Diario de rodaje ‘El límite’ (I)

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Diario de rodaje 'El límite' (I) - foto

09 de SEPTIEMBRE de 2002: El caos se vuelve contra los elementos

No puedo más, mi cabeza parece que va a estallar en cualquier momento. En este instante me siento como aquel fulano de Scanners, de David Cronenberg antes de ver como su cráneo saltaba por los aires. Mis niveles de nerviosismo y desorden mental llega a extremos jamás alcanzados, a cotas de preocupación. Las más de dos mil ideas, trescientas preocupaciones e incontables ansiedades se aúnan en una sola: hay que hacer que esto salga bien. Ahora ya sé que el corto, un día antes de rodar, va a salir por un excesivo precio que yo no quería, pero sí imaginaba. Quike llama desde Madrid contando, sin darle mucha importancia, que el equipo de luces saldrá por unos 1.200 €, lo que yo pensé en gastarme cuando gesté el cortometraje para su realización. En estos momentos, para mí, El límite es mi Apocalypse Now particular.

Vale que yo no tengo viñedos como Coppola, ni que vaya a perder 30 kilos de peso en el rodaje (más quisiera yo), pero para mí supone la ruina, el gasto de todos mis ahorros de mi corta, pero fructífera época de currante que pagaba sus impuestos. Ha habido un intervalo de tiempo en el que, como los cobardes, he planteado la posibilidad de no hacerlo, de volver a retrasarlo para ver si se podía rebajar esto un poco. Pero es tarde. No puedo echarme atrás. Como Napoleón, hay que acometer la guerra, asumir mi posición de director y productor, de aprender de este curso intensivo de cine que me voy a proporcionar y que me sale tan caro como comprar un testículo o un corazón en el mercado negro colombiano.

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Por la mañana, además de la contratación del generador y la comprometida advertencia de Quike de que necesitaríamos un estabilizador y su búsqueda por toda España y la angustiosa averiguación de si tendríamos maquilladoras o no, nos surge uno de los sustos más cabrones y desalmados que he recibido en esta vida. Preferiría haber estado tranquilamente en la piel de Wendy Torrance cuando el enajenado Jack agrieta la puerta con su hacha para degollarla que estar en esta situación. Con Gabri y Burki pasamos toda la mañana buscando a Merayo porque nos han dicho que se ha ido a Italia. Algo que hace que mis cojones me pesen en ese momento como dos esferas de 30 kilos. Se me cae mi débil alma al suelo. Nos enteramos de que es todo una falsa alarma y Merayo, circunspecto de nuevo, nos asegura que “si él ha dado su palabra, él la cumple”.

Lo jodido es saber dónde coño se mete para cumplirla. Eso sí, la cumple, como un caballero de la tabla (cuadrada). Casi no puedo comer debido a la coacción a la que estoy sometido. A lo largo de la tarde mis nervios van sufriendo varios ataques en forma de comprometidas llamadas que amenazan con la complicación de las cosas. Recibo tantas llamadas como si fuera la estrella del pop MTV del momento. Cuelgo y ya me están llamando otra vez. Me cago una y mil veces en el individuo que creó los móviles tanto como le adoro a los dos minutos. Entre confuso y acojonado, Amable llama desde de Madrid asegurando no saber si las cintas SX que he comprado esta mañana y que valen más que la vida de muchas personas dedicadas al mundo del toreo van a ser una buena opción para montar “no se podrá montar, pide otra cámara SP, mejor”. En ese momento, con Zamanillo al lado como mi Sancho Panza particular del día, me dan ganas de retorcerle el grueso cuello a mi ayudante de dirección Amablito y clavarle pequeñas estacas debajo de las uñas mientras le sierro con una hoja de pelo sus extremidades. Quike llama planteando esta satánica duda, pero aportando una solución “creo que las cintas SP valen para las cámaras Sx”. Una vena de mi cuello es más gruesa que la sonda del Papa en ese instante.

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Realmente pienso por momentos que estamos ante el reto de nuestro primer corto en Hi 8 y nadie tiene ni puta idea de nada. Pero Zamanillo aplaca los ánimos con su habitual sentido del humor. En esta tarde nos recorremos toda Salamanca, en plenas ferias, de Carrefour a E-Leclerc (que está uno a otro como a 10 kilómetros andando) para conseguir el material necesario para que Zama se luzca con la sangre. En ese momento parece que todo el puto mundo ha comprado colorante de pastelero y nos quiere arruinar el rodaje. A unas horas de que esto empiece todo se tambalea como los elefantes de la puta canción en la tela de la araña, pero como vemos que no se cae seguimos arriesgando. Zamanillo empieza a alargar su sombra y a hacer llamadas consiguiendo cosas necesarias (una máquina de humo –como si para él fuera algo normal conseguir un chisme de estos de un día para otro-), a prestarme balas de fogueo de 9 mm. (como si para él fuera algo normal conseguir balas de un día para otro) y a dar buen rollo, cosa que necesito ante una presión insostenibles.

Los ojos de Patricia, de la pequeña Paty (que estará en el corto), los ojos más bonitos de cinco o seis dimensiones, son una asepsia para tanto desasosiego y más cuando asegura estar encantada de participar en el corto. Por si fuera poco, he quedado con uno de los bastiones del proyecto, con Raúl Prieto, para hablar del personaje aunque sea unos minutos ¡¡Esto no se hace así!! Aprendo con lecciones aceleradas e intensivas. Menos mal que es un portento de la interpretación y confío en él. Sé que no me fallará. Gabri me presenta a Manu Paz (al que ya conocía de Madrid y el ‘tomar algo de Amable’) e Isra Azazel, ambos destacados miembros del equipo de cámara de Quike.

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Volvemos de nuevo a la Facultad. Mis piernas flojean, no me extraña, llevo muchísimos kilómetros encima, si hubiera sido un nigeriano en unas olimpiadas habría ganado una medalla, al menos, de plata. Estoy convencido. Eduardo Moro (el profesor que ha interrumpido sus vacaciones por bajar a la Facultad a dejarnos todo el material) nos asegura vía teléfono que es correcta la teoría de Quike. Las SP valen para esta cámara. Amable ha salvado su culo de Ira de Greyskull. Hacemos unas pruebecillas y, entre llamada y llamada, reposamos nuestros nervios y mi decadencia a compás de unas cañas y unos lomos y unos morunos en El lechón, el bar de la felicidad grasienta y el vicio insolente de la gula.

El día debería haber acabado con mi exhausto cuerpo tendido en la cama sin fuerzas. Pero la tensión es tanta que no puedo por más que salir un rato con la familia de Castro; con Bazán, con Uzzo, con Álex, con la pequeña Iris y con Aitana, que ha venido a hacer un pequeño papel en el corto que mañana empezará a matarme, que ya a consumido gran parte de mi energía, parte de mi vida. Me alegra que, por primera vez en mi vida, el móvil se haya quedado sin batería en dos ocasiones. No tengo barras de vida. Si en este momento saliera a la lona del Tenkchen de Playstation 2 moriría con sólo una patada. Y lo que parecía una noche de relax acaba, como no podía ser de otra manera, en una cogorcilla que me hace olvidar, sólo por unas horas, que mañana empieza El límite y que aún quedan cosas por hacer. Hoy ha sido, sin dudarlo ni un solo instante, el día más largo, intenso, agobiante y jodido de toda mi vida.

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