Supercopa de España 2021

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
Balada Athetic de Trompeta
Un gol imposible de Williams y la trompeta de celebración del “Búfalo” Villalibre, hombre clave de la victoria, erigieron a un incuestionable Athletic Club hasta la consecución de su tercera SuperCopa.
Venían los tiempos revueltos con una incomprensible destitución de Gaizka Garitano al frente del Athletic Club. No por el hecho de su finiquito, que más o menos se venía barruntando desde hace tiempo, si no el hecho que, desde Ibaigane, la ejecución del acto de relevar al técnico deriotarra se ha llevado a cabo con poco tacto, irrespetuosidad y formas ajenas a lo que debería ser una filosofía de club (el ‘gure estiloa’) que abandera un espíritu que se ha dejado a un lado para proceder con injusticia, alevosía y poco tacto. Todo apunta a que la decisión estaba tomada desde el derbie vasco contra la Real Sociedad hace un par de semanas.
Aitor Elizegi y su junta directiva tenían en mente un cambio en el banquillo zurigorri. Y pese a que el Athletic había derrotado al Elche, la decisión parecía que estaba tomada antes de la llegada de la Supercopa. La falta de transparencia, sin un criterio claro ni lógico, han hecho que Marcelino García Toral, ese entrenador que ha faltado al respeto no una, sino varias veces, a la afición y al Athletic Club, desembarcaba en el club en otra de las muchas chapuzas administrativas de una bochornosa junta que despachó alegremente a un técnico que deberá ser recordado por recoger los escombros de un equipo a la deriva en puestos de descenso en manos de Berizzo a mitad de la temporada 2018-2019 y que acabaría quedando a punto de jugar la Europa League en la última jornada.
Lejos de esto, que precede a todo lo acontecido en este vertiginoso fin de semana de la XXXVII Supercopa de España, el Athletic Club se presentó en Málaga a disputar el torneo reciente formato a modo de Final Four en el que juegan el primero y el segundo clasificados en la liga y los dos finalistas de Copa. Dentro del cuadro, el Athletic parecía como un invitado a lo que muchos esperaban (sobre todo la RFFE) en el enésimo clásico del fútbol nacional entre el F.C. Barcelona y el Real Madrid. El primer finalista, el Barça, lo fue de milagro, en un partido enloquecido frente a la Real Sociedad que acabó en prórroga tras un empate a un gol y penalties en la que los donostiarras sucumbieron.
El conjunto rojiblanco, por su parte, se adaptó a las coordenadas técnicas del técnico asturiano al eterno 4-4-2 con dos pivotes que no ha variado tanto del ideario de Garitano. Existen diferencias entre ambas propuestas. La velocidad y la intensidad están a otro nivel y los recursos defensivos se potencian más de cara a la salida a la contra adelantando líneas con Iñaki Williams, Iker Muniain y Raúl García. Y la presión es determinante en este estilo. Raúl García fue el sicario goleador con dos goles que fueron cayendo como una losa ante un equipo merengue cuya iniciativa se fue apagando ante la solvencia de un Athletic Club, que no se cerró atrás como en otras ocasiones y que supo reaccionar a la perfección ante el gol de Benzama. La evidente falta de gol del conjunto blanco y las ganas del rival hicieron que el Athletic Club se plantara en la final de la Supercopa. Ni siquiera los casi ocho minutos de prolongación o una jugada revisada en el VAR por una posible mano o falta a Sergio Ramos (que había cometido una falta flagrante en un remate anterior) pudieron con los leones.
La final empezó con un patrón similar por parte del Athletic. Sin dejar jugar al Barça, circulando el balón muy cómodo y con los culés en su campo ante el acoso rival. El partido se densificó en un juego sin dueño, aunque en posesión, los rojiblancos sacaron los colores a los de Koeman. Minutos antes del descanso, en la primera jugada trenzada para atacar la portería de Unai Simón, el Barça golpeó primero con un gol de Griezmann en uno de esos llamados “pases de la muerte” desde la línea de córner hasta el punto de penalty, donde el francés no perdono. En cambio, este nuevo Athletic tiene como directriz no bajar los brazos y en la siguiente jugada, con los azulgranas aun celebrando el gol, empató en una fulgurante combinación que hizo que De Marcos pusiera un golazo en las mallas de la portería de Ter Stegen para dejar las carencias de la zaga barcelonista a la vista.
No fue sorpresivo, pues se veía venir con las internadas de Williams superando una y otra vez Lenglet. Durante la segunda parte los blaugranas se cerraron atrás en un espejo de mediocridad cotejado con finales precedentes ante el mismo rival. Mucha especulación en ambos bandos, pero con la sensación de que, esta vez, el Athletic tenía opciones. Sobre todo, después de que Gil Manzano diera como válido un gol de Raúl García que finalmente no subió al luminoso por cortesía de la revisión del VAR. Siendo justos, estaba en posición antirreglamentaria.
Y, como un destino funesto, otra vez Griezmann hacia sucumbir las esperanzas de los del Botxo con un gol, con participación de Jordi Alba, que parecía estar llamado a ser el que diera la gloria al F.C. Barcelona. Tal vez la gran diferencia entre el Athletic de Garitano y este renovado de Marcelino es la capacidad de creerse a sí mismos y en sus posibilidades. Y en una falta botada por Munain, fue cazada por la piedra roseta de la delantera rojiblanca, ese puntal que es Asier Villalibre y, rozando el minuto 90 y el final de esta Supercopa, subió el 2-2 al marcador que obligada a prolongar el que iba a ser el delirio bilbaíno de una noche sin tregua. Una prórroga que no debió disputarse visto el clarísimo agarrón de Jordi Alba a Villalibre en el área azulgrana en el minuto 92 que hubiera dejado sentenciado el partido. Al contrario que con la dudosa acción de Ramos en la semifinal, el VAR se olvidó de exprimir opciones en el último minuto.
Fue una de esas veladas donde el fútbol más humilde gana al fútbol del todopoderoso. La grandeza de esta final tenía un protagonista inesperado. En los primeros compases de la extensión, Iñaki Williams, en una jugada que viene intentando y repitiendo en los últimos encuentros, recorta y coloca al palo largo con una parábola que introdujo el esférico por la escuadra de la portería de Stegen. Hermosa rúbrica como recuerdo de una final en la que, ahora sí, la balanza estaba hacia el lado del Athletic.
Tanto fue así que, con la prórroga dominada y dormida, Messi, desquiciado y poco acostumbrado a perder contra los leones en finales, perdió los estribos y dejó a su equipo con diez al agredir con un innoble manotazo a Villalibre después de que éste le ganara el cuerpo en carrera. Fue la imagen de la frustración del Barça. Era la puntilla a las aspiraciones de los barcelonistas. Su primera tarjeta roja en 753 partidos. Incluso la revisaron en el VAR. No haberla mostrado hubiera sido incluso delito.
El campeón de la Supercopa ya tenía nombre. El Athletic Club se erigía con su tercera Supercopa de España en una demostración de aptitud y coherencia sobre el terreno de juego. Se mereció esta final en todo momento y empequeñeció a su contrincante. Marcelino había conseguido un título con el Athletic con tan sólo tres partidos en el banquillo. Sería indebido no reconocer la labor de Garitano en este logro, pero con el entrenador de Villaviciosa dirigiendo al Athletic se prevé un cambio de mentalidad que dará más alegrías al club y logrará acercar posturas con los más reacios y detractores de su actitud pretérita. El primer paso está dado. Y de qué manera.
Quedará para el recuerdo esa estampa de grupo de amigos, de celebración coral, de complicidad y compañerismo de los zurigorris, saltando y coreando al son de la trompeta del gran protagonista del partido: “El Búfalo” Villalibre. Apodado así por su primer entrenador, Txus Gojenuri, el jugador que revolucionó el partido y desequilibró el choque a favor de los suyos. Es el semblante del nuevo Athletic, la humildad de un chaval de 23 años que va escalando poco a poco y haciendo su figura cada día más grande.
En la celebración, Aritz Aduriz, posiblemente el mejor delantero de los últimos 30 años, le buscó para felicitarle y fotografiarse con él. Este Athletic Club comienza así una esperanzadora andadura que tiene como próxima parada, la final de la Copa del Rey contra el gran rival, la Real Sociedad, el próximo 4 de abril. Tiene equipo, juventud e ilusión para darle a la afición de la Catedral grandes tardes de fútbol y alegrías. En la mano de Marcelino también está fraguar la revolución de los leones. De momento, cantaron el “¡TXAPELDUNAK!” de otra Supercopa, cinco años después, también ante el F.C. Barcelona. Se avecinan vientos de cambio, muy positivos para el club. O es esperamos sus seguidores.

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