Incomprendida por muchos y atacada desde la intolerancia, Digger se revela como una genialidad metaficcional sobre la hipocresía corporativa. Un festín visual asfixiante donde Iñárritu nos enfrenta con humor negro a nuestro propio exterminio.
Hay que ser muy cautos cuando uno se sienta en la butaca para ver Digger. Primero, por la campaña que se ha orquestado en su contra desde la incomprensión y la intolerancia. Muy típico de los tiempos que corren. Después, por la vitola de gran película en la que se ha invertido una millonada en publicidad, pero los reproches más repetidos ni siquiera pasan por la megalomanía de Iñárritu. Se ha leído de forma persistente el apoyo en el tópico de una obra fabricada a la medida de un Tom Cruise que, esta vez sí, se llevaría por fin su Oscar. Tampoco es así.
Desde esa vehemencia, en un mundo lleno de descreimiento y odio, nace uno de los puntos fuertes de una película radical, incómoda y con una intención formal tan profunda que rebasa con creces cualquier lectura superficial. No es sencillo sacar adelante una película de este calibre y con esta dosis de histerismo satírico, y lo verdaderamente complicado es imaginar cómo Warner creyó que esta locura podía ser un blockbuster. Más que nada, porque Digger es la apuesta más independiente y extrema vista en una gran sala desde hace tiempo. Tampoco es fácil de digerir.
Digger Rockwell (Cruise) es un magnate del petróleo cuyas decisiones desencadenan una catástrofe climática en Groenlandia, donde un gigantesco bloque de hielo desprendido de la isla avanza hacia Europa y amenaza con destruir la vida de millones de personas. Entre el científico que lo explica (Riz Ahmed) y un presidente caricaturesco (John Goodman, con ecos evidentes de Trump), Rockwell decide erigirse en salvador de la humanidad. Más no conviene contar. Digger se sale de toda narrativa lineal tradicional, y eso, para muchos, ya es una traba comercial.
Alejandro G. Iñárritu utiliza la metaficción para desdibujar los límites entre la catástrofe real y un escenario teatral cargado de simbolismo existencial para descolocar al espectador cuando cierra el primer acto con un giro drástico que fractura la diégesis de la primera mitad. ¡Pum! Iñárritu siendo él mismo, con un Cruise desmedido en una interpretación que esconde grandes dosis de genialidad. Como en las propuestas de Pirandello o de Brecht, se nos fuerza a cuestionar cómo usamos el arte para procesar —o negar— la crisis climática y la crudeza del capitalismo.
La puesta en escena es descomunal, estimulante, ruidosa, filmada por un siempre brillante Emmanuel Lubezki en VistaVision, en un formato que imita de forma deliberada el bombardeo de estímulos de la sociedad actual. El caos visual y el entorno artificial, con los movimientos mecánicos de los primeros minutos, funcionan como herramientas satíricas para retratar el narcisismo de una élite que Rockwell encarna, la de un magnate que provoca una catástrofe global y monta después un show mediático para presentarse como redentor. Algo que, viviendo el mundo en que vivimos, podría darse en cualquier instante.
Hay varios vasos comunicantes con Birdman, lejos del entorno teatral inesperado en esta función. Allí, el ego torturado de Riggan Thomson (Michael Keaton) amenazaba con destruirlo a él y a su círculo más cercano. En Digger el camino es parecido, pero la egolatría de Rockwell tiene consecuencias planetarias, y el camerino claustrofóbico se convierte en un mundo que colapsa y explota como parque de atracciones. Todos recordamos aquel fastuoso falso plano secuencia que nos atrapaba en una coreografía fluida y perfecta. Iñárritu lo lleva más allá y opta por la inmolación narrativa: una pirueta kamikaze que rompe la película, dinamita la empatía con el espectador y echa por tierra la ilusión cinematográfica, para que nadie pueda refugiarse en la comodidad de una historia convencional. Tal vez ahí esté la respuesta a su fracaso, pero no es más que el engranaje que hace de esta película una experiencia sensorial distinta.
Es fácil equipararla al Dr. Strangelove de Kubrick en su parodia desproporcionada acerca de la estulticia de los gobiernos internacionales, pero puede que se asemeje más, en intención perversa, al mensaje cínico del mejor Paul Verhoeven, de la crudeza ante la estupidez política tramitada como ficción mercantilizada y populista que se extiende en Digger hasta la llegada de ese Nivel 4, momento obligatorio en el que el público debe ponerse unas futuristas máscaras de gas fabricadas por la propia corporación de Digger para poder seguir respirando. Es la imagen del capitalismo vendiendo la cura del apocalipsis que él mismo ha provocado. Así funciona el mundo. Y la crítica de fondo, la complicidad estructural y la conveniencia geopolítica que anteponen los intereses corporativos a la seguridad de la humanidad, resulta tan nihilista y real que, al margen de la comedia incómoda, da miedo. Iñárritu no se limita a burlarse del drill, baby, drill ni de una élite negacionista que desgarra el planeta para cobrarnos luego por respirar, sino que toma al icono del sueño americano, un Cruise despojado de su halo de héroe, como síntoma de la descomposición imperial.
Y, lo más paradójico, con la firma de un cineasta mexicano desde el otro lado del muro. La genealogía es la de un cineasta que no esconde de dónde viene. Hay mucho de Terry Gilliam y de Federico Fellini en las bambalinas de esta función mastodóntica, en la que Iñárritu logra transmitir esa tradición donde el delirio es una forma de realismo. De ahí que la sátira se parezca más a una pesadilla coral que a un sketch, y que El renacido y Birdman, sus dos grandes demostraciones de virtuosismo, aparezcan aquí al servicio de algo menos halagador para el propio director. Porque, siendo sinceros, Digger no es la película autocomplaciente que todos se empeñan en ver.
Tom Cruise destruye su mito
Hay una secuencia, la del juicio, donde la locura llega al extremo y define la intención de todo el proceso. Cruise, viviendo muy cómodo en la piel de Digger, suelta un monólogo ante una corte que parece una audiencia televisiva de la era actual, con el rostro blanquecino y desdibujado, cadavérico. Empieza su soflama bajo una lluvia de abucheos porque confronta al público con su propia hipocresía. Rockwell no discute la verdad, igual que los viejos sofistas, porque quiere ganar el argumento. Afirma que «el petróleo podría sustituirse mañana, pero no os interesa», y con ello desplaza el foco del productor al consumidor. Los coches, la electricidad y los teléfonos móviles son la droga de la que nadie quiere rehabilitarse y las corporaciones los camellos, con los gobiernos como escoltas del cártel. La sátira de Iñárritu y Berman llega a la terrible conclusión de que esa misma masa que quería lincharlo acaba ovacionándolo, porque prefiere aplaudir al verdugo antes que renunciar a su comodidad. Algo que más que hipérbole suena a reflejo de una incómoda realidad.
La grandeza de Digger se orquesta a través de la mirada de un director desbocado, que filma un apocalipsis climático global sin salir de la escala de un escenario teatral. Para lograrlo crea un dispositivo que fusiona la dimensión colosal del fin del mundo con el minimalismo escénico, y usa la puesta en escena como gag y como tragedia a la vez. Los efectos especiales conviven con la tramoya clásica del teatro, CGI y atrezzo mezclados con maestría. Junto a Lubezki toma una decisión radical y filma en un formato mastodóntico. ¿El efecto? En lugar de encajonar a los personajes, la escala gigante de la imagen estira las paredes del escenario. Ese contraste con los exteriores imaginados devuelve a los despachos y a la mansión de Rockwell, donde su aislamiento de la realidad se acentúa. Fuera, el mundo se ahoga. Dentro, ellos discuten presupuestos en un macroescenario lleno de dobles habitáculos y pinturas históricas. Y lo hacen entre risas a costa de su patriarcado y de una soberanía estadounidense que se cree intocable. El gag de «hay mujeres delante», dicho tras una grosería, para descubrir que no hay ninguna entre ellos, da la medida de la miseria de los presentes. Algo de razón tiene quien le reprocha que Sandra Hüller, la hermana de Rockwell, no llegue a desarrollarse del todo en una película que se burla de esa ausencia.
El ritmo imita el bombardeo de las redes. Iñárritu dirige como un realizador de televisión enloquecido en plena transmisión de fin de año, con una comedia frenética y desquiciada que de pronto congela la acción en silencios sepulcrales. Y en esos silencios la carcajada se hiela y asoma la verdadera dimensión de un exterminio autoinducido. Obliga al espectador a vivirlo en primera persona, con los actores sudando de forma grotesca mientras el gobierno asegura que todo está bajo control. La niebla artificial se mezcla con el humo real de generadores averiados y el público de la obra, que, en realidad, somos nosotros, presiente que el aire se acaba. El decorado termina en fosa común iluminada con fuegos artificiales y un escenario imposible con una plataforma petrolífera en medio del mar, con un público jaleando el final de Digger. El fin del mundo no llega con un meteorito, llega con un comité directivo decidiendo qué filtros de luz quedan mejor en el anuncio televisivo del final de los tiempos.
Ese egocentrismo de Rockwell se significa en que le preocupa más su gato agonizante, que tiene 38 años, que los millones de vidas a punto de fenecer por un tsunami que amenaza su negocio. Un humor negro vertebra todo el filme, apoyado en un reparto que merece mención aparte como apoyos cómicos; Riz Ahmed pone la voz de la razón científica en un mundo que no la escucha, Sandra Hüller se mueve en el filo de la hermana y la cómplice, Michael Stuhlbarg y John Goodman llevan la caricatura para dar corporeidad a los altos mandatarios mundiales o Jesse Plemons como Kenny, la pieza que termina por montar el rompecabezas de la metaficción como avatar de nuestras mentiras contemporáneas. Personaje clave a la hora de exhibir cómo el sistema absorbe la culpa para seguir generando beneficios económicos. Y por otra parte está Cruise, tras las prótesis de Kazu Hiro, que le desfiguran sin transformarlo en un disfraz. Reducir el papel a la búsqueda desesperada de un Oscar es simplista y contrario a lo que se ve en pantalla. Se lee en cada crítica, se escucha en cada opinión. Si nos paramos a meditar un instante, sabríamos que quien quisiera el premio gordo de Hollywood habría elegido un drama biográfico lacrimógeno, un héroe histórico, una película de época hecha para el lucimiento. Digger es todo lo contrario.
Tom Cruise lleva décadas siendo el salvador del cine, el héroe infalible que se juega la vida saltando de aviones y rescatando franquicias millonarias. Y aquí protagoniza el fracaso más rotundo de su carrera, la parodia de su propia mitología. Era previsible que la prensa tradicional y los académicos más conservadores odiarían ver al héroe de Top Gun deformado, sudoroso y soltando discursos nihilistas sobre cómo la sociedad disfruta de ser sometida. Ya lo intentó con Magnolia, de Paul Thomas Anderson (1999), en un papel que sí merecía aquel premio. Pero aquello era otra cosa. Esto se acerca más a Les Grossman de Tropic Thunder, elevado a la enésima potencia de oscuridad política, un atentado artístico consentido donde Cruise presta su cuerpo y su estatus de leyenda al director más implacable de su generación. Hay quien sospecha una autocelebración masoquista, porque incluso envejecido y ridiculizado Cruise sigue en el centro del plano. Es la mejor objeción que se puede reconocer. Y, sin embargo, juega a su favor, ya que el mito solo expolta desde dentro, y quien lo hace demuestra una mayor excelencia.
Por supuesto que hay cosas que no funcionan en Digger, como es la estructura de espejos que termina siendo la representación de la pescadilla que se muerde la cola. Y tal vez adolezca de un último tercio que pierde impulso con un personaje de Cruise menos mágico tras el giro que merecía más desarrollo con esa historia de fondo paternofilial preocupado por una hija que se ha extraviado en un vuelo en plena tormenta. Hay cierta sobrecarga temática. Pero el exceso es deliberado, y una élite que se cree personaje de una obra no merece mejor retrato. La deshonestidad es el motor, y el tema es una película sobre el negocio de contarnos el apocalipsis con el mejor ángulo. Y eso Iñárritu lo consigue con creces, con un final trágico que impide que todo en Digger sea cinismo, incluso blandiendo la excusa de la espiritualidad con la que se rubrica la obra de teatro. Sí, es imperfecta. Es ruidosa, desbocada, asfixiante y por momentos parece querer sabotearse en su propia pirotecnia metaficcional. Pero ahí, en esa imperfección kamikaze, se aloja lo mejor que tiene esa gran película.
Juzgarla con la vara de medir del cine académico es renunciar al espejo deformante que persigue Iñárritu. No querer entender que su caos formal es la única respuesta honesta ante un mundo caótico es el error a la hora de juzgarla. La crítica domesticada ha rechazado ver expuesta su propia podredumbre cultural, y Digger le devuelve el golpe con una película que asume que el espectador, también el que escribe, es cómplice del desastre. En una era de cine de autor calculado que responde a las exigencias de las plataformas, ver a la mayor estrella del cine contemporáneo destrozar su mito para recordarnos que somos adictos complacientes de nuestro propio exterminio es un acto de insolencia artística. El tiempo, que suele ser mejor juez de todo en esta vida, acabará rescatando esta rareza de la incomprensión, como ya ha hecho con otras que en su día se vilipendiaron injustamente. Queramos o no, Iñárritu, Berman y Cruise han filmado el fin del mundo tal y como está ocurriendo, entre comités políticos absurdos, aplausos anestesiados y pantallas encendidas.
FICHA TÉCNICA: País: Estados Unidos. Año 2026. Color. Duración: 128 minutos. Formato: VistaVision, 1.5:1 (3:2) en copia nativa y 1.85:1 en proyección estándar. Cámaras: Beaumont VistaVision (35 mm). Objetivos: Leitz Cine ELSIE. Director: Alejandro G. Iñárritu. Guión: Alejandro G. Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman. Productores: Alejandro G. Iñárritu, Mary Parent, Tom Cruise y Michael Sharp. Productoras: Legendary Pictures, M. Productions y TC Productions. Distribuidora: Warner Bros. Pictures. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Montaje: Stephen Mirrione y Conor O’Neill. Música: Cosmo Sheldrake. Intérpretes: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Robert John Burke, Burn Gorman, Pip Torrens, Mercedes Hernández, Corey Johnson, Danny Kirrane, Stephen Wight, Ross Hatt, Annabel Mullion y Teddy Hawley.








