por la carestía y humildad de su familia y una fuerza innata en la naturaleza de aquel chaval de Lavapiés.
En ella rememora que su interés por el boxeo provino al observar televisivamente el 27 de enero de 1961 el combate para el recuerdo entre el mítico Fred Galiana (que por entonces era campeón de Europa) y Davey Moore, por entonces campeón mundial de peso pluma. Aquel día Galiana se retiró ante la ferocidad del púgil nacido en el Bronx. En el cuarto asalto, el español abandonó, perdiendo una de las bolsas más altas jamás vistas en España y siendo desposeído del título nacional. Sin embargo, más allá de esa pelea, Pacheco entraría en el universo pugilístico en un entorno más hostil y extremo, ya que se curtió en la cárcel. Allí supo convivir en medio de palizas y respirando la violencia y los abusos entre reclusos que le incitaron a protegerse en la lona del gimnasio del recinto penitenciario, causa y raíz natalicia de su condición de campeón . Su talento nace de la necesidad. El odio al que alude el título de esta magnífica composición literaria se origina entre estos barrotes, extirpando la ira y el infortunio con unos guantes de boxeo.
La primera vez que pisó las frías paredes de la pestífera cárcel de Carabanchel lo hizo cuando contaba con dieciséis años, siendo apenas un crío. Robó con un amigo una farmacia y huyeron en un automóvil. Tras una escapatoria de la policía, él logró evadir a la justicia. Su amigo no y, bajo tortura, confesó la identidad de su cómplice. Pacheco acabó con sus huesos en el masificado y mefítico correccional. Allí regresó varias veces. En la citada autobiografía, el boxeador confiesa el respeto mutuo con un tal Carrión, patibulario vigilante de las celdas de castigo que simbolizaba la deshumanización de los funcionarios, un ex policía y preso de confianza que se encargaba de amedrentar a los reclusos con un abuso de poder inusitado. También de su experiencia en primera persona con uno de los personajes más funestos y desagradables del sistema represor del franquismo. Aquel indeseable asesino llamado Juan Antonio González Pacheco, más conocido como “Billy el Niño”, un policía grotesco, bajito, de ojos saltones muy desagradables, indigno de pertenecer al género humano y que profesó el miedo sádico de aquel ominoso ejecutor del castigo con el albedrío que le dio la complicidad de una dictadura atroz.
Su raza de supervivencia se puso a prueba brutal en los calabozos de la Dirección General de Seguridad de la puerta del sol, entre paliza y paliza. En las “celdas bajas” de la cárcel llegó a estar 120 días encerrado, llegando hasta límites mentales insospechados. En prisión coincidió con célebres reclusos de la España de entonces, como Eleuterio Sánchez “El Lute” y Raimundo Medrano o rostros conocidos como Jesús Gil y Antonio Gades. Se producirían dos acontecimientos que marcaron para siempre la vida de Pacheco; en 1969 la muerte de un hermano pequeño, Juanjo. Tras una súbita y grave enfermedad, le dieron un permiso para visitarle. Una vez en el Hospital, en su presencia, vio como su hermano fenecía ante su atónita mirada. La segunda, se jugó la vida por salvarle la vida al cura de la prisión, Saturnino García Guirao. Fue el punto de giro que dejaría atrás su época delictiva.
Los barrotes quedaron atrás y en 1966 se puso en manos del entrenador argentino José Buenaventura “Pampito” Rodríguez, afamado y querido coach de grandes boxeadores como Fred Galiana, Miguel Velázquez, Tito Gómez, Cesáreo Barrera, José Ungidos o Pedro Carrasco, entre muchos otros. Como amateur, “Dum Dum” arrasó en el ring. Según sus palabras, saldó su recorrido como aficionado con “90 victorias con poco menos de 100 peleas”. Durante ese periodo, entró en la Legión de Ceuta el Duque de Alba. Allí, bajo esa falsa esfera autoconsciente de valores como compañerismo, pundonor y conciliación, subvirtieron su vida en la encrucijada de honorabilidad del ejército y el catecismo marcial, que contrastaban con su falta de disciplina y de contención. En el tercio fue un ídolo muy popular. Y desarrolló el prolegómeno de lo que sería una carrera profesional muy notable en el cuadrilátero. Su indocilidad y desenvoltura con los guantes llamaron la atención de Franco. Vicente Gil, médico personal del caudillo, conocía al púgil. Y fue así como el dictador y el boxeador se reunieron en el Pardo. Fu entonces cuando el generalísimo le animó a llevar el gorro de legionario en los combates.
La bestialidad intuitiva de un rudo campeón.
“Entonces sólo tenía tres ídolos: Hernán Cortés, Franco y Elvis Presley”(José Luis “Dum Dum” Pacheco).
“Dum dum” había debutado como profesional en Torrejón de Ardoz en 1970, frente a Felipe Prada, al que noquearía en el segundo asalto. Arranca así la época gloriosa del púgil, encadenando una serie de victorias importantes que hicieron ver su fuerza descomunal ante los rivales. Como profesional, tumbó a todo aquel que se le puso por delante. Pacheco se había convertido en un fenómeno mediático. Forjado por una actitud kamikaze, con fama de noqueador, determinó su estilo con una durísima pegada. Algo que contrarrestaba sus carencias de fino estilista. Era todo lo contrario. Su combate en Ceuta contra Kid Dongo puntualizó su carisma ejecutor. Cuando ganó a Carmelo “Gancho” García en 1965, se aupó a lo más alto del welter y del superligeros. Y sería imparable, aunque perdiera a los puntos en un memorable combate frente a Everaldo Costa Azevedo.
Sobre el ring, son recordados sus duelos ante Mimoum Mohatar, José María Madrazo, Fernando Pérez o la mítica pelea delante de Tony Ortiz, organizada por Martín Berrocal y en la que el boxeador legionario se embolsó 300.000 pesetas. En el 73, José Durán, campeón de España del superwelter, venció a “Dum Dum” a los puntos, gracias a una técnica superior a la ruda brutalidad del rival. Otro de los escenarios que acogió grandes veladas de Pacheco sería el icónico Gran Price barcelonés, un teatro y sala de fiestas con capacidad para 5.000 almas que llegaría a ser el templo del boxeo de la ciudad condal. Sobre aquella lona derrotaría por KO técnico a figuras como Juan Jose Antín, Francisco Sevilla, Pérez Gomis, Antonio Molina y Martínez Larroya. Sufrió alguna derrota, frente a Juan José Pardo y Pablo Vallecillo, pero su efigie de bestia del ring se había consumado por toda la península.
Durante su carrera, combatió contra algunos de los mejores adversarios de la época; el italiano Silvio Branco, el belga Georges Jobe o el francés Roger Menetrey, en entre muchos otros. Serían sus rivales más famosos. Precisamente en 1977, Pacheco perdió en su intento de obtener el título europeo ante Menetrey. También será recordado por el aficionado aquel combate que resultó ser una parodia pactada junto a Perico Fernández en el Palacio de Deportes de Madrid el 27 de febrero de 1976. Ante los abucheos del público, el árbitro detuvo la pelea por descalificación de ambos contendientes. Sus bolsas fueron retenidas y su profesionalidad puesta en tela de juicio. La posterior carrera de “Dum Dum” derivó en una bacanal de sexo, gastos en coches, joyas, fiestas, ludopatía y una vida de opulencia que fueron mermando su potencial como campeón y dejando su fortuna deportiva en la cuneta.
Aun así, prolongó su leyenda ante Moises Fajardo, aferrando el cinturón de campeón, siempre con el espectáculo de brusquedad y por la vía rápida que le caracterizó. Finalmente, sería Carlos Morales quien lograra desposeerle del título del welter después de siete años consecutivos siendo el rey de la categoría (frente a Fajardo, José Luis Palacios, Juan Peña, José Carlos Díaz Requena, Horacio Ruiz, José Ramón Gómez Fouz y Raúl Añón -del 76 al 79-). En 1982 lo intentaría de nuevo ante José Hernández, pero cayó por puntos. Fue justo antes del accidente automovilístico que le relegó del cuadrilátero. Operado en la clínica San Francisco de Asís de Madrid, el 26 de octubre de 1982, Pacheco vio truncada sus aspiraciones en la competición profesional como primera figura. No obstante, siguió peleando hasta 1987, año en el que obtuvo alguna victoria importante, como frente a Francisco García de Pablo o José María Cosano, último púgil que se enfrentó a él en agosto de aquel mismo año. Su legado: 74 victorias; 51 por KO y 22 derrotas fueron el saldo de una vida dedicada al boxeo caracterizada por la inclemencia de sus puñetazos. Cuando se retiró finalmente del ring, acabaría como guardaespaldas de Blas Piñar y reconocido relaciones públicas de ambientes nocturnos selectos de Benidorm y de Madrid.
Una última anécdota. Años después, el 13 de diciembre de 1992, en el Palacio de Deportes de Oviedo, Pacheco estuvo presente como invitado estelar en una de las veladas más estrafalarias de las que se recuerdan, en un combate emitido y promovido por Telecinco con el actor Mickey Rourke (que cobró 20 millones de pesetas) frente al canadiense Terry Jessmer que, llegado directamente del puticlub Barbarella, sucumbió ante la estrella de Hollywood. Samantha Fox y Grace Jones actuaron en un evento bochornoso con Poli Díaz, “el Potro de Vallecas”, como invitado de lujo y la exuberante Loreto Valverde presentando el cotarro. Cuentan muchas historias de aquellas noches, que Pacheco reprochó al actor su ensañamiento con el rival. Algo que no fue óbice para pulular por garitos noctámbulos, de farra, drogas y juerga en las que el protagonista de Nueve semanas y media ni siquiera se duchó tras el combate.
La conexión de “Dum Dum” con el mundo del Séptimo Arte no era nueva. En pleno auge de victorias y popularidad como bandera, tendría papeles en películas como Juventud drogada, de José Truchado (1977), director con el que repetiría con un rol protagónico en Chicano (1980), así como la paródica ‘Yo hice a Roque III, de Mariano Ozores (1980). Llegarían el spaghetti western de Rafael Romero Marchent Duelo a muerte (1981) o de nuevo junto a Mariano Ozores en El primer divorcio (1982), donde coincidiría con uno de sus grandes amigos del alma, Manuel Summers. Para él participó en la recordada cinta de cámara oculta To er mundo é… mejó! (1982) y con el que estuvo a punto de llevar a la gran pantalla Mear sangre, un añorado proyecto que finalmente no vio la luz.
La figura de Pacheco es la de un inadaptado que logró un gran sueño, el de celebridad y la glorificación de un mito del deporte. Y estuvo en el momento sublime, en periodo idóneo, cuando el espectáculo boxístico alcanzó su Edad Dorada durante los años del posfranquismo y la transición del país. Un periodo de grandeza televisiva, tan fugaz como meritorio. “Dum Dum” es una leyenda singular e inmortal en la historia del pugilato. Y eso, nadie podrá cambiarlo.
Cronología histórica de una España esperpéntica e implacable.
En Todo el odio que tenía dentro, la figura de Pacheco es indispensable para entender la construcción de una mirada histórica única al pretérito del país. Un emblema vehicular que lleva sobre sus hombros y de modo testimonial todo el peso del ensayo. Y a su vez es un subterfugio, un mecanismo que respira dentro de ese todo que es un turbulento Madrid y la España de la época. Rocha erige este viaje con una admirable y exhaustiva búsqueda de archivos, testimonios e historiografía que componen el libro. Desde la genealogía más cruda de la dictadura y los últimos coletazos del franquismo hasta llegar a la transición, exprimiendo los vasos vinculantes y metamorfosis de la capital. Autor de más de una decena de obras sobre movimientos artísticos y políticos, Servando Rocha es, hoy en día, una de las plumas más privilegiadas de la lengua española y gran adalid de la cultura underground y de vanguardias en lengua hispana.
La Facción Caníbal: Historia del Vandalismo Ilustrado, Nada es verdad, todo está permitido, El día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs, El Ejército Negro. Un bestiario oculto de América. La Horda. Una revolución mágica o Algunas cosas oscuras y peligrosas o El libro de la máscara y los enmascarados son algunos ejemplos de este escritor contracorriente que ha prologado a autores como William S. Burroughs, Aleister Crowley, Alan Moore, Hakim Bey o Jon Savage. Su uso descriptivo, muy personal y subjetivo, a la hora de trazar la fragosidad de un trayecto desde el relato colectivo a una visión en primera persona tiene el mejor ejemplo en este abrumante ensayo plagado de hallazgos. En sus páginas se condensa la cronología de acontecimientos con personajes inhóspitos y lugares inesperados de una España esperpéntica e implacable. Procurando alejarse de la realidad casi hagiográfica del propio Pacheco en Mear sangre, aquí el boxeador aparece y desaparece en el furibundo recorrido psico geográfico, entre lo patibulario y lo evangélico, de esa España hipócrita y rancia que está a punto a punto de emprender su democracia, pero embarrada en una marisma de retraso cívico, de valores reaccionarios y desigualdades sociales.
Hay un acontecimiento que marca el devenir del enfoque histórico de Todo el odio que tenía dentro. Se trata del estreno en marzo 1963 en el Cine Paz de Madrid del clásico West Side Story, de Robert Wise, protagonizada por Natalie Wood y Richard Beymer en una libérrima versión del clásico Romeo y Julieta. En ella, las bandas de Jets y los Sharks se enfrentan en el Upper West Side de Manhattan. Esta obra cinematográfica sirvió de patrón de conducta y fascinación a la juventud que asistió en Madrid al estreno de la película.
El fragor musical, el odio y la rivalidad entre bandas y esa sensación de libertad y provocación emocionó e influyó a gran parte de la platea, pues de ahí nacen algunas de las primeras bandas de la capital de España. Fue la era del pelo largo, los botines y las chupas de cuero, las camisas de cuello de pico, los pantalones de campana, las gafas de sol, los tupes y los estiletes bien escondidos componen la estirpe gráfica de la época “ye-yé”. Algunos de aquellos espectadores, los más sediciosos e incendiarios, vio reflejada en los fotogramas de la cinta de Wise la actitud intimidatoria y contestataria que encajaba muy bien como insubordinación social. Había llegado la época de ser modernos.
Algunos de ellos se unieron a facciones dedicadas al chantaje, a las peleas y trapichear en las puertas de discotecas de los clubes madrileños en los que se bailaba. Prolongando el vestigio de los teddy boys en el Reino Unido o los blousons noirs en Francia, aquellas bandas suburbiales vivían de la extorsión o el miedo y se daban hostias bajo la banda sonora de Los Diablos Negros, los Sirex, los Teen Boys o los Flaps. Era una generación nacida en el extrarradio de posguerra, que asomaban la cabeza desde la hura que constituyó la infraestructura de la opresión. Chavales de familias empobrecidas, que venían de crecer, como Pacheco, de la severidad del chabolismo de suburbios como Usera, La Elipa, San Blas u Orcasur. Todos ellos habían pasado de vivir el la cochambre a hacerlo en bloques de viviendas que acogían, bajo penosas circunstancias, a toda clase de redes migratorias y barriales que compusieron una población arruinada que llegaba a la capital en busca de oportunidades laborales.
Aquellas bandas, identificadas con la contrariedad social y la frustración existencial de los protagonistas de la citada película, se movían siempre por discotecas, bares, salas de billar, puticlubs y cabarés. Cada grupo o pandilla vigilaba zonas concretas de Madrid; bien fuera un club, un barrio o una calle con su respectiva zona de ocio. La larga nomenclatura de colectivos pandilleros parece no tener fin; los Comilleros, los Jaro, los Látigos, los Campanos, los Gatos Negros, los Deans, los Cascabeles, los Vikingos, los Chonis, los Boni, la Banda del Ratón Blanco, los iraníes, los búlgaros, la pandilla del Lobato… Todos clanes formados por gente desheredada y sin recursos. Chavales predestinados, en su casi mayoría, a la tragedia o la cárcel. Una juventud agitada y furibunda, de corte antisocial, que se convertían los fines de semana en los reyes de la calle con total impunidad, ya que la policía, en muchos casos, hacía caso omiso a sus fechorías.
Probablemente, la banda más peligrosa y conocida del momento, se hacía llamar los Ojos Negros. Era un nutrido grupo de matones encabezados por Ángel Luis Telo, una especie de indio cheyene con el pelo azabache y una mirada de ojos lóbregos y amenazadores que había trabajado como especialista de escenas de riesgo junto a José Luis Sánchez del Río “El Mortales” en varios spaghetti westerns. El número dos del clan se llamaba Mariano Revilla. Y entre ellos, estaba una futura estrella del deporte: José Luis Pacheco. Este grupo marginal y violento pronto dejó a un lado los “tirones” de bolsos para diversificar trabajos y tropelías. Primero, amedrentando a todo el mundo como banda organizada en discotecas como Los Boys, de Usera, La Canciller o la de Consulado, en la calle Atocha.
Después, protegiendo a grupos musicales del momento como los Dayson, cuyo cantante era un duplicador de cuadros llamado Camilo Blanes, a la postre conocido en el mundo del espectáculo como Camilo Sesto. Se encargaban de extorsionar a los dueños de los locales para que el grupo tuviera su actuación pertinente, siempre llevándose parte de la recaudación de la noche. La esfera criminal se agravó con diversos atracos y robos de coches. Su desafiante descontrol resultó inasumible a los ojos de la justicia, que fue cercando su terreno hasta que varios de los cabecillas fueron ajusticiados con la violencia policial y juzgados bajo el yugo de la autocracia dictatorial. Muchos acabaron pasando por la Dirección General de Seguridad, dirigida por el denigrante “Billy el Niño”. Otros fueron dejando la banda por miedo a represalias y condenas.
En ese momento, en plena explosión musical del rock y el pop de los 60, las matinales del Price, el multitudinario concierto de los Beatles en Las Ventas en 1965, las primeras publicaciones musicales, los guateques y una quimérica percepción de libertad abrían las ilusiones de una generación con énfasis de emociones que colisionaban con los edictos de un régimen que iba vislumbrando su fin. Todo el odio que tenía dentro excava en el subsuelo de aquellas efemérides socioculturales del extrarradio franquista como no se ha descrito hasta la fecha en un viaje al brutalismo que deja a un lado las oligarquías, los falangistas, los “grises” o el adoctrinamiento que tenía como sintonía la apertura del NO-DO y se centra en una portentosa iconografía de los límites underground de la historia enclaustrada.
Entre esa fusión simplificadora del rock n’ roll y la esencia “ye-ye”, emergen bajo el microscopio de Rocha el exboxeador José Luis Fernández, conocido como “Famoso” Dongil, que era considerado como el Muhammad Ali patrio, deteniéndose de forma tangencial en homéricas figuras del mundo del ring como Paulino Uzcundun, José Manuel Ibar “Urtain”, José Legrá, Fred Galiana, Tony Ortiz o Pedro Carrasco, como grandes nombres reivindicativos de un deporte que fraguó su auge en una Edad Dorada muy popular y bienquista y que se depauperó paulatinamente hasta la omisión en apenas dos décadas.
Entre los conceptos de la figura del quinqui tardofranquista y la transición que escupe sangre y que no olvida la División Azul, hay espacio para el atentado de Carrero Blanco y todo el sucio linaje que creó el devenir de los GAL, desfilan ideologías, credos y rebeliones bajo semblantes muy diversos y carismáticos; desde el empresario José Luis Álvarez y su revista Fonorama como biblia musical de una época que tenía al régimen manipulando cada hoja publicada, pasando por esa banda sucedánea del legendario grupo de Liverpool con el nombre de The Beetles que actuó en Las Ventas presentado por Torrebruno (curiosamente, el maestro de ceremonias del conjunto original) y que provocó destrozos y descontento por creer que eran los originales. Así como León Degrelle, general nazi belga que, en mayo de 1945 estrelló su avión en la playa de La Concha (San Sebastián) y fue acogido por Franco viviendo en España durante 50 años. Se sobrevuela el espectro de Antonio Vallejo Nájera, una especie de siniestro Mengele autóctono creador del Gabinete de Investigaciones Psicológicas del Ejército con el fin de llevar a cabo la eugenesia y darwinismo social de los nazis llegando a afirmar que en las clases bajas populares predominaban los deficientes mentales y los incultos más que en otros estratos sociales superiores.
También el periplo ruso del divisionario Dionisio Ridruejo, que pasó de ser un falangista a convencido antifranquista. La censura a Víctor Manuel por la melódica canción El cobarde, considerada antimilitarista. O traspiés del destino musical como el del gran Manolo Pelayo, considerado primer rockero español que, debido a una afonía imprevista, no pudo actuar con su grupo Los Gritos en el Festival de Benidorm de 1968. Lo hubiera hecho con una canción para la posteridad: La vida sigue igual. Sustituyéndolos, el hit lo interpretaría un joven ex portero del Real Madrid llamado Julio Iglesias. El resto es historia. Pelayo acabó hace mucho tiempo en el Café París en La Palma, cantando con un piano cualquier canción internacional que se pusiera por medio a los turistas noctámbulos.
Esa la esencia histórica de un libro que roza lo superlativo en cuanto a enjundia y profusión a la hora de inquirir en la memoria enterrada de forma voluntaria que sirvió para mentir y conceder políticamente injusticias que aún perduran y que han lastrado la evolución de un país destinado a cometer los mismos errores una y otra vez. Aquellos que explican muy bien el engendro que es España y sirve de explicación de nuestro Siglo XX, pero también del Siglo XXI. Todo eso prorrumpe de la ciénaga social para emitir una visión personal de un momento fundamental para entender la sociedad que vivimos actualmente. No hay tanta redención como rebeldía, ni un discurso reaccionario que se esconde bajo una expresión de modernidad. Todo el odio que tenía dentro es una esplendorosa obra que ahonda en el pasado telúrico de una España contradictoria, desde una perspectiva paleontológica más cercana al ensayo histórico y la crónica urbana que a la novela.
La transición, el ilusionante periodo de Adolfo Suárez como presidente y el Golpe de estado que sobrevino al Felipismo de principios de los 80 deja un anecdotario asombroso protagonizado por mercenarios ultraderechistas franceses de la Organización del Ejército Secreto abriendo el templo de La Movida madrileña, el mítico Rock-Ola, con Jorge González a la cabeza, más allá de la versión oficial de la iniciativa de Mario Armero y Paco Martín. O nazis financiando la revista Triunfo. O a poderosos miembros del Opus Dei produciendo con patrimonio de la secta de Escrivá de Balaguer el disco maldito satanista de Charles Manson bajo el sello Movieplay.
Un retrato sociopolítico y cultural que comienza con el oscurantismo contextualizando del Madrid de posguerra, en el que destaca la revolución urbanística como la historia oculta de la ultraderecha o la biografía del Madrid del arrabal y el suburbio de una ciudad semi rural en muchos de sus zonas limítrofes que crece vertiginosamente como modelo de gentrificación para convertirse en referencia europea de prosperidad y adulterada esperanza son el corpus del libro. Todo acaba con la muerte de Ángel Luis Telo en 1985, cuando un Renault 5 de color amarillo abandonó su cuerpo sin vida en el Primero de Octubre, con heridas de bala y un navajazo profundo en el tórax. Tenía cuarenta años.
El autor no olvida, con tono agridulce, el emotivo homenaje a José Luis “Dum-Dum” Pacheco en el Polideportivo Municipal de Alcobendas José Caballero el 27 de mayo de 2016, durante el campeonato internacional WBC del superligero entre Nicolás González y Steve Jamoye. Pacheco, emocionado, subió al ring, junto al otro homenajeado, el gran Manuel Berdonce, para recibir una ovación. Simbolizando el recuerdo de aquellos años como primera figura en el boxeo español que dejó un gran impacto en el mundo deportivo y se recordará como uno de los mejores boxeadores españoles de su época. Las dos caras de la moneda de los temidos Ojos Negros.
Todo el odio que tenía dentro es el libro más personal y, posiblemente, el más radical de un autor contracorriente, que aglutina un impresionante catálogo de anécdotas históricas con una capacidad literaria y descriptiva fuera de lo común, basándose en un privilegiado talento para la documentación y el compendio de una dietario que se lee y vive muy de cerca. Es la deuda con una memoria que iba a ser sumergida en la desatención y que revela la necesaria intrahistoria de una época de delincuencia, supervivencia, urbanismo y transición entre fascistas, grises o maderos y apertura cultura protagonizada por figuras mediáticas, estrellas del rock, rebeldes con y sin causa, macarras interseculares y un nutriente social básico para entender esta relevante obra divulgativa y estudiosa de ese “otro Madrid” del poco se ha hablado hasta la fecha. Sin duda alguna, uno de los mejores y más sobresalientes libros del año.


















