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La locura visual convertida en clásico navideño
“En Nochebuena, hace muchos años. Yo estaba acostado en mi cama, sin moverme, sin permitir siquiera que las sábanas susurraran. Respiraba silencioso y pausado. Aguardaba, anhelando escuchar un sonido. Un sonido que un amigo me había asegurado jamás escucharía: el tintineo de cascabeles del trineo de Santa Claus…”.
Posiblemente sea una de las películas, independientemente que pertenezca a la etiqueta de “infantil”, más infravaloradas de las últimas décadas. ‘Polar Express’, de Robert Zemeckis, se ha forjado una leyenda más allá de su condición de clásico navideño. En el año de su estreno, 2004, fue considerada una pionera en la nueva técnica que por entonces se llamó Performance Capture y que hoy es parte habitual de los efectos especiales en el cine. La pionera había sido la filosofal ‘Final Fantasy: The Spirits Within’ tres años antes. La novedad era la posibilidad de grabar simultáneamente movimientos faciales y corporales tridimensionales de múltiples actores. Zemeckis podría haber fundamentado esta adaptación del libro de Chris Van Allsburg de apenas 30 páginas siguiendo los preceptos de la animación tradicional. Sin embargo, dada la condición de visionario del cineasta, prefirió amoldarla a un concepto revolucionario como experiencia en la que nadie hasta el momento había emprendido. Tanto para él como creador y cineasta, como para el espectador.

“El único límite ahora es la imaginación del cineasta, porque literalmente se puede crear cualquier imagen. Tienes el control total de todos los elementos. Y, paradójicamente, la forma tradicional, centenaria, óptica, química y mecánica de hacer cine puede cambiar con esta película”.
(Robert Zemeckis).
Con este estilo de animación mágico, ‘Polar Express’ es una auténtica montaña rusa de sensaciones en esa aventura de un niño que empieza a dejar de creer en Santa Claus en Nochebuena e inicia un viaje en locomotora junto a otros niños descreídos al Polo Norte, a que conozcan en persona al mito de la Navidad. La historia transcribe con gran fidelidad la obra de Van Allsburg y recrea todas y cada una de las ilustraciones del libro con una representación perfecta dentro de la historia.
Hay planos increíbles que por entonces sólo eran posibles con esta técnica y secuencias completas que rozan la inverosimilitud mágica bajo la sabia mirada de un Zemeckis imaginativo y perspicaz a la hora de mover la cámara, crear planos improbables y conferir a su cinta un distintivo de sortilegio y fuegos de artificios. Una de las piezas más llamativas es ese descenso del tren hacia un río helado donde, tras zigzaguear y perder el norte, logra volver a las vías o la secuencia del chico sobre los vagones del tren que le descubren a un extraño mendigo con el que se cuestiona sobre la veracidad navideña y la creencia en el mito del traje rojo. Pero, sin duda alguna, hay un plano secuencia es la joya de la corona. Por supuesto, es la secuencia al azar de hoy.

Se trata, obviamente, de aquélla en la que el ticket dorado después de que el chico se dé cuenta de que la chica se lo ha dejado sin picar abandonando el vagón para entregarle una taza de chocolate al solitario Billy. Al abrir la puerta del vagón, el billete sale volando de sus manos haciendo un extraño e insólito viaje hasta volver al mismo. Se engancha en una ventanilla y abandona el la vía cayendo lentamente en la nieve, hasta que es agitada por una manada de lobos que hacen que levante el vuelo.
Un águila la coge con el pico confundiéndola con comida que lleva a su nido planeando a través de una cascada de agua, donde un aguilucho lo engulle para regurgitarlo en una bola que cae hacia la ladera envuelta en nieve. La calma de ese homenaje constante a la pluma precedente de ‘Forrest Gump’, vuelve a chocar con el tren en un túnel, volando hacia su parte de atrás hasta entrar de nuevo en el vagón para colocarse peligrosamente en una rejilla de la que el chico consigue rescatarla en el último segundo.
La secuencia es un paradigma de virtuosismo que libera la megalomanía visual de Zemeckis, llevándola a un paroxismo de deleitación del espectáculo que pocas veces se había visto en una gran pantalla. El propio Zemeckis, Sony Imageworks, Ken Ralston supervisor de los efectos visuales y Doug Chiang en el diseño de producción confirieron a este tipo de secuencias un carácter juguetón y kamikaza en el que la experimentación formal es la esencia de todo en el engranaje desarrollado en CGI. Zemeckis aludió en plan de broma a la posibilidad de que el billete tuviera vida propia, como una alfombra mágica o una mariposa aleteando. Curiosamente, entre los responsables de efectos especiales estaba Randy Cartwright, que había trabajado en ‘Aladdin’, se hizo cargo de esos giros y virguerías del boleto.
El sistema de cámaras digitales que proporcionan vistas de 360 grados y la inventiva de Zemeckis definió esa secuencia del viaje como un viaje loco y dio carta blanca a los animadores y artistas digitales para explorar todas las posibilidades de la técnica en uno de los planos secuencia impresionantes y único. Una divertida locura que, pese a que parezca un solo plano, realmente está dividida en cinco partes basadas todas en puntos de transición para que no se noten los cortes del modelado en el contexto. El ticket ferroviario dorado es una ofrenda al de ‘Un mundo de fantasía (Willy Wonka & the Chocolate Factory)’, de Mel Stuart (1971) que también es un salvoconducto para un viaje y una taza de chocolate caliente en una de las pocas ‘set pieces’ musicales de la película.

‘Polar Express’ pudo percibir algunas objeciones, en cierta medida por la conocida como ‘Teoría del Valle Inexplicable o Inquietante’, una hipótesis robótica de los 70 que define una respuesta emocional fuertemente repulsiva hacia aquellas recreaciones con apariencia humana que resultan excesivamente realistas. Sin embargo, no fue un fracaso ni de crítica (aunque ciertos sectores se empeñaron en calificarla de decepcionante cinta carente de imaginación y estética) ni de público.
La película de Zemeckis ha ganado importancia con el tiempo, significando vías comunes con el espíritu de Roald Dahl, Norman Rockwell y, como no podía ser de otro modo, su admirado Steven Spielberg. Se ha convertido en un clásico indiscutible del cine navideño y una cinta despojada de todo prejuicio a la hora de exponer una historia sobre Santa Claus y la pérdida de la inocencia dejando fuera cualquier creencia teológica. Si una virtud tiene ‘Polar Express’ es la de su férreo mensaje sobre la fe infantil para transmitir un mensaje espiritual basado en la ilusión de los niños más allá de dogmas ni convicciones.

Su idea sigue los preceptos del libro de Van Allsburg trata sobre el anhelo infantil y el poder de la imaginación. Warner Bros. gastó 170 millones de dólares y su estreno llegó tras cuatro largos años de producción. Fue un riesgo financiero que costeó, en gran medida, el multimillonario Steve Bing, aventurando 85 millones de dólares de su fortuna por ver realizada la película. El resultado fue una cinta inolvidable cuya cualidad mágica es la de proponer su mundo capaz de esquivar todos los clichés navideños infligido históricamente en esta época del año para lanzarlos a una aventura en pijama, en un tren con interior art decó del tren en un asombroso viaje al Polo Norte en busca de Papá Noël. Tan simple como evocador. Y a la vez tan complejo como ese multipapel de Tom Hanks interpretando a cinco personajes dentro de la película. Desde el niño hasta llegar, por supuesto, a Santa Claus y la certeza de su existencia… Al menos, hasta que se deje de oír ese cascabel de su trineo.