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La nueva generación arácnida
‘Spider-Man: Un nuevo Universo’ juega con sus propias reglas, muy consciente de ser un libre aditamento al UMC, para abordar con total desparpajo y multitud de referencias de la cultura pop, estilos heterogéneos y divergentes cromatismos en una visión radical y distinta del icónico superhéroe.
¿Otra nueva versión de ‘Spider-Man’? Una pregunta muy cabal dado que, desde que Sam Raimi abriera la veda con su infravalorada trilogía (incluida tercera parte, sí) sobre la leyenda creada por Steve Ditko y Stan Lee, se ha reiniciado otro nuevo díptico con ‘The Amazing Spider-Man’, dirigido por Marc Webb con Andrew Garfield como Spidey, dándole una pátina dramática y doliente al personaje a rebufo del lustre intenso que le dio Nolan a su Batman (2012-2914) y la reformulación llevada a cabo para ensamblar en ese nuevo mundo ‘marveliano’ colérico (el llamado UMC) con ‘Spider-Man: Homecoming’, que prevé una inminente continuación. Nada menos que tres sagas cinematográficas, una en activo.
Esta séptima aportación podría verse como una explotación desvergonzada fructificando el filón basado en uno de los cómics más importantes de la historia del arte. Pues bien, una vez disfrutada ‘Spider-Man: Un nuevo Universo’ se puede afirmar con rotundidad que la cinta de animación de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman apuesta por una ampliación sensorial radicalmente distinta que busca sintetizar la esencia arácnida con el divertimento que propone la apertura a nuevos campos narrativos. Juega en otra división muy sugerente, la de la pluralidad de universos gracias a la teoría de cuerdas y al principio cuántico de los multiversos, estrato donde esta maravilla encuentra poco menos que la excelencia.

Ya desde su divertido prólogo metatextual, se ironiza sobre los ‘reboots’ y distintas perspectivas e induce a una síntesis recurrente acerca de los tópicos del personaje y el origen del héroe. El génesis del amigo y vecino es repasado con humor a través de sus anteriores apariciones en la gran pantalla para aproximarse a los temas básicos conocidos por todos; la adolescencia y la aceptación de responsabilidades y decisiones vitales que hay que tomar. Pero también, al hecho de asumir un compromiso propio y revelar lo mejor de cada uno. Precisamente ahí encuentra el suministro no tanto para reinventar el mito, sino para llevarlo por otros derroteros en ese mundo adolescente de herencias y legados que se postula entre el esquema narrativo clásico y la revolución que propone ese juego de alternancias temporales.
Ese héroe involuntario es Miles Morales, un adolescente de Brooklyn, hijo de padre policía afroamericano y de madre enfermera hispana dividido entre la ley de la calle y una vida apacible en un colegio de pijos del centro de la ciudad. Sin embargo, sus aspiraciones están orientadas al arte callejero, en el que su tío, un artista de ‘graffiti’, ejerce de mentor y consejero. El personaje, creado por Brian Michael Bendis, Sara Pichelli y Joe Quesada ofrecía sobre el tebeo un cambio muy controvertido que tardó en cuajar entre los ‘spider-fans’. Atrás quedaban las versiones alternativas de Ben Reilly y Miguel O’Hara como formularios héroes que habían heredado el traje y la máscara de Peter Parker para transformar el ideario clásico y llevarlo a otros senderos.

De este modo, confluyen hasta cinco avatares alternativos de Spider-Man; la heroína Spider-Gwen, creada por Jason Latour y Robbi Rodriguez, la parodia antropomórfica caricaturesca en forma de cerdo Spider-Ham, de Tom DeFalco y Mark Armstrong, Spider-Noir, versión del héroe de los años 30, co-creada por David Hine, Fabrice Sapolsky y Carmine Di Giandomenico y, por último, Peni Parker y su robot araña, extraídos de un manga que aparecían en el cómic ‘Edge of Spider-Verse’ de 2014. Y como gran villano, un viejo conocido: Kingpin, que mata al Spider-Man de este mundo antes de que Miles Morales descubra una misión que es transferida por la apertura de un portal dimensional por otro Spider-Man de un mundo paralelo.

La relación ente la obra y el público y el diálogo entre las distintas formas de representación.
Son variaciones proyectadas desde el original a un nuevo cosmos en el que convergen otros ya conocidos y con el que asumir plenamente las declinaciones de un hipotético Spider-Man cansado de ser héroe y la realidad coherente de un chaval de trece años al que esta historia le viene demasiado grande. Desde muy pronto, ‘Spider-Man: Un nuevo Universo’ juega con sus propias reglas, muy consciente de ser un libre aditamento al UMC que inunda los cines cada poco tiempo. Ello es aprovechado para romper discursivamente sus precedentes y permitirse abordar con total desparpajo multitud de referencias de la cultura pop, estilos heterogéneos y divergentes, cromatismos y efectos que sobrevienen a una reconversión hacia el mundo del hip-hop, los nuevos tiempos, el techno y un libertinaje diluido que nunca pierde de vista los estilemas de Marvel y el submundo heroico de Spider-man y toda su problemática.
Se trata de una relectura del mito que tiene su poder en una expresión plena dentro del campo visual, que sorprende con su radical sesgo gráfico y tratamiento de la imagen con un respeto absoluto a las tiras del cómic en todas sus dimensiones. Tanto es así, que en ocasiones la pantalla parecer un papel sacado del arte del mismísimo Roy Lichtenstein.

Y pese a que podría considerarse como un profuso sometimiento estético, ‘Spider-Man: Un nuevo Universo’ reincide con solvencia y dinamismo en el mensaje germinal de Ditko y Lee: “Todos podemos ser Spiderman”. Ésa es la médula narrativa en el tortuoso viaje hacia la aceptación del destino por parte del chico biracial. Sin embargo, aquí Spider-Man no es un individuo, sino una función con varios cuerpos. Bajo la máscara y el traje, perviven otros herederos con distintos valores que complementan la funcionalidad del personaje. Por si fuera poco, la película alcanza con gran facilidad la complicidad no sólo al lector de toda la vida, sino al espectador que conoce al personaje a través del cine o simplemente como icono de la cultura popular.
Su conexión multigeneracional motiva gran parte del atractivo del film. Por supuesto, convive un estupendo sentido humor dentro de un contexto de constante amenaza con una de las características que agrandan el interés de la trama. Y que no es otra que la cercanía y la realidad con la que se acomete el tema de la mortalidad. Desde esa inefable pérdida de Peter Parker en la dimensión de Morales, pasando por la trágica muerte del tío Aaron o la profunda motivación por la que Kingpin esgrime su plan de destrucción, resurrección y juego entre universos dimensionales.

En último término, ‘Spider-Man: Un nuevo Universo’ es una advertencia sobre este mundo actual absorbido por la tecnología y el ente virtual donde la cultura pop, tan nostálgica como instrumentalizada, desvincula a sus espectadores de la realidad. El multiculturalismo es una vía de conciencia que adquiere la reciprocidad en un mundo individualista sea cual sea el origen interdimensional. Cualquiera puede convertirse en héroe y asumir responsabilidades importantes en circunstancias muy distintas, pero finalmente el heroísmo sacrificial sigue moviendo la sociedad de bien representada en el universo superheroico.
Si además se da una meta-reflexión sobre las relaciones entre la obra y su público y el diálogo entre las distintas formas, bien será a través del espacio y del tiempo, del cómic, la animación y el cine, estamos ante una de las mejores películas de superhéroes de la última década. Una delicia enriquecedora, insolente y dinámica que transforma sus perspectivas como manifiesto artístico. Más que una amenaza al normalizado espectro de Marvel cinematográfico, esta muestra de ingenio es una promesa de presente y futuro.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2018