Review ‘Verónica’, de Paco Plaza

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
Infancia robada
El nuevo trabajo de paco Plaza ‘Verónica’ es un excelente film de terror que juega con elementos como la nostalgia y la adolescencia en una fábula con una especial y deslumbrante particularidad metafórica.
El 14 de julio de 1991 ingresó en el Hospital Gregorio Marañon Estefanía Gutiérrez Lázaro, de dieciséis años, como consecuencias de varios ataques que su familia definió como muy extraños falleciendo según el informe forense por “asfixia pulmonar”. Los doctores el Dr. Pedro Cabezas y el Dr. Gregorio Arroyo confirman que la muerte de la joven había sido repentina y muy sospechosa. Un año antes, realizando una sesión de Ouija junto a unos compañeros en el Colegio Aragón, el vaso con el que practicaban espiritismo cayó al suelo cuando fueron sorprendidos por una profesora y un humo raro emergió siendo aspirado por Estefanía. Las convulsiones y visiones de entes alrededor de la cama de la niña hicieron que Concepción, su madre, la llevara varias veces al médico y especialistas que determinaron que no existía ningún tipo de enfermedad física ni psíquica.
Tras la muerte de la niña, en el domicilio familiar comienzan a sucederse todo tipo de fenómenos paranormales; los objetos se mueven, las puertas se abren y se cierran sin contacto alguno, se producen roturas de cristales y una foto de Concepción arde dentro de un marco. En la madrugada del 27 de noviembre de 1992, en el número 8 de la calle Luis Marín en el madrileño barrio de Vallecas, cerca del metro Alto del Arenal, la familia Gutiérrez Lázaro llamó a la policía porque aseguraban que una enorme figura oscura en forma de silueta había invadido su casa. Cuando el agente José Pedro Negri y cinco compañeros policiales llegaron al lugar de los hechos, la familia estaba fuera del portal.
Según el informe policial, los muebles situados en el comedor comenzaban a abrirse y cerrarse de forma violenta y en la pared podía verse unos arañazos provocados por lo que parecían tres garras y en la terraza que daba acceso a la habitación de Estefanía se oyó un fuerte estruendo. Del teléfono emergían unos fluidos viscosos de color marrón y en el baño hacia una temperatura de bajo cero. Todo ello está recogido en el único informe policial de España que registró fenómenos extraños contrastados por los agentes de la ley. Se conoció como el “Expediente Vallecas”.
La historia real ha servido a Paco Plaza y su co-guionista Fernando Navarro para crear una de las películas más sorprendentes del último cine español adaptando libremente este caso que narra la historia de ‘Verónica’, nombre elegido para la versión cinematográfica del acontecimiento y fabular con los elementos del género del drama y del terror. Aquí la joven Vero, de quince años, cada día despierta a sus tres hermanos menores, les da de desayunar, les lleva al cole, les hace la comida e incluso les acuesta. Su madre trabaja en un bar y apenas tiene tiempo para dedicarle a la familia, robándole la infancia a la hija mayor, que ejerce de figura maternal cargada de responsabilidades. Sólo encuentra un poco de ocio escapista en las canciones de Héroes del Silencio y en su mejor amiga Rosa (Angela Fabian). La novedad de amistades para ambas es Diana (Carla Camera), la chica más popular del colegio católico en el que estudian. Cuando se sugiere realizar una sesión de ouija en la que se invoca al padre difunto de Verónica, los acontecimientos darán un giro aterrador hacia una pesadilla que presagia un destino fatal.
La primera baza que juega a favor del nuevo film de Paco Plaza es el tiempo que se toma la historia en definir a esta adolescente cargada de problemas comunes y particulares. Vero no está a gusto con su cuerpo, aún no ha tenido su primera menstruación y hace todo lo posible por encajar en un mundo que parece que le ha dado la espalda. La película, en el fondo, es un drama sobre la adolescencia y la lucha interna de esta chica contra las circunstancias que desequilibran una existencia marcada por la monotonía y el aislamiento. Los demonios, en este caso, van fraguando su aparición como metáforas de los miedos y el caos que se producen al mismo tiempo que los cambios en un cuerpo que no siente como suyo, de la falta de comunicación con su madre (ese instante en que se habla de soledad entre madre e hija es sublime) y del agotamiento emocional al que llega una niña convertida en mujer antes de tiempo.
Todo el metraje es un gran ‘flashback’ en retroceso hasta el instante en que acontece el trágico final, manejando los instrumentos genéricos con recursos muy sugerentes y creando una atmósfera que se va haciendo insostenible enfocada a unos minutos finales realmente aterradores. Plaza es un cineasta curtido en el género y conoce perfectamente el engranaje de las complejidades que va dosificando en una inteligente transición de los horrores de ese despertar de Verónica a un mundo oscuro que puede ser concebido desde diversos flancos, incluso cuestionando la realidad que vemos en pantalla con inesperados giros que abren posibilidades dramáticas que van más allá del terror que concita.
Incluso hay cabida para el humor negro, fraguado en esa Hermana Muerte (Consuelo Trujillo), una vieja monja ciega de aspecto terrorífico que fuma como una carretera que le explica a la chica los mecanismos para revertir lo que accidentalmente ha puesto en movimiento. En realidad, una consejera que la orienta a aceptar a sí misma y a la realidad y a enfrentarse a los problemas contra los que pugna a diario.
Esa transición de la adolescencia a la madurez muestra un oscuro y nuevo mundo que infecta a sus hermanos y va destruyendo la inocencia de todos ellos, que son, por otra parte, la guía de luz de una joven que comprende que la única salida es adentrarse más en la pesadilla que la asola. Para ello, Paco Plaza deja atrás muchas convenciones del género para ir trazando progresivamente un retrato social sobre una clase concreta que remite a un pasado reconocible, con mucha sensibilidad a la hora de tratar todos los aspectos que rodean a los personajes. Hay mucho cariño y dedicación por la historia y se nota en cada plano.
Desde este punto de vista, es reseñable el fuerte sentido del contexto que impera en esta oscura fábula. El portentoso trabajo de Javier Alvariño al frente del departamento de dirección artística transmite la realidad de una época muy concreta, con detallismo escénico desbordante y lleno de particularidades, haciendo que ese piso ordinario y familiar se vaya contagiando con la atmósfera ominosa y maligna, oscureciendo fotográficamente la cinta y alcanzando cotas de tensión muy notable.
En ‘Verónica’ habita una sensación constante de que todo puede pasar en cualquier momento. Un trabajo realmente sobresaliente que juega con la nostalgia referencial utilizándola con un sentido del ritmo genial, como la utilización del ‘jingle’ del anuncio televisivo de Centella en uno de los momentos más tensos de la película.
Cabe destacar un factor vital para la veracidad de cada movimiento en la historia y es la sensacional interpretación de todos los niños de la película. Desde el valor actoral de ese descubrimiento que es Sandra Escacena, que transmite su grandeza interpretativa a Claudia Placer y Bruna González pero, sobre todo, al pequeño Iván Chaver en un rol que quedará grabado a fuego en los fastos de nuestro cine. La complicidad entre todos, gracias a la labor de dirección de Plaza, traspasa la pantalla y aporta una dinámica más que creíble en un entorno familiar disfuncional pero muy cercano en la relación de estos hermanos.
También es de recibo subrayar la importancia musical a cargo de Eugenio Mira bajo el pseúdonimo de Chucky Namanera, que logra abarcar tanto la motivación del suspense electrónico tan popular al estilo sinfónico de los 80 como en su función melodramática. ‘Verónica’ es una película inspirada, de esencia castiza y muy nacional que funciona muchos niveles más allá del horror. Se particularidad metafórica es tan sobredimensional que hacen de esta película un lujo de calidad y equilibrio que, por si fuera poco, remata con un plano final imposible de olvidar. Como todo en este clásico instantáneo.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2017

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