Review ‘Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing), de Martin McDonagh

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
La venganza, la justicia y la poética humanista
Bajo una estela de humor negro y dramatismo equilibrado, McDonagh logra con ‘Tres anuncios en las afueras’ un modélico estudio sobre la violencia, la autoridad y el privilegio, sobre la pena y la culpa, la venganza y el perdón en la podredumbre moral de la América de Trump.
1.- «¿Todavía no hay arrestos?».
2.- «¿Por qué, jefe Willoughby?».
3.- «Violada mientras agonizaba».
Son los tres anuncios en medio de la nada, en las afueras de la pequeña localidad de Ebbing, Missouri, a los que hace alusión el título de esta nueva apuesta con carácter insurrecto del dramaturgo y cineasta Martin McDonagh. Tres enormes vallas publicitarias en desuso que son alquiladas y restituidas por Mildred Hayes, una madre coraje que lanza un duro mensaje a las autoridades locales sobre la investigación infructuosa de su hija, mancillada y asesinada siete meses antes sin que se haya podido recabar información sobre el caso hacia una posible resolución.
Tres anuncios que se pierden en una carretera poco transitada, alineados como fichas de dominó, que desencadenarán una reacción en cadena en los todos sus habitantes se verán involucrados de una u otra forma. Un ejercicio de provocación que alimenta el ansía de justicia de esta progenitora testaruda en contraste con esos policías reactivos que han ido abandonando las pesquisas por falta de información y estancamiento de un proceso prácticamente irresoluble.
En este pequeño pueblo, con la iconografía simbólica del corazón de la América profunda, la sordidez de violencia brutal se salpica con un humor negro inesperado de la mano de un McDonagh que parece sugestionado por la idiosincrasia de los hermanos Coen para jugar con un subtexto mordaz y desgarrador sobre la sociedad en la que vivimos. Cuando asistimos al momento en el que Mildred alquila estas tres vallas al anunciante local Red Welby (Caleb Landry Jones), éste lee la novela de Flannery O’Connor ‘Un hombre bueno es difícil de encontrar’. Podría ser un guiño casual a alguna filia literaria del director, pero no deja de ser curioso que la obra de la novelista norteamericana tenga conexiones muy vinculantes con el film del cineasta británico.
La oscuridad emocional, el dolor y los deseos perdidos en un pequeño municipio reaccionario y yanqui encuentran varios puntos en común con esa verdad escondida que no cambia por mucha capacidad de soportarla que se tenga. Además, ese personaje de implacable terquedad que inicia una búsqueda sin final plagado de escollos, sirve como autoexamen y aceptación de la realidad. Algo que también invoca la obra de O’Connor. Mildred no busca venganza, pero sí justicia. Y por medio de la impotencia de esa afligida madre, ‘Tres anuncios en las afueras’ utiliza sus recursos dramáticos como exposición del sentimiento de culpa y del arrepentimiento. Los habitantes de Ebbing esconden un estrato de puerilidad y violencia que se contraponen con la aparente tranquilidad de un lugar idílico.
Dentro de esta modélica película de corte independiente subyacen elementos que se sutilizan con el discurso apaciguador; bien sea el asesinato, el suicidio, la brutalidad policial, el abuso doméstico o el fanatismo. La ironía y el sentido del humor acomodan los tópicos de una visión de esa América que ha crecido con un sueño americano cínico y cíclico que está podrido casi desde su concepción complaciente. Y McDonagh juega con ello desde una perspectiva cercana al arte de Grant Wood, con un drama de gran tamaño que eleva la película al estándar absurdo y contundente de las grandes obras del Gótico Sureño, al tiempo que mantiene una visión honesta y antipatronizadora del actual caos sociopolítico que ha impactado la sociedad con la presidencia de un personaje tan inefable como Donald Trump.
Si algo destaca dentro del entramado argumental, es la identificación de sus personajes con arquetipos o clichés, para transformarlos de modo que para cada uno de ellos sus propias conductas y reacciones inesperadas conllevan a traicionarse a sí mismos. A través de los años y de su tradición genérica, el cine norteamericano ha mostrado la violencia como un arma recurrente para hacer justicia. McDonagh parece pensar lo contrario y expone su cuestionamiento sobre esa fallida legitimidad del desagravio con argumentos que van más allá de la reflexión epidérmica que propone con su discurso sobre el tema.

La América de Trump y el humor amargamente conmovedor.
De ahí que el golpe de efecto dentro del discurrir temporal de la trama llegue con el suicidio del Sheriff Bill Willoughby (un estupendísimo y eficaz Woody Harrelson), que se presenta como la cabeza visible de las peores deficiencias de un sistema policial con carácter indispensable en estos reductos poblacionales que se ven sacudidos por impactantes acontecimientos como el salvaje asesinato de Angela Hayes. Su lucha contra un cáncer terminal, su frustración como policía y la certeza sobre la humanidad comunitaria de uno de sus hombres más descerebrados son las tres vías por las que ‘Tres anuncios en las afueras’ va a transitar. Y lo estructura desde tres misivas escritas antes de quitarse la vida ante el agónico final al que está condenado. Su afable cinismo esconde a un buen policía y una buena persona que desmonta el dibujo inicial planteado en la representación de casi todos los personajes.
No sólo interiorizando el dolor por dejar a una esposa y a dos hijas con un cuestionamiento existencial de primer orden sobre el dolor y la vida, la pérdida y el desconsuelo, sino por confesar su desilusión por no haber avanzado en el caso del crimen de Angela. Una de las secuencias que condensa esa dicotomía de drama y humor cruel es en el que Dixon (Sam Rockwell) lee una carta de su superior fallecido escuchando música en unos cascos. Mientras va leyendo un catálogo de frases de un libro de autoayuda y despertando la bondad de su parte de policía, la comisaría es consumida por las llamas de los cócteles molotov lanzados por Mildred sin saber que hay nadie en el recinto. En su interior, el destino se muestra cruel y antojadizo ante un inesperado acto de heroísmo tapizado con una capa de ironía en su ingreso hospitalario, que le ubica en la misma habitación que el publicista al que ha agredido salvajemente.
Es aquí donde podemos hacer hincapié en el duelo más sugerente de la película. El que enfrenta a la terca madre y al mencionado agente de policía racista, misógino, alcohólico y homófobo que vive con su castradora madre. Se produce una colisión de personajes contrapuestos que equilibran sus defectos. Por un lado, el odio y el rencor confrontado con la falta de esperanza y el recelo. Ambos, son personajes que luchan por encontrar un sentido a sus circunstancias, a su dolor e ira. Y en sendos casos, McDonagh se escuda en la ambigüedad, alejándose del maniqueísmo fácil y evidenciando una moralidad muy cuestionable tanto en uno como en otro. Ya sea desde un facilón señuelo sobre la falsa identidad del asesino hasta el constante absurdo que llega a través de diálogos o secuencias excesivamente simplificadas, que es donde el realizador contribuye a construir un significado más allá de lo que los personajes pueden ver, inyectando toques de comedia y humor negro. Si a ello, sumamos el dominio de los recursos fílmicos del cineasta, ‘Tres anuncios en las afueras’ va más allá de una propuesta determinada a ser la favorita en los próximos premios de la Academia de Hollywood.
En gran medida, por el manejo de la entidad cinematográfica perfectamente definida en términos atmosféricos, fotográficos y musicales. Los códigos y expectativas viran hacia un flanco de teatralidad basada en unos diálogos demostrativos de una brillantez luminosa. Como aquél en el que Mildred, arrestada por agredir con una herramienta odontológica al dentista del pueblo, recrimina a Willoughby en la comisaría con reproches y disculpas a medias, prefigurando arcos de redención y que termina con un enfrentamiento verbal que se corta de raíz cuando el sheriff tose sangre sobre el rostro de la mujer. En un acto humanista, ambos entienden que más allá de todo, los vínculos de complicidad van más allá que los hechos que les encaran. A excepción de ese detalle sobre el exmarido maltratador (John Hawkes) y su novia post adolescente, la historia describe con precisión quirúrgica esa comunidad de individuos, con sus peculiaridades y fragilidades ocultas, impulsada por las mismas debilidades que les empujan a los mismos residuos éticos. Como la figura de James (Peter Dinklage) ese hombre del que todos se ríen por su pequeñez, capaz de encubrir el delito pirómano contra la comisaría local de Mildred con tal de conseguir una cita de improbable futuro.
Si por algo se caracteriza esta gran obra es por su obstinada renuncia a dar respuestas simples a preguntas que no lo son. Desde un enfoque nada reduccionista en su discurso ni condescendiente con sus personajes, McDonagh deja entrever el lema de “la ira sólo engendra más ira” para llevarlo a un estrato más interno, en el que el dolor y el odio individual de cada uno de los personajes va acrecentándose hacia límites donde el resentimiento no desaparece cuando alguien es amable contigo, incluso cuando entiendes las motivaciones de esos anhelos antagónicos. ‘Tres anuncios en las afueras’ es implacablemente oscura y sarcástica, deambulando entre tinieblas sepultadas y otras más tangibles que resultan insalubres. Por último, la película no sería lo mismo sin las dos aportaciones más sobresalientes dentro del impresionante global interpretativo. Frances McDormand está imperial y feroz como esa madre mordaz y afligida, egoísta y conservadora que viste como la mujer del icónico cartel de J. Howard Miller ‘Rosie, la remachadora’ y que vive encerrada en su dolor hasta el punto de ignorar el de los demás. O Sam Rockwell, magistral y brillante como ese policía violento y palurdo que encuentra el camino de la responsabilidad y la concomitancia desde sus defectos.
La poética humanista encierra un formidable equilibrio de sutileza y oscura astucia en la crónica de una América profunda en descomposición. La América racista, la América que eligió a Trump, la América que prohíbe la diferencia y en el que un cadáver abandonado al olvido, una madre enfrentada a un pueblo, un sheriff moribundo y un policía ‘redneck’ representan unos valores vigentes en la política estadounidense del momento. Algo que esgrime un estudio sobre la violencia, la autoridad y el privilegio, sobre la pena y la culpa, la venganza y el perdón. Y, por si fuera poco, el film concluye con un epílogo en el que nada se ha resuelto, pero todo ha cambiado. O, al menos, así lo deja ver su director.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2018

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