Review ‘La ciudad de las estrellas (La la Land)’, de Damien Chazelle

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
Armónico ‘crossover’ entre modernidad y clasicismo
El tercer trabajo de Damien Chazelle le consolida como un gran cineasta capaz de reconstruir el género musical con una película vitalista que versa sobre sueños vocacionales y las renuncias sentimentales en su arduo camino por conseguirlos.
Con la ‘set piece’ titulada ‘Another Day of Sun’ que sirve de preludio y que está ubicada en un atasco de tráfico en la gigantesca autopista 105 con la 110 que conduce al centro de Los Ángeles, Damien Chazelle ilustra un par de materias cardinales de su intención como cineasta con esta sensacional ‘La la Land’; primero, describir un dilema colectivo rutinario que arrastra a una liberación extática dentro de un escenario y contexto concreto como un embotellamiento para alcanzar una riqueza colorista y optimista de la fábula romántica que vamos a vivir. Segundo, su absoluta capacidad y destreza como director dotado con una privilegiada destreza logística visual, ofreciendo un plano secuencia (con cortes digitalizados) en un prodigioso ‘big-band beat’ como pocas veces se ha logrado transmitir a la audiencia en el cine contemporáneo.
En poco menos de siete minutos, el director de ‘Whiplash’ avanza la naturaleza de su nuevo trabajo dando protagonismo a la ciudad de Los Ángeles y su idiosincrasia en ultra-widescreen en un ‘aspect ratio’ o formato 2.52:1. A partir de ahí, ‘La La Land’ sirve de conexión con sus dos anteriores trabajos, la mencionada cinta sobre el oscuro laberinto de frustraciones y adiestramiento conductista de un aspirante a batería de jazz, pero sobre todo, más desconocida entre el gran público, el debut rodado en 16 mm. en blanco y negro ‘Guy And Madeline On A Park Bench’, con un trasfondo de relaciones con el jazz de fondo que supone la materia seminal sobre la que se erigen las bases de este nuevo trabajo destinado a ser uno de los filmes más premiados del año.
De entrada, Chazelle no propone nada nuevo. A saber: dos soñadores destinados a encontrarse que comparten sueños similares en dos mundos que colisionan y se vinculan como son el cine y la música, los dos elementos sobre los que orbita la película. Ella, Mia (Emma Stone), quiere ser actriz mientras trabaja de camarera en la cafetería de los Estudios Warner Bros. y que no ceja en su empeño acudiendo a múltiples audiciones en las que suele ser humillada o ignorada. Representa el flanco optimista de una desilusión común en la profesión interpretativa. Él, Sebastian (Ryan Gosling), es un solitario devoto del jazz clásico que aspira a tener un club que respete las raíces del género y que pervive con cierta frustración creativa encerrado en un trabajo en el que aporrea el piano tocando villancicos en un restaurante. Podría verse como un flipado de Miles Davis y las bandas de ‘swing’ que se autodenomina como “un fénix que resurgirá de sus propias cenizas”, aunque en el fondo es un idealista que lucha por hacer prevalecer el espíritu indeleble de un género musical tan genuino como minoritario.
Nada nuevo en el horizonte. Sin embargo, los compases que marcan el desarrollo de los encuentros y desencuentros de estos dos personajes sugieren la cercanía y el cariño con que son representados, como iconos o prototipos de miles de personas en Hollywood, que viven una rutina sin futuro, pero con la esperanza de hacer su sueño realidad. Para ambos, el reto no es sólo tener éxito, sino también mantener viva la parte creativa de sí mismos. El sabor antiguo y clásico con el que Chazelle envuelve los primeros números musicales y su coreografía reviven algunos de los mejores elementos de los musicales de los grandes estudios de los años 40 y 50, combinando sus guiños a la identidad europea del cine musical del Jacques Demy y la canciones de Michel Legrand de ‘Las señoritas de Rochefort’ o ‘Los paraguas de Cheburgo’, alcanzando un grado de libertad envidiable en su fantasía ensoñadora que la hermanan a clásicos norteamericanos como ‘Cantando bajo la lluvia’, de Stanley Donen y Gene Kelly o ‘Un americano en París’, de Vicent Minelli. Puede parecer una analogía desorbitada, pero ese espíritu y anhelo romántico es el que prevalece en todo instante pese a su irregular tempo narrativo que decae en ciertos tramos de su metraje.
‘La la Land’ se estructura en las cuatro estaciones del año (incluyendo dos inviernos). Es puro
espectáculo, aunque nada es gratuito. Esa herencia clásica respeta lo tradicional, pero renovando con frescura el género musical. Las canciones de Justin Hurwitz con letras de Benj Pasek y Justin Paul inundan la pantalla con gente que, expresando sus sentimientos, su alegría, su melancolía o sus deseos, desfilan cantando y bailando, pero también dialogando o manteniendo la mirada, sin subordinarse a los números musicales.
En ‘La la Land’ Hollywood no es más que un artificio, pero se naturaliza renunciando a los modernismos y al céfiro ‘kitsch’, algo de lo que Chazelle procura huir en cada secuencia musical y sobre todo en toda la estructuración visual. El estímulo de insinuar el Technicolor apunta a una profunda vocación sentimental de la cinematografía para recrear con intimismo una historia por todos conocida que se olvida ser un musical durante un gran tramo de su metraje.
Los sueños y su encontronazo con la realidad
Si hay algo que rubrica con consistencia y cohesiona el corpus de ‘La la Land’ es su persistente apología de conservación de la pureza de lo clásico frente a lo moderno, pero aceptando sus condiciones tecnológicas y automatismos de la era actual. Hay una secuencia en la que la pareja protagonista está a punto de consumar su enamoramiento con un beso en la oscuridad del mítico cine Rialto de Pasadena (desaparecido en 2014), donde proyectan el clásico de Nicholas Ray ‘Rebelde sin Causa’. Es entonces cuando, de improviso, el celuloide se quema, interrumpiendo la sesión.
Su decisión impulsiva es desplazarse a uno de los escenarios reales de la película, el Observatorio Griffith, donde tiene lugar el mejor número musical a la luz de la “hora mágica” entre el cosmos estrellado, con el metrónomo de ese Péndulo Foucault como acompañante, que ratifica el propósito global de esta fábula musical y que no es otro que aleccionar al espectador con una teoría unificada sobre el romance entre la música y el cine. ‘La la Land’ es una película sobre el respeto a los clásicos, una fantasía romántica existencial y escapista como paradigma del nuevo entorno digital que se apropia de la nostalgia para abrir nuevas puertas al formato. Vendría a ser algo así como gran musical moderno para personas que no son muy afines a los musicales.
Chazelle viene a decir que, pese a que el aroma clásico va apagándose, nunca perderá su impronta y permanecerá en el recuerdo por mucho que los que tiempos y el arte varíe hacia otras morfologías y técnicas. La magia y la ilusión serán perennes. Es como esa profanación de ‘Jazz fusion’ que mezcla rock, pop y música dance que adultera la naturaleza del jazz y que es una realidad musical en la que se mueven los géneros, que buscan su vertiente más comercial para concitar el beneplácito de las grandes masas y las nuevas audiencias con la excusa de la ruptura conceptual sin perder la esencia para lograr el éxito.
Es la letanía de Keith (John Legend), que asegura que el jazz tendrá continuidad con una revolución a golpe de innovación. Sebastian, orgulloso purista que guarda un supuesto taburete de Hoagy Carmichael, cae en la trampa del dinero fácil asegurando un futuro que le aleja de su sueño. Es cuando, en un multitudinario concierto, la comercialidad le aleja de su destino y también de Mia, que se pierde en el público a medida que el jazz desaparece de la melodía en favor del sintetizador y los nuevos modelos musicales. Se pierde lo genuino. Pero también lo tangible se aleja. En ese intervalo en el que éxito y fracaso se confunden es cuando ‘La la Land’ encuentra toda su fuerza narrativa. El principio del fin es una discusión sobre el compromiso sentimental y el lugar que ocupa la faceta profesional en la vida común de la pareja, que se acaba metaforizado en el final de un vinilo que acaba sus canciones, cerrando un ciclo y abriendo una herida que nunca podrá cerrarse.
A medida que transcurre esa arquetípica historia de amor, la fotografía de Linus Sandgren se va apagando, tiñéndose de cromatismo oscuro y melancolía. El ensueño se transmuta en la cruda realidad, donde a pesar de convertir los sueños en algo asequible, se deja por el camino la ilusión y posiblemente otra felicidad incluso más plena. Según van mitigándose sus colores y esos respectivos sueños van fraguándose, la relación se va resquebrajando por la llegada de lo que tanto han soñado. Lo que sugiere la imposibilidad de compatibilizar deseos y realidad, sueños y rutinas. No es algo nuevo en el cine de Chazelle. En un final post scríptum, cinco años después de los acontecimientos, el filme levanta el vuelo (después de haber caído en algo de apatía conformista) con la reinterpretación de un deseo, de un pasado, que se zanja en un presente marcado que deja atrás lo que pudo ser, otro tipo de felicidad sufragada por la consecución de un destino antitético tan cruel como satisfactorio o insatisfactorio, según perspectivas.
Como en ‘Whiplash’, en la que Andrew, el percusionista de jazz, era capaz de expulsar de su vida cualquier atisbo relación afectiva, renunciando con ello al equilibrio que contrarrestara el sufrimiento y el trabajo con el éxito dentro del contexto artístico, aquí Chazelle reincide en evocar esa fragilidad existencial como motor de sacrificio voluntario que marca la ruta para alcanzar el zenit del éxito. No estamos ante un musical antojadizo, sino ante una obra reflexiva que supera los prejuicios con la sutileza de unos movimientos de cámara que responden a un concienzudo estudio de cada avance de la trama y que llega a su apogeo con un clímax final teñido de melancolía, en un cruce de miradas que da paso a un número musical que presenta escenarios sin terminar, de lo que podría haber sido y no fue, donde el amor a veces se toca en clave menor. Así, la película moderniza la motivación para el éxito profesional desde un enfoque más adaptado a nuestro tiempo, donde la dicotomía entre la ambición y el amor da como resultado que el sentimiento es contingente y el arte va más con el compromiso. La vida nos obliga a elegir entre perseguir nuestros sueños vocacionales y establecer una relación que nos aleje de ellos.
Pero ‘La la Land’ va de otra cosa. Va de relaciones que se acaban, de vidas que continúan y del amor profundo por el jazz, de la capacidad para llegar a lo esencial de la experiencia humana a través de una música eterna. El amor y su esencia propia va condicionada a una pasión o una forma de entender la vida, no sólo va ligada a un enamoramiento por una persona. El amor, en su grandeza paradigmática, pertenece a otras esferas más intangibles y personales que el afecto personal. Para Chazelle, el jazz es el alma gemela de Sebastian, el confidente y el destino de un hombre cuya vida sólo será satisfecha con la consecución de la apertura de un club donde dar rienda suelta a su verdadero amor. La historia romántica es un simple escollo que no frutúa, un paso vital con un necesario fin común que propone alternativas. Y una de ellas, recicla la idea de ser feliz sin necesidad de una media naranja que no sea su vida soñada. Al menos, para uno de ellos.
No se puede negar que es una película maravillosa, instintiva e intensa, tan entusiasta como hábil en sincronía con esas metas de épica e intimismo que se beneficia de la química y el estado de gracia de Ryan Goslin y Emma Stone después de coincidir en ‘Crazy Stupid Love’ y ‘Gangster Squad’. Ella está sublime. Él mucho más metido en su papel del que muestra en su habitual hieratismo con un personaje atrapado entre lo artístico y lo comercial, como en su filmografía, en la que ha destacado como intérprete en cintas como ‘Half Nelson’, ‘Lars y una chica de verdad’ o ‘Blue Valentine’, todas películas de bajo presupuesto.
Chazelle logra revitalizar no sólo un género, sino el optimismo respecto a él, como una utopía que transmuta su esencia a la idealización de una vocación llevada hasta el extremo de la consecución. Lo mismo que cuenta en este musical. Algunos la verán como un pastelón edulcorado. Algo absurdo. Otros como una obra maestra de este último lustro. E incluso como una película de extraordinario artificio. La cinta de Chazelle puede tener un poco de todo eso, pero lo que nadie le puede negar a este precoz cineasta de futuro incontestable es la autenticidad conmovedora que transfiere en esta oda expuesta con un criterio muy selectivo a la hora de presentar lugares comunes que se acerquen al modelo requerido por las nuevas audiencias.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2017

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