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La (des)esperanza de una América marginada
‘The Florida Project’ es una hermosa radiografía social que presenta una tipología social de gente que vive al borde de la mendicidad bajo una mirada infantil que sirve de válvula de escape ante la miseria.
El cineasta Sean Baker ya formuló una radical experiencia con su anterior largometraje, ‘Tangerine’, un éxito dentro del circuito del cine independiente en 2015 que rodó con tres iPhones 5S y una aplicación llamada Filmic Pro, básicamente para optimizar el enfoque y la apertura del diafragma. Con ello, concibió una cinta enérgicamente autoral que se adentraba en el turbio hábitat de la prostitución transgénero en el Hollywood más desconocido para el gran público.
Supuso una revolución técnica, por supuesto, aunque por encima del proceso de filmación, trascendió la delicadeza de una extraña comedia híbrida entre la ficción y el documental, que fijaba su mirada sobre la cultura callejera a modo de increíblemente fresco de la vida. Como un canto a la diferencia. Y dando voz a esa gente sepultada por la pobreza y un destino muy alejado de la hipócrita imagen de alarde de riqueza que anida en una nación desnivelada a todos los niveles sociales como es Estados Unidos.

En ‘The Florida Project’, la perseverancia valiente de este director por seguir con honestidad ese sendero de libertad narrativa contra corriente nos lleva a pocos kilómetros de la magia que desprende el universo de Disney’s Magic Kingdom, ubicado en la autopista 192 en Kissimmee, en Florida, donde subsisten un grupo de los habitantes más desfavorecidos del país. Allí viven de forma precaria en coloridos moteles en los suburbios de Orlando cientos de familias ahogadas por su situación económica. Lo que hace años eran espacios turísticos destinados a los turistas del cercano parque de atracciones, ahora son el hogar de una población que ha sido desmantelada por la crisis y alejados de las grandes urbes.
Muy cerca de una tienda de ‘outlet’ con productos rebajados de la marca de la factoría Disney, reside una clase baja estadounidense considerada como “white trash” que, pese a la adversidad, procura mantener su dignidad y sobrevivir en una sociedad ajena a este tipo de colectividades. Se trata de complejos arquitectónicos que representan, precisamente, la antítesis del parque temático colindante que todos los niños quieren visitar. Y esos dos factores son los que Sean Baker y su co-guionista Chris Bergoch esgrimen en esta odisea relativa a la infancia y su frágil burbuja, que permite una deliciosa válvula de escape ante la miseria.

Moonee (Brooklynn Kimberly Prince), su amigo Scooty (Christopher Rivera), Dicky (Aiden Malik) y la recién llegada Jancey (Valeria Cotto) son cuatro niños que viven unas aventuras estivales en dos de estos complejos de moteles. Por un lado, el Future Inn, irradia un amarillo refulgente como el sol. Por otro, el Magic Castle Inn & Suites Home, cuyas pequeñas torres en forma de castillo acaparan un edificio púrpura con una piscina que a vista exterior parece una tarta de fresa. Esta radiografía social presenta una tipología social de gente que vive al borde de la mendicidad, con familias gravadas por el alquiler y los costes sanitarios que abanderan los créditos subprimes (o hipotecas basura) como la punta de un iceberg del deficitario sistema de viviendas estadounidense. Son zonas a las que se aferran muchas personas con órdenes de desahucio como parte de sus vidas.
Es el contexto en el que estos chavalines, algo antipáticos y macarras en su presentación, van ganando el corazón del espectador a lo largo de un caluroso verano que ofrece nuevas e infinitas posibilidades. Esa alegría de vivir con un instinto casi atávico del momento encuentra como protagonista a Moonee, una pícara con malos modales que trapichea y encandila en los contornos de ese paraíso alejado del mundo. La desolación económica que le rodea no asusta a la niña y, ajena a los problemas, pasa el tiempo con sus amigos escupiendo gargajos al coche de la abuela de una de ellas, buscando sacar algunos centavos a los turistas para obtener como recompensa un helado o yendo a un ‘fast food’ donde trabaja como camarera su madre, Halley (Bria Vinaite), para recoger lo que ha sobrado como cena. El mundo adulto tampoco está muy lejos a esta situación de pretexto escapista ajeno a la responsabilidad. Halley trabaja sin más sueños que el de llegar a fin de mes y vivir la vida como bien pueda. Su aspiración es poder pagar el alquiler de la habitación de motel y subsistir vendiendo perfumes falsos a precios de saldo junto a su hija pequeña en los aledaños de los aparcamientos de los hoteles de lujo. En ambos estratos, el desprecio por las normas supone el baluarte de su frágil integridad. Parecen no existir reglas en una rutina de extraña mezcla de tragedia y diversión.

El nexo de unión entre ambas se ha fraguado en la amistad más que en la responsabilidad y la educación maternofilial. Con madre se configura como una dudosa heroína moderna que no logra escapar a la pobreza pese a vender su cuerpo al mejor postor internauta, sin que ello suponga una rémora para desvivirse por su hija pequeña, a la que ama sobre todas las cosas. En el fondo, Halley se niega a entrar en el mundo adulto de débitos que no le dan más que esperanza de una vida de esclavitud y sometimiento. Ella representa un modelo social de familias monoparentales, encabezadas por mujeres que nunca inclinan la cabeza ante la adversidad en un cosmos donde la pobreza moral alcanza un grado de honestidad frente a la hipocresía de aquellos que pasan por la habitación de la joven mientras la niña se da apacibles baños con sus juguetes al son de las canciones a todo volumen para evitar que escuche lo que sucede en la habitación anexa.
Todo es tan quebradizo en su día a día, que la celebración económica de este dinero extra llega a modo de exaltación del colesterol en una ingesta de comida rápida y helado para la niña y un poco de marihuana para la madre. En el fondo, dos vías de escape, subterfugios que atenúen cualquier atisbo de problema serio al que, antes o después, tendrán que enfrentarse. ‘The Florida Project’ juega de este modo a una alteración de polaridades entre la niña y su progenitora, que se concilian en la rebeldía ante la realidad con una actitud infantil compartida.

La apariencia mágica y la sucia realidad.
Baker y Bergoch han escrito una película que reconoce el dolor sin sucumbir a él, creando unos personajes marginales que, pese a sus pésimas condiciones de vida, son descritos desde el cariño, con un respeto transmitido con autenticidad por dos actrices no profesionales como son Bria Vinaite y esa fuerza de la naturaleza que es la magnética Brooklynn Prince. Como si dejara que la cámara grabara las reacciones que se suceden, Baker trufa de verdad cada fotograma, dejando que todos los intérpretes que desfilan por la cinta actúen con una desvergüenza y frescura tan vivificante como la rebeldía que transmiten sus personajes. La grandeza de ‘The Florida Project’ es que se abstiene de juzgar a ninguno de los componentes de esta fauna, para seguir un punto de vista infantil y canalizarlo a través de un contraste entre la apariencia mágica y la sucia realidad.
Con una delicadeza muy precisa, encuentra un omnipotente equilibrio entre el drama y la fantasía. Y en ese caos cercano al docudrama emerge la figura de Bobby (interpretado por el mejor Willem Dafoe de los últimos años), un conserje de motel convertido en un ángel custodio con un sentido de la responsabilidad y la solidaridad que destaca entre tanto albedrío y que muestra un tierno humanismo capaz de salvaguardar y defender destemplanzas como la de ese viejo pederasta que se hace el despistado para acercarse a los niños con intenciones poco nobles. Desde una perspectiva realista, la película emprende un singular enfoque hacia esos perdedores conscientes de su tragedia que prefieren vivir la vida de un modo despreocupado y con cierta felicidad antes que lamentarse por su triste situación.

El resultado deviene en la disolución de la figura del director durante los primeros compases del film bajo la fortaleza de sus personajes, como si el público estuviera obligado a vivir en la película desde la mirada de todos los que allí participan, sin hacer hincapié argumental en el desarrollo de muchos de sus personajes o incidir de forma académica en los arcos narrativos que se van sucediendo, a veces de modo atropellado. Porque así es la vida. De ahí que la excéntrica Sandy Kane, como una vieja loca inquilina, tenga poco recorrido en la trama y la aparición de Caleb Landry Jones sea tan sutil.
‘The Florida Project’ sabe dejar fuera toda poética y sentimentalismo en el que hubiera sido fácil caer. Sin embargo, todo en ella resulta conmovedor. Como esa fiesta de cumpleaños, con una simple vela en un ‘muffin’ a la mágica luz de los fuegos artificiales provenientes del parque temático de los dibujos animados. Hay una secuencia que podría englobar el corpus intencional de la película; aquélla en la que Moonee y Jancey corretean por un tronco lleno de musgo. Mooney hace apreciar que ese árbol es su favorito, simplemente porque se ha caído y sigue creciendo desde el suelo. Toda una declaración metafórica de intenciones.

La alienación de las masas empobrecidas excluidas del gran sueño americano adquiere aquí una doble percepción; desde la libertad de los niños, que viven el momento con la despreocupación que conlleva la infancia hasta llegar a un mundo adulto, plagado de dificultades que se rigen por unos esquemas poco honestos. Es la ley natural de supervivencia en un mundo oportunista que personifica esa América sumida en un espejo de apariencias que esconde el terrible rostro del infierno neoliberal en constante recesión. Una hermosa cinta que da voz a una parte oculta de los Estados Unidos, a esa masa social que no traiciona nunca su forma de ser, bien sea desde el escepticismo o el lenguaje soez que manejan todos los personajes. Es la belleza oculta de una población olvidada por el sueño americano, pero que mantiene la cabeza bien alta, haciendo frente al daño causado por la cultura capitalista. En contraste, viven en esas urbanizaciones de colores pop de las vallas publicitarias de Disney, acogidos desde la distancia a una sociedad que los destierra. Su felicidad es tan ficticia como efímera. Pero en último caso, consoladora y redentora desde la energía contagiosa de un ‘carpe diem’ descrito aquí por un poder emocional evocador y silencioso.

Es difícil no pensar en los ocurrencias del joven Antoine Doinel en ‘Los 400 golpes’ o la esencia vital del Holden Caulfield de Salinger. ‘The Florida Project’ una película muy especial, emocionante y descarada que ha encontrado la voz de Baker como adalid de un autor con personalidad que sabe rendir homenaje a este sector de la población con una sensibilidad inaudita. Estamos ante un drama social muy poco convencional que exhala audacia y dinamismo a la hora de rehusar los códigos del cine comercial e ilustrar, de paso, la verdadera independencia desprovista de etiquetas genéricas. Y como conclusión, el espectador se da de bruces con la realidad, con ese estallido dramático salpicado por las lágrimas de una niña que entiende cómo el mundo real le va a afectar de forma inmisericorde y que pretende escapar, aunque sea por unos instantes, en ese último plano tan desgarrador como cruel y tan real como la vida misma.
Es cuando, de súbito, se ve afectada por los problemas de su madre, zarandeándola con total ferocidad. Bajo las optimistas notas de Lorne Balfe, se contrapone un dramatismo insostenible que alberga, sin embargo, la esperanza de un viaje a ese sueño infantil universal que supone el imperio de felicidad artificial creado por el tío Walt. La pequeña cree que el poder de su deseo es tan grande que permite todas las esperanzas posibles en este mundo de mierda. Y eso, a estas alturas de la vida, no tiene precio.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2018