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Sobre la mortalidad y la trascendencia
Pese a que la controversia por una prolongación de la saga ‘Toy Story’ abría incógnitas dada la grandeza del cómputo global, ‘Toy Story 4’ amplia el existencialismo de los juguetes como un teorema ‘post-scriptum’ que no traiciona e incluso amplia la dimensión de esta maravillosa tetralogía.
Si por algo se ha caracterizado una saga como ‘Toy Story’, ha sido por refrendar su existencia con pátina de intocable trilogía basada en esa estudiada y profunda reflexión acerca de unos juguetes que experimentaban y restituían, de forma mutua y diferencial, las emociones que vinculaban al mundo infantil (y, de paso, al adulto) con su imaginación, saturando de vida y conciencia a esas miniaturas con ambos universos. A través de ellos, Pixar transmitió una de las franquicias cinematográficas más acabadas y recordadas del cine contemporáneo, en su denuedo por transmitir valores como la amistad, la compasión, el perdón o la aceptación.
Desde que en 1994, el mundo de la animación se pusiera patas arriba con la llegada de su primera entrega, se ha ido fraguando una leyenda humana y tecnológica alrededor de ella. No sólo por imprimir un sello inimitable, sino por ser la referencia germinal a la que regresar con acierto cuando los cimientos del imperio Pixar han comenzado a tambalearse o cuestionarse. Y en esta ocasión, con el estreno de una cuarta entrega, se ha afianzado esta máxima.

Muchas han sido las voces discordantes que han tildado de innecesaria esta prolongación de las aventuras de Woody, Buzzlighyear y compañía. E incluso hay otros que lo han hecho definiéndola como oportunista. El regreso de los célebres juguetes suscita alguna que otra pregunta ¿Está justificado esta recuperación? ¿Quién en su sano juicio hubiera pensado en otra entrega después de la soberbia despedida de ‘Toy Story 3’? El escepticismo de los más respetuosos con la obra iniciada por John Lasseter era lógico. No hubiera sucedido nada si esta cuarta entrega no hubiese visto la luz, podríamos pensar. El reto era muy difícil de superar. Suponía un enorme riesgo y desafío al tocar lo intocable, a revolver en la perfección para proseguir con otra función más. Pues bien, resulta que esta secuela llevaba barruntada hace década y media en los despachos de Pixar. Y la realidad, una vez vista, es que podríamos decir que era obligatoria. En el triste final de su tercera parte, una vez superados los miedos y la aceptación de que Andy abandonara a sus juguetes inventando una última aventura junto a Bonnie, la pequeña fiduciaria de éstos, entendíamos cómo estos juguetes asumían la trascendencia de su índole más allá de la muerte.
Es hora de preguntarnos cuál es el destino tras este legado. La nueva película de Pixar vendría a ser una inteligente deliberación deductiva de todo lo propuesto desde su génesis hasta un nivel existencialista que bien podría ser el teorema ‘post-scriptum’ de estos juguetes. La cinta del debutante Josh Cooley recurre a su esencia inaugural, con una ampliación posterior de ese universo de necesidad de pertenencia, de abandono, destrucción y pérdida para introducirnos en otro ámbito introspectivo sobre la vida.

Casi una década después de aquella dramática traslación generacional en la agridulce despedida de Andy, ‘Toy Story 4’ propone una ruptura de códigos y narrativa que sirve como extensión discursiva a lo propuesto anteriormente. Desde su crédito inicial, con Luxo Jr. saltando sobre la “i” de la nomenclatura de la conocida productora, la oscuridad y la lluvia y el sonido de una fuerte tormenta sustituye a la imaginería infantil. De entrada, se renuncia a su imaginativo prólogo devenido en aventura sin límites de la infancia para narrar un emocionante y oscuro rescate por parte de la pandilla de juguetes para salvar al coche teledirigido R.C. de ser arrollado por la tormenta y perderse en las alcantarillas.
Lo que es una nueva salvación y éxito de mantener unido al grupo, concatena, a la vez, con la despedida de otro de sus integrantes. La pastora de porcelana Bo Peep, que no había tenido aparición en la anterior secuela, es entregada a otra familia porque Molly ya no la necesita. La hermana de Andy ya ha superado el miedo a la oscuridad. Como es habitual en él, Woody se niega a perder a otro de los miembros del colectivo de juguetes. Intenta rescatarla. Sin embargo, Peep avanza hacia lo que va a ser el corpus de la historia: la resignación de asumir que el destino de un juguete siempre será otro. Ya ha cumplido su misión con aquella familia. Y su discurso de aceptación prefigura el complejo viaje venidero y la crisis existencial que Woody tendrá que sobrellevar para alcanzar el punto de vista y de inflexión que asume la propia Peep desde este comienzo.

Es el punto filosofal de partida de una aventura que retoma al Sheriff Woody Pride, al aventurero espacial Buzz Lightyear, la ‘cowgirl’ Jessie, el caballo Perdigón, el Señor y la Señora Potato, el dinosaurio Rex, el perro Slinky, el cerdo-hucha Hamm y los marcianitos del Pizza Planet. Todos pertenecen ahora a Bonnie, que está a punto de iniciar su primer año de guardería. Sin embargo, Woody ha perdido su estatus de juguete favorito. Ya no es el sheriff para la pequeña. Jessie ocupa su lugar. Los juegos no son los mismos que con Andy. Su destierro no impide que el vaquero rehúya a su condición de juguete más leal, fiel y arriesgado de todos ellos, por lo que decide acompañar a la pequeña, infiltrado en su mochila en ese proceso inaugural infantil que supone el primer día de clase. Con la timidez y el rechazo de esta primera toma de contacto de Bonnie con su clase, Woody le proporciona los materiales de una papelera para construir un nuevo juguete y sentirse integrada en el grupo.
Y aquí llega el gran descubrimiento de ‘Toy Story 4’, Forky, un juguete confeccionado con un tenedor de plástico, unos ojos saltones, plastilina, brazos hechos con un limpiador de pipas y unos pies de madera. De repente y al ser dotado de vida, el nuevo juguete queda traumatizado por su nueva condición de objeto animado y anhela regresar a su naturaleza, que no es otra que la basura. Su condición de torpe construcción infantil y su alma perdida vendría a evocar la arbitrariedad existencial y el significado de la vida. A la mínima, Forky, con una “divertida” actitud suicida, quiere volver a la basura. Su vulnerabilidad como objeto, así como el vértigo de un nacimiento como juguete favorito contra su voluntad, revive el recuerdo de Woody respecto a su pertenencia a Andy y asume como responsabilidad que Bonnie no pierda a Forky y hacer ver a éste la importancia que tiene para la niña.

¿Qué define si un objeto es un juguete o no? Hasta este momento, las dos fronteras de los pioneros estadounidenses, que han sido el arquetipo clásico de las figuras de acción de toda la vida, las de los ‘cowboys’ o vaqueros y la de los astronautas en misiones espaciales, representaban el objeto de deseo del ámbito de los juguetes en los niños de todo el mundo. Que aquí sea una amalgama de basura reconvertida en estrambótico muñeco de reciclaje se convierte en un paradigma propio de la posmodernidad. El vaquero Woody se presenta como pilar cardinal sobre el que se erige toda la película, muy por encima de sus acólitos. Tanto es así, que los secundarios indispensables en anteriores entregas han dejado de serlo, hasta el punto de ser pasar desapercibidos.
Pese a que ha dejado de ser el referente, parece que Woody es el único que entiende que Forky desempeña un papel importante en el crecimiento y el recuerdo de Bonnie. A excepción de Buzz, que además de seguir siendo el contrapunto y apoyo del vaquero, aquí tiene un divertido conflicto interno con esa “voz interior” como catálogo de frases incluidas en su maquinaria a pilas que le sirve como recurso para resolver algunas situaciones de la trama, como dictado improbable de un porvenir absurdo. Los demás secundarios conocidos, por tanto, pasan casi de forma testimonial por esta secuela.

Woody va entendiendo porqué Andy se fue a la universidad y cedió el testigo de divertimento de sus juguetes a una niña y también comprende a Bonnie. En ese camino, ‘Toy Story 4’ traza la condición de decadencia marchita y necesidad de asumir su nuevo rol en la vida del personaje al que pone voz Tom Hanks/ Óscar Barberán, la de responsabilidad de hacer entender el papel que Forky desempeña en la vida y asumir el hecho de que las situaciones de la vida y las personas que amas a veces cambian. Y que él, seguirá siendo un juguete, a pesar de todo. La nueva aventura de Pixar ahonda de nuevo en los juguetes olvidados, en esos desesperados muñecos encerrados en un mercadillo de antigüedades, como míticos artilugios de juego perdidos que provienen de épocas pretéritas y que no han encontrado nunca un niño con quién jugar y compartir felicidad.
La estimulante introducción de Gabby-Gabby, una muñeca perturbadora rodeada de sus temibles guardaespaldas es la mejor muestra de ello. Es una ejemplarización de cómo los nuevos tiempos han defenestrado a otros juguetes antiguos, convirtiéndolos, poco menos, que en ornamento de una película de terror clásico. En su día, esta muñeca hubiera sido una revolución tecnológica al incorporar un mecanismo de voz con frases que habrían sido el objeto de deseo de muchos niños. En cambio, un desperfecto fatal hizo que acabara anhelando el cariño infantil, relegada como una antigualla decrépita e incomprendida.

Nuevos rumbos, ausencia de villanos y la aceptación del inexorable paso del tiempo.
Otro de los cambios de ‘Toy Story 4’ respecto a sus antecedentes es la de la simbolización del villano dentro de la saga. Queda aparcado el resquemor y la sed de venganza que habían perfilado sus precedentes. La maldad natural de aquel niño torturador de muñecos llamado Sid, el viejo Stinky Pete, aquel anciano minero encerrado en una caja que aspiraba a formar parte de un museo oriental o Lotso, un oso de peluche con olor a fresa resentido con los niños y con el mundo pasan a formar parte de un ideario que en esta parte no tiene cabida. Aquí no hay animosidad, ni negatividad en Gabby-Gabby. Sólo una profunda soledad porque en su vida nunca ha habido una niña que la haya querido.
Su conducta únicamente está marcada por el deseo de ser amada. Se trata de una muñeca devastada por la tristeza cuya idea lógica es la de que su desperfecto constituye el obstáculo para que un niño la ame profundamente. Poder tener una voz perfecta, con sus frases de fábrica originales, establecen una conexión muy especial con Woody, quien comprende la amargura de esta muñeca que desconoce la sensación tan maravillosa de pertenencia que el vaquero vivió con Andy. Aunque estar en perfectas condiciones no sea el incentivo de este mundo moderno donde todo parece quedarse trasnochado a una velocidad anormal.

Supone el magistral giro de tuerca de ‘Toy Story 4’, cuando Woody comprende su destino, imaginando ese mundo perfecto que él ha vivido donde su existencia de reciprocidad con Andy o Bonnie ha dado sentido a su vida. El ansía afectuosa y la necesidad de amor es el aliciente por el que suspiran en esta tienda de antigüedades que representa el abandono y el olvido, como limbo desprovisto de emoción. Como si los juguetes que envejecen allí no tuvieran ningún privilegio por ser rescatados para el disfrute de un niño.
Tampoco son ajenos a este sentimiento los juguetes de feria Ducky & Bunny, un conejo y un pollo de peluche que, aburridos de no ser el premio en una atracción, también esperan encontrar un niño que los lleve a casa y los quiera para siempre. Y mientas cuelgan como clásicos en desuso en un puesto de puntería, le echan grandes dosis de imaginación a posibles escapadas como divertidas e improbables venganzas contra los humanos por su condición de olvidados.

La película también asume más rupturas en sus antecesoras, dejando a un lado el ‘flashback’ revelador que incluía un punto de giro en la historia, la huella del pasado que insufla una nueva perspectiva acerca de importantes personajes dentro de la trama. Todos tienen lugar más o menos en el mismo punto del metraje de las tres antecesoras. En su cinta inaugural, cuando Buzz asiste a un anuncio televisivo que le revela que no es un soldado espacial si no uno de tantos juguetes. Como cuando Jesse recuerda apesadumbrada a través de una ventana cómo Emily, su niña, la dejó en una caja tirada en medio de la carretera cuando se hizo mayor. O, con la misma estrategia de McGuffin, el triste payaso Sonrisitas evoca los motivos por los que Lotso se ha convertido en un hostil juguete lleno de odio y rencor.
Aquí, hay un auto guiño que remite al golpe de efecto primigenio. Se trata del genial Duke CaBoom, un motorista acrobático canadiense, autoconsciente de sus limitaciones que encuentra el prematuro abandono cuando su dueño comprueba que la atractiva visualización del muñeco y sus piruetas propulsadas por un lanzador no son más que producto de un anuncio de televisión. En este sentido, podría decirse que ‘Toy Story 4’ es la cinta de la saga con más herencia de la comedia clásica de Hollywood. De ahí que no resulte extraño que, en su versión original, se escuchen las voces de Carol Burnett, Mel Brooks, Betty White o Carl Reiner. Todos ellos mitos vivientes del género.

Por supuesto, las cotas de maestría técnica vuelven a ofrecer una perfección evolutiva imparable
Como si el universo Pixar no encontrara fronteras a cualquier desafío visual por descubrir. Todo en ella es alucinante. Digno de una muestra de fotorrealismo. Si bien éste iba a ser el regreso de Lasseter a la dirección, tomando las riendas de su ojito derecho, de la consagración de aquel sueño que se hizo realidad en 1994, el movimiento #metoo y su aspersión de polémica salpicó al directivo por cuestiones de conductas inapropiadas con algunos trabajadores del equipo. De ahí que el libreto de Rashida Jones y Will McCormack, que abandonaron el proyecto una vez conocidos los incidentes, fuera a parar a manos Stephany Folsom con supervisión de Andrew Stanton.
Como si el universo Pixar no encontrara fronteras a cualquier desafío visual por descubrir. Todo en ella es alucinante. Digno de una muestra de fotorrealismo. Si bien éste iba a ser el regreso de Lasseter a la dirección, tomando las riendas de su ojito derecho, de la consagración de aquel sueño que se hizo realidad en 1994, el movimiento #metoo y su aspersión de polémica salpicó al directivo por cuestiones de conductas inapropiadas con algunos trabajadores del equipo. De ahí que el libreto de Rashida Jones y Will McCormack, que abandonaron el proyecto una vez conocidos los incidentes, fuera a parar a manos Stephany Folsom con supervisión de Andrew Stanton.
La dirección corre a cargo del debutante Josh Cooley, viejo conocedor de la factoría de animación al participar como intérprete de doblaje en varios éxitos de Pixar, así como un importante creativo del medio y director de un par de cortos relacionados con el género. Y su resolución y trabajo son más que loables. Ha conseguido estar a la altura de sus predecesoras. Toda una hazaña. Ha logrado que ‘Toy Story 4’ tenga poco o nada que ver tiene con las extensiones puramente lucrativas de ‘Cars’ e incluso ‘Monstruos University’ o, en menor medida, la infravalorada ‘Buscando a Dory’. Esta saga escapa a una condición de empresa de marketing, con una voluntad de prórroga emocional necesaria e indispensable.

A lo largo de dos décadas y media hemos vivido y sentido como espectadores a retos sentimentales incumbidos en el terreno del sentido del deber, el respeto por la diferencia, la esperanza de emancipación y, finalmente, la aceptación del paso inexorable del tiempo. Esta serie de películas de animación aluden, en cierta manera, al reto de vivir a través del cine, como un instrumento de pensamiento, como dictaron Dziga Vertov y Jean Epstein. ‘Toy Story 4’ enfrenta al espectador a su propia mortalidad y la inevitabilidad del tiempo, también al falibilismo de Charles Sanders Peirce aplicado a la misión de Woody en este mundo. Su mensaje invoca a la renuncia de algo a lo que uno se ha dedicado toda su vida, al inevitable cambio en el que es necesario trascender a la nostalgia y encontrar una manera diferente de ayudar y servir a los demás.
Esta historia de desperdicios, antigüedades defectuosas, restos encontrados y juguetes perdidos es una reflexión final sobre la niñez y la edad adulta, sobre la mortalidad y la trascendencia que anida en la idea de que, para entender el verdadero lugar en el mundo, cada uno tiene el derecho y el deber de inventar su propio destino. Nadie es imprescindible, por mucho que lo creamos. Y es la conclusión a la que llega el sheriff de juguete.

La muerte de la infancia da paso a un estrato mucho más tangible y apegado a la realidad. Al desertar de su propio patrón de conducta, Woody acepta que la felicidad puede estar lejos de sus creencias. Su misión ha concluido. Es entonces cuando toda la saga de ‘Toy Story’ encuentra su razón de ser. Al asumir que cualquier juguete puede ser independiente. Como una carta de amor al espectador respecto a las películas protagonizadas por un vaquero clásico y un héroe galáctico. Eso se acabó. El sacrificio se ha consumado. Ese abrazo de despedida de los icónicos personajes que duele en el alma y el adiós de todos los compañeros de aventuras, amplían la idea de un ciclo que incumbe ahora a Bo Peep y a Woody, ya no sólo como custodios de un rebaño, sino como intercesores entre los juguetes perdidos y los niños. Como el logrado con Gabby-Gabby y esa pequeña que se ha extraviado en el parque de atracciones.
Por eso es tan poderosa esa imagen del vaquero y la pastora en el pináculo de ese carrusel, asumiendo su libertad, pero sin olvidar las huellas de una vida plena de feudo infantil, amor y amistad que nunca se extinguirá y que perdurará en el universo de ‘Toy Story’ y en nuestros corazones hasta el infinito y… más allá. Como parte del Ethos de nuestras vidas. Al fin y al cabo, eso es lo que siempre ha buscado Pixar.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2019