Tom Wolfe y la vanidad como método

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Tom Wolfe en perfil, con traje claro, mirando al horizonte de Nueva York bajo un cielo nuboso

(1930-2018)

El hombre del traje blanco que radiografió el estatus

Durante medio siglo diseccionó con bisturí envuelto en seda blanca la vanidad y el estatus de América, de los astronautas a los arquitectos. Se corona como portavoz del Nuevo Periodismo y se marcha a los 88 años vestido, cómo no, de impecable traje blanco.

No inventó el Nuevo Periodismo, pero lo bautizó. Tom Wolfe lo teorizó y se coronó como portavoz con esa desfachatez de un genio, del que llega a una fiesta ajena y termina siendo el rey del cotarro. La antología que compiló en 1973 junto a E. W. Johnson reunía a Truman Capote, Gay Talese, Joan Didion, Hunter S. Thompson, Norman Mailer… La receta del mejor periodismo de todos los tiempos que consiste en asaltar el reportaje con las armas de la novela realista —construcción escena por escena, diálogo extenso, punto de vista múltiple, detalle de estatus—. Esa cuarta herramienta era la suya, su marca identitaria. Nadie en la historia de la literatura leyó como él unos zapatos, una corbata, un ático de Park Avenue… Era genuino, diferente ¿Un esnob? Tal vez, pero qué grandeza la suya.

De aquel laboratorio salieron Ponche de ácido lisérgico (1968), La palabra pintada (1975), Lo que hay que tener (1979) o ¿Quién teme al Bauhaus feroz? (1981). La National Book Award de no ficción y origen de la película que España rebautizó, con épica de doblaje, como Elegidos para la gloria. Luego decidió que la novela americana agonizaba y que él iba a resucitarla. Y llegó esa obra maestra que es La hoguera de las vanidades (1987) que sirvió para señalar con dedo de fiscal a la ciudad de Nueva York y su entramado sociopolítico. Se hinchó a vender ejemplares. Cuando John Updike despachó su siguiente novela, Todo un hombre (1998), con una crítica feroz, Wolfe respondió encantado: «Es una rabieta. Una rabieta maravillosa… Les asusté. Entraron en pánico». Nada le procuraba tanto placer como un enemigo con prestigio. Así era Wolfe.

Tom Wolfe sentado a su escritorio abarrotado de libros, entre dos sombreros claros y un cartel antiguo en alemán

«Cada momento de la vida de un ser humano está gobernado por la preocupación de su estatus.»

(Tom Wolfe)

Thomas Kennerly Wolfe Jr. se ha ido a los 88 años. Uno no deja de pensar que haya muerto vestido con un impecable traje blanco. El mismo que, con un tono señorial e inmaculado, vistió desde 1962, ya fuera enero o agosto. Nunca fue capricho de dandi sureño: era un disfraz, según confesión propia, un señuelo que desarmaba a sus observados mientras el caballero de Richmond, Virginia, tomaba notas con paciencia de entomólogo.

Escribió sobre astronautas, corredores de bolsa, neurocientíficos, universitarias, arquitectos, surfistas… El tema fue siempre uno: la comedia humana del estatus, esa jerarquía invisible que ordena cada gesto, cada compra, cada silencio de este mundo. La radiografió durante medio siglo con un bisturí envuelto en seda blanca. Se va el sastre que le tomó las medidas a la vanidad americana. Y la vanidad, huérfana, sigue desfilando. Y uno de los mejores escritores con los que alguien que escribe se tope en su vida y admire para siempre.

D.E.P.

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